Últimamente se ha debatido mucho sobre la práctica curatorial y sobre cómo el papel del curador ha influido en la producción artística y en la percepción del arte contemporáneo. El mundo del arte está cambiando constantemente y adaptándose a las nuevas realidades: los artistas han cambiado su forma de ver el mundo y su participación en él, sus obras reflejan inconformidad con los espacios y expresiones tradicionales, y el público exige nuevas experiencias culturales. Este panorama cambiante hace de la labor del curador una tarea que exige flexibilidad, un trabajo que debe adaptarse a cada cambio, una labor que debe crear conexiones y puentes donde no existían y mediar entre el artista y el público.
En Colombia, la actividad curatorial varía según la región y los factores que influyen en la producción y circulación artística. Indudablemente, la formación profesional a través de facultades de arte o escuelas de bellas artes que brinden a los artistas las herramientas necesarias para enriquecer su producción artística es una variable determinante; de igual manera, la conformación de un sector artístico en el que participen el Estado como ente que fomenta y preserva las expresiones artísticas, y el sector privado como el conjunto de la actividad económica que permite la existencia de un mercado de arte y el coleccionismo de obras, es una necesidad para incentivar la producción artística. En muchas regiones del país la presencia de estos factores es escasa, intermitente o nula, lo que implica que la producción artística vibre a un ritmo diferente del de los centros culturales y artísticos del país, tales como Bogotá, Medellín o Cali.
Como curadora de Imagen Regional 9 en la Región Caribe, particularmente en los departamentos de Córdoba, Sucre, Bolívar y Cesar, en los que tuve la oportunidad de interactuar con agentes del sector artístico, pude apreciar las estrategias que utilizan los artistas para mantener una producción artística constante, al mismo tiempo que continúan con sus otras actividades lucrativas. Con el fin de adentrarme en estas dinámicas comprendí que debía dejar de lado el modus operandi de los circuitos principales del arte, vivir la cotidianidad de los artistas y adoptar una postura cimbreante.
El crítico y curador de arte suizo Hans Ulrich Obrist, en su libro Ways of curating1(Formas de curaduría) describe, a través de las experiencias vividas durante la realización de exposiciones curadas por él, algunas de las formas de hacer curaduría y de concebir una exposición de arte; algo muy importante, que Obrist destaca en cada experiencia, es la necesidad de tener conversaciones con los artistas, lo que permite que las ideas fluyan y que el mundo creativo se expanda.
Implementar esta metodología ha sido una constante en mi trabajo y ha tenido un impacto positivo en la relación con los artistas con quienes he colaborado. En el marco del proyecto Imagen Regional 9, el Banco de la República coordinó una serie de talleres con los inscritos a la convocatoria en las sedes de la región, talleres que tenían como propósito crear un espacio de intercambio y retroalimentación entre el curador y los artistas, que permitiera conocer mejor los procesos creativos y el detalle de la producción de la obra antes de hacer la selección. A partir de estos talleres y luego de la selección de obras para la exposición, la comunicación con los artistas se consolidó en conversaciones y en intercambios cada vez más interesantes, por medio de los cuales fue posible aprender más de los trabajos respectivos.
Seguir esta línea ha sido indispensable para mi labor como curadora, mantener un contacto constante con los artistas seleccionados, conversar sobre sus obras, algunas todavía en proceso, otras ya concretas y otras más por fuera del proyecto Imagen Regional 9, para entender la diversidad de los temas, crear conexiones, encontrar puntos de convergencia en las posiciones personales y así mismo lograr crear un puente entre las obras presentadas en la exhibición y el público; la frase que el artista Gerhard Richter expresó en conversaciones con el curador Hans Ulrich Obrist, “No somos capaces de ver pinturas [podríamos hablar de obras de arte en general] sin buscar las similitudes inherentes con lo que hemos experimentado y lo que conocemos”2 fue un punto de partida para consolidar el guion curatorial.
En esta exposición, en la que se recoge la obra de ocho artistas procedentes de la Región Caribe (Córdoba, Sucre, Bolívar y Cesar), se abarca una diversidad de temas que para la mayoría de los colombianos no son indiferentes. Las cicatrices que el conflicto armado interno ha dejado en las regiones del país han influido en la producción artística local, no solo como tema de investigación, sino también como una herramienta para resarcir a las víctimas directas del conflicto, como es el caso de la obra Sudarios de los Montes de María, de Walther Arrubla. Este artista, testigo él mismo de la violencia en el departamento de Sucre, desde el 2017 ha trabajado de la mano con víctimas de minas antipersonas de la zona, con quienes desarrolló para esta muestra una serie de dermatoglifos en lodo sobre lino de los muñones de sus miembros amputados.
