Subtítulo
Coexistencias: Mapa intercultural de la Guajira
Es portada?
false
Tipo de minisitio

Otro muy significativo grupo humano corresponde a los afrodescendientes en La Guajira. En la actualidad se estima la población negra/afrodescendiente del departamento de La Guajira, en el orden de 93.748 habitantes (DANE, 2018). Porcentualmente, representan el 14% respecto al total poblacional del departamento. Esta población se encuentra organizada en el territorio por medio de diferentes organismos representativos en varios municipios, principalmente en Dibulla, Riohacha, Barrancas y San Juan del Cesar. En estos se ha establecido históricamente un ethos étnico-territorial que orienta importantes acciones para rescatar y reconstruir la identidad afrodescendiente.

En la Baja Guajira, ubicada en la zona sur del departamento, en la que se distingue la Sierra Nevada de Santa Marta, las comunidades negras comparten territorio con indígenas y campesinos. Los municipios que comprenden esta zona son Albania, Hatonuevo, Barrancas, Distracción, Fonseca, San Juan del Cesar, El Molino, Villanueva, Urumita y La Jagua del Pilar. Asimismo, incluye el corredor conformado por las comunidades de Patilla, Roche, Chancleta y Las Casitas.

Si bien el casco urbano de Riohacha y sus alrededores cuentan con un alto porcentaje de personas indígenas, es preciso destacar que existen corregimientos habitados mayoritariamente por afrodescendientes, entre ellos están: Camarones, Tigrera, Matitas, Cerrillo, Cotoprix, Barbacoas, Arroyo Arena, Monguí, Villa Martín, Galán, Tomarrazón, Juan y Medio, Las Palmas, Moreneros y Choles. Así mismo, es importante mencionar otros poblados que se encuentran ubicados en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, pues históricamente han estado relacionados con el poblamiento afroguajiro. Entre estos poblados están El Carmen, El Silencio, Cascajalito, Puerto Colombia, La Balsa, Anaime, Comejenes, La Arena, Puente Bomba y Pelechúa.

La relación histórica entre los indígenas wayuu y los pueblos de la SNSM con las poblaciones afrodescendientes presentes en La Guajira ha sido compleja y diversa. Estos grupos étnicos han coexistido en esta región compartiendo el territorio y estableciendo interacciones culturales a lo largo del tiempo. Los encuentros entre colonizadores, indígenas y negros, sean libres y/o esclavizados, en La Guajira han dejado una profunda huella en los actuales procesos de multiculturalidad e interculturalidad en la región. A medida que las comunidades negras e indígenas han luchado por sus derechos y reconocimiento cultural generalizado como sujetos colectivos subrepresentados y marginalizados, al mismo tiempo han surgido procesos de revalorización de sus identidades y tradiciones particulares y específicas. Hoy en día, estas relaciones históricas complejas han moldeado la diversidad cultural de La Guajira y han impulsado la necesidad de promover la interculturalidad como una vía para el entendimiento mutuo, el respeto y la construcción de una sociedad más inclusiva y equitativa.

El poblamiento afro en La Guajira representa un pilar esencial para desentrañar los procesos contemporáneos de multiculturalidad en este territorio. La diáspora africana, impulsada por la trata de esclavos durante la época colonial, introdujo una rica diversidad cultural en la región, traducida en prácticas y saberes que robustecen el patrimonio simbólico en áreas como la cocina y la pesca, la tradición oral, la música, la danza y ritos espirituales. De las entrañas de estas tierras pobladas por las comunidades negras surgieron tres de los referentes más importantes de la historia departamental y nacional, a saber: José Padilla López, prócer de la independencia; Luis Antonio Robles, el primer afrodescendiente en el Congreso de la República; y Francisco “El hombre”, leyenda y mito del folclor vallenato. 

Hasta 1550, la presencia de los negros africanos y afroandaluces fue débil. Con la significativa reducción de la población indígena que laboraba sometida en la extracción perlera, se hace masiva la entrada de negros, los cuales inicialmente eran utilizados además en otros oficios, tales como buscar agua y leña, criar y cuidar del ganado, como fuerza militar, y también para labores domésticas como la cocina, y posteriormente usados como canoeros en las labores de pesca y como buzos (Barrera 2002). Desde 1570, su presencia pasó de nula a masiva y ya a finales del siglo XVI, la totalidad de los cazadores de perlas eran de origen africano (Barrera 2002). Adicionalmente, los colonizadores utilizaron a los negros para controlar, castigar, perseguir o mandar a los indios; esto hizo que los negros asumieran la misma visión que los españoles tenían sobre los indios, al tiempo que los indígenas consideraban a los negros como un aspecto del mundo español.

Otro espacio geográfico donde se ubican poblaciones de negros desde bien temprano el siglo XVI corresponde a la zona donde se levantaría el asentamiento español denominado Nueva Salamanca de la Ramada, a orillas del río Jerez, poblado por españoles desde 1525, cuando Rodrigo de Bastidas descubre estas ensenadas del Caribe continental, y con el correr de los años se erigiría Dibulla. En 1530 se hacen los primeros intentos para establecer población española en este lugar, debido a las expectativas auríferas de la zona, intentos también fallidos, tanto por la resistencia indígena como por las condiciones climáticas y ambientales. Este sector de La Guajira fue repartido en veinte solares, correspondiendo a un español por solar, dejando por supuesto el lugar para el asentamiento de La Ramada. Para 1578, este sector del territorio guajiro se despoblaría de presencia española y la zona continuaría funcionando como lugar de paso a otras zonas de la Nueva Granada, siguiendo el curso de los numerosos caminos al interior de la Sierra Nevada, como lo muestran los mapas de la época.

