“Sorpresas te da la vida…”
Hay que celebrar la persistencia casi única del proyecto extendido de las artes en un país de regiones, que reitera una direccionalidad hacia lo regional como otros/nuevos centros de gestas artísticas, muy a pesar de la verticalidad estructural de una nación centralizada en casi todos los aspectos. En mi caso personal, reincidente como curador, esta ocasión se constituye en posibilidad privilegiada de complementar una percepción abarcadora y un acercamiento a las singularidades que nutren la simiente de la investigación y la creación reciente en toda la región del Caribe colombiano, ya iniciada en la edición pasada de Imagen Regional (la número 8), hace más de tres años.
Tradicionalmente, el Caribe colombiano se ha concebido, por circunstancias geográficas e históricas, como el acceso o como el andén para la circulación de las dinámicas poblacionales del país, las cuales ayer eran un poco más internas y nacionales, pero hoy son cada vez más globalizadas. Así pues, el territorio insular es prácticamente el laboratorio ejemplar para comprobar esta movilidad incontrolada; en su casi totalidad, los artistas presentados no descienden de los pobladores originarios o raizales, que a su vez fueron migrantes de otras islas o del litoral del istmo centroamericano. Algo parecido se nos desdibuja en la península de La Guajira, cuando la identificamos casi reducida a la fuerte presencia y gran visibilidad de la comunidad wayú con su marcada plurinacionalidad, que deja por fuera la significativa presencia negra de origen antillano y africano en su proyección nacional, aún más complejizada hoy por el ingreso de repatriados, la inestabilidad y la crisis en la nación vecina.
¿Y cómo ve el país a la capital del Caribe colombiano, cómo la sienten sus artistas?
Un porcentaje casi insignificante de los artistas seleccionados para la actual Imagen Regional 9 en este segmento de la costa norte del país son de los territorios mencionados, como las islas de San Andrés, Santa Catalina y Providencia, la península de La Guajira y la sede del evento, la vieja ciudad de Santa Marta. Casi el 80 % de los inscritos y posteriormente seleccionados son de Barranquilla y de sus dormitorios vecinos, como los municipios de Soledad y Puerto Colombia.
La percepción excepcional de la ciudad como capital regional en su deslumbrante crecimiento, sustentada en el fortalecimiento de sus valores culturales y tradiciones patrimoniales, se desvanece en la medida en que son las expresiones y prácticas artísticas de sus propios ciudadanos las que señalan y cuestionan la falsa y exagerada promoción mediática que la acompaña. Los espacios alternativos, surgidos en viejas casas de sectores en decadencia, con logros urbanos ya desaparecidos e improvisadas propuestas expositivas que regresan a las abandonadas y desechadas infraestucturas oficiales, son asumidos de manera independiente y creativa por los nuevos artistas como estrategias de resistencia ante la indiferencia y la insuficiencia de los sectores institucional y administrativo, responsables de implementar la educación, la cultura y el arte.
Puede decirse que en la medida en que se constata la desidia oficial por el sector cultural, estrangulado en varios de sus proyectos, clausurados o detenidos, se hace evidente una disidencia en propuestas cargadas de agudas críticas que ratifican las crisis continuadas del sector, ventilando y cuestionando valores entronizados, activando plataformas enriquecedoras y experimentales para el sector, que amplían los circuitos de comunicación, formación y promoción, o se ingenian eventos expositivos transgresores y de ambiciosas calidades conceptuales e irreverentes propuestas, como un encuentro de artistas y de curadores nacionales e internacionales.
La apertura festiva con exposición pictórica de un desmovilizado de la guerrilla en el pasado proceso de paz; una monumental instalación de piezas fálicas en diversidad de tamaños, colores y materiales, precisamente la Noche de las Velitas, tradicionalmente dedicada a la celebración de la Inmaculada Concepción de la religiosidad cristiana, o una espléndida exposición duotónica de matrices xilográficas entintadas y de grandes dimensiones en una estructura improvisada, dado que la sede académica, con su propio y adecuado espacio expositivo, se había desplomado hacía años.
A pesar del cierre por reconstrucción del emblemático teatro Amira de la Rosa, hito cultural de la ciudad por décadas, fue estimulante y reconfortante apreciar su magnífico telón de boca en las instalaciones del Banco de la República, realizado por el grande de la modernidad pictórica nacional, Alejandro Obregón (1920-1992), y que precisamente había terminado de restaurar, pocos días antes de morir, el muy cuidadoso, profesional y reconocido mexicano Rodolfo Vallín.
