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Tipo de minisitio

Alma Montero Alarcón1 

Introducción

La relevancia de la colección de retratos de monjas coronadas, que resguarda el Banco de la República, es enorme. Debido a su tamaño, se trata de la colección de monjas coronadas más importante en Hispanoamérica. Está conformada por 46 retratos de religiosas retratadas en uno de los momentos más solemnes que se vivían y siguen viviéndose en la actualidad en los conventos femeninos: la muerte, considerada como el encuentro definitivo con Jesús, el Divino Esposo. En estas pinturas, aparecen sus cuerpos yacentes adornados con corona y palma florida y con los hábitos característicos de cada una de sus órdenes. Esta serie de retratos, nos facilitan trasladarnos al ambiente que se vivía en los ceremoniales celebrados en los conventos hace siglos. Imaginemos por un momento el interior de la iglesia de Santa Clara de Bogotá, joya arquitectónica que aún hoy podemos visitar. Es el siglo XVIII, existe un ambiente lúgubre y de gran solemnidad, pues, ha muerto una religiosa. Las cortinas, que cubren la reja del Coro Bajo 2 y que resguardan la clausura del convento, se han abierto, lo cual no sucede con frecuencia; se trata de un momento muy especial.

Detrás del grueso muro y contundente herrería, podemos observar yacente a la religiosa. Le han colocado corona y palma floridas, dos elementos de enorme significado para la mentalidad de la época virreinal, ya que están asociados a la muerte de los justos. Solo las pueden llevar los mártires, por ejemplo, o los niños que siendo bautizados murieron muy pequeñitos, sin pecado alguno. 3 

Entonces, ¿por qué estas mujeres, cuyas cabezas yacen muchas veces sobre toscos ladrillos dentro de sobrios catafalcos, llevan en su muerte corona y palma florida? De eso y otros temas más trataremos de hablar en este breve espacio. Pero antes es importante mencionar que la serie de retratos corresponden a cuatro conventos virreinales: concepcionistas de Santa Fe (10 pinturas), clarisas de Santa Fe (16 pinturas), dominicas de Santa Fe, mejor conocidas por la población hasta el día de hoy como Las inesitas (9 pinturas) y carmelitas descalzas de Popayán (1 pintura).

Aunado a esto, el Banco de la República también resguarda ocho magníficos lienzos de gran formato con los principales pasajes de la vida de santa Inés, el retrato de la destacada escritora mística sor Francisca Josefa de la Concepción (AP2144) y el retrato de Juan de Herrera y Chumacero (AP3206), gran compositor neogranadino, quien fue maestro de música y capellán de las inesitas en la primera mitad del siglo XVIII.

Además destacan en la colección importantes fondos bibliográficos, como son los originales manuscritos de la escritora mística sor Josefa del Castillo, llamada Francisca de la Concepción de Castillo y Guevara, así como importantes publicaciones de antiguas bibliotecas conventuales femeninas, en especial, del Convento de Santa Inés.

Los conventos femeninos: referencia obligada para entender la situación de la mujer y de la sociedad virreinal en su conjunto

Para entender las pinturas de monjas coronadas como un fenómeno pictórico, social y religioso, se precisa necesariamente analizar, entender y acercarnos en la medida de nuestras posibilidades al tiempo, el contexto y los espacios en que surgieron. Si realmente deseamos entender cualquier otra época histórica, es necesario tratar de conocer y comprender las diferentes situaciones que se vivieron en otros siglos, es decir, cuáles eran los resortes e intereses que movían a una sociedad como la virreinal, distante en usos y costumbres a la actual, aunque también tan cercana a nuestra cotidianidad contemporánea en tantas situaciones.

Hoy, por ejemplo, existe una gran cantidad de productos milagro que nos prometen juventud eterna. Nadie, en general, quiere hablar de la muerte. En la época virreinal, en cambio, había estampas, libros, sermones y cofradías, cuya única función era recordar la brevedad, la fragilidad de la vida, así como la necesidad de prepararse para lograr una buena muerte. También, en la actualidad, por ejemplo, la mayoría de las personas desean una muerte repentina, rápida y sin dolor. En el periodo virreinal, esa situación debía ser terrible, pues lo deseable era tener el tiempo suficiente a fin de preparar el alma para tan importante trance.

De igual manera, la vida y razón de ser de las religiosas de clausura es desconocido en la actualidad por la inmensa mayoría de las personas, por lo que resulta fundamental tratar de dimensionar el valor y la relevancia que tuvieron en el pasado. Es paradójico que el mundo actual reconozca y se interese en la vida espiritual de los lamas tibetanos o de otros grupos religiosos y soslaye la enorme riqueza que en tantos sentidos poseen los conventos femeninos virreinales.

Así, resulta fundamental resaltar, aunque sea someramente, los principales elementos que estructuraron y dieron forma a las comunidades religiosas femeninas de América, ya que estos determinaron de manera decisiva las características de las ceremonias de coronación conventuales y el carácter singular que presentaron los retratos de monjas coronadas que fueron realizados en los virreinatos de la Nueva España, del Perú y de la Nueva Granada. Los conventos femeninos eran espacios sociales, donde en muchos de ellos convivía una gran cantidad de mujeres, no solo las religiosas que podemos observar en los retratos de esta colección.

