Por: Luis Fernando Ramírez Celis
Si el paisaje en el arte es una representación de la naturaleza, el jardín es, por su parte, una representación del mundo a partir de la presentación directa de la naturaleza. El jardín domestica los reinos mineral, vegetal y animal, y los controla en un espacio delimitado, con la intención de proyectar el espíritu y fortalecer el cuerpo mediante el disfrute de los elementos, separados del mundo salvaje. El jardinero construye utopías con las herramientas de la botánica, la horticultura, el paisajismo, mientras que el artista representa la idea de estas utopías para darles nuevos significados.
En las artes plásticas suceden momentos peculiares en que el autor representa, mediante la técnica, otra forma de representación: el dibujo de una escultura de un museo, la pintura de un dibujo en una mesa, por ejemplo, o la fotografía de una fotografía, que en el arte contemporáneo se ha usado para darle nuevos significados a la imagen original. Cuando el artista representa un jardín, sucede una operación similar. El artista toma un motivo que de por sí es una representación del mundo, más o menos compleja o cargada de simbología, pero cuya historia, que se remonta a los primeros asentamientos urbanos de la humanidad, permea la existencia del más mínimo de los jardines.
Quien pinta un jardín, pinta un mundo creado por el hombre, y en el mejor de los casos le otorga nuevos significados. Quien representa elementos de un jardín no puede desligarlos totalmente de su origen. Pero si en la exposición se reúnen representaciones de jardines y de elementos que lo componen, ¿acaso estamos ante una nueva especie de jardín, en la que los artistas son también jardineros, el museo es un jardín y el espectador solo debe dejar volar su espíritu inmerso en una experiencia plástica, más allá de las cercas y vallados?
Uno de los objetivos de esta muestra coincide con el de un jardín: ser una experiencia para quien recorre el espacio, una experiencia en la que predominan los verdes, ocres y azules de la naturaleza y de las plantas representadas, y en la que quien recorre el espacio puede sentir el deseo de vivir en un mejor lugar y la nostalgia de los paraísos perdidos. En definitiva, como menciona Santiago Beruete, una experiencia que proporciona bienestar: “El hecho de que los seres humanos se empeñen en convertir un trozo de tierra en un edén evidencia su necesidad de paz, serenidad y equilibrio, sometidos como están a la permanente contradicción de permanencia, entre su deseo de orden y su temor al caos, entre el poder de su razón y el desorden de sus instintos. Este es su propósito, su razón de ser: aunar arte y naturaleza creando belleza, la cual es promesa de felicidad”.
Este jardín, construido con un conjunto de obras que van desde el siglo XVII hasta el siglo XXI, y su relación en el espacio de exposición, se divide en cuatro momentos centrales que recorren piezas que van desde jardines representados, sus componentes y actores, hasta su simbología y visión sobre lo terreno y lo no terreno, en pintura, dibujo, grabado, video e instalaciones: una introducción que habla sobre la utopía y la heterotopía, un capítulo sobre diferentes concepciones del edén y sus habitantes, un tercer espacio dedicado a los jardines y parques y a un conjunto de flores y animales que forman parte de este universo, para finalmente terminar con un sentido circular que se manifiesta en la misma arquitectura de la exposición, con la relación entre el jardín, las flores y la muerte.