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Tipo de minisitio


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Cecilia Posada. Anciana Emberá, Chocó. 1995. Fotografía, ampliación en plata sobre gelatina. 
Archivo Cecilia Posada. Signatura FT3357.

Lo político no se restringe a las contiendas electorales ni a los cargos de representación. Se trata, más bien, de una noción ampliada que contempla todas las formas de intervención de las mujeres en la sociedad: desde el sufragio hasta la educación comunitaria, desde la acción colectiva hasta la reflexión individual sobre el poder. El archivo revela que lo político también habita en el testimonio, en la crítica cultural y en las redes de afecto y cuidado que sostienen la vida.

Este eje se enmarca en esa amplitud y recoge documentos en los que las mujeres se posicionan como sujetos activos del cambio, incluso cuando lo hacen desde las orillas del canon político tradicional. Los ejemplos elocuentes inician con el Prospecto de La Mujer, de Soledad Acosta, en el que establece la importancia y la necesidad de una publicación periódica que apele directamente a la mujer colombiana para establecer una línea cultural que vele por su educación y moralidad. Esta revista, a diferencia de otras publicaciones para el público femenino del momento, estableció de forma directa que sería exclusivamente manejada y escrita por mujeres colombianas y sudamericanas, con el fin de apelar a las experiencias vividas por las mujeres. En esta operación editorial, Acosta construyó una política que denuncia silenciamientos y propone relecturas de su presente desde una genealogía femenina, útil también para las mujeres colombianas y latinoamericanas de entonces y de hoy.

Esta misma voluntad de intervenir críticamente desde la escritura pública de prensa se sostiene en el tiempo y bien entrado el siglo xx. Así lo demuestran artículos de prensa de los años sesenta, como el texto de Magdalena Fetty de Holguín, titulado La política tiene que pintarse los labios, y publicado en la revista Mujer, fundada y dirigida por Flor Romero. El artículo es un cuestionamiento a un texto anteriormente publicado en la misma revista y con ese mismo título, La política se pinta los labios, escrito por Antonio Cruz. La respuesta de Holguín es contundente y confronta a Cruz por sus posturas sobre la participación de la mujer en la política y en la educación universitaria. Sobre todo, lo increpa por decir que la oratoria no es espacio para la mujer, analizando las múltiples formas de exclusión de las mujeres en la política. Otra crítica de autodeterminación política se manifiesta con claridad en piezas como El aborto, ¿un delito de clase? de María Mercedes Carranza, publicado a finales de la década de 1970 en Carrusel. En diálogo con la congresista Consuelo Lleras, Carranza denunció la hipocresía jurídica que criminalizaba el aborto mientras ignoraba las muertes por abortos clandestinos. El texto se sitúa en una zona de frontera entre el periodismo y el activismo, revelando cómo la palabra escrita puede ser también una forma de interpelación política a partir del cuerpo y la clase.


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Cecilia Posada. Mujeres Wuayuú. 1995. Fotografía ampliación en plata sobre gelatina. 
 Archivo Cecilia Posada. Signatura: FT3357

A partir de lenguajes como la fotografía, lo político también se plantea en la exposición desde la mirada femenina. Las imágenes de la fotógrafa Cecilia Posada, tomadas en la Guajira y el Chocó en los años noventa, revelan la centralidad de las mujeres indígenas en la transmisión cultural, la economía comunal y el cuidado del territorio. Este registro fotográfico constituye un valioso testimonio visual de la vida cotidiana de mujeres indígenas embera y wayúu. La imagen de una anciana embera en el Chocó revela la dignidad del envejecimiento en contextos comunitarios, mientras que las escenas capturadas en la Serranía de Macuira muestran a mujeres wayúu en su entorno familiar y territorial, reafirmando su rol central en la transmisión cultural y la organización social. La frase que se encuentra en el revés de la fotografía «no siempre mostramos todo, siempre hay algo que se queda, que nos pertenece» resuena como una declaración de soberanía simbólica, recordando que la imagen nunca agota la experiencia. Estas fotografías no solo documentan, sino que interpelan e invitan a reconocer la agencia de las mujeres indígenas en la construcción de sus mundos, desde la memoria, el territorio y el cuerpo, con la conciencia de que todas estas arenas son políticas.

El cuerpo como territorio en disputa y, por tanto, como esfera de lo político aparece nuevamente en la exposición con la selección de la obra Vitrina (1989) de María Teresa Hincapié, presentada durante el Encuentro Latinoamericano de Teatro Popular en Bogotá. La acción tuvo lugar en el escaparate de una tienda en la Avenida Jiménez, donde hoy se ubica la librería Lerner. Allí, Hincapié, vestida con una bata azul, realizó durante ocho horas diarias y por tres días consecutivos tareas domésticas —como barrer, limpiar, maquillarse o peinarse— frente a los transeúntes. La artista utilizó el vidrio del escaparate como un lienzo simbólico: escribía frases con lápiz labial rojo, las lavaba con jabón o lo cubría con papel periódico, dejando pequeños orificios a través de los cuales asomaba su rostro. Estas acciones, aparentemente simples, cuestionaban los roles tradicionales de género y la percepción de lo femenino, transformando lo cotidiano en un acto poético y político. Frases como «¿Ustedes creen que esto es teatro?» o «Soy una mujer azul» acompañaban la escena. Su cuerpo, en tensión entre la visibilidad y la reclusión, interpela directamente las nociones de lo público y lo privado, desestabilizando la idea de que lo político ocurre únicamente en las tribunas. Lo cotidiano, lo íntimo y lo sigiloso también son materia de la transformación de una sociedad.

