En la extensa trayectoria fotográfica de una autodidacta como Errázuriz se constata con frecuencia el interés por adentrarse en espacios indebidos donde se practicaba la exclusión de género (el boxeo), penetrar asimismo en coto vedados por la moral hegemónica (la prostitución), o recorrer la periferia en pos de formas de vida nómada o ambulante como es el caso de su serie El circo (1984-1988). En esta serie se retratan momentos de la vida diaria, anodina o no, de circos pobres, de aquellos que malviven en las barriadas de las ciudades sin contar con el apoyo de grandes anuncios o reclamos espectaculares.
La excepcionalidad del comportamiento humano despierta la fascinación de Paz Errázuriz alimentando también su respeto hacia formas de vida que son inhabituales para la mayoría sedentaria.
En este caso la fotógrafa chilena se aparta de las visiones estereotipadas y coloristas sobre el circo que lo relacionan con las risas de los payasos o el uso de animales peligrosos; su mirada se posa más bien en la cotidianidad de unas gentes que hacen de su profesión un modo de vida sin estridencias hasta el punto de que el acróbata o el mago pueden parecerse a cualquier hijo de vecino.