En este mismo departamento, la artista María Alejandra Muñoz, oriunda de la ciudad de Popayán, cuya obra ha sido fuertemente influenciada por el catolicismo, nos presenta una serie de obras que estéticamente se asemejan a estampas religiosas y que tratan el fenómeno popular del mototaxismo, en particular sobre cómo han adquirido, gracias a su numerosidad e informalidad, fuerza electoral que ejerce presión en la vida social y política de la región. Manteniendo ese contexto popular, encontramos la serie de dibujos del artista Lewis Arango, quien a partir de una investigación sobre la arquitectura y tradición del barrio Getsemaní, de Cartagena, recrea escenas cotidianas del sector, cuyos protagonistas son representados por aldabas propias de las construcciones locales.
Por su parte, Raúl Ballesteros transforma con su obra pictórica las edificaciones emblemáticas de la misma Cartagena en lo que él denomina “Ciudad Parapeto”, y nos invita a reflexionar sobre la brecha de las clases sociales, reflejada en la estética arquitectónica de los barrios marginados de la ciudad. Así mismo, con su obra escultórica Barracuda azul, realizada a partir de materiales reciclados encontrados en las playas de Cartagena, expone el problema de la contaminación presente, especialmente en los sectores deprimidos de la ciudad.
Del mismo modo, Daniel Sarabia Reyes recorre Cartagena en busca de elementos desechados por las construcciones para fabricar su “Ciudad Encontrada”, una serie de maquetas que representan las viviendas improvisadas de los barrios periféricos de la ciudad, utilizando especialmente la madera como material empleado tanto en las construcciones locales de atractivo turístico y estrato socioeconómico alto, como en las zonas excluidas, invisibles y marginadas de la otra Cartagena.3
La alusión a la memoria colectiva e histórica de la región es un tema recurrente en la producción de los artistas, quienes desarrollan su obra a partir de experiencias personales que se conectan con el sentir de una generación. En la obra pictórica La casa de infancia, Sandra de la Cruz analiza con nostalgia el abandono del estilo de vida de un sector de la sociedad de una época, a través de imágenes y recuerdos familiares de su casa de infancia en Cartagena. De igual manera, Jairo Támara nos invita al velorio de 148 años de historia de las vidas privadas y públicas de una sociedad de provincia en el departamento de Córdoba, representada por medio de fotografías, documentos, objetos personales y religiosos, entre otros, contenidos en nueve cajas que aluden al novenario de una época que ya pasó, y nos incita a cuestionarnos por qué, en ciertos contextos, los gatos no van a misa.
El mestizaje en América fue un proceso histórico del que se derivó no solo la pluralidad étnica actual del país, sino también la riqueza cultural que se evidencia en las expresiones artísticas de las regiones. El artista Jorge Serrano, en su obra multidisciplinaria Triétnico, conjuga el pasado ancestral indígena y africano con las costumbres españolas a través de un performance que, además de reflexionar en torno a las diferencias sociales que siguen existiendo en la región, invita al público a participar activamente en la muestra por medio de una sesión de dibujo en vivo.
La cualidad más interesante del mundo del arte es lograr traspasar las barreras de la exposición como simple experiencia visual, ya que esto permite que diferentes contextos interactúen espontáneamente, sin miedo a que diversos conocimientos converjan en un mismo espacio y se creen rituales que exploran la opción de una experiencia plurisensorial. Los artistas participantes en esta muestra consiguen reflejar en sus obras varios problemas de la región, a partir de la exploración e investigación de experiencias personales relacionadas con la sociedad y la cultura, al mismo tiempo que crean una conexión con las vivencias y memorias del público. Sin embargo, el mundo sigue cambiando, las sociedades se están adaptando a nuevas formas de coexistir debido a un enemigo invisible: un virus de rápido contagio. Museos, galerías y eventos culturales de todo el planeta se enfrentan a cierres temporales y demoras. El proyecto de Imagen Regional 9 también se vio afectado por esta situación, lo cual me invita a plantear nuevos interrogantes en torno a esta exposición y a la producción de los artistas:
¿Cómo percibe el público pospandemia esta muestra? ¿Cómo se relacionan las obras expuestas con esta crisis? ¿Cómo afecta esta situación la producción artística en las regiones?
Referencias bibliográficas
1 Hans Ulrich Obrist. Ways of curating. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2014. Volver arriba
2 Ibid. Volver arriba
3 Expresión que utiliza el artista para referirse a los barrios marginados de Cartagena. Volver arriba
Visita guiada por la exposición
Recorre la exposición Imágen Regional 9 con la curadora Alexandra Haddad.
Artistas participantes: