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Tipo de minisitio

Por: Sigrid Castañeda Galeano

[…] Daba gusto ver cómo componían el templo y la plaza para la fiesta del Corpus. Hacían en la mitad el paraíso, que era un gran bosque tupido y hecho de árboles de la montaña, en el que había cuanto animal vivo o muerto podían coger, tales como venados, zorros, armadillos, micos y toda clase de pájaros; y en el centro estaban Adán y Eva, para lo cual escogían a dos indiecitos, hombre y mujer, que, desnudos y con su guayuco de hojas, sufrían allí toda la mañana los rayos del sol.

José David Guarín (1880)1

Eva

Eva - Anónimo (Taller Neogranadino)

 

1. El paraíso americano

En 1498, durante su tercer viaje, Cristóbal Colón escribió una carta a los Reyes Católicos en la que anunciaba el hallazgo del paraíso en las recién descubiertas Indias Occidentales. En dicha carta, Colón describía un territorio que denominó Tierra de Gracia. Según sus narraciones, en este lugar brotaba en demasía el agua dulce, la naturaleza era verde y florida, el clima era primaveral, y los hombres y mujeres que habitaban en el lugar eran más blancos que los hallados hasta el momento, también más bellos y gentiles2.

En aquella carta, Cristóbal Colón informaba el envío de un mapa adjunto, donde detallaba la ubicación geográfica exacta de aquel edén en el que los indígenas vivían entre jardines con flores y frutas. Infortunadamente, el mapa se perdió y solo se sabe de su existencia por lo anunciado en la epístola. Sin embargo, con base en las descripciones que Colón realiza, Tierra de Gracia correspondería a los territorios de la parte nororiental de la actual Venezuela. La carta y el mapa revelan no solamente la necesidad de dar cuenta a los reyes de los progresos de la exploración y de la avanzada en tierra firme, sino que dejan entrever cómo Colón solo podía valerse de referentes previos para ilustrar los detalles geográficos de las nuevas tierras, como lo eran, por ejemplo, las referencias sobre el paraíso. Sus crónicas se sustentaban firmemente en las creencias mítico-religiosas y en el imaginario tardomedieval de la época, que cobraba mayor peso que sus propias observaciones. Desde esta perspectiva, las cartas de Colón articulaban una representación de América poco fiel a las realidades objetivas del nuevo continente, pero coherentes como representación simbólica con su imaginario de hombre de fines del siglo XV.

“[…] Torno a mi propósito referente a la Tierra de Gracia, al río y lago que allí hallé, tan grande que más se le puede llamar mar que lago [...] Y digo que si este río no procede del Paraíso Terrenal, viene y procede de tierra infinita, del Continente Austral, del cual hasta ahora no se ha tenido noticia; mas yo muy asentado tengo en mi ánima que allí donde dije, en Tierra de Gracia, se halla el Paraíso Terrenal.

Y ahora, hasta tanto sepan las noticias de las nuevas tierras que he descubierto, en las cuales tengo asentado en mi ánima que está el Paraíso Terrenal, irá el Adelantado con tres navíos bien aviados para ello a ver más adelante, y descubrirá todo lo que pudiere hacia aquellas partes. Entretanto yo enviaré a Vuestras Altezas esta carta y el mapa de las nuevas tierras, y acordarán lo que se deba hacer, y me enviarán sus órdenes, que se cumplirán diligentemente con ayuda de la Santísima Trinidad, de manera que Vuestras Altezas sean servidos y hayan placer. Deo gratia3.