Después de apreciar semejante pieza protegida y guardada celosamente, de contemplar al frente, a una cuadra de la popular calle Murillo, uno de los volúmenes arquitectónicos de la modernidad más admirados, como el edificio García, obra del arquitecto cubano Manuel Carrerá (La Habana, 1913 - Barranquilla, 1981), me parecía una tarea poco atractiva y estimulante iniciar la revisión de portafolios y talleres programados para seleccionar a los artistas que, finalmente, iban a formar parte del proyecto Imagen Regional en su novena edición; no obstante, “Sorpresas te da la vida…”, como dijo Rubén Blades. Las semanas anteriores al evento, agitadas por marchas y movilizaciones estudiantiles y cívicas, no fueron obstáculo para la asistencia de todos los inscritos, y por el contrario confirmaron la importancia de las escuelas de bellas artes y de la academia misma en la formación de los artistas, al igual que su incidencia en las expresiones estéticas incipientes y en la calidad de los proyectos presentados.
Inicio entonces este paneo con dos artistas de vasta trayectoria, cuyos oficios y prácticas fueron mucho más apreciados en otros tiempos debido a que representaban lo ancestral, la importancia del entrenamiento continuo como garantía de las calidades y la excelencia alcanzada, aspectos que posiblemente hoy no tengan vigencia: es el caso de la tejedora Martha Rosario Pérez y de la grabadora Lourdes Durán Linero.
La tejedora, con sus fibras, tintes y anudados, construye esculturas y relieves blandos que exigen, además del conocimiento del oficio, el manejo de lo espacial, lo cartográfico y lo volumétrico: Relieves terracota, azul y terroso, aún hoy pueden servirnos para descifrar nuestro andar, y Lourdes Durán, con su técnica xilográfica, de paciente oficio, y con sus impresiones en finísimas superficies de papeles orgánicos, simplifica en lo esencial el valor de la línea, el ritmo y la direccionalidad en su serie Estados naturales, prueba indiscutible de un oficio exigente, que tiene mucho que ver con su entorno tanto en lo topográfico como en lo atmosférico.
Por su parte, Aníbal Maldonado, con exquisitos dibujos, grafismos y viñetas manuales, nos enfrenta a un reprochable, hermético y distante manejo de lo estatal, por medio de pesadas atmósferas y figuras típicas de las iconografías burocráticas y de los círculos del poder, también desde la historia inscrita en periodos más recientes.
Igualmente, los proyectos presentados por un grupo amplio de mujeres artistas de la región, con diversidad de medios, técnicas e instrumentos utilizados, coinciden en su intención de hurgar y profundizar en el sentido de la vida, siempre inseparable de la condición espiritual, material y de las circunstancial del ser.
Julia Rosa Uribe, con sus fotografías analógicas en blanco y negro, aborda y capta de manera escueta en su serie Territorio común la decrepitud del cuerpo, señalando de manera limpia y aséptica el instrumental que este requiere cuando pierde sus facultades físicas y de autosuficiencia higiénica.
Cinthya Escorcia, a partir de su propio cuerpo, como autorretratos de sus íntimos performances, elige la relación de este con el espacio y no con el tiempo y la edad en Aproximaciones a lo innecesario, generando una sensación de soledad, vacío, distancia, insignificancia y fracaso, en tanto que Isabel Roncallo Uribe en Proyecto Rojo nos señala en forma específica la piel, que soporta el pigmento rojo bruscamente untado con gestualidad agresiva, para ahondar en su condición de refugiada constante, o como impronta de las ya lejanas persecuciones políticas generadas en las dictaduras del sur de Suramérica.
Ahora bien, en circunstancias similares, la repatriada Michelle Mundo, migrante venezolana de ascendencia colombiana, es primorosamente delicada en su obra Blood for you, en la que usa una técnica pictórica clásica, originada en su afán de priorizar la búsqueda de su propio yo, o como una epifanía de sus intereses filosóficos y estéticos, mientras que Olga Huyke, en su propuesta Todo pasa, es contundente en el manejo centrado del concepto del tiempo mediante pancartas, carteles y fotocopias deliberadamente efímeros, limpios, minimalistas y certeros, diseñados y pensados desde la conciencia de la fragilidad de la vida, incluso desde lo fugaz y lo cotidiano.
Con escasos diecinueve años, Sebastián Meek incursiona en aspectos complejos de la personalidad y la proyección del yo en lo social a través de una secuencia fotográfica titulada Otra piel. A partir de su propio cuerpo, en particular de la manipulación del rostro, cuestiona aspectos más existenciales, como la máscara y los convencionalismos, la simulación y la actuación, lo íntimo y lo público, en una clara actitud crítica, que descalifica al “actor” cotidiano y pone en tela de juicio la fortaleza del lenguaje corporal.