Este mundo femenino, tan diverso, plural y rico, que habitaba los conventos, hace muy interesante su investigación. Fundados con la activa participación de la sociedad civil, los conventos virreinales constituyeron una parte fundamental del contexto social de su tiempo, reprodujeron en los claustros la jerarquización de la sociedad virreinal y lograron integrar con vitalidad diversos elementos provenientes de una sociedad rica en matices étnicos y culturales.

  • Las más importantes eran las religiosas de coro y velo negro, quienes profesaban los votos perpetuos y el propósito de su vida era la entrega incondicional a la oración del Oficio Divino durante las horas canónicas. Ellas tenían voz y voto en las decisiones más importantes del convento como las elecciones de autoridades al interior del convento, la aprobación de novicias y otros asuntos de interés para la comunidad. 
  • Las religiosas de velo blanco, llamadas también hermanas o donadas, tomaban los votos simples (por humildad o por no cubrir los requisitos para la dote) y realizaban las tareas más humildes del convento. 
  • Las novicias ingresaban al convento por uno o dos años con la finalidad de conocer la vida monacal, con el propósito de aprender la regla de la orden y optar por la profesión si así lo decidían. 
  • En algunos conventos, existían otros grupos de mujeres, como las niñas, que ingresaban desde los siete años; de esta forma, algunas futuras esposas y madres de familia eran educadas en el ámbito claustral. 
  • Las criadas apoyaban a las religiosas en el trabajo cotidiano, para que cumplieran con su función espiritual sin distracciones domésticas. 
  • Las esclavas debían permanecer enclaustradas. Diversos documentos destacan la ejemplaridad que alcanzaron algunas de ellas. 
  • Por otro lado, fue cotidiana la presencia de otras mujeres en los claustros, como viudas o mujeres en retiros espirituales. 

Resulta también fundamental recordar que numerosas mujeres buscaron la tranquilidad de los claustros conventuales como un espacio propicio —el mejor en su tiempo— para desarrollar actividades, como la lectura, el canto, la escritura y el estudio de instrumentos musicales. Muchas de las mujeres más cultas en su época vivieron en los conventos. Fueron numerosos los conventos que se fundaron desde épocas muy tempranas y diferentes las órdenes que se asentaron en tierra colombiana: clarisas, concepcionistas, agustinas, carmelitas, dominicas y religiosas de la Compañía de María, conocida en general como La Enseñanza por su especial dedicación a las niñas. La colección de 46 pinturas, que resguarda el Banco de la República, corresponde a los cuatro conventos que se resaltan a continuación:

 FUNDACIÓN DE CONVENTOS NEOGRANADINOS4 

 

Clarisas (CL), Concepcionistas (CN), Agustinas (AG), Carmelitas (CM), Dominicas (DM), Religiosas de la Compañía de María (La Enseñanza) (CDM)[4]

 

NÚMERO

CLAVE

CONVENTO

AÑO

1

CL

CL Convento en Tunja

1574

2

CL

CL Convento en Pamplona

1584

3

CN

CN Convento en Pasto

1588

4

AG

AG La Encarnación

1591

5

CN

CN Convento en Santa Fe

1595

6

CN

CN Convento en Tunja

1599

7

CM

CM Convento en Santa Fe

1606

8

CM

CM Convento en Cartagena de Indias

1607

9

CL

CL Convento en Cartagena de Indias

1617

10

CL

CL Convento en Santa Fe

1629

11

CM

CM Convento en Villa de Leyva

1645

12

DM

DM Convento en Santa Fe5 

16455

13

CM

CM Convento en Popayán

1728

14

CDM

CDM La Enseñanza en Santa Fe

1783

15

CM

CM Convento en Medellín

1791

¿De qué conventos procede la colección del Banco de la República?

Hablaremos ahora brevemente de los conventos presentes en la colección que analizamos. El Convento de la Concepción de la Virgen fue el primer convento femenino de clausura de Santa Fe de Bogotá y fue fundado en 1595.6 La serie de 10 pinturas de este convento conforma el 22% del total de la colección. Se puede apreciar que las monjas llevan su hábito concepcionista en azul y blanco, que son los colores distintivos de la Virgen María. Se advierte también la presencia de los medallones característicos de esta orden, muy sobrios y en apego a las reglas que establecían que las religiosas debían llevar sobre su pecho una pequeña medalla con la imagen de la Inmaculada Concepción.

El segundo convento de la colección lo conforman las religiosas del Convento de Santa Clara en Santa Fe de Bogotá. 7 El 7 de enero de 1630, la población presenció la procesión que partió de la iglesia del Carmen hasta las puertas del Convento de Santa Clara, llegando las primeras religiosas, tres monjas carmelitas que entonces cambiarían su hábito por el de clarisas.8 

Las pinturas de las monjas clarisas conforman el 35% del total de los retratos de las monjas muertas. En su mayoría, en concreto 14 de las 16 pinturas guardan gran parecido en sus palmas, ya que muestran la típica forma colombiana de la que ya hablaremos. Además, es la única orden que no tiene mención respecto de algún pintor específico en sus cuadros, lo cual no significa una menor calidad en la obra.

El convento de las dominicas de Santa Inés tuvo su origen aproximadamente en 1620,9 aunque su fundación no se hizo realidad hasta veinticinco años más tarde con tres religiosas concepcionistas: Beatriz de la Concepción, Francisca Eufrasia de Christo y Paula de la Trinidad: “Salieron el 19 de julio de 1645 en procesión desde el convento de las Concepcionistas hasta Santa Inés, para fundar así oficialmente el convento dominicano”. 10 

La serie de pinturas dominicas conforman el 41 % de la colección de monjas muertas. Se trata de 19 pinturas, en las que aparecen 17 religiosas (un par de religiosas aparecen en dos ocasiones), y en ellas ubicamos los retratos más interesantes de la colección, como se verá más adelante.