Así, el continente americano se presentaba como el paraíso ante los ojos de los hombres que arribaron en esos incipientes años del siglo XVI. Estas tierras ofrecían a conquistadores, religiosos y marineros, entre otros, la posibilidad real de encontrar aquello que durante tanto tiempo habían imaginado cuando por fin habían franqueado la Terra incógnita. Para los primeros evangelizadores, por ejemplo, América se convirtió con rapidez en la tierra prometida. Los franciscanos, comunidad religiosa que desembarcó en América hacia 1524 siguiendo el pensamiento de Joaquín de Fiore (1135-1202), vieron en las tierras recién descubiertas el lugar donde anclar sus expectativas milenaristas4. Este pensamiento, desarrollado durante el siglo XII, se retomó con fuerza en el siglo XV y habitaba las concepciones de mundo de estos primeros misioneros. América, entonces, se convirtió en el lugar donde las profecías de Fiore se hacían reales. El nuevo continente era una esperanza que Dios había dado como compensación, era el nuevo mundo de la cristiandad; por esto, el ejercicio evangelizador en América se vio como una esperanza optimista en la transformación de la vida terrena hasta ese momento5.

Durante el siglo XVI y hasta el XVII, se desarrollaron múltiples controversias sobre la exactitud de los datos en relación con la historia del paraíso, gracias al influjo del milenarismo: estudios sobre su ubicación, fechas y días exactos de su creación y desaparición, edad de Adán, aspecto físico de Eva… investigaciones que, a fin de cuentas, trataban de evacuar las leyendas medievales y volver más precisos los datos sobre este lugar. Así, lo que sobresale de este periodo es la concepción de realidad que sobre la idea de paraíso se construyó, es decir, se daba por hecho su existencia terrena, sin lugar a duda. El paraíso en el Nuevo Mundo. Comentario apologético, historia natural y peregrina de las Indias Occidentales, Islas de Tierra Firme del mar Océano texto de Antonio de León Pinelo, oidor del rey en Perú, escrito entre 1645 y 16506, es una fiel muestra de ese deseo de identificar el paraíso en América. Redactado con los condicionamientos ideológicos de la cultura europea en la transición de la Edad Media a la Modernidad, evidencia la importancia de la discusión sobre el lugar en que se ubicaba el paraíso, incluyendo las versiones que lo situaban en América.

Antonio de León Pinelo comienza su demostración con la recopilación de diecisiete autores que mantienen la tesis sobre la ubicación del paraíso en la tierra, mediante análisis que develan la profunda erudición que se construye en la época sobre el tema. Además de apoyarse en autores reconocidos, León Pinelo apunta con gran énfasis datos que sustentan su propuesta, tales como la ubicación exacta del paraíso en lo que sería la actual región amazónica. Así mismo, en un afán de rigurosidad, establece las medidas de la extensión del paraíso en 160 leguas de diámetro por 460 de circunferencia, y sugiere que los ríos Paraná, Amazonas, Orinoco y Magdalena constituían los cuatro ríos de los cuales se habla en el Génesis. Entre todas las argumentaciones, propuestas y análisis que plantea León Pinelo, tal vez la más llamativa sea la realización de un croquis dibujado por él, titulado Continens paradisi, en el que se muestra la ubicación geográfica exacta del paraíso en América7.

El continente está representado allí a la inversa, con el sur arriba y el norte abajo, y en el centro, en medio de una circunferencia, escribe “Edén”. Relatos de viajes, cartografías e imágenes del paraíso se vieron enriquecidos por la frondosidad y el exotismo de la naturaleza americana; representaciones en las que el paisaje cobraba mayor relevancia se popularizaron, y elementos propios, como referencias a la selva o a sus animales endógenos, se hicieron cada vez más presentes. Adán y Eva disminuyeron su dimensión, mientras que guacamayas, monos, curíes y felinos reclamaban un lugar en la representación. Así, entre la historia y el mito, por medio de referencias visuales se fue conformando una idea de representación del continente americano en la que se entretejían una visión realista y una representación utópica occidental del territorio.

