El cuatro de marzo de 1977 sale a las calles el primer ejemplar de Que viva la música. La novela de Andrés Caicedo, protagonizada y narrada por la ‘rubia, rubísima’, María del Carmen Huertas, cuenta una Cali fascinantemente agresiva, de rock, salsa y desasosiego. Que viva la música es hoy más que un libro de culto: se trata de un clásico de la literatura colombiana. El manuscrito de esta obra, como todo el archivo personal del autor, está en la colección de la BLAA por decisión de su familia. Hay piezas tan particulares como su cuaderno de dibujos infantiles, de cuando Caicedo apenas tenía siete años.
Jorge Isaacs tuvo una vida increíble. La historia lo relaciona con María, la novela romántica ubicada en una hacienda del Valle del Cauca, que inauguró la literatura moderna colombiana. De la primera edición de 1867, que se agotó, según cuentan, un día después de aparecer en librerías, quedan muy pocos ejemplares: uno está en la BLAA. Pero Isaacs también fue poeta. Prueba de ello es el manuscrito de La casa paterna, poema en el que evoca los años felices, antes de que la ruina y la guerra acabaran con su familia. Después de triunfar con María, Isaacs le coqueteó a la política: dejó el conservatismo, se hizo liberal y se unió a la guerra de 1876, en defensa de un gobierno que los opositores calificaban de ‘endiablado’ por su espíritu anticlerical y antirreligioso.
Los grupos armados y el gobierno pueden firmar la paz. ¿Y nosotros? ¿No podemos mostrar voluntades y hechos de paz en nuestros colegios y familias? Con proyectos como La paz y de lo otro no más y La paz se toma la palabra, la BLAA y el Banco de la República han puesto a los colombianos a dibujar y escribir sobre el tema. Por ejemplo, en Cali, Angélica escribe: “Como tú sabes, entregué mi fusil. Por eso creo que todo está mejor, porque no te hago sufrir y llorar. Sé que ahora puedes dormir tranquilo, sin la angustia de qué estaré tramando para desangrarte. Amado país, perdóname por todo el dolor, por tus lágrimas, por tu tristeza. Te doy mi perdón y te pido perdón. Con una promesa: que no haré más daño a mi amada Colombia”.
La historia del bordado es también la historia del machismo. Han sido pocas las culturas que han permitido que los hombres se acerquen a las agujas, las tijeras y los bastidores. Por ejemplo, las técnicas que han hecho famosa a Cartago, en el Valle del Cauca, llegaron con los españoles, y se sofisticaron con las enseñanzas impartidas a las niñas en los conventos e internados de la zona. Los dechados -es decir: las muestras de los bordados elaborados por cada mujer o jovencita- dan buena cuenta de la complejidad de este trabajo y también del interés por hacerlo mejor una que la otra. Buena parte de los manuales de bordado del siglo XIX fueron escritos por hombres. Qué ironía.
Fan… ¿qué? Fanzines. Sí: fan-zi-nes. Por su abreviatura en inglés, algo parecido a revistas de fans, aunque nada que ver con álbumes rosa. Publicaciones subterráneas, gratuitas (bueno, no siempre), elaboradas de manera casi artesanal y muy de la movida de un grupo: los seguidores de esto o de aquello. De un deporte extremo, de un estilo literario, de una forma de vida, de un tipo de música, de una posición ante el arte y el mundo. En fin, de los seguidores de la expresión gráfica libre y sin intermediarios. ¿Sabía usted que uno de los mejores compendios del país está en la sucursal del Banco de la República en Cali? La próxima vez que le ofrezcan un fanzine, tómelo. Puede ser el inicio de una interesante colección.