Finalmente, el cuarto convento presente en esta colección es el Convento del Carmen de Popayán fundado el 14 de octubre de 1729.11 La única pintura de la colección que pertenece a este convento corresponde a su fundadora Tomasa Josefa de San Rafael (AP4225), obra de gran interés, 12 cuya cartela indica que falleció el 1 de agosto de 1768 de 66 años, “con una muerte tan preciosa como lo fue su vida”.13 

Los ceremoniales de coronación

Resulta fundamental subrayar que la vistosa elaboración de las coronas y palmas floridas no obedecía solo a su función como elementos decorativos dispuestos para mejorar la composición estética de la pintura. En solemnes ceremonias, las mujeres vinculadas a la vida conventual eran coronadas de flores principalmente en dos momentos trascendentes de su existencia: la profesión o votos perpetuos y la muerte, considerada como el encuentro definitivo con Jesús, el divino esposo.

En menor medida, como evidencian varios documentos de archivo, algunas religiosas fueron también retratadas con flores en otras ceremonias, como las fiestas donde se celebraban los veinticinco o cincuenta años de su matrimonio místico con Jesús o cuando eran nombradas prioras (que era la autoridad máxima en un convento). De igual manera, otras religiosas fueron retratadas de manera excepcional, como muestran algunos interesantes casos ubicados en las colecciones de Colombia.14 

Coronas, palmas y demás componentes iconográficos tenían un claro significado didáctico que pretendía comunicar de manera eficaz y contundente la trascendencia de la ceremonia de coronación. Muchas de estas pinturas, un tanto ingenuas en su factura, están dirigidas a espectadores devotos y sencillos, por encima de cualquier otra consideración. En cuanto a los retratos de monjas coronadas muertas, estos buscaban transmitir con imágenes iconográficas de sencilla lectura la ejemplaridad de algunas vidas virtuosas y su importante labor en el claustro.

En solemnes ceremonias, las mujeres vinculadas a la vida conventual eran coronadas de flores en los momentos trascendentes de su existencia.

¿En qué otras regiones de Hispanoamérica existen retratos de monjas coronadas?

La tradición de retratar a las monjas con sus coronas y ramilletes floridos en ceremoniales fundamentales de su vida religiosa se presentó, bajo diseños y características muy similares, en varios de los actuales países de América Latina. Las pinturas de monjas coronadas alcanzaron especial esplendor en la Nueva España, donde es posible ubicar retratos de religiosas en su lecho mortuorio, pero también es importante resaltar que es el único lugar donde hasta ahora hemos ubicado retratos de monjas coronadas en el momento de la profesión o realización de los votos solemnes. También es interesante destacar los trabajos arqueológicos realizados en antiguos conventos novohispanos que nos han permitido profundizar en las características de este género.

En Perú, existe una importante muestra de retratos de monjas coronadas que ocuparon los cargos de prioras en sus conventos. Estas pinturas las pudimos localizar en el convento de las dominicas de Arequipa, donde, además, es posible observar aún la arquitectura de un convento virreinal con sus celdas de dos pisos con cocinas y bibliotecas ubicadas en una pequeña ciudadela con callecitas y fuentes amuralladas dentro de la ciudad. Estos conventos fueron derruidos en la mayoría de nuestros países en el siglo XIX, dejando solo las iglesias conventuales aunque, a veces, estas también fueron demolidas, de ahí la importante referencia de Arequipa para la recreación de estos espacios arquitectónicos de América Latina.

Fue posible que ubicáramos en España el antecedente iconográfico de las pinturas de monjas coronadas en su lecho mortuorio. Se trata de retratos similares, pero con características más austeras. Las coronas hispanas, en general, no son tan exuberantes como las americanas, y una cuestión muy interesante es que la palma, que en España colocaban sobre el hábito en América Latina se transforma en un ramillete florido. De ahí que se pueda concluir que, si bien esta tradición nos llega en su forma más directa de España, adquirió características propias en los virreinatos americanos.

Algunos rasgos característicos de los retratos de las monjas coronadas de Colombia

La muerte florida: característica fundamental del retrato colombiano

Los retratos realizados en el Virreinato de Nueva Granada demuestran que la tradición de coronar y enflorar a las religiosas se presentó bajo diseños y características generales muy similares en diversas regiones de América Latina. Sin embargo, es interesante destacar que en esta colección no se localizó ningún retrato de monja profesa. Es decir, a diferencia de la Nueva España, donde abundan los retratos de las monjas coronadas retratadas en el momento de su profesión, en Colombia la práctica de retratar a monjas coronadas parece ser exclusiva de las religiosas que desempeñaron cargos importantes en sus conventos y cuyos retratos fueron realizados en el momento de su muerte.

Ahora bien, al analizar las cartelas de las pinturas, así como algunos documentos de archivo, es posible conocer con precisión algunas de las edades de profesión y muerte de las religiosas de la colección, y así llegar a conclusiones relevantes sobre la vida de estas mujeres en los claustros. El análisis de esta información es importante; por ejemplo, tenemos que una vida típica como religiosa del periodo virreinal es la de Rosalía de San José (AP5553), quien profesó a los 16 años, como estipulaban las reglas conventuales, y murió a los 66 años. Sin embargo, el promedio de edad en que las religiosas colombianas profesaban es de 19,57 años.

