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Exposición Ni rosas, ni espinas: Imágenes de las mujeres en las monedas y los billetes colombianos
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Imágenes de las mujeres en las monedas y los billetes colombianos
Plan de Transparencia y ética pública

La exposición Ni rosas, ni espinas: imágenes de las mujeres en las monedas y los billetes colombianos propone una mirada crítica a los sentidos simbólicos, políticos y culturales que han marcado estas representaciones a lo largo del tiempo. A través de este recorrido, invita al público a reflexionar sobre cómo se ha construido, transformado y resignificado la imagen de la mujer en la historia monetaria del país.

Las mujeres que han aparecido en monedas y billetes han sido mucho más que figuras impresas: son símbolos de cambio, portadoras de memoria y testimonios de distintas épocas. La muestra reúne 112 piezas de las colecciones de numismática, filatelia y arte del Banco de la República, en un recorrido que abarca desde el siglo XIX hasta la actualidad. Monedas y billetes dialogan aquí con dibujos de Débora Arango, caricaturas del siglo XIX y una pieza recientemente adquirida para la colección de arte: una alegoría de la libertad pintada y firmada por Adriana Cordero de Mosquera. Esta obra es excepcional, no solo por su calidad, sino porque en su época las mujeres rara vez firmaban sus trabajos, lo que la convierte en un testimonio singular dentro de la historia del arte en Colombia.

Concebida inicialmente como una exposición didáctica e itinerante, la muestra ha buscado descentralizar el acceso al patrimonio cultural y propiciar diálogos en distintas regiones del país. Tras su paso por Pasto y su actual presentación en Cali, llega a Bogotá con una versión enriquecida que incorpora piezas clave de la historia nacional. Esta nueva etapa se presentará en el Museo Casa de Moneda, donde se retoma y amplía la conversación sobre la representación de las mujeres en el ámbito público.

La exposición plantea, además, una invitación abierta a reconocer a las mujeres como sujetos históricos activos. Más allá de las figuras destacadas de la política, la ciencia o la cultura, pone en valor a aquellas que construyen país desde lo cotidiano, y abre un espacio para pensar sus múltiples formas de presencia, acción y memoria.

Ni rosas, ni espinas propone así un ejercicio de imaginación colectiva. Pensar quiénes deberían aparecer en nuestros billetes y monedas es también pensar en el país que queremos: uno donde las mujeres, en su diversidad, tengan lugar, voz y reconocimiento. En ese sentido, sus representaciones dejan de ser solo símbolos para convertirse en reflejos de lo que somos y de lo que aspiramos a ser como sociedad.

La mujer como alegoría

Las primeras mujeres representadas en el dinero colombiano fueron imaginarias. Durante el siglo XIX, las alegorías femeninas figuraron con frecuencia en las obras arte y en los objetos de uso cotidiano tales como monedas y billetes. Estas alegorías, que no solían tener nombres propios, se mostraban como cuerpos idealizados y cargados de símbolos. Con ellas se comunicaban valores deseables en los campos de la política, la economía y la cultura. Además, podían representar conceptos más abstractos como la libertad, la justicia, la civilización y el progreso. Su belleza serena y su carácter impersonal también reforzaban las nociones de orden, estabilidad y virtud. La difusión del papel moneda permitió que estas imágenes se multiplicaran en el país durante la segunda mitad del siglo XIX. Debido a que circulaban de mano en mano, las alegorías presentes en monedas y billetes contribuyeron a generar respeto, familiaridad y confianza por las instituciones que las emitían. Estas representaciones de mujeres idealizadas ocuparon un lugar central en la construcción visual del naciente Estado y sus valores.

Libertad, América y Patria

Los bogotanos comenzaron a acuñar monedas con símbolos independentistas en 1813. Entonces, una mujer indígena reemplazó al rey español. Este cambio demostraba que la lealtad al soberano había sido sustituida con la adhesión a una república americana que aspiraba defender la libertad de sus ciudadanos. Los criollos –hombres y “blancos”– también utilizaron esta imagen para legitimar su dominio sobre el territorio y sus demás pobladores. Basada en las alegorías europeas del Nuevo Mundo, la efigie de la indígena servía para denunciar la tiranía española. No obstante, a los criollos poco les importaba la situación de sus contemporáneos indígenas. Por su parte, las mestizas y las criollas tampoco disfrutaban los privilegios de la ciudadanía. Después de obtenida la Independencia definitiva a mediados de la década de 1820, la indígena fue reemplazada en las monedas por una alegoría de la Libertad de inspiración grecorromana. Esta funcionó para insistir en el carácter republicano del nuevo Estado. Aunque esta alegoría fue transformada en varias ocasiones, una versión de dicha imagen continuó apareciendo en las monedas colombianas hasta bien entrado el siglo XX. La historia de las primeras alegorías femeninas utilizadas en el dinero nacional comprueba que tanto la inclusión como la exclusión de las mujeres de la iconografía monetaria ha dependido de los prejuicios vigentes y de las relaciones de poder imperantes durante las distintas etapas de nuestra historia.