La inclusión en este eje de materiales del Fondo Esmeralda Arboleda configura un testimonio poderoso de la lucha de las mujeres por la transformación social. Arboleda, figura clave del sufragismo colombiano y de la política partidista, nos permite seguir ampliando esta cartografía. En una pieza de correspondencia con Alberto Lleras se revela una interlocución de cercanía, y, a la vez, una en la que él trata de imponer una jerarquía cuando le sugiere «conectarse con la famosa Liga de Mujeres Votantes» durante su estadía en los Estados Unidos. Pero Arboleda no fue una emisaria obediente ni supeditada a los altos dirigentes políticos. En un manuscrito posterior escrito por ella en París sobre la Liga del Derecho de las Mujeres, se adscribe a las luchas de la segunda ola feminista internacional, denunciando la mercantilización del cuerpo femenino, reclamando el derecho al placer sexual, y abogando por el aborto legal y gratuito, aún objeto de disputa.

La historia de la articulación entre cambio, ciudadanía y lo femenino tiene una voz poderosa en Lucila Rubio, autora de Ideales feministas y Los postulados del feminismo, dos materiales que también juegan un papel protagónico en este eje. Rubio luchó por la educación de las mujeres, el equilibrio económico, y la eliminación de la prostitución como forma de explotación estructural. Su visión feminista implicaba un cambio cultural profundo. Rubio fue además una de las impulsoras de Agitación Femenina, publicación periódica clave del activismo femenino de mediados de siglo xx, que lideró junto con Ofelia Uribe, otra de las figuras de la exposición y autora de Una voz insurgente. Ambas mujeres trabajaron intensamente en la consecución de derechos para las mujeres en el país, y se mantuvieron activas en la discusión política de manera longeva.

Lo político como acto de manifestación pública también está presente, por ejemplo, a partir de la vista de las Jornadas de Mayo de 1957 contra el gobierno de Rojas Pinilla. Inicialmente aliadas del general, las mujeres se convirtieron en una de las fuerzas más visibles en las protestas que culminaron en su caída. La lente de Manuel H. registró estas movilizaciones, que no solo fueron protagonizadas por hombres. Las mujeres —madres, hijas y esposas— convocaron a sus familias, se tomaron las calles, y exigieron un futuro político distinto. Las fotografías de Manuel H. también están presentes en la exposición para resignificar parte de la historia del voto femenino.


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Manuel Humberto Rodríguez Corredor, “Primera votación en Colombia en la que participaron las mujeres (1957)”, en Archivo fotográfico Manuel H., Biblioteca Luis Ángel Arango, FT1411, negativos  77035, 77041, 77061, 77069.

Desde una orilla distinta, pero también profundamente política, se encuentra el Manifiesto de la Compañía de Milicianas Manuelita Sáenz, del Fondo de Vera Grabe. Este ejemplar nos recuerda que la lucha armada también fue un espacio de agencia política femenina en Colombia y que los referentes históricos de mujeres caracterizadas como revolucionarias fueron cruciales en la formación de nociones políticas durante la segunda mitad del siglo xx. En este manifiesto se invocan nombres como María Cano, La Gaitana y Manuela Beltrán. La pieza no romantiza la violencia, pero sí subraya la urgencia de actuar desde todos los frentes para lograr un cambio social profundo.

Considerando que el poder no siempre se ejerce desde la confrontación directa, sino que con frecuencia se despliega en redes de formación, en pedagogías muchas veces ocultas, el inédito Fondo de Joanne Rappaport interviene en la exposición. Su Cuaderno 7 de notas sobre la Escuela Bilingüe de Nasa Yawue muestra a Susana Piñacué como agente política por excelencia. Allí, Piñacué afirma que una de sus principales motivaciones fue la preocupación por el futuro de las indígenas. El acto de enseñar se convierte en una práctica política de empoderamiento y afirmación cultural, en el cual el conocimiento y la lengua entrenan a todas las mujeres en la acción política dentro y fuera de las comunidades.

También dibujando la manera en que lo político desborda lo institucional, la protesta y la insurgencia, y cómo ésta también se enmarca como práctica de vida en juegos de (re)producción de poder, aparecen en este eje los efímeros del cambio de siglo. Las portadas con imágenes de mujeres extranjeras no son solo fragmentos de una cultura de masas incipiente de principios del siglo xx, sino que son ventanas a un imaginario global en el cual las mujeres también circularon, se inspiraron y se representaron a sí mismas; son referentes cotidianos, claros y contundentes de una imaginación de formas posibles de subjetividad femenina de la época. Estas imágenes señalan un orden de fronteras móviles y hacen visible la dimensión cosmopolita de las aspiraciones de las mujeres, incluso en tiempos anteriores a la hiperconectividad digital de hoy.

Este recorrido revela que lo político no está confinado a un único espacio. Se despliega como práctica cotidiana, intelectual y emocional, en la que las mujeres han sido protagonistas, aun cuando el relato oficial no siempre lo haya reconocido. En estos archivos, las mujeres no solo narran el poder: también lo encarnan, lo cuestionan y lo transforman.

Imagen principal Media
Manifestación primero de mayo 1957. Bogotá Archivo fotográfico de Manuel H. Rodríguez Signatura topográfica: FT1411
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