Mucha debió ser la población negra que se empieza a localizar en este sector del territorio. Si el principal foco laboral con negros se centraba en la explotación de perlas en las costas de Riohacha, numerosos negros huían hacía las cercanías de La Ramada, estableciendo rochelas, palenques o como esclavizados en las haciendas ganaderas que se empezaban a establecer en el lugar. Además, La Ramada sirvió como punto de entrada para gran parte del contrabando de negros destinado a Santa Marta o en tránsito hacia las minas de oro de Popayán o hacia el virreinato dle Perú (Borrego Plá, 2018). El contrabando en esa época estaba en pleno apogeo y el tráfico no regulado de humanos esclavizados era muy tolerado por las autoridades coloniales establecidas en Santa Marta, ciudad que fue incendiada a mediados del siglo XVI por un grupo de negros provenientes de La Ramada, quienes huían de la esclavitud y tenían como refugio este paraje (Restrepo Tirado, 1975).

Estos cimarrones con frecuencia servían también como intermediarios en el contrabando, siendo esta actividad uno de los medios que usaban para sostener a los poblados que fundaban en lugares de difícil acceso. Cuenta el historiador Acosta Saignes cómo durante el siglo XVI crece incesantemente el número de cimarrones en Venezuela, muchos de los cuales se desplazaban hasta esta zona de La Guajira (Acosta Saignes, 1967). Nos refiere también este autor que los problemas para someter los cimarrones eran numerosos, incluso cómo los propios soldados, obligados a combatir en medio de los montes, en ocasiones también desertaban, lo que contribuyó a que estas comunidades de cimarrones se convirtieran en escenarios de confluencia de personas venidas de muy diversos lugares y de muchas ocupaciones, y no solo en refugio de esclavos (Acosta Saignes, 1967).

Un caso muy particular corresponde al documentado por don Luis de Rojas, Gobernador de Venezuela, quien informa a sus superiores cómo para 1586 continuaban en actividad los cimarrones del Mariscal Castellanos, quienes “iban siempre haciendo los daños acostumbrados (...) Estos fueron localizados y diezmados en un refugio muy fuerte y bien dotado desde donde peleaban, a la cual población y fuertes, los soldados pusieron la Nueva Troya, (en predios del hoy municipio de Barrancas). Matáronles ocho o nueve negros y tomáronles mucho servicio de naturales y mulatos, hijos suyos de los cuales se supo cómo entre ellos tenían uno de los negros que andaba con sobrepelliz y bonete, el cual les decía misa y bautizaba a los muchachos que nacían” (Acosta Saignes, 1967).

Estos arrochelamientos jugarán un papel fundamental y definitivo para el poblamiento de la comunidad negra en el territorio de la que sería denominada posteriormente provincia de Riohacha, a partir de 1789. Estos cimarrones se situaban en lugares yermos, de difícil acceso, en el interior de los bosques, entre las montañas, riscos y collados de la parte este de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá, con acceso a las costas sobre el Caribe, en la desembocadura de ríos como el Jerez, Tapias y Camarones (Miranda Vásquez, 1976). En estos puntos establecieron, a partir del siglo XVI, conocidos palenques y rochelas, como Mandinga, en la parte alta del río Tapias, el ya mencionado Nueva Troya, a orillas del Cerro Cerrejón, Salta La Tuna y otros sobre el río Jerez.  

Este territorio, rodeado de lagunas y ciénagas, les permitía capturar con facilidad una considerable cantidad de peces, ostras y moluscos, tal como se hace hoy día con la cachirra, en la localidad de Camarones. Estos alimentos son aún hoy parte de la dieta, tanto para los negros como para los indígenas, quienes ya los aprovechaban desde siglos atrás, y también eran utilizados por los españoles. La importancia de la sal fue crucial para la conservación de las carnes y el pescado. Las diversas formas de conservar la carne y las plantas para que no se pudrieran, prácticas ya milenarias en Europa y traídas al nuevo mundo, permitieron el almacenamiento de comida para tiempos de carencia como los inviernos crudos y las permanentes temporadas de sequías. En estos palenques y rochelas, la accesibilidad y la calidad de los alimentos no estaba asegurada. En ocasiones predominaba el hambre y la precariedad alimentaria, por el mismo aislamiento de éstos, y por la persecución a la que estaban sometidos.

Estos asentamientos tradicionales de población negra son los hoy poblados de Dibulla, La Punta de los Remedios y Las Flores, entre otros. A partir de ese momento, toda esta zona se vería envuelta en un profundo misterio, puesto que durante mucho tiempo continuó supuestamente despoblada y al margen de la colonización española (Borrero Plá, 2018, pág. 208).

Imagen principal Media
Detalle del mapa Coexistencias. ilustración de una mujer afrodescenciente cocinando
Area misional
Plan de Transparencia y ética pública