Este joven barranquillero se acerca, con resultados visuales completamente diferentes, a su paisano José Álvarez y al experimentado artista de ascendencia wayú Eusebio Siosi. Ellos dos, con piezas sustentadas en las prácticas performáticas, inspiradas en ritualidades presentes en las manifestaciones y expresiones culturales de la gran cuenca del Caribe, señalan hitos determinantes en sus trayectorias. Para el caso de Álvarez, su propia llegada a la vida y al mundo un “Día de los Muertos”, en Revelar, performance y documento rico en simbologías originadas por los efectos del hollín de las espermas encendidas que brotan de sus largos dedos, y para el caso de Siosi, revive fuertes impresiones recibidas durante su infancia ante las raíces ancestrales y los tradicionales rituales de las soñadoras en Sueños y perturbaciones. En esta pieza de gran impacto, tanto en la foto fija como en el video, el color rojo de la túnica, las formas creadas por el viento y el escenario desértico de la península son los elementos estéticos preponderantes.
Así mismo, hay un significativo matiz hedonista en algunas propuestas de estos artistas caribeños, como en el caso de Jair Galindo, Vidal Monroy, Alexis Villanueva, Sergio Vega, Tomás Martínez y Emma Anna. En los impecables dibujos a plumilla y tinta sobre papel hechos por Jair Galindo en su Obra 03, de la serie Sumergidos - 4ª generación, satura el claroscuro al máximo en amables puestas en escena familiares, que nos hacen evocar las mágicas pinturas del francés Georges de La Tour por su dominio de la luz, y en las que Galindo inserta con humor algún elemento de la tecnología actual.
Vidal Monroy, a su vez, con estructuras tridimensionales y materiales cuidadosamente seleccionados, crea una sensación de inestabilidad al construir, con implementos educativos ensamblados en concreto burdo, una flotante pieza titulada Entropías de la educación, que ubicaríamos en el conocido brutalismo de la arquitectura moderna.
Igualmente, se encuentra un contenido de carácter didáctico en la instalación ¡Hey! Yo juego, de Alexis Villanueva, a manera de dispensario y suministro que le permiten al espectador interactuar lúdicamente con la propuesta del artista, ordenada y dispuesta como una oferta de materiales atractivos por sus diseños y colores estimulantes.
Sergio Vega es un fino y preciosista interventor de lo natural, quien puede manipular en físico o con efectos fotográficos hasta hacernos percibir una dimensionalidad peculiar, con la misma habilidad de algunos insectos y aves que pueden construir diestramente nidos, panales y colmenas en los tallos de los arbustos, como sucede en su propuesta Comején. Este artista también puede producir una ilusión de poblado en una playa desierta o irreal, con manejo de acercamientos y perspectivas fotográficas.
Tomás Martínez, en cambio, con logros pictóricos a la vista, entre lo conceptual y lo que podríamos denominar un pop caribeño, elige símbolos de fuerte raigambre popular, como unos guantes de boxeo, titulados Since 09-04-1948, realizados al óleo sobre lona, que podrían pasar inadvertidos como cartel publicitario si no fuera por la fecha significativa del título: el Bogotazo, desde la cual transmuta irónicamente la marca de los implementos deportivos por Ultra-Last, reiterada con humor negro en el guante correspondiente siempre a la mano derecha.
Por su parte, Emma Anna, nacida en Australia, se distancia de estas denuncias y críticas muy sutiles —sin que por esto su obra deje de hurgar de manera poética y estética en los imaginarios y en la realidad concreta— a través del collage, una de las técnicas que utiliza con más destreza, y por medio de la cual conecta épocas distantes y contenidos yuxtapuestos que generan perturbaciones por sus fricciones visuales que solo en apariencia son fantásticas composiciones, como las Mandalas, presentadas como un rico diseño pop, casi un caleidoscopio tropical para el placer y la experimentación.
Libia Lorena Gullo también se inspira en conceptos como lo artificial, lo natural y el tiempo, la vida y lo efímero como procesos estéticos, o como factores de cambios y de transformación continua, y lo hace en una forma muy limpia y fina, con sus fanales de cristal titulados Trance, donde junta una matriz artificial de resina traslúcida, con una hoja que deja su impronta de nervaduras y texturas en su proceso ineluctable.
Así mismo, la preocupación por la vida en el planeta es más directa en la propuesta Enjaulamiento, de Carmen Lucina Rodríguez Brito, quien desde sus preocupaciones ambientalistas y ecológicas nos propone un encierro parecido al que hemos sometido a muchas especies de aves, en esta ocasión por medio de una instalación sonora para experimentar la pérdida de la libertad.
