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Tipo de minisitio


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Boceto dibujo en papel blanco, silueta de María Mercedes Carranza.
Beatriz González, Álbum ilustrado de la Constituyente, 1991. Signatura L0372.

Hablar de las escrituras de las mujeres es abrir la puerta a una pluralidad de voces, registros, soportes y lenguajes que desafían la noción tradicional del texto como simple vehículo de ideas. Apostamos por la existencia de la escritura expandida en la que coexisten las palabras impresas con los trazos dibujados, los apuntes íntimos con los manifiestos públicos, y la letra manuscrita con el gesto gráfico, visual o performativo. Es decir, la escritura no es aquí solo un acto logocéntrico de producción alfabética, sino también una práctica estética y afectiva que comunica, resiste y sonoriza la voz de las mujeres.

El Álbum ilustrado de la Constituyente de Beatriz González desestabiliza nociones rígidas de escritura, invitando a leer imágenes como pensamiento y memoria. Aquí la ilustración no acompaña el texto: es escritura en sí misma. De igual modo, la correspondencia personal, los diarios y las notas de campo de mujeres como Nina de Friedeman revelan cómo el pensamiento cotidiano, etnográfico o poético se escribió desde los márgenes de género y en formas fragmentarias que desobedecen la estructura del saber autorizado. Este eje también destaca el poder del texto público: artículos, columnas y manifiestos que intervinieron en debates, muchas veces contra la marea excluyente. Las escrituras reunidas son testimonio de subjetividades que reclamaron el derecho a contar y a contarse.

Algunos ejemplos de este eje conforman un archivo plural que desborda el texto alfabético y se inscribe en soportes diversos: cuerpo, imagen, trazo, carta, diario, objeto encontrado… En Planisferio de Angélica María Zorrilla, el cuerpo es cartografía íntima; en Manual para un objeto encontrado de Alexandra McCormick, lo cotidiano se convierte en detonante poético. Ambas expanden la escritura hacia lo visual y matérico, instancias en las que el gesto y la forma narran lo que el lenguaje no dice. Otros ejemplos del eje son los diarios de Ana Escobar Hoyos (1905-1916), la correspondencia entre Lilia y Aurelio —quienes intercambiaron 102 cartas en 1961—, y la carta de Eloísa Salazar a Acción Cultural Popular (acpo) —que visibiliza la lucha por la educación rural—. Estas escrituras íntimas funcionaron como resistencia simbólica, afirmando subjetividades y registrando experiencias. En Panorama Catatumbo, Noemí Pérez articula la palabra y la imagen para reescribir el territorio, mientras Josefa Acevedo de Gómez y Waldina Dávila de Ponce de León, desde el siglo xix, abrían grietas en el discurso dominante. Escrituras fragmentarias, afectivas, domésticas y marginales convierten lo íntimo en político y lo cotidiano en pensamiento. En 1859, Revista Parisiense muestra a Soledad Acosta bajo el seudónimo Andina, desplegando una escritura que media entre feminidad tradicional y aspiraciones modernas. Su propuesta legitima el derecho de las mujeres a escribir y participar en el debate cultural, abriendo un espacio clave para la subjetividad femenina letrada.


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Panorama Catatumbo.
Noemí Pérez, 2016. Libro de artista con notas manuscritas, ilustrado con dibujos en acuarela a color y plumilla. Libreta que narra la historia de la violencia contra el pueblo que habita el Catatumbo a raíz de la explotación petrolera y los recursos naturales. Signatura MSS4233.

Las publicaciones feministas de los años setenta y ochenta en Colombia conforman un archivo vital que desborda el texto alfabético para inscribirse en prácticas gráficas, afectivas y colectivas. Chichamaya (Barranquilla, ca. 1984) dedicó un número a «la mujer negra y su papel en la historia», articulando una conciencia crítica interseccional que visibiliza la agencia afrocolombiana y denuncia exclusiones múltiples. Esta escritura no solo informa: repara, nombra y vincula. De manera similar, Brujas: las mujeres escriben (Medellín, 1983) fue una plataforma pionera de escritura amplificada y la materialización de la agencia política femenina. En calidad de heredera de los procesos de autoconciencia feminista y con ocasión del I Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, la revista reunió textos, dibujos y reflexiones colectivas para narrarse y afirmarse conjuntamente. El artículo Magas, brujas y feministas resignifica la figura de la bruja como emblema de autonomía y resistencia, haciendo de la escritura un acto de rebelión simbólica. La revista encarna una práctica abierta que es, a la vez, poder, imaginación política, y construcción de comunidad.

