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Museo del Oro Quimbaya
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Por Martha Cecilia Cano Echeverri, PhD. Arqueóloga

 

La Cordillera Central de los Andes colombianos se levantó hace millones de años, con la presión de las placas tectónicas. Es una cordillera de nutrida actividad volcánica, y los volcanes han sido y son un elemento formador del paisaje de la región del Cauca Medio.

Las mayores alturas de la Cordillera Central corresponden a volcanes nevados. Se destaca la actividad recurrente de volcanes como Cerro Bravo, Nevado del Ruiz, Paramillo de Santa Rosa, Nevado del Tolima y Cerro Machín. Los productos volcánicos aportan materia prima en rocas, cenizas y suelos, lo que contribuye a que las formaciones montañosas desarrollen una alta biodiversidad en cada uno de los pisos térmicos, y a que nos gusten tanto los paisajes cafeteros. La variabilidad en la geomorfología, el aporte de agua desde los glaciares, la alta pluviosidad y la humedad tropical, enriquecen los suelos, la vegetación y la fauna, en distintos ecosistemas. Los ríos, quebradas y humedales ayudan a la formación y transformación de los paisajes, y sirven como corredores naturales a las distintas especies, incluyendo los seres humanos. Gran parte de la región arqueológica identificada como Quimbaya corresponde al que los geólogos denominan Abanico Fluvio-Volcánico Pereira-Armenia, relieve donde han interactuado por siglos ríos y volcanes. Y nosotros, los humanos.

 

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Las erupciones dejan en los alrededores de los cráteres materiales de mayor tamaño, entre lava, rocas y materiales piroclásticos medianos a grandes. El aumento de la distancia desde los conos volcánicos disminuye la fuerza con la cual se transportan esos materiales, especialmente los que son impulsados por el aire: a mayor cercanía del cráter de emisión, las capas de color claro que corresponden a emisiones de cenizas se diferencian más de las oscuras, de periodos sin erupciones y con menores emisiones de ceniza. Igualmente, al estar en alturas considerables, en este sector las capas depositadas se afectan menos por actividad de plantas y organismos. A medida que se desciende en altura, la vegetación es más abundante y los animales de diversos tamaños y géneros, particularmente microorganismos, actúan tanto en la superficie de los paisajes, como al interior de los suelos. Las capas entonces se diferencian menos y se enriquece la meteorización o transformación de los suelos que aporta nutrientes importantes a las coberturas vegetales de los distintos ecosistemas.

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En las capas de ceniza superpuestas, de color más claro, se puede leer la actividad volcánica. Suelos más oscuros, formados por la vegetación y la actividad humana, son de periodos sin erupciones.

Una mirada en detalle a los suelos -lo que llamamos “la tierra”- permite observar elementos y partículas de diversos tamaños, componentes de las distintas capas. Podemos identificar los minerales y rocas presentes en los suelos no solamente desde una visión macroscópica de los paisajes y suelos, sino también de una mirada microscópica del material emitido y transformado por la actividad volcánica. Minerales (cuarzo, feldespato, hornblenda y biotita, dentro de los más comunes) y arcillas integran los horizontes de suelo que se van formando a través del tiempo y que con la acción de otras fuerzas de la naturaleza han creado la particular riqueza y fertilidad de estos suelos y paisajes del Cauca Medio. La investigación científica permite también reconocer los distintos momentos de formación de las capas, tanto de índole natural como cultural.

Google Earth: Descubre Armenia, los nevados, las cordilleras

 

Las tierras altas

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En el volcán nevado del Ruiz.

Las tierras altas en este sector de la Cordillera Central contemplan los pisos de nieve, glacial y páramo alto, desde los 5.300 a los 3.700 msnm, con temperaturas de 1.5-6°C, y de páramo bajo, entre 3.700 y 3.000 msnm, con temperaturas entre 6-12°C. En la línea de nieve y glacial no hay vegetación. Más abajo, el páramo tiene una vegetación baja, con alta capacidad de producción de agua por captura de la humedad de las nubes, que alimenta lagunas, ríos y quebradas de la red hidrográfica regional. Por estos ríos y quebradas no solamente baja agua: también bajan materiales diversos de los volcanes, y las avenidas torrenciales pueden tener tanta fuerza que mueven y redondean rocas de gran tamaño, que podemos encontrar muy debajo de su lugar de origen cerca al volcán. Fenómenos de arrastre de menor fuerza, que mueven lodo y rocas de menor tamaño, depositan materiales en terrazas naturales (llanuras) que luego son cortadas o disectadas por los mismos ríos y quebradas: así se forman los llamados abanicos que se abren en el paisaje, a medida que disminuye la pendiente.

