Retrato femenino. “Photographie Benque Paris” S.f. Tarjetas de visita en albúmina en álbum fotográfico del siglo XIX.
Colección Pilar Moreno de Ángel. Signatura FT1808.
Este eje refuerza una figura y protagonista fascinante: la del archivo que no se construye desde lo institucional, sino desde la intimidad y desde lo personal, desde el reclamo autónomo de memoria, y desde la voluntad de legar —algo ciertamente muy importante a lo largo de la historia de las mujeres—. Ese archivo es, además, un lugar valioso para la reconstrucción historiográfica del pasado femenino: sin el impulso de archivar de muchas mujeres jamás habríamos sabido nada de ellas ni de otras[1].
El impulso de archivar muestra ese archivo que nace en la acción deliberada de las mujeres de guardar, conservar, ordenar, coleccionar, no solo para su uso personal, sino como una apuesta de existencia y presencia en la historia. En este cuerpo de archivos personales que visibilizamos, las mujeres dejan constancia no solo de sus obras, sino también de sus procesos de pensamiento, de sus lecturas, y de sus redes afectivas e intelectuales. En el corazón de este eje, el archivo no aparece como una institución cerrada ni como un repositorio neutral, sino como una labor marcada por un propósito íntimo. En este eje aparecen artículos seleccionados de terceros, anotaciones marginales, planes de investigación, notas inconclusas…
En manos de mujeres como Pilar Moreno de Ángel, el archivo personal se convierte en una forma de mirar, de seleccionar, de narrar el mundo desde sus propias obsesiones, afectos e intereses. En su colección, conviven objetos aparentemente dispares: un libro de novenas dirigido a jóvenes católico-liberales, poemarios firmados con su nombre de soltera, y tratados de música con firmas de personajes históricos. También hay libros como Ofrenda a los jóvenes católico-liberales o Lecciones de música de Alejandro Agudelo, aparentemente ajenos a su línea de investigación, pero que cobran sentido al ser leídos como parte de una selección que entrelaza lo político, lo cultural y lo cotidiano. La firma de Mariano Ospina en una patente o la dedicatoria de un poema a un político mexicano se convierten en huellas que Moreno decide preservar, no solo por su valor documental, sino por su capacidad de narrar la historia desde ángulos menos evidentes. Cada uno de estos documentos revela una voluntad de conservar lo que la historia oficial tiende a descartar. No son un mero vestigio: son rastro de historia. Así, el archivo de Moreno no solo da cuenta de su labor como historiadora, sino también de su forma de pensar lo nacional, lo cotidiano y lo femenino como dimensiones inseparables. La construcción de este archivo en particular es sobre todo una forma de mirar, y, al hacerlo, de construir un mundo. Algo similar se manifiesta en el álbum de recortes de Migdonia Barón Restrepo, en el que se entrelazan lo político y lo personal: tarjetas de floristería, comunicaciones íntimas, y registros de su militancia en el Partido Liberal y su trabajo territorial con mujeres. En esta acción de guardar, de coleccionar fragmentos de vida, se afirma una subjetividad que quiere trascender. El archivo, entonces, no es solo un espejo de un camino transitado, sino una apuesta por dejar huellas, por construir una narrativa propia que desafía las jerarquías de un saber único y autorizado.
Retrato femenino. Ambrotipo (ca. 1860)Colección daguerrotipos, ambrotipos y ferrotipos en Colección Pilar Moreno de Ángel.
Biblioteca Luis Ángel Arango. Signatura: FT1835.