Otras formas de escritura expandida emergen en soportes no convencionales: los grafitis documentados en Cuéntame tu vida (Cali, 1978) convierten los muros de Medellín en superficies de enunciación feminista, en los que el deseo, la rabia y la afirmación se inscriben con urgencia. El crucidama publicado en la revista Todas por Colombia demuestra cómo el juego puede ser también una herramienta pedagógica y política, que integra saberes feministas en claves lúdicas. La ilustración de la revista Mujeres y madres abriendo caminos reinterpreta valores como el cuidado, la solidaridad y la escucha como pilares de transformación social y propone una ética relacional que desafía las jerarquías hegemónicas. En todos estos casos, la escritura se desfronteriza: se dibuja, se pinta, se juega, se grita en la pared… Son prácticas que, desde ciertos márgenes, reconfiguran los lenguajes como lugar de agencia, identidad y posibilidad. Este eje también incluye obras de Carolina Cárdenas y Emma Reyes, en las que la escritura se expande más allá del alfabeto y se inscribe en el gesto. En la abstracción geométrica de Cárdenas, color y ritmo son vehículos de subjetividad, desplazando la narrativa figurativa para proponer una poética que convierte la composición visual en acto de enunciación. Emma Reyes transforma experiencia en trazo y trazo en memoria. En Caligrafía, el signo se vuelve materia encarnada, evocando una escritura corporal y simbólica. Sus retratos afirman una subjetividad desde el silencio. Las cartas de Reyes, conservadas en la Biblioteca, conforman un conjunto epistolar de veintitrés manuscritos que narran su infancia marcada por abandono y pobreza. Publicadas en Memoria por correspondencia[1], estas cartas son más que testimonio: constituyen un acto de resistencia frente al olvido. Su obra plástica prolonga esta escritura, entrelazando imagen y palabra para narrar lo indecible desde los márgenes. Así, la escritura se fragmenta y se convierte en presencia que reclama el derecho a contar y contarse. La práctica escultórica de Feliza Bursztyn se presenta aquí como registro escritural que subvierte los códigos del arte moderno. Al incorporar chatarra y materiales industriales, Bursztyn irrumpe en el lenguaje escultórico tradicional y transforma residuos en signos, en un alfabeto material propio. Su obra no glorifica la técnica ni la monumentalidad, sino que desestabiliza el poder inscrito en la estética industrial.

Este eje, además, reúne dos muestras: piezas hemerográficas y materiales bibliográficos de autoría femenina[2]. La sección hemerográfica presenta publicaciones periódicas en bloque[3], invitando a las audiencias a una relectura crítica del archivo y a reconocer el legado de las mujeres como agentes culturales y ciudadanas[4]. Desde finales del siglo xix, las revistas escritas por y para mujeres han sido espacios de expresión, resistencia y autonomía. Títulos pioneros como La Mujer (1878) —de Soledad Acosta—, promovieron la autodeterminación femenina. Décadas después, Mundo Femenino (1950) —impulsada por Mariaurora Escovar— respondió a la violencia y desigualdad, creando ámbitos seguros para el debate cívico y nuevas narrativas identitarias. En los años sesenta, Mujer —dirigida por Flor Romero— visibilizó logros femeninos, incorporó fotoperiodismo, y abordó temas disruptivos como corporalidad y sexualidad, anticipando posturas narrativas posteriores. Su apuesta tecnológica y empresarial marcó un hito en la prensa femenina colombiana. Publicaciones breves como Cuéntame tu vida e Ideal femenino desplazaron el foco doméstico hacia la subjetividad y la memoria, complejizando la dimensión política de lo íntimo. A esta red se suma nuevamente Brujas: las mujeres escriben, que rompió formatos clásicos mediante lenguaje híbrido, collage gráfico y cuestionamiento de normas sobre cuerpo, sexualidad y política, consolidando un archivo conceptual y afectivo.