La pluviosidad promedio en las tierras altas es alta, de cerca de 2.200 mm/año, y la humedad es superior al 90%. Allí reconocemos los pisos térmicos fríos, con alturas entre los 3.000 y 2.000 msnm, y temperaturas promedio entre 12 y 18°C. La vegetación, de mayor tamaño, conforma bosques densos que constituyen además una zona de amortiguación para la protección de los páramos, como generadores de agua en la naturaleza. Los árboles toman el agua de la tierra y la evaporan por sus hojas, de tal forma que la hacen subir al páramo y contribuyen a mantener su humedad. Igualmente, los bosques protegen de forma natural las fuertes pendientes de esta parte de la cordillera, por cuyas fuertes pendientes el agua se lanza formando numerosas bellas cascadas, parte de la belleza escénica de la región.

Las tierras medias

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Cañón del río Barbas, entre Pereira y Filandia.

Las tierras medias, entre los 2.000 a 1.300 msnm, con temperaturas entre 18-22°C, también se conocen como tierras templadas. Conforman un ecotono, un intermedio, entre las tierras frías y las cálidas, que multiplica la diversidad de ecosistemas y recursos naturales disponibles. Se destacan los bosques húmedos tropicales con diversidad de especies arbóreas que a su vez favorecen la biodiversidad asociada. Es en estos escenarios, en sus ríos, quebradas y valles, donde el ser humano ha preferido habitar, a través del tiempo, incluso hasta nuestros días. Las condiciones de temperatura, altura y humedad se acercan al óptimo de la comodidad para la vida humana.

Las tierras bajas

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Río La Vieja en Maravalle.

Las tierras bajas o cálidas del Cauca Medio se ubican entre los 1.300 a 900 msnm, con temperaturas promedio entre 18 y 24°C. Son paisajes de bosques con más tendencia a tropicales secos. Las pendientes son menores que más arriba, y aquí se abren entonces valles medianos o muy amplios, como el valle del río Cauca. Con frecuencia hay ecosistemas de humedal con vegetación más corta e incluso paisajes secos. Actualmente, estos paisajes de bosques han sido afectados fuertemente con la deforestación para ganadería, principalmente de vacunos, y para la agricultura.

El agua, a la vez que es una fuente de vida, también genera afectaciones a los paisajes y especies. Distintas épocas de alta pluviosidad (como el fenómeno de La Niña) o de sequías (fenómeno del Niño) han dejado marcas que se observan en los paisajes y perfiles de suelos.

Los humanos

A su llegada a la región del Cauca Medio, hace aproximadamente 12.000 a 13.000 años, los seres humanos encontraron aquí una diversidad de ecosistemas con una oferta ambiental muy atractiva para su asentamiento. La temperatura era más fría que en la actualidad y la línea de nieve estaba 1.000 metros más baja que en la actualidad. Los valles y corredores naturales facilitaron la movilidad y los bosques pudieron ser aprovechados para obtener alimentos y abrigo. Estas mujeres, hombres y niños recién llegados traían consigo largas experiencias en el manejo de algunas plantas comestibles e ingresando a las montañas pudieron aplicar su saber para la selección y uso de nuevos vegetales, así como para estudiar y conocer la fauna local.

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Camino en Salento, Quindío.

Se dio así un aumento progresivo en el manejo cultural del entorno y estos paisajes dieron el sustento a las poblaciones humanas que llegaron al territorio. Desde comienzos del Holoceno (hace más o menos 10.000 años), se produjo un progresivo calentamiento y aumento de humedad, hasta llegar al clima actual. El piso térmico templado brindó las mejores alternativas para la ocupación humana, por su temperatura, humedad relativa y recursos abundantes propios del ecotono. En la región, la mayor cantidad de alimentos se obtuvieron de las plantas, y la actividad de su selección, cuidado e intercambio – incluso cariño – persiste entre los pobladores hasta nuestros días. Hubo periodos de estabilidad ambiental que permitieron la consolidación de los asentamientos humanos, pero también se presentaron fenómenos naturales de erupciones volcánicas, alta pluviosidad o intensas sequías que alteraron la vida cotidiana de las poblaciones humanas. Algunos fenómenos generaron desplazamientos de los grupos humanos hacia otras zonas, y posiblemente hubo pérdidas de vida humana.

De acuerdo a los estudios geológicos, en un periodo entre hace 4.000 y 3.000 años, los volcanes tuvieron incremento en su actividad, afectando los asentamientos humanos. Esto incluso desestabilizó y acaso marcó el fin de los grupos precerámicos, que reconocemos por su tecnología de piedras multifuncionales. Posteriormente, luego de un periodo en que los paisajes se reconformaron naturalmente, grupos que ya traían tecnología de cerámica y prácticas agrícolas llegaron a la región y se establecieron aquí. Esto sucedía hacia el 2500 antes del presente. Algunas evidencias en los paisajes indican que hace unos 1.500 años se presentaron lluvias intensas que desataron avenidas torrenciales a través de los ríos y quebradas, afectando los pobladores, principalmente en las cercanías a las corrientes. Finalmente, hacia el 1200 antes del presente, otras poblaciones humanas se establecieron en la región con nuevas prácticas culturales, representadas en estilos cerámicos y usos funerarios diferentes. Estas últimas fueron las poblaciones que encontraron los europeos a su llegada: los armas, quimbayas, ansermas, quindos y otros.

