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Señoritas Toreras, Parque San Diego, Bogotá. Cartel, 19 de agosto de 1906. Colección de efímeros. Sin catalogar.

Con este eje ponemos de relieve las múltiples formas en que las mujeres han trabajado, dentro y fuera de los marcos institucionales y domésticos. Trazamos una cartografía rica y diversa del trabajo femenino en Colombia entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX. A través de recetarios, cuadernos de costura, fichas de trabajo de campo, tesis académicas y manuales de enseñanza, se revela una historia vibrante de mujeres que, desde sus oficios y profesiones, modelaron el país y dejaron huella. El trabajo femenino no ha sido monolítico ni estático. Exhibimos la transmisión de saberes domésticos, como lo muestran los recetarios manuscritos, en los cuales cocinar no es solo preparar alimentos, sino también preservar la memoria familiar, codificar relaciones sociales, y enseñar con afecto. Simultáneamente aparecen los cuadernos de costura y manualidades, en los cuales la repetición y la técnica revelan sistemas de educación femenina y formas de creatividad estructurada, que se concretan en saberes refinados. En otro nivel, aparecen materiales que documentan la profesionalización del saber femenino.

A través de manuscritos como el Apunte de amacijo de Emilia de Quiñones (ca. 1930-1940), o de los cuadernos de recetas de María S. Maldonado Peñuela (Tocancipá, 1936), Josefina Ponce de León (ca. 1890-1900) revela cómo la cocina fue mucho más que una labor doméstica: fue un espacio de transmisión de saberes, de circulación de conocimientos locales y extranjeros, y de construcción de redes entre mujeres. Estos recetarios condensan prácticas culturales, técnicas refinadas, y formas de autoría compartida que desestabilizan la idea de un trabajo femenino solitario. Aquí, además, tenemos un curioso esfuerzo por anotar la fonética del inglés en ortografía del español —«deliches pastri (delicious pastry) pastel delicioso»—, cosa que exige la pregunta por el copiado y la transcripción de recetarios extranjeros y la mezcla de recetas locales, nacionales y extranjeras.

En paralelo, el manuscrito Lecciones prácticas de corte y confección de María Emma Zamora (Guateque, 1907) y el Álbum de trazos de Elvira Mora (Bogotá, 1939) muestran cómo las mujeres también se apropiaron de oficios tradicionalmente masculinizados —como la sastrería— y desarrollaron metodologías rigurosas y habilidades técnicas que les permitieron profesionalizar su labor. En el caso de Zamora, la precisión de los patrones, las ilustraciones detalladas y la inclusión de prendas para hombres, mujeres y niños evidencian una búsqueda de autonomía económica y reconocimiento técnico en un momento en el que las mujeres eran ampliamente relegadas a tareas textiles y fabriles de baja especialización.


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Anónimo. Plaza de toros del Parque San Diego, Domingo 12 de agosto de 1906. A las 4 PM gran acontecimiento taurino. Beneficio de las muy aplaudidas y valientes matadoras: Joseita y Sorianita, quienes estiman con grande honor el dedicarlo y ponerlo bajo la protección del Excmo. Sr. General D. Rafael Reyes, Presidente de la República. Sr. Álvaro Uribe, Gobernador del Distrito Capital. Cartel. Colección de efímeros. Sin catalogar

La inclusión de carteles taurinos protagonizados por mujeres, como Joseita y Sorianita, en eventos celebrados en Bogotá y Medellín en 1906, amplían el espectro de oficios femeninos representados en este eje, al introducir el trabajo femenino en el espacio público del espectáculo y el riesgo. Estos documentos gráficos —como el cartel del 12 de agosto en la Plaza de Toros del Parque San Diego, el del 16 de septiembre en Medellín, y el del 21 de octubre, ca. 1900, que anuncia a Sorianita como rejoneadora en bicicleta— no solo dan cuenta de una práctica inusual para mujeres en la época, sino que también revelan las tensiones entre género, espectáculo y poder. La exaltación tipográfica, el tono heroico y la mención explícita de figuras políticas como el presidente Rafael Reyes muestran cómo estas mujeres se insertaron en un circuito de visibilidad que desafiaba las normas de género dominantes. Su presencia en la arena taurina, tradicionalmente masculina, puede leerse como una forma de agencia corporal y simbólica, en la que el riesgo, la destreza y la teatralidad se convierten en herramientas para disputar espacios de reconocimiento. Estos carteles, al igual que los recetarios, cuadernos de costura y manuales técnicos, permiten pensar el trabajo femenino como una práctica múltiple, que se despliega tanto en lo íntimo como en lo espectacular, y que deja huellas materiales en el archivo que invitan a reescribir la historia del trabajo desde una perspectiva feminista.

Adicionalmente, encontramos en este eje otras formas de intervención profesional, como la de la Asociación de Mujeres de Negocios Profesionales —liderada por figuras como Esmeralda Arboleda—, que promovía la cooperación entre mujeres con educación superior para ampliar sus derechos y oportunidades laborales. Documentos como La educadora de primaria de Liria Pérez Peláez (ca. 1990), o las cartas de Argemira Parra Velasco (1950) y Rosalba Rosero (1967) revelan cómo las mujeres maestras no solo enseñaban, sino que también enfrentaban condiciones adversas —desde la violencia política hasta el aislamiento geográfico— con una mezcla de compromiso, resiliencia y creatividad. Estas voces, muchas veces silenciadas en los relatos oficiales, muestran cómo la docencia fue también un espacio de resistencia y afirmación femenina.


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María Emma Zamora. Lecciones prácticas de corte y confección de vestidos para hombres, mujeres y niños, adaptados para el uso de las familias e institutos. (1907). Guateque. Signatura: MSS3307

En el campo de la investigación, las fichas etnográficas de Nina de Friedemann reflejan una metodología rigurosa y crítica, a su vez desarrollada en una época en la que pocas mujeres accedían a espacios académicos. Aquellas fichas de De Friedemann que se refieren a San Basilio de Palenque (1974) documentan no solo datos etnográficos, sino también los imaginarios vocacionales de niñas y niños afrocolombianos, revelando cómo la educación podía ser una vía de movilidad social y transformación cultural, especialmente para las niñas. En este eje se encuentra también el informe de Montserrat Ordóñez sobre las actividades de acpo de cara a las mujeres, documento que ella produce en su labor de especialista y que da cuenta de un enfoque agudo y sensible.

La profesionalización del saber femenino también se expresa en obras como La medicina popular en Colombia (1961), de Virginia Gutiérrez de Pineda, que legitima temas históricamente relegados como la partería, el curanderismo y la medicina tradicional, y en la tesis La mujer como tutora o curadora (1947), de Elvira Montoya Duque, que denuncia las limitaciones legales impuestas a las mujeres incluso después de haber obtenido la ciudadanía. Estos documentos, en su diversidad de formatos y contextos, permiten pensar el trabajo femenino como una práctica múltiple —manual, intelectual, afectiva y política— que ha dejado huellas profundas en el archivo. A través de dichos documentos se reescribe una historia del trabajo que reconoce la agencia de las mujeres, tanto desde los márgenes como desde los centros de poder, marcando el archivo para desde ahí reconstruir sus trayectorias, sus saberes y sus formas de agencia en contextos históricamente adversos. El acervo también ofrece posibilidades de comprensión sobre sus formas de participación desde los quehaceres privados y públicos, artesanales y profesionalizados.

 

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Beatriz González. La felicidad de Pablo Leyva IV. Yo soy maestra 1977. Grabado, fotocopia sobre papel. Colección de Arte del Banco de la República. Número de registro: AP3589
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