Camilo Pineda apuntala, en su obra Proyecto café, una multiplicidad de intereses, temas y materiales hasta conformar veinte imágenes fotográficas casi etéreas o gaseosas, donde también se reafirma que el eje que cohesiona su obra lo determinan la música y la sonoridad. Es posible que Barranquilla, su ciudad, tenga uno de los niveles más altos de contaminación auditiva, y precisamente a partir del picó, el órgano por excelencia de la rumba popular, él ha venido componiendo varias de sus propuestas y digo componiendo porque el artista debe ser un músico, discjockey, compositor, arreglista y experto en electrónica básica para llegar a su pieza más reciente, conocida como Entropía ruidica o ruina entrópica.
Ahora bien, más compleja puede ser la intervención en el espacio urbano cuando se convoca a la comunidad en una acción participativa que cuestiona directamente la desidia oficial frente a sus responsabilidades para el mantenimiento y la conservación del patrimonio; en ese sentido, el colectivo SOS, integrado por la pareja que conforman Héctor Borelly y Lenin Morón, concreta su proyecto en un ritual fúnebre, Fantasma, en el cual se da cristiana sepultura a lo que fue un símbolo de desarrollo y modernidad para la nación, el muelle marítimo de Puerto Colombia: actores, teatreros, cineastas y fotógrafos lo muestran como caballito de continua corrupción, plasmando en excelentes registros fotográficas una secuencia de lánguido deterioro, hasta hacer desaparecer en una lápida y en una ofrenda floral lo que fue una magnífica y descomunal obra de ingeniería de siglo XIX.
Otras brillantes obras, y me refiero a su hojillado en oro, a su claridad conceptual y al hermoso diseño de fuerte contenido político, son las instalaciones tituladas Plenaria y A precio huevo, del colectivo integrado por la pareja de artistas Sthefany González y Gustavo Carrillo. Ambas se pensaron inicialmente como creaciones efímeras, construidas con cebollas y con huevos que terminaban podridos debajo de la deslumbrante pátina dorada y dispuestas a la manera de las curules del Congreso.
Finalmente, la segunda propuesta está hecha en madera, para facilitar su instalación en secuencia temporal; además, cada huevo lleva impreso el capital invertido en guerra durante los últimos treinta años del conflicto interno colombiano. Para referenciar el tema económico, Luis Mendoza aborda la ilegalidad como tendencia en un estado débil y frágil mediante una excelente técnica de dibujo sobre papel, irónicamente efímera en un ambiente climático y socialmente pesado. Sus dibujos recrean de manera ampliada las populares “formas Minerva” como armas de control en una paraeconomía lejos de la supremacía estatal, hiperrealistas hojas contables que testifican las cadenas pandillas-mafias-trabajo-subsistencia en estos Pagadiarios estéticos de Mendoza, los cuales son como pases de vida o de muerte en las comunidades marginales de nuestras ciudades, donde es imposible ocultar la mancorna dinero y violencia.
Los dos últimos artistas que presentamos son de San Andrés, y aunque no nacieron en ninguna de las islas, son la muestra, casi como de un laboratorio condensado, de las dinámicas poblacionales actuales y del papel que pueden terminar desempeñando los migrantes y advenedizos; Aurea Oliveira Santos llega de Brasil y hace de entusiasta líder y gestora cultural en el ámbito artístico como cualquier raizal. A través de su obra, Imagen Histórica de Naguasa, en sus líneas de tiempo nos coloca frente a la verdadera historia de la isla, olvidada o desconocida para muchos, especialmente para los colombianos del país continental, y a través de variadas técnicas que van desde la acuarela hasta el mural en cerámica pintada, recrea los episodios fundacionales de ese segmento insular de la región. De igual manera, Manuel José Páez “Bocese”, bogotano que llegó desde niño a la isla, aprovecha su perspectiva y distancia para acercarse a través del retrato, tanto pintado como hablado y en texto, en la obra Second Floor, para hacer un acercamiento a la compleja y variopinta imagen del isleño en toda su complejidad, distante de los estereotipos y caricaturas reductoras que implementa la estampa paradisíaca y turística de la publicidad.
Al finalizar esta presentación, solo nos queda apelar a aquellas palabras, estimulantes y aún vigentes, del crítico, investigador y pensador Ticio Escobar: “… el arte no renuncia a su empeño porfiado de estremecer las representaciones sociales, ni ha perdido las ganas de sobresaltar el aparente equilibrio del orden establecido y la inercia de las certezas pactadas. Es la vocación irritante del arte la que nos puede dar las pistas para reimaginar, si no una salida, sí al menos algún otro rumbo insumiso, reacio a seguir el derrotero que indica el camino cegado”.
Visita guiada por la exposición
Recorre la exposición Imágen Regional 9 con el curador Cristo Hoyos:
Artistas participantes:
Santa Marta
Riohacha
San Andrés
Barranquilla