Una nación civilizada

La utilización de papel moneda se hizo cada vez más frecuente en Colombia a partir de la década de 1860. Los billetes fueron emitidos por dependencias estatales e instituciones privadas, cómo los bancos y las casas comerciales. Estos fueron impresos tanto en el extranjero como en el país, destacándose la labor de litografías nacionales como las de Daniel Ayala (n. 1834) y Demetrio Paredes (ca. 1830-1898). Entre los elementos más significativos de su iconografía estaban las alegorías femeninas. Como también ocurría en las monedas, estas representaban la libertad y la República.

La inclusión de otros elementos, como referencias al paisaje americano, permitió que también simbolizaran la nación colombiana. Durante la segunda mitad del siglo XIX, los políticos liberales y conservadores coincidieron en su creencia en la necesidad de imitar a Estados Unidos y las potencias europeas para civilizar la nación colombiana y sus habitantes. Sin embargo, factores como las limitaciones de la economía y las guerras civiles dificultaron el desarrollo local. A falta de fábricas y ferrocarriles que pudieran representarse, los billetes colombianos difundieron alegorías femeninas que ilustraban el deseado progreso y las anheladas artes e industrias. Con la difusión de estas alegorías femeninas, la clase dirigente quiso contribuir a legitimar su poder ante una población que fácilmente podía comprobar la deficiencia de sus labores como agentes de la civilización y del progreso material.

¿Cómo se construye una imagen de país?

La idea de país no se construye únicamente desde las instituciones y con los grandes relatos oficiales. Muchas veces nace de lo cotidiano, de lo cercano, de aquello que las comunidades reconocen como propio: sus paisajes, sus oficios, sus personajes y sus símbolos. Durante distintas épocas inestables de nuestra historia republicana, en el país aparecieron billetes impresos por talleres locales y emitidos por bancos regionales. Además de cumplir con sus funciones económicas habituales, también comenzaron a reflejar gráficamente identidades más íntimas y cercanas. Estos billetes incluyeron escenas rurales, personajes locales –como los fundadores de los bancos– e incluso mujeres que ejercían oficios tradicionales como las campesinas, las vendedoras y las aguadoras. Aunque no pertenecían a las élites ilustradas, estas figuras populares representaban con honestidad la vida cotidiana y el esfuerzo colectivo de los habitantes del territorio nacional. Aquellos billetes nos recuerdan que la imagen del país no es una sola ni se impone siempre desde arriba. Esta refleja miradas múltiples, memorias diversas y distintas maneras de representar lo que somos. Los billetes locales fueron un espejo fragmentado pero auténtico de una Colombia plural, donde las mujeres dejaron su huella y estuvieron presentes, aunque se les impusiera el silencio y se les ubicara en los márgenes de la nación.

Rosas sin espinas

Las imágenes de las mujeres han sido usadas para transmitir las ideas dominantes sobre la sociedad y su funcionamiento. Con frecuencia se mostraron cuerpos femeninos tranquilos y perfectos que encarnaban ideales de belleza, virtud, dulzura y silencio. Los billetes, como las obras de arte, incluían imágenes de mujeres que, aunque no representaban personas concretas, tampoco llegaban a ser alegorías. Estas aparecían como símbolos –de confianza, respeto y orden– y como elementos decorativos. En los billetes colombianos del siglo XIX, cuando no aparecían como alegorías, las mujeres usualmente se mostraban como madres, trabajadoras y defensoras de la moral o como adorno. En cambio, rara vez figuraron como individuos capaces de transformar su propia realidad. Esto nos habla de los límites impuestos durante siglos sobre los cuerpos femeninos. Si bien el cuidado o la crianza, por ejemplo, no son negativos en sí mismos, durante mucho tiempo se afirmó que estas eran unas de las pocas funciones válidas para las mujeres. Por su parte, las mujeres reales –con pensamientos, trabajos y luchas propias– quedaron generalmente por fuera del mundo de las imágenes. En cambio, hoy sabemos que ellas son mucho más que símbolos. Son parte activa de la historia y merecen aparecer en nuestros billetes y monedas, no solo como figuras morales y bonitas, sino como personas que han hecho y siguen haciendo país.

Historias secretas, afectos particulares

La debilidad del Gobierno permitió la introducción de las mujeres históricas en la numismática colombiana. Según la tradición, Victoriano Velilla reprodujo en 1862 el perfil de Clara Rosa Yepes, su esposa, en las monedas de un peso elaboradas por la Casa de Moneda de Medellín. Dicho taller funcionaba sin supervisión capitalina debido a que entonces la Guerra de las soberanías (1859-1862) enfrentaba a los liberales, que dominaban el Gobierno central, con los conservadores, quienes controlaban Antioquia.

