El artista
Interesado en los discursos históricos y en su relevancia en la construcción de las imágenes, el artista Óscar Ayala desarrolla su trabajo e investiga las ciudades en las que ha vivido por medio de la conexión entre iconografía e historia. Su interés sobre la imagen de culto y popular se le revela muy temprano y es justo allí donde empieza a trabajar en entornos culturales, como cuando tuvo la oportunidad de liderar la Dirección Cultural Artística de Santander (Dicas) en 1998, para luego trasladarse a Bogotá a cursar una maestría en la Universidad Nacional de Colombia. Su constante investigación lo ha llevado al ejercicio docente en varias universidades del país; actualmente es profesor del Departamento de Artes y Humanidades de la Facultad de Ciencias Humanas y Artes de la Universidad del Tolima.
Imagen, ciudad y temporalidad
Nociones históricas, interés en la reconstrucción de relatos urbanos sobre los lugares patrimoniales de una de las ciudades coloniales más icónicas de Colombia, como Pamplona, y una baraja de naipes son los componentes del laboratorio dirigido por Óscar Ayala, quien desde los planteamientos de Walter Benjamin sobre la memoria y sus ruinas les propuso a los estudiantes de arte que participaron en su taller repensar los discursos históricos de su municipio e “invertir” las cartas propuestas por la historia.
El laboratorio se gestó en el Centro Cultural del Banco de la República en Cúcuta, pero su ejecución se llevó a cabo en Pamplona por motivo del evento académico y cultural Ápside, Encuentro de Artes Ramírez Villamizar 2016. Por tal motivo, el laboratorio centró sus actividades en dos propuestas. En desarrollo de la primera se realizaron tres murales en La Casona (sede de la Universidad de Pamplona donde funcionan los programas de la Facultad de Artes, el Museo Anzoátegui y el seminario Mayor), con la intención de plasmar un legado patrimonial, y la segunda acción tuvo que ver con inventarse un juego de cartas cuya baraja se construyera a partir de la iconografía del municipio.
De allí salió, como lo recuerda Ayala, “una especie de inventario de los íconos más representativos de la ciudad: la niebla, el pan, la campana, la piña, los penitentes de Semana Santa, el obelisco...”. Con esto se generaron reflexiones acerca de la tradición religiosa que sigue vigente en esta ciudad y que mereció acalorados debates. Varios consideraron que este proceso era una herramienta pedagógica útil para futuras ocasiones.