Mientras Zárraga y Rivera trabajaban en Europa, en México se vivían momentos de lucha durante la Revolución Mexicana (1910-1920). Al término de este conflicto, en 1921, José Vasconcelos fue nombrado Secretario de Educación Pública. Hombre visionario, sabía que la cultura podía unificar y consolidar los idearios revolucionarios. Por este motivo, inició un ambicioso proyecto de difusión cultural en el país, que incluía programas de instrucción popular, edición de libros y promoción del arte con el objetivo de rescatar las artes populares y las manifestaciones prehispánicas, así como dar entrada a nuevas expresiones plásticas que se reflejaron mayormente en la pintura mural.
Para lograr sus propósitos, Vasconcelos trajo de Europa a Diego Rivera, que para entonces ya había pasado largos periodos de estudio, de análisis y de experimentación en el viejo continente; convocó además a David Alfaro Siqueiros y a José Clemente Orozco. Los tres pintores se unieron en 1922 para la formación del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios. Vasconcelos entregó a los pintores los muros de la Escuela Nacional Preparatoria, de la Secretaria de Educación Pública y del Palacio Nacional, para plasmar en ellos no solo la historia del país sino también las propuestas visuales que debieran alimentar el triunfo de la Revolución. Un gran número de artistas plásticos se sumaron al proyecto muralista para llevar el arte al pueblo, incluso algunos extranjeros como Jean Charlot llegaron atraídos por este movimiento cultural.
A partir de entonces, la cultura mexicana inició una nueva etapa que se caracterizó por su fervor nacionalista. Estas mismas pautas rigieron a la pintura de caballete, que se consolidó en el movimiento llamado Escuela Mexicana de Pintura, en el que participaron pintores de distintas generaciones que compartieron la misma ideología, entre quienes se encontraban: Alfredo Ramos Martínez, Gabriel Fernández Ledesma, Cordelia Urueta y Olga Costa. Sus obras permitieron difundir de manera didáctica las tradiciones del país.
Los jóvenes intelectuales colombianos que se enteraron del programa de Vasconcelos y comenzaron a tener noticias de cómo México empezaba a despuntar como una cultura en progreso, con una identidad propia y hasta un estilo pictórico único, tomaron a este país como nuevo modelo social, cultural y político: las elites debían dejar paso al poder al hombre marginado, al mestizo, al obrero, al trabajador del campo. Parecía una mentira que tantas ideas utópicas fueran aplicadas a una sociedad tan desigual, analfabeta, indígena ¿Podía ser cierto? ¿Eran estos postulados aplicables a otras naciones? Se encontraron con un proyecto real que iniciaba su práctica con éxito, y pronto Vasconcelos se convirtió en el personaje más influyente de América Latina. No tardó mucho el entusiasmo en coronar a Vasconcelos con numerosos elogios: “El Apóstol de México”, “El Maestro de la juventud”, “El licenciado”, e incluso algunos entusiastas manifestaron en la prensa: “Los intelectuales de América deberán unirse para pedir que se conceda el Premio Nobel a José Vasconcelos, pacificador de México”.
Uno de los primeros en viajar a comprobar si la utopía era una realidad fue el joven escritor Jorge Zalamea, que en 1926 envió desde México las crónicas de su encuentro: México había creado la competencia de la escuela europea. Zalamea, asombrado por todos los nuevos hallazgos escribió efusivamente en numerosas publicaciones para Colombia todo lo que comprobó con sus propios ojos. Entre todos estos asombrosos descubrimientos Zalamea no encontró “ninguno de tan plena madurez, de tal jugosidad y de tan ricos sabores como el de su pintura. Pueblo alguno de la América Latina puede mostrar hoy un grupo de pintores que igualen en valor a los mexicanos y no será aventurado decir que el mundo entero no tiene media docena de pintores que aventajen a Diego Rivera, el coloso de los frescos de la Secretaria de Educación Pública”.
Por el mismo tiempo, en Europa se consolidaba el talento del joven escultor chiquinquireño Rómulo Rozo, quien por primera vez planteaba la posibilidad de un arte en oposición a la Academia, extraído bajo la influencia de sus raíces indígenas y el arte precolombino. En 1926 presenta su obra maestra, una escultura que por primera vez hacía referencia a la mitología de la civilización muisca con un lenguaje moderno y novedoso: Bachué, diosa generatriz de los chibchas en París. Desde entonces su reconocimiento internacional lo llevará a obtener numerosas distinciones, como la de representar a Colombia en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Allí, mientras Rozo desarrolla con su nuevo estilo la ornamentación del Pabellón de Colombia, entabla amistad con el autor del edificio mexicano, el arquitecto Manuel Amábilis. La influencia de México a través de su amigo lo llevará por curiosidad inicialmente y por convicción al final, a pasar el resto de su vida en México, donde con el tiempo lo considerarían uno de los suyos.
