Como las batallas se libran en varios frentes, además de los billetes hechos con hojas de cuaderno, se cuenta que durante la guerra de los Mil Días los tipos de imprenta, fabricados en plomo, se fundían para hacer metralla1. Así, las palabras, las letras y los tipos terminaron convertidos en material de guerra. En un doble sentido, los veintisiete soldados —que corresponden al número de los caracteres del alfabeto— sirven para derrocar gobiernos y combaten, cuerpo a cuerpo, junto a los ejércitos de carne y hueso.
A lo largo de los tres primeros decenios del siglo XX, la prensa sirvió para abrir acaloradas discusiones sobre el papel de la Iglesia, sobre las diferencias entre el centralismo y el federalismo, sobre los impuestos y sobre el régimen monetario y económico. Según cálculos hechos por algunos investigadores, puede hablarse de más de setecientos periódicos que circularon durante estas décadas en capitales y alejadas poblaciones.
Los formatos pequeños de octavo nos cuentan un poco de las prensas en las cuales se producían: pesadas máquinas que llegaron a lomo de mula y que viajaron desde Europa y Estados Unidos. Se armaban a dos o tres columnas, en un formato editorial que se puede ver repetidamente, con pocas o ninguna ilustración, algunos filetes para dividir la zona del cabezote del área de texto, y con una concepción balanceada y simétrica.
Se destaca la ingeniosidad de algunos cabezotes, un espacio reservado para un discurso visual y textual en el que el título del periódico hace un juego de palabras, apoyado por alguna ilustración que refuerza el nombre. En casos más ingeniosos, las letras mismas logran convertirse en imagen.
Son un manifiesto visual, cuyo espíritu combativo se fortalece gracias a la austeridad de los medios con que se realizaron. Las letras son expresivas, los grabados toscos, en blanco y negro, y los títulos constituyen una identidad única. Al revisar la producción gráfica con que cierra el siglo XX, resulta revelador comparar este tipo de publicaciones con el auge del fanzine y la producción de gráfica marginal, muchas veces asociada al punk o al cómic.
Virus, Mofeta, La Sombra, Colombian Trash o Cara de Perro, títulos que empiezan a circular desde mediados de los años ochenta en varias ciudades del país, se eslabonan con el carácter sugerente de esos títulos de comienzos de siglo. El artista bogotano Humberto Junca intenta definirlo:
Un fanzine es una publicación barata, diagramada con las uñas a modo de collage, empleando fotos e ilustraciones en alto contraste, con textos escritos a mano alzada o con máquina de escribir, con un tiraje muy bajo, y armada por un fanático o por un grupo de fanáticos que buscan la cohesión de una escena o discutir sobre un tema puntual2.
Parece, si quitamos el contexto temporal, que esas palabras se refirieran al espíritu, la forma y el origen de muchos de los periódicos regionales de comienzos del siglo XX en el país.
Fantoches
En la década de 1920 surgieron varias revistas humorísticas en contra de los gobiernos conservadores. Publicaciones impresas en una y dos tintas con todas sus páginas ilustradas, donde el rol de director artístico adquiere gran relevancia. En Bogotá las más destacadas fueron La semana cómica dirigida por Víctor Martínez, Buen Humor fundada por Guillermo Pérez, Sal y pimienta y Fantoches dirigidas por Manuel José Jiménez.
Fantoches tenía como propósito “hacer algunas monerías, algunas piruetas espirituales que distraigan un poco la murria de Bogotá y Facatativá para tomarle el pelo a los políticos”. El primer caricaturista en colaborar fue Alejandro Gómez Leal a quien se le atribuye el cabezote de la publicación: letras dibujadas a partir de fragmentos irregulares que imitan una construcción en madera, unidos entre ellos con pequeños círculos que simulan clavos. La identidad gráfica de la revista está dada fundamentalmente por el dibujo, se destaca el uso de tintas y papeles de colores para dar riqueza visual a la publicación en vez del tradicional negro y blanco. Leal era a la vez de destacado caricaturista, un pintor académico, no parece ser un detalle menor la escogencia y el hábil manejo de los colores azul y rojo para identificar gráficamente una publicación de sátira política, el rojo liberal y el azul conservador permitían crear duotonos con una calidad cromática sorprendente. Más adelante se incorporó Pepe Gómez quien, bajo muchos pseudónimos, atacaba al gobierno de Miguel Abadía Méndez y el intervencionismo norteamericano en el país.
A Fantoches y al trabajo crítico del caricaturista Ricardo Rendón publicado en varios periódicos y semanarios se le atribuye el fin de la hegemonía conservadora y el inicio de la república liberal. A Fantoches le siguieron en la década de 1930 otras publicaciones satíricas con gran desarrollo gráfico como Anacleto y La Guillotina.
Referencias bibliográficas
1 Tarcisio Higuera, La imprenta en Colombia (Bogotá: Instituto Nacional de Provisiones, 1967). Volver arriba
2 Humberto Junca, “Do-It-Yourself”, revista Semana, 22 de noviembre de 2017. Volver arriba