Cristo Hoyos entrevista a Sebastián Meek O.
Sin haber terminado tus estudios en Bellas Artes, ya escogiste tus apoyos técnicos y tu propio cuerpo como el instrumento para los proyectos plásticos que estás realizando. ¿No es algo apresurado?
No me interesan el dibujo ni la pintura, pues creo que la fotoperformance, el videoarte, la fotografía, la intervención digital y las nuevas tecnologías me gustan más y me permiten conseguir lo que me propongo con mi propio cuerpo, es decir, un cambio, su desarrollo, mi propia evolución, que se mueven por el mundo con acciones premeditadas, acciones que buscan transgredir el cuerpo humano, mi yo.
Las interacciones del cuerpo con el entorno se tergiversan de una manera errada; el cuerpo transita por partes inimaginables, los años y las épocas trascienden y se comportan de un modo diferente, el ser humano es crítico y poco racional. El uso de mi propia forma como vehículo de expresión, mi cuerpo con muchas modificaciones en busca de una transformación del cuerpo físico, más bien modelar una nueva concepción del yo, modificando así lo dado por la naturaleza, es recomponer la identidad no solo en lo que se tiene visible, algo carnal, sino también en lo psíquico, algo mental que se extiende, se transforma y hace ver el pasado como algo decadente.
Al explorar mi propio cuerpo, trabajo un vocabulario visual de tratamientos, de la experimentación del cara a cara; además, me hago cuestionamientos acerca de la acción de la mentira en vivo, una actuación para convencer y, al mismo tiempo, quizá convencerse a sí mismo.
¿Te sientes atrapado?
Con el cuerpo puedo abordar mis propios conflictos, mis propios dolores, y puedo dejar la apariencia, la máscara; no me resulta fácil mostrarlo, pero siento que puede ser liberador. El movimiento dentro de la escena actuada y los convencionalismos propios de la personalidad que lleva son como una especie de máscara, que yo llamo “situación social”. La imagen que ofrece el individuo —en este caso, yo— no es una construcción arbitraria y extratemporal. Me veo en una forma abstracta, y más que un cuerpo común, un cuerpo en acción, una imagen poco superficial, se percibe el dolor interno. Sin embargo, todo proceso de trascendencia que se ve es la exploración del yo, algo que llega a ser performativo, que muestra una acción; es un proceso…
Te inscribiste a la convocatoria con 19 años y apenas en sexto semestre; paradójicamente, tus compañeros y tu profesor no resultaron seleccionados, pero tú sí lo lograste. ¿Cómo reaccionaste en ese momento?
Me impactó. Ellos lo festejaron porque yo no me había enterado. Luego me informaron. Me asusté porque hay cosas más complejas, difíciles, dolorosas para mí, que todavía no tengo claras. Además, el camino que se recorre para llegar a una idea es complicado en muchas ocasiones, y lo puede ser más cuando se trata de encontrar una forma de cómo presentar esas ideas.
El artista tiene algo que decir, algo que mostrar, y busca la manera más apropiada de hacerlo, y cuando es el cuerpo se vuelve una acción más complicada porque tiende a convertirse en un trabajo más personal; uno conoce su importancia y qué connotaciones físicas y mentales trae su desarrollo, pero estas acciones no son una muestra de realidades sesgada, sino la realidad que no se ve.
Tuviste una crisis y no pudiste estar en el proyecto “Interior/Exterior”. ¿Esto está relacionado con esas tensiones y conflictos que tratas de asumir y resolver con tus obras?
No. Fue una situación más triste. En mi familia, todos nos contagiamos de covid-19, menos mi hermano mayor. Mi abuelo murió y pensé que también iba a morir mi mamá, que estuvo muy mal. Afortunadamente, ella, mi padre y mis dos hermanos menores salimos adelante.
Te veo muy profundo, en busca de definiciones, de identidad, de aclarar cosas, de tu propio encuentro; eso está presente en tu obra titulada Otra piel. ¿Lo ves así?
Al crear una situación controlada, en la que el artista puede o no integrarse, siendo él parte de ella o mirar cómo esta habla por sí misma en su interacción con el espectador, reflexionando acerca de lo que podríamos empezar a llamar otra vez lo que yo denomino “actor cotidiano”, me pregunté si yo mismo era uno; es muy normal que uno como individuo quisiera tener siempre algo diferente del conjunto al que pertenece, me gustaría pensar que no tengo que fingir en ciertas situaciones o que en mi vida diaria no soy otra persona.
Sin embargo, no solo hay que considerar la mentira del actuar, sino la magnificencia del lenguaje corporal, y cómo el hombre promedio ha logrado dominar ciertos aspectos de este para complementar el engaño o tener una “nueva personalidad”; en este punto cabe recalcar que no solo es el aspecto físico el cual hace que nos transformemos en actores de personaje o en otras personas, ya que el comportamiento y la forma de ser son actos que nos hacen distintos de los demás, una imagen idealizada de perfección en forma física, espiritual y mental, que nos hacen querer ser “normales” y, más que todo, “reales”.
Bueno, es muy válido que el proceso creativo conlleve algo de catarsis y liberación, pero ¿por qué no algo de sanación y de claridad en tus propósitos?
La imagen que ofrece el individuo —en este caso, yo— no es una construcción arbitraria y extratemporal. Me veo en una forma abstracta, y más que un cuerpo común,
un cuerpo en acción, una imagen poco superficial, se percibe el dolor interno. No obstante, todo proceso de trascendencia que se ve es la exploración del yo, algo que llega a ser performativo, que muestra una acción…
Has decidido utilizar tu propio cuerpo como el soporte de tus pensamientos, de tus conflictos. ¿Esperas algo de esto? ¿Te ilusionas con algo?
Con Otra piel. Sebastián Meek O.