Colombia es reconocida constantemente como un país con gran riqueza natural, variedad de paisajes y climas, y una inmensa biodiversidad. Esta pintura muestra un amanecer o un atardecer en un paseo por el río Magdalena, el principal río de Colombia. El río nace en el estrecho del Magdalena en San Agustín, Huila, y desemboca en la ciudad de Barranquilla. Para la cultura San Agustín, que habitó en el nacimiento del río hace cerca de 2300 años, el Magdalena era el Río de las Tumbas, el lugar en el que se honraba a los muertos célebres y se realizaban pagamentos por los favores recibidos. Se dice que la grandeza de esta cultura que había desaparecido ya a la llegada de los conquistadores españoles, quienes lo bautizaron como Río Grande de la Magdalena, se debió en buena medida a las aguas del gran río.
Hasta mediados del siglo XX, el Magdalena fue la principal vía de comunicación del país y por él entro la modernización a las principales ciudades. La importancia del río Magdalena para el transporte en el país se relaciona con su capacidad de articular un país con enormes variaciones geográficas y de aliviar la ausencia de vías férreas.
Las descripciones que hicieron los viajeros del siglo XIX poco a poco se van haciendo más improbables, pues actualmente muchas de sus especies endémicas están amenazadas por la destrucción de su hábitat. Si no se detiene la explotación desaforada y no se cuidan los ecosistemas, las únicas imágenes que persistirán serán las acuarelas de Auguste Le Moyne, que captaron la vida en el Bajo y el Medio Magdalena a su paso por esta región. Parece cumplirse el sueño de Manuel Ancízar, quien dijo que “Con el transcurso del tiempo y la mayor población, abatido el bosque y desagüados los pantanos, desaparecerán estos inconvenientes y las mencionadas llanuras serán el criadero de numerosos rebaños, que alternarán con haciendas de café y caña”.
En el alto Magdalena se construyeron durante el siglo XX las represas de Betania y El Quimbo, dos de las más grandes de Colombia que producen energía eléctrica para buena parte del territorio nacional. La vida y la economía de muchos pueblos y comunidades contiguos a las represas se vieron alteradas con su construcción. A medida que el río sigue su cauce, va sufriendo el olvido y el desprecio de las poblaciones aledañas. En muchos casos se convierte en lugar de vertederos de actividades agrícolas y de ganadería, y en otros se usa para crear piscinas de cría de peces, lo cual pone en peligro su equilibrio biológico. Recientemente, en la ciudad de Honda se le cuida y honra con la fundación del Museo del Río Magdalena, en el que se realizan actividades con la comunidad para recuperar y preservar los significados del río para este antiguo puerto interior del país.
Algunos datos muestran la importancia actual del río Magdalena para el país: responde por el 80 por ciento del PIB, el 70 por ciento de la energía hidráulica y el 50 por ciento de la pesca de agua dulce.
El autor de este paisaje es Jesús María Zamora, un pintor boyacense de origen campesino que vivió entre 1871 y 1948 y recibió sus primeras lecciones de arte de un restaurador viajero que pasaba de cuando en vez por su pueblo (Miraflores). Se formó en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá y amplió sus estudios en Europa y, además de hacer paisajes, trabajó el género del retrato y la pintura de batallas. La cátedra de paisaje se introdujo en la Escuela de Bellas Artes en 1895 a la cabeza de Andrés de Santa María quien trasladó la influencia de los paisajes impresionistas a los jóvenes alumnos de pintura en Bogotá. Mientras artistas como Fídolo González Camargo, Roberto Páramo y Eugenio Zerda asumieron muchas de las formas de trabajo traídas por Santa María desde Francia, Zamora optó por formas más románticas de representación de los paisajes de los llanos orientales y el río Magdalena. Otros pintores, como Ricardo Gómez Campuzano, conservaron las formas más clásicas y realistas de paisaje heredadas de la academia francesa y su trabajo se juzga hoy como poco crítico y original.
Como se ve en esta obra, los paisajes de Zamora resaltan por el gran detalle para expresar la luminosidad principalmente a través de los cielos. Sus paisajes captaron espacios de la sabana de Bogotá, las cordilleras, los valles y riberas de los ríos Orinoco, Magdalena y Cauca, y los llanos.
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