Estas revistas permiten articular una historia cultural plural, visibilizando redes escriturales y políticas que atraviesan décadas, con continuidades y rupturas: derechos reproductivos, violencia, identidad, autonomía intelectual y económica. La muestra propone un diálogo con la memoria material y mediática de estas publicaciones, exhibiéndolas como archivo vivo para abordar lo femenino del pasado y del presente. Destacamos figuras como Ofelia Uribe, líder de Agitación femenina y autora de Una voz insurgente, que enlaza prensa y bibliografía en una trama cultural amplia.

Por su parte, el conjunto bibliográfico reúne voces esenciales para pensar el archivo literario femenino en Colombia: Soledad Acosta, Elisa Mujica, Piedad Bonnett, Marvel Moreno, Teresa Martínez y Emilia Ayarza, quienes transformaron la escritura desde sus cuerpos e historias. En una biblioteca como la Luis Ángel Arango, estas obras deben leerse como parte de un tejido complejo en el cual convergen crítica social, experiencia íntima, memoria política y genealogías creativas. Títulos como Una holandesa en América (Soledad Acosta), Mi cristo negro (Teresa Martínez) o Diario de una mosca (Emilia Ayarza) han sido reeditados en la Biblioteca de Escritoras Colombianas, iniciativa del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional liderada por Pilar Quintana. Este proyecto responde a la necesidad de restitución literaria y simbólica, evidenciando que el canon nacional ha operado históricamente como borramiento de las mujeres. La inclusión de estas autoras confirma su centralidad en las letras colombianas. El archivo de la blaa, que conserva ediciones originales, permite leer los contextos materiales y culturales de su circulación, revelando redes intelectuales y condiciones históricas. Reconocer este trabajo de Quintana es un gesto de sororidad que desafía la lógica patriarcal y apuesta por una cultura construida en colectivo. De ahí la relevancia de exhibirlas complementariamente desde el archivo y no solo desde la reedición.

La selección incluye nombres que deben seguir visibilizándose o recuperándose por su aporte a la literatura femenina en Colombia. Obras como ¡Oh gloria inmarcesible! (Albalucía Ángel), El hostigante verano de los dioses (Fanny Buitrago), o Vean vé, mis nanas negras (Amalialú Posso Figueroa) configuran voces experimentales, afrodescendientes y divergentes. El caso de Algo tan feo en la vida de una señora bien (Marvel Moreno) es paradigmático. Ignorado en 1980, hoy se reconoce como denuncia pionera de la violencia estructural sobre mujeres burguesas. Del mismo modo, rescatar autoras como Teresa Martínez o Emilia Pardo Umaña abre otras temporalidades y estilos que desbordan la narrativa hegemónica. Tengo miedo, de María Mercedes Carranza, condensa una poética de la vulnerabilidad como resistencia: el miedo se nombra y se convierte en materia poética y política; inscrito en un contexto de violencia y silenciamiento, es testimonio de una escritura que transforma la fragilidad en poder.

Estas genealogías —afrocolombianas, andinas, caribeñas, mestizas, exiliadas…— permanecen invisibles si no las (re)leemos y (re)mostramos. Esta selección amplía las formas de pensar patrimonio, autoría y nación[5]. Las mujeres no solo han producido literatura, sino que han transformado lo que entendemos por literatura, archivo y país. Leerlas, curarlas y conservarlas es un acto cultural, estético y político.

Apéndice - Material hemerográfico y bibliográfico

Brujas: las mujeres escriben
Signatura: 16534

Mujer
Signatura: 842

Mundo Femenino
Signatura: 16650

Contrastes
Signatura787

Ideales
Signatura2411

Letras y encajes 
Signatura: 1668

Estamos en marcha (neomujer)
Signatura: 620 

Chichamaya: expresión del pensar femenino
Signatura: 5713 

Cuéntame tu vida
Signatura16538

Todas por Colombia
Signatura: 23523

Mujer combatiente: órgano de expresión grupo femenino 8 de marzo
Signatura: 22340 

La manzana de Eva
Signatura:24977 

Mujer ejecutiva
Signatura:6856 

Mujeres y madres abriendo caminos
Signatura: 20767 

Catleya
Signatura: 2811 

Ideal femenino
Signatura:6513 

Hogar y patria
Signatura:16860 

Colombia: revista de las damas
Signatura:22092

Lecturas para el hogar: revista literaria, histórica e instructiva
Signatura: 482

