La utilización de papel moneda se hizo cada vez más frecuente en Colombia a partir de la década de 1860. Los billetes fueron emitidos por dependencias estatales e instituciones privadas, cómo los bancos y las casas comerciales. Estos fueron impresos tanto en el extranjero como en el país, destacándose la labor de litografías nacionales como las de Daniel Ayala (n. 1834) y Demetrio Paredes (ca. 1830-1898). Entre los elementos más significativos de su iconografía estaban las alegorías femeninas. Como también ocurría en las monedas, estas representaban la libertad y la República.
La inclusión de otros elementos, como referencias al paisaje americano, permitió que también simbolizaran la nación colombiana. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los políticos liberales y conservadores coincidieron en su creencia en la necesidad de imitar a Estados Unidos y las potencias europeas para civilizar la nación colombiana y sus habitantes. Sin embargo, factores como las limitaciones de la economía y las guerras civiles dificultaron el desarrollo local. A falta de fábricas y ferrocarriles que pudieran representarse, los billetes colombianos difundieron alegorías femeninas que ilustraban el deseado progreso y las anheladas artes e industrias. Con la difusión de estas alegorías femeninas, la clase dirigente quiso contribuir a legitimar su poder ante una población que fácilmente podía comprobar la deficiencia de sus labores como agentes de la civilización y del progreso material.