Haber vivido la privación de libertad de movimiento en un país sumido desde 1973 hasta 1990 en la dictadura puede sin duda espolear la búsqueda de las razones que llevan al confinamiento de determinadas personas.
Estos motivos indujeron a Paz Errázuriz a visitar en repetidas ocasiones el hospital psiquiátrico Philippe Pinel de Putaendo a doscientos kilómetros de distancia de Santiago. En dicho lugar se encontró con personas desatendidas por sus propias familias. Y allí hizo dos conjuntos de fotografías, El infarto del alma (1992-1994) y Antesala de un desnudo (1999).
Huyendo de una visión miserabilista, el ojo de Errázuriz se centra en los lazos humanos basados en el cariño y la ternura, en las relaciones de pareja que se enhebraron en el Psiquiátrico. Las fotos se llenan de abrazos, de manos que se agarran, de cuerpos que se juntan.
La aportación principal de El infarto del alma (1992-1994) consiste en la valoración ante todo de la individualidad de los sujetos retratados y de las vinculaciones afectivas tejidas en el internamiento.
Unos años después de concluir esta serie, Errázuriz regresa al mismo universo de reclusión y lleva a cabo Antesala de un desnudo.
Para esta serie escogió un lugar de uso corriente pero de evocaciones siniestras: las duchas. Los cuerpos hacinados en un espacio de paredes sucias y suelos manchados, y sobre todo la visión de las ancianas desnudas junto a las puertas enrejadas nos hablan de la brutalidad del sistema carcelario.
Tiempo después se supo que la nueva dirección del Philippe Pinel había introducido mejoras en las infraestructuras del psiquiátrico. Un cambio que también se había producido en la percepción que tenía la administración del hospital de los pacientes recluidos en ese lugar.