2. La justificación teológica

La constante búsqueda que se realizó del paraíso en América es la consecuencia de la implantación de una forma cultural desarrollada e incentivada por el cristianismo durante siglos. La denominación de paraíso no se empleó mucho a lo largo de la Edad Media y se prefirió utilizar la de jardín de las delicias o jardín del edén para designar al lugar primigenio creado por Dios y en el cual habitaron Adán y Eva. Para Stephen Greenblatt, uno de los principales investigadores contemporáneos sobre el tema, la historia de Adán y Eva en el jardín del edén se ancla en un relato escrito en acadio hacia el año 2500 a.C., denominado popularmente el Poema de Gilgamesh, compuesto por cinco libros en los cuales se relata la creación de este héroe, su vida, victorias, afectos y muerte.

Además, se referencia el poema babilónico Enûma Elish (conocido como Las Siete Tablillas de la Creación) como antecesor del texto del Génesis, posiblemente un texto escrito hacia los años 1125-1103 a.C., en el que se recoge la victoria del dios Marduk sobre la diosa Tiamat, y tras su victoria se lo describe como el organizador del universo e inspirador de la creación del ser humano8.

“Cuando en la altura los cielos aún no estaban nombrados y en lo bajo la tierra no tenía aún nombre...”. Según el mito, en los tiempos en que tanto los cielos como la tierra estaban aún sin formar, tan solo existían las aguas dulces: el dios Apsu; y las aguas saladas primigenias: la diosa Tiamat. Con el paso del tiempo, ambas se unieron y Tiamat dio a luz a Lahmu y Lahamu. El mundo fue poco a poco cobrando forma y de la unión de estos últimos nacieron Anshar y Kishar, los límites del cielo y la tierra, que se encuentran en el horizonte. Anshar dio a luz a Anu, el cielo, y Anu a su vez engendró a Ea, el astuto dios que con el tiempo destronaría a Apsu para convertirse en el dios de las aguas dulces”9.

Posiblemente a la caída de Babilonia en el año 539 a.C., a manos del Imperio persa, los hebreos ya habrían fusionado estas historias de creación y origen de los pueblos con los cuales habían convivido. Así, no solo el Poema de Gilgamesh y el Enûma Elish, sino también algunas narraciones orales que se habrían podido ir adaptando de voz a voz, serían la razón por la cual muchas de estas historias comparten elementos en común, por ejemplo: el dios omnipresente, la separación de las aguas, la creación de los animales y las plantas, la presencia de un árbol del conocimiento, la creación a partir de barro de un hombre a imagen y semejanza del dios, o la creación de la mujer a partir del cuerpo del hombre. Esa recopilación de relatos colaboró para formar una historia propia del pueblo hebreo que, probablemente, dio inicio a la escritura del Pentateuco10.

Si bien múltiples culturas generaron mitos fundacionales en los cuales se concuerda con la idea de creación de un lugar exuberante a la vez que idílico y habitado por una primera pareja, es en el judeocristianismo donde se concreta el mito: los personajes, Adán y Eva, y el lugar, el paraíso. Así, con la implantación del cristianismo como religión oficial del Imperio romano hacia el siglo IV y la necesidad de conformar sus bases doctrinales, la narración de los primeros tres capítulos del Génesis fue fundamental en el afianzamiento de esta historia. El cristianismo primitivo se valió del análisis de textos bíblicos para implantar en los creyentes normas de comportamiento: obediencia y temor a Dios, sentimiento de culpa, seguimiento de las reglas, labores destinadas al género e incluso la conformación de un solo tipo de pareja: la heterosexual. Sin embargo, el Génesis resultó ser un relato que, aun cuando esencial en la fe cristiana, dejaba abiertas muchas posibilidades de interpretación en aquellos primeros momentos de la religión. Por esto, el tema de la creación de Adán y Eva en el paraíso empezó a profundizarse teológicamente.

