Atraída por sectores y grupos sociales ajenos a los comportamientos normativos quiso explorar en 1987 un mundo tan supuestamente viril como el del boxeo. Acudió en un principio a hacer algunas averiguaciones al Club México de Santiago pero fue rechazada con el argumento prejuiciado de que las mujeres no estaban autorizadas a penetrar en un recinto masculino de dichas características. Finalmente sí pudo llevar a cabo su proyecto visitando la Federación chilena de Boxeo. El resultado de sus reiteradas frecuentaciones es una panoplia de imágenes –la serie El combate contra el ángel, 1987- de hombres cuyo aspecto vulnerable hace dudar de la victoria a la que aspiran.
Errázuriz los muestra fuera del ring o dispuestos a iniciar el entrenamiento. Sin embargo, más que una musculatura en su esplendor físico vemos sobre todo cansancio, agotamiento y también precariedad y fragilidad.
Años después, tras viajar en autobús por el norte de Chile con un grupo de luchadores pudo descubrir unas realidades que no suelen asociarse con los practicantes de la lucha libre: la existencia de sus familias, su descendencia, su vida personal.
Tampoco en este caso –la serie se denomina Luchadores del ring, 2002-2002- es la refriega de los cuerpos lo que movió a Errázuriz a dedicarles tiempo y atención sino la fragilidad y singularidad de unas vidas que no encajan con el orden normativo por su carácter nómada y por la profesión a la que se consagran.