La mortandad en los conventos es otro aspecto interesante de investigar. Nuevamente, tras analizar las cartelas de las pinturas de la colección, es posible observar que la mayoría falleció a una edad avanzada, con un promedio de 67,1 años. Por supuesto, hubo quienes murieron más jóvenes, como la dominica Bárbara de San José (AP5552), quien falleció a los 43 años el día 13 de noviembre de 1859. En comparación, encontramos también a las religiosas con mayor longevidad, como la clarisa Ignacia de San Antonio (AP4215) y la dominica Teresa de Jesús (AP5540), quienes murieron a los 85 años.

Para las religiosas del periodo virreinal, así como para las religiosas en la actualidad, morir significa el encuentro definitivo con Cristo, el momento cumbre de su vida en el que los desposorios místicos quedan consumados. En la muerte, la palma que se depositaba en las manos de una religiosa significaba la guarda de la castidad llevada a lo largo de toda una vida, el triunfo sobre la muerte por haber salido airosa de las múltiples mortificaciones de la que se conforma la vida religiosa.

Las coronas, que llevan las monjas en sus cabezas, eran símbolo de la victoria por un tránsito gozoso a la gloria eterna, reservada solo a las almas justas. La muerte era la última circunstancia en que las religiosas eran ajuaradas y cubiertas de flores:

Estaba el cuerpo delante de la reja del coro bajo adornado con bellísima palma y corona, como que supo triunfar y salir victoriosa, como piadosamente creemos, de los más tiranos enemigos, estaba con variedad de hermosísimas flores, que abundantemente enviaron los conventos de recoletas, y muchas personas seculares…se enfloró todo el coro, los antepechos, y se alfombró el suelo de los claustros por donde debía pasar el entierro”15 

La corona y la palma colombiana

La meticulosidad y la calidad pictórica de algunas obras posibilitan el estudio detallado de los materiales que se emplearon en los ajuares. Sabemos así cuál era el tipo de flores naturales preferidas para realizar las coronas y palmas, así como los materiales con que confeccionaban las flores artificiales con telas de distintos grosores (entre ellas unas transparentes que eran tensadas sobre contornos de metal delgados para elaborar los pétalos). El enorme talento, creatividad y habilidad manual característicos de las órdenes femeninas pudieron perpetuarse en los lienzos gracias a la labor de los pintores de la época que recrearon los detalles con esmero.16 

Es muy interesante observar que, en los conventos pertenecientes al Virreinato de Nueva Granada, se observa, con bastante frecuencia, un tipo de corona especial, que pareciera estar contenida en bordes geométricos precisos y que presenta en su realización diversos tipos de flores naturales alternadas con otras artificiales, detalle visible en ciertos retratos provenientes de los cuatro conventos de la colección.17 Por ejemplo, es interesante el retrato de una religiosa concepcionista (AP3027), cuya corona tiene un diseño sumamente particular, ya que la adornan tres flores artificiales en forma de cruz de san Andrés. De igual manera, el retrato de la concepcionista Luisa Manuela del Sacramento (AP3022) lleva una corona hecha con flores artificiales transparentes tensadas sobre contornos de metal muy delgados. Otro ejemplo similar es el de la clarisa Magdalena de la Santísima Trinidad (AP4227), quien lleva una corona con adornos elaborados con pequeños círculos entre las flores principales, los mismos adornos que, en otros retratos, son usados, como pétalos de flores artificiales. Otras coronas fueron realizadas exclusivamente con flores naturales, como parece ser la de Francisca Teresa de Jesús (AP4229).

En el caso de las palmas, se aprecia, en muchas de ellas, una forma geométrica definida y realizada a manera de cono o embudo florido. Esta “palma colombiana” puede apreciarse también en varias pinturas de la colección, indistintamente del convento, lo cual hace pensar en la existencia de características iconográficas regionales. Dicho diseño se puede ver en los retratos de la religiosa dominica sor Bárbara de San José (AP5548), cuya cartela señala que se distinguió por su bondad con todas las religiosas, en especial, con las enfermas; y en el de la religiosa concepcionista sor Teresa Juliana de Jesús (AP3025), que murió a la edad de 58 años el 5 de diciembre de 1820.

Los pintores de estos retratos y su objetivo ejemplarizante

Las pinturas en el Virreinato de Nueva Granada son particularmente realistas, característica que imprimió un carácter individual al retrato, ya que, lejos de que se pretendiera idealizar al personaje, se procuraba perpetuar su recuerdo más terrenal.

En estos retratos, plasmados con gran destreza y vivo colorido, se distinguen con claridad las peculiaridades físicas de cada una de las religiosas pues fueron representadas fielmente. Se advierte un claro interés de los pintores por resaltar sus rasgos físicos particulares incorporando incluso detalles, como bozo, verrugas y arrugas.

