Cuenta una leyenda urbana que André Breton, invitado a dar una conferencia sobre surrealismo en la Universidad Autónoma de México en 1938, espetó un breve y lapidante discurso: "Yo no sé a qué he venido, yo no tengo nada que enseñarles, México es el país más surrealista del mundo. Disculpen, hasta luego".
Antes de la llegada de André Breton a México, artistas como Frida Kahlo, Antonio Ruíz “El Corzo”, Agustín Lazo, Guillermo Meza y Juan O’Gorman, realizaban obras pictóricas relacionadas con la fantasía o con un surrealismo que aún no se conocía formalmente en este país. Las piezas de estos creadores presentaban elementos y atmósferas mágicas, en combinación con objetos y situaciones de la realidad cotidiana.
Desde sus primeras obras, Frida Kahlo nos invita a participar de su universo personal, siempre autobiográfico. El autorretrato, motivo predominante en su producción, es una proyección de su ser interior. Su obra es prácticamente un diario de vida en el que expresa de manera totalmente libre todas sus emociones.
Cuando Breton llegó a México lo proclamó como un país surrealista, pues encontró abundantes reflejos de este movimiento a lo largo de su historia, en expresiones prehispánicas, en el arte popular y en la creación contemporánea. En 1940, la Galería de Arte Mexicano, dirigida por Doña Inés Amor, presentó la Exposición Internacional del Surrealismo, organizada por André Breton, Wolfgang Paalen y César Moro, en la que participó lo más selecto del grupo surrealista europeo al que se incorporaron los artistas mexicanos.
En 1936, Antonin Artaud visitó México y estableció amistad con María Izquierdo. Tras conocer su producción, señaló que mostraba un pensamiento mágico-primitivo. Ciertamente, el mundo de Izquierdo estaba dotado de magia y elementos tradicionales mexicanos que conjugaba con gran fantasía. Circos, caballos, retratos, autorretratos y múltiples alacenas que exhibían artesanía mexicana finamente colocada, nos remiten a escenarios teatrales o a cajas mágicas concebidas con una extraordinaria riqueza formal.
A partir de su primera exhibición en Guadalajara, el entonces muy joven Juan Soriano estableció una estrecha relación con María Izquierdo y con Lola Álvarez Bravo, quienes lo impulsaron a viajar a la capital para continuar con sus estudios de pintura. Mantuvo una estrecha amistad con ésta última; fue su modelo y posó para ella en innumerables ocasiones, colaborando en la creación de imágenes singulares. Soriano a su vez, realizó El retrato de Lola Álvarez Bravo con Juan Soriano niño, obra con cualidades fantásticas en las que Doña Lola asume dos personajes en un mismo tiempo y espacio: el de fotógrafa y el de acompañante del niño. La obra, con un fuerte carácter onírico, se ve enfatizada por un cielo en tonos rosas y azules que se integra a la escena a través de un gran ventanal.
El arquitecto Juan O’Gorman hace un despliegue de fantasía en la obra “Mitos”, … que muestra una compleja composición en espiral que arranca desde el extremo inferior derecho con la figura de la muerte. Las escenas se suceden unas a otras, son pequeños universos con una narración propia cada uno, mundos que se podrían antojar ajenos entre sí, pero que se unen en una misma narrativa, dando lugar a múltiples historias y símbolos. O´Gorman no deja de incluir elementos característicos de del arte popular mexicano.
La combinación de fantasía, ambientes ficticios y personajes antropomorfos, continuará a lo largo de las siguientes décadas en México y tendría muchos seguidores, entre los que se encuentra Rodolfo Morales, quien recreó mundos mágicos inspirados en temas de su natal Oaxaca.
Por su parte, Colombia nunca tuvo una relación directa ni con la vanguardia surrealista, ni con la preocupación del psicoanálisis como punto de partida de un proyecto estético. Sin embargo, las mismas manifestaciones populares y propias del sincretismo racial y cultural que Breton había encontrado en México hacen parte de su imaginario, uno mágico y fantástico, lleno de superstición y maravilla. No en vano, el término “realismo mágico” que designo la narrativa fantástica de autores como García Márquez provenía originalmente del mundo del arte, y luego, trasladado a la literatura latinoamericana vendría a aludir a esa consideración cotidiana de lo fantástico, pero que Bréton encontraba como surrealista. Así lo intenta expresar García Márquez en su discurso de aceptación del Nobel al describir las inverosímiles historias que hacen parte de la realidad de nuestros pueblos, y así lo expresa Alejo Carpentier en el prólogo de “El reino de este mundo”.
A la figura fantástica de Frida Kahlo vale la pena contraponerla con la irónica e irreverente Débora Arango, que utilizó como recurso el antropozoomorfismo para caricaturizar y condenar a la sociedad conservadora, pacata y rezandera de Antioquia. Y a las escenas extrañas y a la vez hogareñas de Varo o Carrington vale la pena matizarlas con el primitivismo de Noé León y sus alegres y coloridas escenas de hechos hilarantes con fieras que se cruzan el camino de un bus a medio paso por la ciudad, escenas que Breton encontraría surrealistas, pero un colombiano de la provincia catalogaría como perfectamente posibles.
La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial ocasionaron que llegara a México un grupo importante de personajes que participaron en las distintas ramas de la cultura y las artes: escritores, poetas, fotógrafos, pintores y actores llegaron a este país para dar continuidad a su trabajo.
Dentro de este cúmulo de creadores se encontraban cuatro mujeres: Leonora Carrington, Remedios Varo, Kati Horna y Alice Rahon, quienes se instalaron en México siendo muy jóvenes. Llegaron con un impresionante bagaje artístico, habían convivido y trabajado con los surrealistas en Europa y desarrollaron su obra con un estilo propio cada una. Las cuatro mantuvieron una cercana amistad a lo largo de su vida.
La obra de Leonora Carrington, pintora nacida en Inglaterra; está inspirada en un mundo interno, personal, mágico, lleno de símbolos, en donde se mezclan distintas culturas esotéricas y se encuentran personajes de diversas proporciones y materiales, seres antropomorfos danzan o vuelan y conviven en misteriosa armonía.
Remedios Varo, de origen español, plantea también un mundo onírico en el que resaltan paisajes y arquitectura fantásticas en donde los protagonistas y objetos se asocian en actividades mágicas. Sus obras se caracterizan por un trazo detallado que remite a la pintura flamenca.
Pedro Friedeberg nació en Italia y llegó a México siendo un niño durante la Segunda Guerra Mundial. Fue discípulo y amigo de Mathias Goeritz; también estableció amistad con Alice Rahon, Remedios Varo, Leonora Carrington y Kati Horna, quienes sin duda marcaron su personalidad. Desde sus inicios, su obra estuvo ligada a atmósferas fantásticas. Un hábil manejo de la perspectiva, herencia de sus estudios de arquitectura y la repetición de elementos tanto geométricos como orgánicos conviven armónicamente en sus obras.
Emma Cecilia García Krinsky
Christian Padilla
Curadores