El cierre de ciclo de Obra Viva evidencia una serie de intereses en los que los artistas insisten en hablar: la discusión acerca de la conservación del medio ambiente; una reflexión sobre el espacio público y las dinámicas que de allí se derivan; el registro, en toda clase de registros, de la experiencia del otro y con el otro - enmarcada en una idea recurrente de la cartografía-; un regreso a esa esencia del comer, amasar o moldear y hornear, y las siempre presente preguntas alrededor del lenguaje, los lenguajes y su poder.
Así las cosas, las preguntas ecológicas se manifestaron de distinta manera en una primera instancia. Por un lado, Juan Fernando Vélez salió a la calle y a través del grafiti, siguiendo patrones de diseño gráfico, presentó un universo con múltiples cosmogonías indígenas con el objetivo de ir narrando una historia de cuidado de la madre Tierra. Su diálogo con los paseantes era la oportunidad para hacer pedagogía, tanto de los motivos que dibuja como sobre los temas abordados.
Para Libardo Archila, en cambio, la experiencia fue distinta, pues se fue al corazón de la selva amazónica. Allí descubrió sus numerosos problemas ambientales, pero también a un grupo de avistadores de aves con los que emprendió su descubrimiento de la naturaleza. A ellos les enseñó a dibujar esos pájaros que reconocen por su sonido. Del intercambio resultaron interesantes reflexiones sobre la naturaleza y el hombre. Por su parte, The Trans utilizó una plataforma como de teatrino o estudio fotográfico portátil y callejero para presentar historias recogidas por los más chiquitos sobre lo que comían sus abuelos de niños, ese tiempo antes de que existieran los transgénicos. Finalmente, Susana Basto llevó a un paraje turístico de la Costa una gran pregunta que la acompaña sobre la escasez del agua en territorios de agua. Fue la oportunidad para poner en común inquietudes, reclamos y pesares, mediante una puesta en escena creativa.
También hubo variados laboratorios que se dedicaron a pensar el espacio público y lo que representa. Henry Salazar pidió mirar con detenimiento cómo nos relacionamos con los héroes de nuestras plazas y parques, y se preguntó qué significa el poder que otorga el pedestal para quien lo mira. Así mismo, él y su grupo fijaron la mirada en cómo las ciudades, en su búsqueda frenética por el progreso, paradójicamente se empobrecen y van perdiendo sus raíces. Óscar Ayala hizo lo propio en Pamplona, y allí la tarea consistió en repensar una ciudad patrimonial cargada de historia y peso religioso. Edwin Jimeno, por su parte, se ubicó a caballo entre el espacio privado y el espacio público, e inventó a sus coequiperos a recorrer ambos cómo lugares desde el cuerpo y a ver cómo este se relaciona en uno y en otro. Por último, Angélica Teuta llevó su ejercicio de arquitecturas emocionales a un espacio simbólico de paz, reconfigurando, reafirmando y acercando, a través del cuidado de un bien común, las relaciones sociales de una comunidad con hambre de afecto y juego.
Y, justamente, dentro de este terreno del encuentro con el otro, Danny Alejandro Guzmán se quiso preguntar por el concepto de frontera, del cuerpo y de los sistemas de producción. ¿De qué están hechos los territorios, tanto físicos como mentales? ¿Son inamovibles? Al parecer no, como se lo demostró un grupo de recicladores tremendamente creativos. Del mismo modo, el Colectivo Octavo Plástico usó maletas viajeras cargada de sonidos para activar las memorias de otras generaciones y desatorar tensiones y reflexiones sobre el lugar donde habitamos. A su vez, Alexa Cuesta celebró la identidad afro a partir de la narración de relatos individuales, para luego encontrarse con los comunes; también está el peinado, como punto de encuentro y de diferencia. De historia e historias. Del mismo modo, José Fidencio Pérez jugó con las cartografías y el estudio de mapas, de rutas, recuentos y cotidianidades, dibujados por grupos de jóvenes, para reconocer al otro, reconocerse a sí mismo y así evitar caer en el prejuicio. Un camino que tomó Ricardo Muñoz por otro lado, al incentivar a su grupo a revisar mitos, fábulas y costumbres de su tierra, pero desde la irreverencia, el humor e incluso la monstruosidad. Algo que comparte hasta cierto punto con Manuel Quintero, quien se llevó todo su análisis de los mecanismos del terror, como formas de control, para intentar desentrañar los secretos más oscuros de la región que pisó. Finalmente, Natalia Giraldo propició una plataforma para que mujeres con historias de violencia hicieran una suerte de catarsis desde la creación, el diálogo común y la cocina.
Aquí también se habla de la cocina como detonante, como puerta de entrada para vincularse con el otro. Comer lo que te ofrecen para poder enseñar algo nuevo y tener, así, intercambios de afectos. De la comida preparada con las manos, las arepas, calentadas al fuego, al taller en barro, también moldeado con las manos y cocinado al fuego. Fueron los juegos de la transformación de la materia que compartió Natalia Cajiao con un resguardo indígena del sur del país. Lo propio hizo Ana Lucia Tumal, que se fue para Tunja y puso en relieve la tradición alfarera de la ciudad y, en ello le permitió a viejos y jóvenes, hacer memoria y descubrirla a través del barro. Y celebrar el oficio.
Por último una serie de ejercicios específicos sobre el lenguaje y el lugar en el cual este reposa. Ante todo, estiremos la idea de la fotografía como lenguaje; allí se encuentra Jairo Andrés Vergara, quien llevó a sus talleristas al mundo de la fotografía análogica y el collage, un regreso a la base de todo. Luego el Colectivo Infante + Barreto les trasladó sus preguntas a los participantes de sus laboratorios sobre cómo hacer un libro de artista, a partir de las preguntas esenciales para ello: qué es, para qué y para quién. También qué significa autopublicarse y, sobre todo, seguir el impulso de nunca limitarse y lanzarse al ruedo.
Sobre esa misma premisa, Juan Carvajal llevó a su grupo a inventarse un libro arte que naciera de los sueños. Y allí plasmaron el universo onírico más creativo que jamás pensaron realizar. Finalmente, Rafael Ortiz navegó a través de la exuberancia de una isla con tres idiomas, la riqueza que esto significa, de dónde vienen esos lenguajes, a qué suenan, cómo se pronuncian y quién los vive. Con esto, y como suele suceder con quien llega de afuera, se exhibió y celebró la diversidad.
D.R.D.
Artistas
- Libardo Archila
- Óscar Ayala
- Susana Basto
- Natalia Cajiao
- Juan Carvajal
- Alexa Cuesta
- Natalia Giraldo
- Alejandro Guzmán Tarapués
- Infante + Barreto
- Edwin Jimeno
- Ricardo Muñoz
- Rafael Ortiz
- Octavo Plástico
- José Pérez Tello
- Manuel Quintero
- Alex Rodríguez
- Henry Salazar
- Wilger Sotelo
- The Trans
- Angélica Teuta
- Ana Lucía Tumal
- Jairo Andrés Vergara
- Juan Fernando Vélez