Es sumamente importante destacar los objetivos ejemplarizantes de estos retratos y sus fines didácticos. El análisis de las imágenes, así como el estudio de algunos archivos conventuales, permiten concluir que las pinturas de monjas coronadas muertas fueron solicitadas por el propio convento como una forma de perpetuar en la memoria los rasgos de una religiosa ejemplar.18 

La historiadora colombiana Pilar Jaramillo, en su estudio sobre los retratos de monjas coronadas del Convento de Santa Inés, refiere la costumbre que se impuso de llamar a un pintor para que efectuara el retrato de una religiosa al morir. Menciona un interesante texto escrito por fray Pedro Pablo de Villamor en el siglo XVIII, donde se relata que un artista de apellido Ochoa intentó realizar el retrato funerario de la madre Francisca María del Niño Jesús, pero solo consiguió sacar un bosquejo, debido al sentimiento de respeto y temor religioso que algunas de estas mujeres infundían en quienes se disponían a retratar las facciones de su cara y el arreglo del ajuar funerario: “comenzó a mirar bien aquellas perfecciones, y a correr en el lienzo los bosquejos, cuando sintió entre sí un temor y respeto que le impedía los aciertos de aquel traslado”.19 

Sin descartar la posibilidad de que algunos retratos de monjas hubieran sido obra de las propias religiosas, es muy probable que fueran elaborados en los talleres gremiales de la época. Aunque son pocas las firmas que ubicamos en las pinturas de México, podemos destacar las de José de Alcíbar (de quien se conserva en la actualidad el mayor número de retratos de este género), Mariano Peña, Juan Villalobos y José Mariano Huerto.

En Colombia, es posible destacar la pintura realizada por el pintor bogotano Victorino García Romero (1791-1870), quien fue un importante retratista del siglo XVIII y dibujante de la Expedición Botánica. Él llevó a cabo la pintura de sor de Josefa de la Concepción (AP3024),20 único caso entre las concepcionistas que está firmado, por lo que, en ocasiones, de manera quizás un tanto apresurada, se le atribuye la autoría de otros retratos.21 

En esta obra, el pintor logró plasmar, con gran exactitud, las delicadas facciones de una mujer de complexión delgada con frente amplia y pómulos salientes, que murió en edad avanzada, dato que confirma la cartela al mencionar que le sobrevino la muerte a los 80 años. La palma es un ramillete de azucenas y rosas que simbolizan pureza y martirio. El artista incorporó, en la parte superior de la obra, una cartela horizontal que indica detalles virtuosos de la vida de sor Josefa y detalla que dejó dinero al convento para la realización de diversas obras litúrgicas. También es posible ubicar en la colección las firmas de Manuel Merchan Cano en la pintura de la carmelita Thomasa Josefa de San Rafael (AP4225), quien falleció en Popayán el 8 de octubre de 1768, y la de José Miguel Figueroa, pintor del retrato de la madre María de Santa Teresa (AP5551).

Sin embargo, y al igual que la mayoría de los objetos virreinales, una gran proporción de estos retratos es anónima. Desde nuestro particular punto de vista, esta característica debe ser analizada en función de su contexto histórico y de la distinta concepción de la obra artística que existía en el periodo virreinal, cuando, a diferencia de lo que ocurre actualmente, no era tan relevante estampar la firma del maestro en una pintura. Este interés contemporáneo por que la firma de algún pintor respalde a una obra ha ocasionado lamentablemente que varias pinturas hayan sido intervenidas con firmas apócrifas.

El anonimato en el contexto virreinal no puede considerarse como un sinónimo de falta de calidad, ya que muchas obras son resultado de un buen oficio, y en ellas se aprecia un trabajo creativo y minucioso en los detalles de los coloridos y exuberantes adornos florales. Incluso es posible afirmar que son numerosos los ejemplos que dan cuenta de su excelente calidad y que, en algunos casos, presentan mejor factura que la obra firmada.

Llama la atención el retrato de la madre Juana de San Francisco (AP3026), cuya cartela confirma que este tipo de cuadros no se realizaba solo cuando las religiosas fallecidas habían ocupado cargos importantes en el convento. En el retrato de esta religiosa de velo blanco (correspondiente a quienes ocupaban los cargos más humildes en la clausura), se aprecian profundos surcos sobre su frente debido a la edad. Mujer de rostro sereno, resalta sobre el pecho una imagen mariana que no corresponde al típico medallón concepcionista y se distingue apenas un fragmento de la palma.

Es también relevante proponer la hipótesis de que en Colombia existieron “retratos repentinos”, es decir, algunos retratos ya estaban pintados casi en su totalidad, con excepción de los rasgos faciales de las religiosas y de las cartelas que contenían sus datos biográficos. En esta caracterización es posible destacar, aunque no son los únicos ejemplos, los retratos de sor Bárbara de San José (AP5552) y el de sor Rosalía de San José (AP5553), cuyas medidas, además, son casi idénticas, 73,5 x86, en el primer caso, y 73,5 x 86, en el segundo.

La cartela colombiana: única en su género por su extensión

Algunas pinturas, según se acostumbraba en la representación de personajes de la época virreinal, llevan cartelas que aparecen en la franja horizontal de la parte inferior del lienzo. En los retratos de monjas coronadas profesas solían anotarse los datos generales de la religiosa: su nombre, el de sus padres, la fecha y lugar de nacimiento, el nombre del convento en que profesó y, en ocasiones, algunos datos concernientes a la historia de este. La joven retratada como profesa quizá en el futuro llegara a ser muy virtuosa, pero, en ese momento, se trataba solo de perpetuar la imagen de la hija o ahijada que ingresaba al convento.

