En 1999, el Museo Nacional de Colombia inauguró una exposición conmemorativa por el centenario de la guerra de los Mil Días. Uno de los rescates más sorprendentes fue el de la figura de Peregrino Rivera Arce, el soldado artista. La pieza principal de la muestra, en términos editoriales, consistió en un facsímil del álbum de dibujos de Rivera Arce: una pequeña libreta que lo acompañó durante la guerra, en la que dejó sus impresiones sobre el conflicto, retratos de soldados y mujeres, paisajes e imágenes descarnadas de la batalla.
Otras piezas destacadas son las mismas con las que abre esta exposición, los llamados “peralonsos”: tres billetes realizados también por Rivera Arce, junto al colega dibujante Darío Gaitán e Hipólito Montaña, quien figura como prensista. Se trata de una edición de cuarenta mil pesos, con denominaciones de uno, cinco y diez pesos, ordenada por el general Rafael Uribe Uribe en 1900, para el financiamiento de las guerrillas liberales después de la batalla de Palonegro, en Santander.
La edición de billetes de manera privada, acordada con el gobierno, era algo común ante la dificultad de la centralización de la emisión. Llegaron a existir, simultáneamente, decenas de formas de billetes diferentes, en medio de un caótico régimen de políticas monetarias.
El ejercicio visual de estos billetes cuenta la historia de la escasez. Se imprimieron sobre hojas de cuaderno rayadas y usando grabados en madera. No se puede pasar por alto que a Gaitán y Rivera Arce se entrenaron en la Escuela de Bellas Artes, fundada por Alberto Urdaneta en 1886. El proyecto pedagógico de Urdaneta es el antecedente de un espacio de formación de artistas y grabadores, que será el fermento de la compleja relación que se desarrollará entre los saberes del arte y el diseño durante el siglo XX.
Los tres billetes en cuestión son un manifiesto gráfico y político, pues hablan de precariedad y conflicto. Son piezas de propaganda política y, a la vez, títulos de valor. Si se comparan con otras piezas numismáticas de la época, sobresalen por su simpleza, dadas las condiciones de fabricación. Como había pocos talleres profesionales, una porción importante de los billetes oficiales se producía en Estados Unidos y Europa; eran prácticamente copias con imaginería de referentes extranjeros.
En medio de la precariedad y la incertidumbre, la recursividad buscaba dar a los billetes un aura de originalidad y, a la vez, pretendía ofrecer una sensación de seguridad y confianza por la dificultad para falsificar los detalles: los billetes insurgentes no se podían fusilar.
En el anverso del billete, el enunciado “República de Colombia”, que puede pasar a la historia con sus capitulares decoradas, habla de las condiciones de la guerra: los dos personajes destacados son la Libertad y el soldado, con la espada y el cañón como acompañantes.