Los amantes del tejado
Por: Hernán Eduardo Castañeda
Esta historia hace parte de la convocatoria En respuesta a Sophie Calle, como parte de la exposición Historias de pared.
Cada vez que te ausentas, que gritas desde la distancia mi nombre y dejas en tu vaso una gota de licor… te recuerdo. Tu perfume, como una estela de alcohol que se evapora en la funda de mi almohada y tu nombre, como una débil imagen pixelada, y tú, incapaz de escuchar; más inerte que nunca, y tú, incapaz de ver; más inerte que nunca.
Perdono a la noche por su inquietante silencio, te perdono a ti por vivir en ella como un fantasma, como una silueta endeble que se esconde tras la hojarasca. Perdono a la noche por mantenerte abrigado en el recuerdo.
El mejor alivio para el hombre desgraciado es el olvido, es aislarse en una grieta creada por el silencio y expulsar los recuerdos en las bocanadas de un cigarrillo.
Perdono a la noche por ser la culpable de los murmullos de la ciudad, por hacer que los vecinos piensen a diario que estoy loco y no pueda dormir -déjenlo en su locura- comentan a diario. Ellos ignoran lo que se siente, a nadie le aqueja el dolor ajeno ¿Hay algo más lamentable que sentir lástima por alguien?... sí, sentir lástima por uno mismo.
Hoy me arrojo a una balanza para no caer en los abismos de los extremos y abrazo al fiel amigo de los que no tenemos futuro; la suerte.
Los amantes del tejado
En esta noche de insomnio recuerdo a la persona que una vez amé y fue la causa de mi muerte, esta carta es para ese hombre que incapaz de escucharme sabe que una vez nos llamamos amor y él fue para mí lo que el viento es a agosto.
Recuerdo la noche en que hacíamos el amor y dijiste las palabras más hermosas que jamás había escuchado -hace tanto tiempo no escuchaba el sonido de la lluvia en el tejado- y me miraste, sabías que era la última noche que nos veríamos. Ya no toleraba todos tus vicios, como explotar las tiras de burbujas de aire que traen ciertos objetos con el fin de que no se rompan, o dejar cabellos en el trapero, ese de dejar la ventana abierta y permitir que los pájaros se caguen dentro de la casa, ese de no dejar las cosas en su sitio, de llamarme Víctor cuando sabes que es otro mi nombre. Todos tus vicios colmaron mi paciencia. Perdóname, olvidé la forma en que te amaba; desmedida, ingenua y tal vez inocente.
Algo nos decía que esa noche sería la última y el universo conspiró para que fuera hermosa, ridículamente romántica. Sabes que odio el romanticismo y otras pendejadas parecidas como los niños o tu peculiar manera de demostrar amor. El amor no se mide por años, querido, se mide por instantes. Los nuestros fueron pasajeros, efímeros. Como las veces en que eyaculabas encima de mí después del sexo, lanzabas los últimos gemidos y me dabas la espalda, prendías un cigarrillo y lo fumabas cuando sabes que odio el cigarrillo. Eras incomprensible con tu extraña manía de llamarme cariño y una que otra sandez parecida. Odio tu manera de amar y ese incontrolable detalle de enviarme flores cuando sabes que soy alérgico a ellas. ¿Por qué no puede amarme?
Salimos a la ventana de mi apartamento, nos sujetamos las manos y dejamos que la lluvia nos abrazara. Mire tus ojos cansados en la oscuridad, sabía de la operación que te harían en ellos y me dijiste que no volverías a ver. No sabes cuánto odio los objetos defectuosos y tal vez esa sea la razón del porqué de nuestra separación. No tolero los seres enfermos. No me dijiste nada después de eso pero sabías lo que pensaba al respecto, te bese los ojos y luego me limpié la boca a escondidas creyendo que lo tuyo podría contagiarme.
Esa noche dormimos juntos pero distantes, silenciados por la incomprensión, tontos. ¿Qué fue de los primeros días? De esa época en que nos amábamos realmente, en que conocías la forma de gritarme, de despreciar mis llamadas o ignorar mis necesidades. Cuanto más me ignorabas más te amaba. Pero tenías que empezar a besar, a acariciar, sabiendo lo mucho que sufría y cuán enfermo estaba. Te enteraste pronto de mi situación y cambiaste tu forma de ser. Me tratabas como a un niño inválido y descuidaste tu trabajo por mí. Esa no es manera de dar afecto, sino de apegarse y de entregar estupidamente tu vida por otra persona. -¿Tienes frío?- me dijiste, te mentí diciendo que tenía calor, sabía que me abrazarías, me apretarías en tus fuertes brazos masculinos llenos de vigor y abrazarías los míos; débiles, delgados. Estando a oscuras no sabrías distinguir entre mis brazos o un par de escobas.