Varios historiadores señalan la figura de san Agustín de Hipona (354 d.C.- 430 d.C.) como el más grande difusor del relato bíblico del paraíso. Padre y doctor de la Iglesia, san Agustín dedicó por lo menos cuatro de sus textos a discutir específicamente sobre los tres primeros capítulos del Génesis. Eran los inicios del cristianismo como religión oficial del imperio, lo que hacía que se diera la necesidad de conformar sus bases doctrinales, para lo cual fue fundamental esta narración; sin embargo, el relato era complejo y dejaba múltiples interpretaciones que generaban incertidumbres y preguntas en los neófitos creyentes. 

En la producción de san Agustín se pueden encontrar claramente dos momentos en relación con la forma de acercarse al texto de la creación. Una primera forma es alegórica, en la cual san Agustín retoma las propuestas de algunos teólogos, entre ellos Filón el Judío (Alejandría, 15 a.C. - 45 d.C.) y Orígenes (Alejandría, 185 d.C. - Tiro, 254 d.C.), descendientes de la escuela platónica, quienes optaron por tomar el Génesis de manera alegórica, es decir, que aquellas historias referenciadas en el texto bíblico se debían entender como una representación en la que los eventos narrados tenían un significado simbólico. En el texto titulado Del Génesis contra los maniqueos, Agustín retoma el inicio del contenido del Génesis y lo trata como una alegoría sutil, para lo cual disgrega cada línea de la narración y trata de explicarla a los creyentes a la luz del desciframiento filosófico. Así, Agustín realiza una interpretación filosófica al primer texto del Pentateuco, donde todo es factible de interpretarse alegóricamente: el edén no es un lugar físico ni el verde de los árboles se debe entender como tal; en conjunto, se debe entender más como una experiencia espiritual. Eva no es propiamente una mujer, sino más bien una representación del alma que todo ser debería buscar como pareja para amar; los siete días de la creación se deberían entender con las siete edades del mundo:  el cuerpo físico de Adán no existió, era una representación del cuerpo espiritual de Dios11.

En el 401, trece años después de haber escrito Del Génesis contra los maniqueos, Agustín —ya sacerdote y con amplia fama— da un giro a los planteamientos expresados en aquel libro y se embarca en una nueva tarea que le tomará alrededor de quince años: la escritura del De Genesi ad litteram, un voluminoso texto compuesto por doce libros en los cuales, como su título lo indica, hace un análisis literal de los tres primeros capítulos del Génesis. A diferencia del primer texto, en el que todo se entendía como una mera referencia alegórica, en el De Genesi ad litteram todo se toma literalmente. La preocupación de san Agustín consistió en demostrar que el texto mencionado se puede entender por completo de modo literal, es decir, sin contradecir nada de lo allí expresado:

“En la narración de las cosas del Antiguo Testamento nos preguntamos si todas se han de tomar únicamente en sentido figurado, o han de aceptarse y defenderse también conforme al histórico y literal. Ningún cristiano se atreverá a decir que no deben ser entendidas en sentido figurado”12 (libro I, cap. II).

Para san Agustín, la labor del verdadero creyente cristiano era tomar el Génesis y lo que ahí se contiene como representación real de una realidad histórica. Todo dejó de ser alegoría: la historia del paraíso, de Adán y Eva, la serpiente parlante… todo había ocurrido en realidad. De esta manera, las Sagradas Escrituras no se podían ni se debían manipular a gusto de quien las interpretara (como él mismo lo había hecho años atrás). Con este texto, san Agustín estaba dejando claro que no se podían utilizar las Sagradas Escrituras para acomodar su enseñanza a la opinión de cada persona: la Biblia era una fuente histórica fidedigna.

Es posible que estas actitudes de san Agustín en relación con su discurso estuvieran generadas por las múltiples herejías del cristianismo de la época, que continuaban con la reinterpretación alegórica de los textos bíblicos, lo que hacía difícil la concreción del mensaje cristiano. Las Sagradas Escrituras no se podían ni se debían manipular a gusto de quien las interpretara; eran la verdad y así se debían entender.