A pesar de no regresar nunca a Colombia, la repercusión mediática de Rozo fue tan avasalladora que pronto empezaron a pulular las revisiones a la mitología muisca y el estudio del arte precolombino en la producción de los artistas colombianos más destacados de su generación como Luis Alberto Acuña, Julio Abril, Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez Jaramillo. Los cuatro, al igual que casi todos sus contemporáneos terminarían en algún punto de sus carreras viajando a México a copiar las fórmulas de la técnica mural para intentar ponerla en aplicación en Colombia, y además, para entrevistarse con Rivera, Siqueiros y Orozco, los pilares del arte latinoamericano. El destino había dejado de ser Europa.
Si el indígena y el hombre mestizo habían pasado a ser los protagonistas de un arte que anteriormente solo daba espacio a los personajes de las más altas esferas, el escenario había dejado de ser la ciudad y había dado paso al campo, al terruño y la exuberante naturaleza para convertirse en el espacio de relato de los artistas. La vasta geografía de México y su fecunda naturaleza permitieron visualmente los más diversos entornos, desde las zonas montañosas, los campos y los desiertos hasta las costas marítimas, que han sido plasmados por pintores y fotógrafos.
La tradición del paisaje cobró importancia en México a finales del siglo XIX, cuando Eugenio Landesio, pintor italiano, llegó a impartir clases en la Real Academia de San Carlos de la Ciudad de México. Su discípulo José María Velasco desarrolló el tema con gran maestría, dejó una prolífera obra y abrió el camino para incontables generaciones. En 1906, cuando Velasco estaba todavía activo llegó a México el fotógrafo alemán Hugo Brehme, que realizó una notable cantidad de paisajes que de alguna manera tomaron como modelo a la pintura. A Brehme se le debe en buena parte la difusión de México en el extranjero a través de sus imágenes fotográficas y del libro México Pintoresco, editado en Alemania en 1923.
El interés en la geografía de México se ve reflejado también en la obra de Manuel Álvarez Bravo que en su juventud conoció a Hugo Brehme, y que a lo largo de su vasta producción dejó numerosos testimonios del paisaje y de su mirada hacia la naturaleza. A Manuel Álvarez Bravo se le considera el fotógrafo mexicano más importante del siglo pasado, inició su trabajo en la década de los años veinte, fue amigo de Tina Modotti y participó con todos los intelectuales que gestaron la revolución cultural en ese momento. Durante su trayectoria propuso una nueva estética no solo del paisaje, sino de las calles en la ciudad de México, de los personajes que habitan el país, del retrato, así como de los objetos que capturó a través de su lente.
A través de la industria del cine, Gabriel Figueroa aportó su propia visión, mostrando al mundo la vida campirana y las tradiciones, al ubicar escenas en haciendas y poblados mexicanos. Destacan sobre todo sus tomas de cielo y paisajes. Además de su trabajo fotográfico con cámara fija, también se han reproducido escenas icónicas de sus películas a partir de los fotogramas de las mismas.
Los nevados volcanes mexicanos también han maravillado a los artistas y han sido un tema recurrente en el arte en México, sobre todo el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, colosos que se observan desde la ciudad de México, el Estado de México, Morelos y Puebla. Su principal exponente fue Gerardo Murillo, más conocido como Dr. Atl, que realizó varios viajes a Europa, tanto durante su formación como pintor, así como en años posteriores. Durante su paso por la Academia durante el porfiriato, Atl propuso una visión vanguardista del paisaje. Se caracterizó por ser un hombre multidisciplinario, estudió filosofía, fue abogado, vulcanólogo, pintor, además participó en la Revolución Mexicana al lado de Venustiano Carranza y difundió con gran esmero el arte popular mexicano. En 1943 registró largamente el nacimiento y erupción del volcán Paricutín en el estado de Michoacán.
Aunque en Colombia la exploración al paisaje también fue motivo recurrente de este movimiento nacionalista, es importante rescatar el papel de cronista que ejercieron fotógrafos como Luis B. Ramos y un discípulo suyo, Leo Matiz, posiblemente uno de los mejores fotógrafos del mundo a mitad de siglo XX. Nacido en la misma Aracataca de García Márquez en 1917, Matiz había aprendido el oficio de la reportería gráfica junto a Ramos en publicaciones colombianas, y a partir de 1941 se instalaría en México hasta 1948, convirtiéndose en amigo íntimo de toda la intelectualidad mexicana. Su habilidad para retratar la psiquis humana en comunión con el paisaje le hacen de una singularidad que alineaba en su lenguaje fotográfico, su producción con esa búsqueda por la identidad que abrazaba la pintura mexicana.
Emma Cecilia García Krinsky
Christian Padilla
Curadores