El archivo personal de Beatriz González constituye un ejemplo paradigmático del impulso de archivar como gesto crítico. A lo largo de décadas, la artista reunió invitaciones a exposiciones, recortes de prensa, textos propios y ajenos, construyendo así una constelación documental que no responde a una lógica institucional, sino a una sensibilidad personal que entiende el archivo como una forma de pensamiento, como una práctica de memoria propia y colectiva, y como una apuesta crítica por la construcción de la historia del arte colombiano. Dicha constelación es el resultado de una decisión deliberada de guardar, conservar y narrar desde la mirada de una artista que también fue testigo, lectora y comentarista de su tiempo. En la selección para este eje se revisaron los materiales dedicados a figuras como Álvaro Barrios, Fernando Botero, Feliza Bursztyn, y, de manera especialmente significativa, Débora Arango, cuya presencia revela una voluntad de trazar genealogías afectivas y políticas. El archivo de González no solo guarda: también interpreta, acompaña. Es una reelaboración paralela que se despliega en fragmentos y que construye una historia del arte colombiano desde adentro, desde lo cotidiano, lo crítico y lo sensible. Su apertura al público no solo amplía el acceso a una memoria artística fundamental, sino que también legitima el valor de los archivos personales como espacios de producción de conocimiento en los cuales lo íntimo y lo histórico se entrelazan y se trascienden mutuamente. En este sentido, el archivo de González no es un repositorio pasivo, sino una obra viva, una curaduría de época que desafía las jerarquías del saber y propone otras formas de habitar el contexto.
Arqueología. Río S. Juan; S. Miguel. Excavación Minguimalo. (1960)
Archivo Alicia Dussán (y Gerardo Reichel-Dolmatof) (1960). Signatura: FT1413-15850.
En el fondo de Nina de Friedemann, dentro de la Sección de Estudios Afrocolombianos, se encuentra una ficha mecanografiada sobre el chigualo —ceremonia fúnebre infantil en el Pacífico colombiano— en la que no solo se registra la voz de Clemencia Angulo, habitante de Los Brazos, sino que se incluye un esquema espacial dibujado a mano por la propia Friedemann. Esta acción de trazar, anotar, guardar… revela una forma de archivo que es también una forma de escucha y de respeto por los saberes comunitarios. En sintonía, en el archivo de Joanne Rappaport, una carpeta de genealogías elaborada junto a habitantes de San José del Guayabal en los años ochenta conserva no solo datos útiles para la investigación, sino también la conciencia de que ese conocimiento debía permanecer y servir a otros. El archivo, en este caso, es vínculo y continuidad.
En el archivo de Vera Grabe, el impulso de archivar se entrelaza con la urgencia política. Allí, una edición subrayada de la revista Debate (abril de 1991) y un listado de exmilitantes del M-19 no son simples documentos administrativos: son marcas de una presencia, de una mirada que insistió en registrar lo que otros habrían reducido a cifras. Grabe guarda nombres, anota, subraya, selecciona. Su archivo es también una forma de resistencia frente al olvido, una manera de afirmar que cada historia cuenta, por marginal que pueda parecer. Por su parte, en el archivo de Esmeralda Arboleda, un sobre con documentos sobre el juicio a Rojas Pinilla —cuidadosamente clasificados y organizados por ella misma— dan cuenta de una vida atravesada por la política y el derecho, pero también por la necesidad de ordenar, de preservar, de construir relatos. Su índice manuscrito es sobresaliente en este eje, pues no es solo una herramienta de consulta, sino una forma de pensamiento, una arquitectura narrativa para la relectura de un pasado.
Estos archivos personales —subrayados, clasificados, compartidos…— nos muestran que las mujeres no solo fueron objeto de archivo, sino también sujetos archivistas. Desde sus propios métodos, afectos y obsesiones, construyeron memorias que hoy nos permiten leer la/su historia desde otros lugares. En estos casos, el archivo propio no es un repositorio estático, sino una práctica viva, una apuesta por habitar el tiempo con cuidado y voz propia. Esta práctica de archivo íntimo puede verse como un ejercicio de reafirmación, así como una estrategia de fugarse del olvido para dejar herencia en el futuro y pervivir.
Referencias bibliográficas
[1] El archivo, como repositorio legitimado y monumento documental, es poder, y, por tanto, incluye y excluye, tal como Ann Laura Stoler lo descifró con claridad rotunda, guiada por una crítica feminista decolonial.
Ann Laura Stoler, Along the Archival Grain: Epistemic Anxieties and Colonial Common Sense (Princeton University Press, 2009).