Las evidencias arqueológicas nos permiten conocer sobre los antiguos usos de plantas por los humanos, desde hace unos 11.000 años. Las evidencias en piedra, suelos y ecofactos permiten identificar cómo fueron apropiadas las plantas hasta llegar a un conocimiento de cuidados que llevaron a la gradual domesticación de especies vegetales y paisajes. Hay evidencias arqueobotánicas de la recolección de frutas y el cultivo simple (de achira, lerén, sagú, calabaza) y se sabe por los numerosos vestigios que la subsistencia se combinaba con la caza y la pesca. Muy posiblemente también fueron incorporados animales de compañía. Hubo predominio del uso de raíces y rizomas, que se dan muy bien en los fértiles suelos desarrollados de las cenizas volcánicas y buenas condiciones de humedad y temperatura. Otras plantas llegaron por intercambios de saberes y semillas de corta, mediana y larga escala, tales como el maíz, algunas especies de fríjol y cucurbitáceas, como la auyama y la calabaza.

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Terrazas artificiales arqueológicas para cultivos, en Tribunas. 

Vestigios de antiguos camellones de cultivo en Filandia, Quindío.

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Las culturas conocieron el paisaje y escribieron sus historias en el relieve, en los suelos, en las rocas y en los caminos. Labraron terrazas en las laderas inclinadas para diferentes usos -dada la gran diversidad de sus tamaños. En nuestros días, observamos todavía evidencias de esos trabajos de ingeniería prehispánica. Los grabados en las rocas expuestas en el paisaje dejan ver la creatividad artística de los antiguos pobladores de la región. De su transitar por los paisajes quedan huellas en caminos antiguos. Las tumbas dan testimonio de su atención a sus muertos y de su sentimiento sobre la trascendencia del ser humano. Tumbas de cancel revestidas de lajas andesíticas o con bloques de rocas redondeados por las corrientes de agua, hacen parte de las evidencias de los pobladores del periodo clásico regional, hace unos 2.000 años, y hace 1.000 años se observa que las poblaciones que llegaron en la época tardía prefirieron excavar tumbas de pozo y cámara lateral en los suaves suelos derivados de cenizas volcánicas.

La vocación agrícola del territorio sigue hasta nuestros días y se ha consolidado con la incorporación de nuevos productos, incluso foráneos como el café proveniente de Arabia, que se adaptan a las condiciones ambientales y a la vez a las prácticas culturales que las poblaciones han diseñado a través de milenios.

Hacia mediados del Siglo XIX, nuevos procesos de colonización llevaron a la intervención de bosques y la fundación de pueblos en el proceso de la Colonización Antioqueño-Caucana. El cultivo del café llegó luego a integrar la cultura regional, y se forjó una tradición y una imagen de cultura cafetera de Colombia para el mundo. Cuando se incluyó el Paisaje Cultural Cafetero Colombiano en la lista de patrimonio de la humanidad, uno de los valores excepcionales reconocidos fue el patrimonio arqueológico.

En esta historia de coexistencia entre los seres humanos y su ambiente reconocemos la herencia ancestral y reflexionamos sobre el cuidado de nuestra Casa Común: memoria y futuro, en un presente vivido responsablemente. La memoria no es solamente de los conocimientos adquiridos y transmitidos de generación en generación, sino también de las adaptaciones que como grupo social hemos realizado ante los recursos disponibles o llegados por intercambios. ¿Dónde ponemos nuestras casas?, ¿qué tanto podemos talar los bosques que mantienen los suelos de ladera? Para vivir en la región es valiosa una memoria de los impactos que la naturaleza en sus diferentes fenómenos pudo haber tenido en los paisajes y la gente: lluvias, sequías, heladas, calores, torrenciales, deslizamientos, temblores, erupciones y muchos más, hacen parte del listado de eventos históricos que requirieron procesos de reacomodamiento de los seres humanos. El ordenamiento territorial y la gestión del riesgo como instrumento de planeación para minimizar las afectaciones a la vida humana requieren de soporte científico, histórico y arqueológico.

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Petroglifos en el sitio Las Marcadas.

Cuando observemos la belleza de los paisajes de la región cafetera, podremos reconocer riquezas innumerables para la sostenibilidad humana, y las fuerzas de ríos y volcanes, plantas y microorganismos, lluvias y acciones de variadas culturas humanas que les han dado forma. Ahora es tiempo de conocer, de cuidar y aportar al futuro.

 

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Fotografía inicial: Nevado del Ruiz por Alejandro Bayer Tamayo en Flickr.

Otras fotografías: Martha Cecilia Cano Echeverri y Carlos Eduardo López Castaño.
Imagen principal Media
Volcán Nevado del Ruiz
Area misional