Durante este periodo de implantación del discurso de la creación, incentivado por san Agustín, se encuentra una evolución particular de la representación del paraíso, unida siempre a la pareja primigenia de Adán y Eva. Imágenes cada vez más decantadas, las cuales, de tanto repetirse, empiezan su estandarización: desarrolla la iconografía del cosmocrátor, el Dios ordenador y matemático, que todo lo crea, lo mide y lo ve, entronizándolo como imagen superior en estas primeras representaciones y apareciendo de manera constante en la parte superior o con dimensiones más amplias que las del resto de las representaciones. Es justamente durante este periodo que se inicia el desarrollo de los ciclos del relato, esto es, un conjunto de imágenes que responden cada una a los días de la creación. Este tipo de imágenes, las preferidas entre los siglos VII y XII, estuvieron dedicadas en su inmensa mayoría a servir como ilustraciones de ediciones de biblias iluminadas; se usaron para indicar divisiones dentro del texto y para agregar elementos visuales que valía la pena recordar. Al principio, las imágenes eran muy básicas, pero a medida que el tema fue cobrando relevancia teológicamente, las imágenes del paraíso, con Adán y Eva en el momento mismo de probar el fruto prohibido, se fueron enriqueciendo más y más, hasta convertirse en referencias visuales y certeras de este mítico lugar.

Así, durante los primeros siglos de la cristiandad, la ubicación exacta del paraíso se convirtió en una búsqueda constante y real. Se tenía la idea de que era un sitio de difícil acceso, pero factible de ser encontrado; para esto, se realizaron cartografías y algunos viajeros se entregaron a la búsqueda del lugar donde con exactitud se pudiera encontrar el paraíso. Siguiendo las descripciones que se mencionaban en textos cristianos primitivos y en comentarios al Génesis hechos por padres de la Iglesia como San Agustín, en los cuales se hablaba del clima bondadoso, se nombraban árboles cargados de frutas y ríos de leche y miel, se determinó que el paraíso aún existía y estaba ubicado en Oriente, en el territorio intermedio entre los ríos Tigris y el Éufrates, como se indicaba en el Génesis, así que se realizaron expediciones en busca del anhelado territorio.

Era tanto el interés por encontrar el paraíso que durante la Edad Media circularon numerosas historias y leyendas relacionadas con la subsistencia de este lugar en la Tierra. La más difundida de esas historias fue la correspondiente al famoso Preste Juan, un gobernante cristiano que habitaba el Jardín del edén en los distantes territorios de Oriente. De hecho, Jean Delumeau, el principal investigador sobre la historia del paraíso, menciona cómo en los mapas medievales se estableció una jerarquía de la representación cartográfica en función del jardín del edén; por esto, el oriente y no el norte siempre se ubicaba en la parte superior de las cartas geográficas como lugar de inicio de la historia humana13. Incluso las cruzadas, campañas militares organizadas con el fin de recuperar para la cristiandad los lugares sagrados que habían caído en manos de los turcos, estuvieron impregnadas de ese halo que generaba la búsqueda incesante del paraíso en la tierra. Expediciones tan famosas como la de Marco Polo en Oriente, llevada a cabo en el siglo XIII, develan el interés por comparar lo aprendido en la doctrina cristiana con lo visto en nuevos lugares. De este modo, fue normal que se identificara el imaginario que sobre el paraíso se tenía con las tierras que se descubrían más allá de los límites geográficos conocidos.

Imbuidos en este contexto, no es de extrañar que en aquella carta del tercer viaje de Cristóbal Colón la referenciación de Tierra de Gracia se hiciera con el paraíso o que, en el mapa de Antonio de León Pinelo, a manera de aquellos mapas medievales, se centrara el edén como eje de la representación cartográfica.