Muy diferente es el caso cuando nos encontramos frente a un retrato de una monja coronada muerta. Estas pinturas eran solicitadas por los conventos con la finalidad de perpetuar la memoria de una religiosa que tuvo una actividad muy destacada en su convento o bien de religiosas que descollaron por sus virtudes. Se trata, pues, de retratos ejemplarizantes. Por esa razón, las cartelas mencionan características de su vida ejemplar, y no es extraño que, en los archivos conventuales o bibliotecas de libros antiguos, podamos ubicar información sobre su vida virtuosa.

Ahora bien, la cartela colombiana se caracteriza por ser en especial pródiga y muy meticulosa en la información que presenta de cada una de las religiosas retratadas, lo cual es de gran interés, pues, además de especificar el modelo de las principales virtudes que proclamaba la vida religiosa, constituye una excelente fuente de investigación histórica que, en ocasiones, ha sido poco aprovechada. Interesante muestra es la cartela del retrato de Rafaela de Santo Domingo (AP5547), la cual está compuesta por 307 palabras, por lo que es muy rica en información: no solo menciona los nombres de sus padres, sino cómo fue su ingreso al convento y los detalles de su vida ejemplar, de los cargos desempeñados y de su muerte “en olor de santidad”. Sin embargo, el mejor ejemplo de la colección es la cartela de la religiosa dominica sor María de Santa Teresa (AP5551), con un total de 369 palabras y de quien hablaremos más adelante:

Pinturas únicas en las colecciones de Hispanoamérica: religiosas que no son profesas ni están muertas

Especial mención merecen dos retratos de esta colección: las inesitas Josefa del Espíritu Santo (AP5537) y María de Santa Teresa (AP5551). Ya hemos comentado que los ceremoniales en que las religiosas eran coronadas correspondían a los momentos más importantes de su vida religiosa: la profesión o matrimonio místico con Jesús y la muerte donde se daba el encuentro con el Divino Esposo. Otros momentos que ubicamos para la coronación fueron los nombramientos de prioras y los festejos de veinticinco y cincuenta años de vida religiosa.

Entonces, ¿qué ocurre con estas dos religiosas que están con sus coronas de flores, pero que no pertenecen a ninguno de los ceremoniales que, una y otra vez, encontramos en los conventos de Hispanoamérica? ¿Quiénes son fueron estas religiosas? Se trata de retratos muy particulares en el contexto neogranadino, pues, a diferencia del resto de los retratos donde vemos casi en su totalidad (al igual que en España) retratos de religiosas coronadas muertas, resulta que estos dos retratos nos presentan la imagen de dos monjas vivas, en edad madura, e insistimos, coronadas. Al leer las cartelas y trabajar en documentos de archivo, es posible concluir que ambas religiosas fueron muy destacadas en su labor en el convento.

Iniciemos con Josefa del Espíritu Santo (AP5537), quien “fue muy amante de su monasterio para cuyos adelantamientos fue infatigable”. Además de que “ejercitó las virtudes de humildad, caridad, paciencia, y conformidad en las muchas enfermedades que padeció”. Quizá uno de sus mayores talentos o cualidades, pues así el convento lo quiso retratar, es que fue una excelente cantora: “La dotó Nuestro Señor de particular talento y habilidades, especialmente de una finísima voz con la que alabó a Nuestro Señor en el Coro, pues entendía con perfección, las Reglas del Canto”.

En este único y soberbio retrato, vemos a sor Josefa portando una capa bordada que, al parecer, fue trabajada en hilo de oro y en ningún otro retrato de la colección se observa algo parecido. Tal vez por tratarse de un día tan especial porta esa capa bordada. Algunas religiosas colombianas, mexicanas y españolas contemporáneas me han indicado que, a partir de lo que se puede observar en las notas musicales, sor Josefa está cantando La Calenda que, como es sabido, es un canto litúrgico de gran fuerza y alegría, que anuncia de manera festiva la Natividad de Jesucristo. Es probable que, como homenaje y recuerdo a su virtuosa voz, se pidiera retratar a la religiosa no a la usanza tradicional, tendida en el lecho, sino como una mujer madura y viva, como si en cualquier momento fuera a iniciar sus cantos litúrgicos. Se le muestra de pie, tres cuartos perfil izquierdo y visible hasta la cintura con su hábito engalanado frente a un atril y descansando sus manos sobre la partitura musical.22 

También, gracias a algunos documentos pertenecientes a una colección particular, fue posible saber que la madre María Josefa del Espíritu Santo (AP5537) profesó un 24 de febrero de 1763 como religiosa de velo negro, pagando una dote menor, gracias a sus conocimientos musicales, “con la obligación de cantar, y tocar violín”.23 La firma que estampó a sus 17 años esta cantora al efectuar sus votos solemnes en el momento de su profesión es la siguiente:

Un segundo caso de enorme interés en la colección que analizamos es el de sor María de Santa Teresa (AP5538 y AP5547) que, al igual que la gran cantora María Josefa, está coronada con flores, pero lo que observamos en la pintura no coincide con los tradicionales ceremoniales de coronación ya mencionados. La religiosa dominica está de pie, lleva un breviario en la mano derecha y con la otra señala la vista parcial de un librero que alberga distintas obras publicadas o manuscritas de la época virreinal, en especial, las crónicas de su convento. Son muchas las virtudes que se destacan de esta religiosa que “terminó su preciosa vida con la muerte de los justos el 21 de Junio de 1843 a los 76 años 5 meses y 11 días”.