Tú fuiste quien inicio el peligroso juego de ser infiel y no me juzgues si mi pasatiempo fue engañarlo en brazos ajenos, usted sabe, usted comprende, que hay ciertos deseos que un hombre no puede controlar. Créame que no lo hice con la peor intención, además, las intenciones de ellos fueron muy buenas. Me sentía indecente después cada acto, empapado de ese líquido viscoso que pudo haber preñado a la mitad de las mujeres de esta ciudad, líquido mortal de uno de ellos que entró a mi cuerpo y se alojó sin avisarme de sus consecuencias.
Ambos estábamos en el mismo juego, en la misma lista de espera. No sabíamos quién sería el primero que diría adiós, si la rutina sería la causa de tu muerte o alguna enfermedad me haría una mala jugada. ¿Desde cuándo nos convertimos en expertos jugadores del destino? Ambos arriesgamos y nos fuimos en el vagón de la jugada perdida.
Ambos decíamos esa noche palabras sin sentido, ese tipo de palabras que no se entienden con facilidad, ambiguas; es decir, callábamos. Éramos felices en nuestra estupidez, en nuestra ebriedad erótica poco inusual en nosotros. ¿Cuándo dejamos de amarnos? Te pregunto con un beso y tú me respondes con una lágrima.
¿Recuerdas nuestro hábito de visitar los moteles baratos del centro de la ciudad? Teníamos curiosidad de experimentar el sexo en un lugar desagradable, saber bajo que condiciones se es permitido dar un buen abrazo. El lugar no se me borra de la memoria tan fácilmente, ahí contrajimos las primeras infecciones y hongos debido a la falta de salubridad.
¿Es mi impresión o la vida se burla de nosotros? A veces siento que tu perfección me abrumaba, que un ser con ausencia de errores está destinado al olvido y solo es bien recibido en este mundo el imperfecto o aquel que tiene una vida trágica. ¿Por qué es necesario realizar preguntas innecesarias a momentos obvios? Como preguntar al infeliz sobre sus desgracias o al enfermo sobre sus dolencias.
Ayer me dijiste lo pálido que estaba, te dije que eran los bombillos que irradian luz amarilla, que tarde o temprano terminan dejándote la tez de la piel de un color amarillo. Te reíste. Sabes lo mucho que odio las risas, me recuerdan a las hienas. Cada día me miras con ojos distintos, como si temieras mi muerte, te digo que no llores que no es para tanto, me dices que no te detenga, que se interrumpe a un hombre cuando grita, cuando agrede, más no cuando llora. Te intento tranquilizar y te digo que la muerte de un marica en este mundo es insignificante a no ser que seas Oscar Wilde o Alejandro Magno. Un hombre debe guardar las lágrimas para un momento verdaderamente difícil ya que no tiene tantas lágrimas que derramar a comparación de una mujer.
¿Qué hacen dos seres enfermos en una habitación, dos corazones en una estrecha cama de 1 x 20, dos ceniceros a punto de reventar y un balde que no resiste las goteras del vendaval? Esperar… el balde espera a que el agua rebose su capacidad de almacenaje, el cenicero se ahogará con las colillas de cigarrillo… ¿Y nosotros? ¿Seremos el balde o el cenicero? El hombre no será polvo como decía la Biblia, será un recuerdo que se alojará en la cabeza de algún hombre, será todo menos polvo. ¿Y si encierro en un baúl tu recuerdo? Me rehúso a dejarte tan fácilmente, quedarías a la sombra de la noche, a la voz del recuerdo.
Mi enfermedad se agravó después de aquella noche, sentía todo el tiempo deseos de vomitar y mi entuasimo no era el mismo de antes. Poco a poco perdía peso y no era el mismo hombre que conociste en aquella sala oscura de antro gay. No quería que me vieras en tal estado, sentía que mi imagen te defraudaría. Decías que aunque el rostro cambie, el corazón seguirá siendo el mismo. Quisiera que el espejo mintiera, obligarlo a mostrar ciertas realidades, pero la fealdad y la vejez son cosas que no se pueden ocultar. ¿Por qué he de acabar esta carta con un punto aparte? ¿Por qué he de poner un “felices por siempre”? Prefiero tres puntos suspensivos y decir hasta luego, mañana volveremos a ser los mismos y recordaremos que un día fuimos buenos…