La Mujer
Signatura: 424

Soledad Acosta, Una holandesa en América, 2016
Signatura: Co863.5 A26u

Albalucía Ángel, ¡Oh gloria inmarcesible!, 2019
Signatura: Co863.6 A54o2

Helena Araújo, La fiesta de Teusaquillo, 1981
Signatura: Co863.6 A71f

Emilia Ayarza, Diario de una mosca, 1997
Signatura: Co863.6 A91d2

Berichá, Tengo los pies en la cabeza, 1992
Signatura: 986.0001 B37t 

Piedad Bonnett, Explicaciones no pedidas, 2011
Signatura: Co861.6 B65e2

Fanny Buitrago, El hostigante verano de los dioses, 1963
Signatura: Co863.6 B84h

María Mercedes Carranza, Tengo miedo, 1938
Signatura: Co861.6 C17t5 

Dora Castellanos, Eterna huella, 1968
Signatura: Co861.6 C17e1

Gloria Cepeda, Cantos de agua y viento, 1996
Signatura: Co861.6 C36c

Amira de la Rosa, Marsolaire, 1941
Signatura: Co868.6 R67m2 

Francisca Josefa de Castillo, Su vida, 1942
Signatura: 922.2861 C17s

Meira Delmar, Secreta isla, 1951
Signatura: Co861.6 D35s

Mariela del Nilo, Claro acento, 1956
Signatura: Co861.6 M17c13

Matilde Espinosa, Señales en la sombra, 1996
Signatura: Co861.6 E76s

Silvia Galvis, La mujer que sabía demasiado, 2006
Signatura: Co863.6 G15m

Teresa Martínez, Mi cristo negro, 1983
Signatura: Co863.6 M17m1 

Marvel Moreno, Algo tan feo en la vida de una señora bien, 1980
Signatura: Co863.6 M67a1 

Elisa Mujica, Los dos tiempos, 1949
Signatura: Co863.6 M84d 

Sofía Ospina, Selección de textos, 2007
Signatura: Co863.5 O76s

Emilia Pardo Umaña, Tierra Firme. Crónicas de una mujer de 1.49, 2018
Signatura: 070.44 P17c2

Amalialú Posso Figueroa, Vean vé, mis nanas negras, 2001
Signatura: Co863.6 P67v 

Flor Romero, El dorado-café, 1989
Signatura: 633.73 R65d1

Hazel Marie Robinson Abrahams, Saila hoy, 2004
Signatura: Co863.6 R61s1

Maruja Vieira, Palabras de la ausencia, 1953
Signatura: Co861.6 V43p 

Referencias bibliográficas

[1] Emma Reyes, Memoria por correspondencia. Tercera edición (Laguna Libros y Fundación Arte Vivo Otero Herrera, 2013).

[2] Carmen Gaitán Salinas y Jordana Meldenson reafirman el carácter no inerte de los archivos: son espacios activos de poder, de memoria y de disputa cultural. Mostrando esta complejidad, nutrimos el eje con libros y revistas de mujeres.

Carmen Gaitán Salinas y Jordana Mendelson, “Objects, Stains, and Absences: Narrating Women’s Archival Stories from the Spanish-Speaking World”, Journal of Women’s History 36, núm. 4 (2024): 2-26.

[3] Ver apéndice.

[4] Esta invitación la sostenemos desde los postulados de John Falk Lynn Dierking sobre la agencia de los públicos en el espacio museográfico, en el que las audiencias reapropian lo expuesto y le otorgan significados para sí y sus entornos sociopolíticos.

John H. Falk y Lynn D. Dierking, The Museum Experience Revisited (Left Coast Press, 2012).

[5] Carolina Alzate, Soledad Acosta de Samper y el discurso letrado de género, 1853-1881 (Iberoamericana Vervuert, 2015).

Imagen principal Media
Correspondencia ca. 1969-1997. Cartas manuscritas que Emma Reyes escribió sobre su infancia, enviadas a Germán Arciniegas Signatura topográfica: MSS4182 Carta 1
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