Es fundamental destacar que es el único caso que hasta ahora hemos ubicado en colecciones hispanoamericanas, donde la misma religiosa fue retratada coronada viva y en su lecho de muerte. Las dos pinturas que la representan incluyen cartelas largas (en especial el segundo retrato) que relatan las numerosas cualidades que tuvo esta religiosa: “La dotó el Señor de rara prudencia, caridad tan general que se extendió hasta las familias de fuera, inalterable paciencia y mansedumbre, humildad y dulzura con que se robó todas las voluntades, no solo de sus hijas24 sino de todas las que la conocían”.

Las cartelas de las pinturas de esta religiosa, que, por cierto, también fue cantora 25 (“desde que entro al Monasterio ha servido en música y canto”), nos confirman también las fechas de su nacimiento y muerte y aportan datos importantes respecto sobre ella: sobrina del deán de la catedral metropolitana el doctor don Diego Terán, que desempeñó los cargos de maestra de novicias, subpriora y prelada. Las cartelas también explican su labor educativa con más de veinticinco niñas, proponiendo inclusive una escuela púbica, y que murió a la edad de 76 años con una comprometida entrega al convento.

De igual manera, ubicamos su cédula de profesión en documentos de archivo. Ahí se menciona que fue la religiosa número 199 en ingresar al convento. Podemos conocer también que ingresó al convento a los 12 años, aunque llevó a cabo su profesión a la edad reglamentada: “En veinte y siete de Abril de este año de mil setecientos ochenta y tres, hizo profesión solemne Sor María de Santa Teresa”, a los 17 días de haber cumplido los 16 años (normalmente las reglas conventuales establecían el ingreso como novicias era a los 15 años y, después de un año de prueba, profesaban a los 16 años). La exactitud con que se define el tiempo de vida de una religiosa o en la cartela novohispana la edad justa con años, meses y días en que profesaban nos constata la importancia de estas fechas en la vida de una religiosa. Del mismo modo, fue posible ubicar la firma de esta religiosa cuando a sus l6 años ingresó al claustro:

¿Eran todas prioras?

Existe la creencia generalizada de que las monjas coronadas de esta colección fueron prioras (en la jerarquía interna de los conventos era el rango más elevado, llamadas también abadesas, superioras, preladas e incluso presidentas). Sin embargo, a partir del análisis puntual de las cartelas, vemos que no siempre fue así, ya que tenemos retratos de religiosas de velo blanco que ocupaban los cargos más humildes en un convento y también existen otros retratos donde se menciona que ocuparon todos los cargos, pero no se nombra explícitamente el cargo de priora. Se trata de un tema de interés que será necesario aclarar a partir del estudio de las fuentes documentales.

Notas: * Recuérdese que hay monjas retratadas dos veces, por ello en 10 pinturas aparecen 9 religiosas. ** En 19 pinturas aparecen 17 religiosas.

En este sentido, un caso llamativo es el retrato de María Josefa del Corazón de Jesús (AP 5555). Se trata del único retrato de la colección que no cuenta con corona y palma florida. Este tipo de retrato fue muy común en los conventos; de hecho, en la mayoría de las colecciones, es mayor el número de retratos de religiosas que se encuentran vestidas solo con su hábito, sin el ceremonial de la coronación. En algunos documentos de archivo, fue posible constatar que esta religiosa fue elegida como priora por su comunidad tras lograr 21 votos de un total de 23 que fueron depositados en las urnas.

Un documento muy interesante da cuenta detallada de las elecciones de una priora en el convento, de cómo estas elecciones eran realizadas cada tres años, “por haberse cumplido el trienio anterior la madre Catarina del Niño Jesús” y de las personas que asistían:

En la Ciudad la Ciudad de Santa fe a diez y ocho de mayo de mil setecientos ochenta y seis años el referido Señor Doctor Don Antonio de Guzmán y Monasterio dignidad de Chantre de esta Santa Iglesia Catedral Vicario, y visitador General de los Conventos de monjas, siendo como a hora de las nueve de la mañana con mi asistencia pasó a la Iglesia de el de Señora Santa Inés de Monte Policiano para concurrir a elección de nueva Priora…en consorcio asimismo de los señores canónigos tesorero y magistral doctores Don Diego Martin Terán, y Don Joseph Joaquín de León fue recibido en sus puertas por el capellán de dicho monasterio Doctor Don Ignacio de Moya, y Don Salvador Joseph García su Síndico quienes habiendo ofrecido el agua bendita a su Señoría se retiraron.26 

¿Dónde eran realizadas estas votaciones? En el Coro Bajo, que era el corazón del convento. Como ya se comentó en la introducción, en ese espacio, las religiosas profesaban, iban a rezar varias veces al día y tomaban las decisiones más importantes del convento, como votar para la elección de prioras y otros temas relacionados con la vida cotidiana del convento:

Y tomando asientos con inmediación a la reja del Coro bajo congregadas en el las religiosas vocales, se manifestó su nómina, y por ella fueron llamadas de orden de su Señoría por mí, cuyo número ascendió a el de veinte y tres, y procediéndose a recoger sus votos se repitió igualmente irlas llamando y fueron todas y cada una dando sus votos en un vaso de plata, y recogidos estos después encima de la mesa se halló el número de veinte y tres votos, y abiertos se reconocieron por dicho señor visitador y señores canónigos sus asociados y escribiendo a mi presencia resultó de su inspección tener la Madre María Josepha del Corazón de Jesús veinte y un votos, y los dos restantes el uno la Madre Juana del Sacramento y el otro la Madre Clara del Corazón de Jesús, por lo que salió canónicamente electa en Priora la dicha Reverenda Madre María Josepha del Corazón de Jesús.27 