3. Del paraíso terrenal al paraíso celestial

Entre los siglos XV y XVI, se produce una transformación en Europa sobre la idea del mundo conocido gracias a los adelantos científicos, geográficos y, por supuesto, al descubrimiento de América. A este periodo se le adjudica la ruptura con el teocentrismo, el inicio de una larga secuencia de revoluciones científicas y técnicas, al igual que la transformación radical de principios éticos y visiones de mundo. Durante este periodo se desarrollaron las llamadas utopías renacentistas, textos que trataban de ciudades que habían existido con perfecto funcionamiento político y social, y de las cuales se hablaba con nostalgia de su existencia. Paraísos perdidos ya inexistentes por la acción y el pecado de los hombres: así, Tomás Moro publica Utopía en 1516, Tommaso Campanella saca a la luz Ciudad del sol en 1602 y Nueva Atlántida, de Francis Bacon, se publica póstumamente en 1627. Estos autores imaginaron tres modelos de sociedades utópicas y adelantaron el camino hacia un mundo en busca de la igualdad.

La producción literaria de la época y la profusión del tema sobre el paraíso durante este periodo dieron como resultado una transformación en su concepción. Como lugar físico y factible de ser hallado, había desaparecido y empezado a ser presentado como un recuerdo de la desobediencia y el pecado de los hombres. No se podía acceder al paraíso porque los hombres habían nacido pecadores. El discurso religioso y teológico se concreta con fuerza durante estos siglos al calor de los debates que sobre el tema se originaron. Gracias al Concilio de Trento entre 1545 y 1563 por ejemplo, cristianos y protestantes se unieron en torno a la idea de pérdida total del paraíso debido al pecado como recuerdo de la desobediencia humana.

Hacia esta época también se desarrolló un gusto por los jardines y por tratar de copiar de manera artificial la riqueza y frondosidad de la naturaleza gracias a la influencia de Oriente, gusto que llegaría en su esplendor durante el siglo XIX. Así, el jardín del edén como lugar primigenio creado por Dios pasa a convertirse en el jardín creado por el hombre, lugar del amor carnal, del deseo y la lujuria, en el cual se concibe el pecado original. Ejemplo de esto son algunas famosas representaciones de la historia del arte realizadas durante este periodo, como El jardín de las delicias, de Jerónimo Bosch, en las cuales se puede observar cómo estos jardines idílicos se habían convertido en lugar de seducción de los sentidos, haciendo que los hombres desconfiaran de las sensualidades de la tierra. Así, debido al pecado, el paraíso había desaparecido de la tierra y se convertía en un lugar de la nostalgia14.

Es por esto por lo que, a finales del Renacimiento, así como durante el Barroco, imágenes, textos, arquitectura e incluso la música contribuyeron a difundir y fortalecer esta representación de un más allá articulado a la idea de lo inalcanzable, o lo que Jean Delumeau denominó la verticalidad. El problema de la verticalidad para el autor está en el núcleo de la promesa en el más allá cristiano, que conforma la idea de un paraíso celeste que se construye sobre una jerarquía de lugares entre tierra y cielo donde se reparten castigos, sufrimientos y bendiciones. Una búsqueda en el mirar arriba para la salvación. Para encontrar a Dios se mira hacia el cielo, porque en la tierra está el pecado por el cual se paga. Esta búsqueda de la verticalidad se refleja en el arte de modo particular, en la importancia dada a las representaciones de los ángeles durante los siglos XVII y XVIII, la ascensión de Jesús y la asunción de la Virgen, comparada con una nueva Eva en la iconografía de la época15.