Durante las dos últimas décadas del siglo, los Gobiernos colombianos fueron incapaces de modernizar sus casas de moneda. Para contrarrestar dicha situación, estos encargaron la fabricación de monedas en el extranjero. Las piezas de cincuenta centavos fechadas en 1887 y 1888 habían sido elaboradas en los Estados Unidos, donde sus fabricantes decidieron atribuirle a la alegoría de la Libertad los rasgos de Soledad Román (1835-1924), segunda esposa del presidente Rafael Núñez (1825-1894). Esto causó indignación debido a que muchos colombianos consideraban ilegítimo el matrimonio presidencial debido a que había sido realizado por lo civil. Rosa y Soledad demostraron la importancia de lo inesperado en la constitución de nuestra iconografía monetaria.

La Pola: invención de una heroína

La inclusión oficial de una mujer histórica en los billetes y monedas colombianos tuvo que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX. El Banco de la República, fundado en 1923, para entonces ya era la única instancia estatal encargada de diseñar, fabricar y emitir el dinero nacional. Policarpa Salavarrieta (ca. 1795-1821) fue la primera de nuestras grandes mujeres a quien se consideró digna de presidir el dinero colombiano. Su efigie apareció en el billete de dos pesos que circuló durante la década de 1970, en la moneda de cinco pesos utilizada en la de 1980 y en el billete de diez mil pesos aparecido por primera vez en 1995. Además, su memoria también fue honrada con una moneda conmemorativa de diez mil pesos acuñada en 2023. La circulación del primero de los billetes mencionados coincidió con la emergencia de movimientos sociales que buscan el reconocimiento de los derechos políticos, sociales y reproductivos de las colombianas. Sin embargo, dicha coyuntura no explica por qué en la iconografía monetaria colombiana se ha favorecido a la Pola e ignorado a otras mujeres de importancia histórica semejante. A la Pola se le ha atribuido un carácter de representación femenina generalizada de la Independencia e incluso, de la nación colombiana. Como sabemos tan poco de la Policarpa histórica, la Pola se ha configurado como una figura alegórica maleable y capaz de encarnar distintos valores y significados.

Las espinas: mujeres reales en el dinero colombiano

El Banco de la República introdujo recientemente un cambio significativo en la representación de las mujeres en los billetes y monedas colombianos: por primera vez, a un mismo tiempo allí aparecieron varias mujeres de carne y hueso protagonistas de nuestra historia. El billete de dos mil pesos muestra a Débora Arango (1907- 2005), pintora reconocida por su arte crítico y valiente. Ella fue censurada por pintar cuerpos femeninos desnudos y por desafiar con sus obras los valores conservadores. El de diez mil pesos honra a Virginia Gutiérrez (1921- 1999), antropóloga pionera en los estudios sobre la familia, quien buscó comprender las dinámicas de los hogares colombianos y visibilizar a las madres cabeza de familia. Laura Montoya (1874-1949), religiosa destacada por su labor misionera y educativa entre las comunidades indígenas y primera santa colombiana, fue recordada con una moneda conmemorativa de cinco mil pesos. Llamamos espinas a estas mujeres porque incomodaron a la sociedad: no fueron sumisas ni se conformaron con lo que se esperaba de ellas. Sus voces, pensamientos y acciones abrieron caminos para imaginar un país más justo e inclusivo. Con estas representaciones, las mujeres comenzaron a figurar para inspirar memorias vivas y destacar las huellas de transformación. Este cambio en la iconografía del dinero colombiano es un avance hacia el reconocimiento de las muchas formas en que las mujeres han construido y siguen construyendo nuestro país.

¿Quiénes deberían estar en nuestros billetes y monedas?

La imagen de la mujer en las monedas y los billetes colombianos ha cambiado con el tiempo, sin embargo, aún queda mucho por decir y por hacer. Además de los grandes nombres de la política, de la ciencia y de la cultura, existen mujeres que día a día crean país con sus sacrificios invisibilizados: madres cabeza de hogar, lideresas comunitarias, cuidadoras anónimas, maestras, campesinas, niñas que sueñan con cambiar el mundo, etc. Cada una de ellas construye historias, aunque sus rostros no estén grabados en metal o impresos en papel. Este espacio también es para ti, que lees este texto, porque pensar en quién debería aparecer en nuestros billetes y monedas también es una forma de imaginar el país que queremos: uno donde todas las mujeres –con su diversidad, sus luchas y sus poderes– tengan lugar, voz y reconocimiento. Así, sus representaciones en monedas y billetes dejarán de ser solamente símbolos y se convertirán en espejos de lo que verdaderamente somos y, no menos importante, de lo que nos gustaría ser.

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