Con todo, en la verticalidad está también la unión con la muerte. En el Nuevo Testamento, la muerte de Cristo se convierte en la esperanza de vida eterna. El cielo como nuevo edén el lugar del más allá se unió con la idea del paraíso, a donde se espera que las almas llegaran. El paraíso se transforma a partir del siglo XVIII y ya no es el lugar de donde provienen el primer hombre y la primera mujer, sino el lugar al cual se quiere llegar después de la muerte. Es ahora el sitio de encuentro con aquellos a quienes se ama y que han muerto. El paraíso deja de ser, entonces, una referencia a tiempos pasados y comienza a ser una opción en referencia al futuro. El paraíso es una esperanza optimista, es una mirada a los tiempos por venir, la cual, en vez de alejarse cada vez más de la perfección, va hacia ella. La idea del paraíso se convierte en una alternativa que endereza los pasos de la raza humana y se configura como lugar de esperanza de las sociedades contemporáneas. Frente a un futuro que amenaza y genera angustia, el paraíso no desaparece de los esquemas mentales de las personas; por el contrario, apela a las imágenes que de él tenemos, transformándolas y reconfigurándolas de acuerdo con las necesidades del presente, como lugar de esperanza en el futuro.

Adán y Eva en el Jardín del Edén

Adán y Eva en el Jardín del Edén - Jan Brueghel (El Joven)

 

Referencias bibliográficas

1 Agradezco el hallazgo de este texto a la historiadora Marta Fajardo de Rueda, quien amablemente me indicó que se encontraba en las Obras completas de José David Guarín.

José David Guarín (1880). Obras completas. Editado por Zalamea Hermanos. Procedencia del original: Universidad de Harvard. Digitalizado el 5 de sept. de 2008. Google Books. Consultado el día 2022-03-04. Volver arriba

2 Cristóbal Colón (1994). “Carta-relación del almirante a los reyes sobre su tercer viaje”. En Juan Pérez de Tudela (editor). Colección documental del Descubrimiento (1470-1506) (t. II, pp. 1093-1119). Madrid: Real Academia de la Historia-Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Fundación Mapire América. Volver arriba

3 Ibid., Págs. 1093-1119. Volver arriba

4 Según el cristianismo, la doctrina milenarista difundida por Fiore anunciaba que, después de un tiempo, Cristo vendría por segunda vez a la tierra y reinaría físicamente por mil años, al final de los cuales regresaría al cielo. Durante este periodo, la promesa de la vida eterna se haría realidad y todos resucitarían, estableciéndose de nuevo en la tierra el reino de Dios, el paraíso. En este reino, los justos participarían en él, mientras que los enemigos de Dios serían vencidos y condenados al infierno. Volver arriba

5 Jean Delumeau (2014). En busca del paraíso (pp. 65-75). México: Fondo de Cultura Económica. Volver arriba

6 Este texto al parecer fue inédito hasta su publicación en 1943, cuando lo halló el historiador peruano Raúl Porras Barrenechea. Volver arriba

7 Antonio León Pinelo (1943). El paraíso en el Nuevo Mundo (edición de Raúl Porras Barrenechea) (vol. I, pp. 137, 139). Lima: Comité del IV Centenario del Descubrimiento del Amazonas. Volver arriba

8 Stephen Greenblatt (2018). Ascenso y caída de Adán y Eva. Barcelona: Crítica. Págs. 15-71 Volver arriba

9 Enûma Elish. El mito mesopotámico de la creación. http://agrega.juntadeandalucia.es/repositorio/27012014/60/es-an_2014012713_9093906/ODE-5d9b2317-1136-3bd6-aa39-4ed47bcc4e04/La-Religion-Babilonica.pdf. Volver arriba

10 El Pentateuco es el conjunto formado por los cinco primeros libros de la Biblia, que la tradición judeocristiana atribuye al patriarca hebreo Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Volver arriba

11 Del Génesis contra los maniqueos. Obras completas de san Agustín. Città Nuova Editrice y de Nuova Biblioteca Agostiniana, y de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) y la Federación Agustiniana Española. https://www.augustinus.it/spagnolo/genesi_dcm/index2.htm Volver arriba

12 De Genesi ad litteram (libro I, cap. II). Volver arriba

13 Jean Delumeau (2014). En busca del paraíso. México: Fondo de Cultura Económica. Págs. 21-26 Volver arriba

14 Ibid. Págs. 171 Volver arriba

15 Ibid. Págs. 171-175 Volver arriba

Bibliografía

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