La ceremonia concluía con la bendición de las autoridades eclesiásticas que concurrían para dar fe de las elecciones celebradas y, finalmente, se le entregaban a la nueva priora las llaves y el sello del convento, las demás religiosas le mostraban su obediencia, y la ceremonia finalizaba con el canto de “el ‘Te Deum Laudamus’ con órgano, repiques, fuegos, y otras demostraciones de regocijo con lo cual se concluyó este acto que firmó su Señoría de que doy fe”.28 

Monjas notables, vidas virtuosas: relevancia de algunas religiosas

En la colección colombiana que resguarda el Banco de la República, dos son las obras que destacan de manera muy especial a religiosas virtuosas: la dominica sor María Gertrudis Teresa de Santa Inés (AP5545 y AP5546), conocida como “el Lirio de Bogotá”, y la madre sor Francisca Josefa de la Concepción (AP2144), del convento de las clarisas de Tunja. De sor Josefa del Castillo por fortuna mucho se ha escrito, y su pluma como escritora mística es bien conocida allende las fronteras de Colombia. No nos detendremos por cuestión de espacio en su bien ganado lugar en la literatura mística religiosa, sino solo destacaremos la importancia de que Banco de la República resguarde sus originales manuscritos y la necesidad de su estudio por las más diversas disciplinas.

Es muy importante detenernos un poco en los retratos de sor María Gertrudis Teresa de Santa Inés (AP5545 y AP5546), mejor conocida como el Lirio de Bogotá. Sería preciso escribir un libro muy extenso sobre tan importante religiosa, pero, por razones de espacio, solo nos concentraremos en los retratos que de ella se resguardan como monja coronada. Esta importantísima religiosa nació en Pamplona el 2 de febrero de 1668, ingresó al claustro el 24 de mayo de 1683 y profesó poco después de cumplir su año de noviciado: el 13 de junio de 1684. Sus cartelas indican que murió en olor a santidad el día 28 de noviembre de 1730, a los 62 años.

Cuando hace casi veinte años estudié los retratos del Lirio de Bogotá, me llamaba mucho la atención el por qué, si murió con más de 60 años, el pintor anónimo la retrató con el rostro de una joven. La respuesta la encontré a los pocos días en los archivos colombianos. Al estudiar su vida ejemplar, nos enteramos de que, según su biografía, después de fallecer y a la vista de todos los presentes, “empezó su cuerpo a manifestar señales de incorrupción y admirables transformaciones”, que le devolvieron a su rostro la apariencia de una niña:

A la hermosura de sus manos liberales, y flexibles, adornadas con el fino oro de su caridad, y con los cardenales, brillantes jacintos, para el general amparo de todos, hacía maravillosa compañía la perfección de su rostro, que convertido este en el de una hermosa niña, negaba los fueros a sus años, que fueron sesenta y dos, y siete meses, y para su inexplicable padecer, y cruel martirio, dilatados siglos: y teniéndola este consumida, pálida y acabada, parece fue ocaso un nuevo, y milagroso nacer, púes se renovó su juventud, […] Tenía su rostro como de hermosa niña, adornado de blanco, y purpureo color, sirviendo de admiración a la vista, y de asombro a la consideración, oyendo su dilatado padecer, y al olfato de deleite suavísimo olor, que comunicaba con los jacintos, celestiales flores, que la adornaban [El subrayado es mío].29 

De esta forma, es posible constatar que el pintor encargado de inmortalizar los rasgos del Lirio de Bogotá lo hizo de acuerdo con lo narrado en su biografía, la cual, en el capítulo XVI, intitulado “En que se refieren las maravillas, que se vieron en su virginal cuerpo, y otras cosas muy singulares, y de su suntuoso, y grande Entierro, y Exequias”, hace hincapié en que a la vista de los presentes su rostro de anciana se transformó en el de una niña.

Ahora bien, la colección conserva un segundo retrato de esta religiosa (AP5545), que nuevamente resulta muy particular, ya que muestra gran esmero en el trabajo de la corona y la palma, pero no así en el rostro y las manos, las cuales parecen estar muy oscuras o ennegrecidas, que pareciera contradecir lo que acabamos de explicar. Otra vez, el trabajo de archivo nos permitió encontrar la respuesta a las características tan especiales de este segundo retrato, pues, en su biografía, se menciona que el día 24 de mayo de 1732 (es decir, a los dos años de su fallecimiento), el cuerpo del Lirio de Bogotá se exhumó y se desenterró.

En ese momento, estaban presentes varias autoridades eclesiásticas, así como “muchas personas pías, y doctas de las principales de esta Ciudad”,30 para ser testigos de lo ahí ocurrido. El relato de la exhumación de sor Gertrudis es detallado, e inicia de la siguiente manera: Apunté el decir se había exhumado el virginal cuerpo de la Venerable María. Haré relación de todo lo sucedido. Deseosas las religiosas de ver a su amada, y benefactora Madre, se propasaron algunas, con poco acuerdo, a registrar en secreto, el Sepulcro”.31 

En su vida ejemplar, se relata que, en su exhumación, el rosto blanco de sor Gertrudis volvió a cambiar a la vista de los presentes en un rostro negro, oscuro, lo cual explica, nuevamente y con total claridad, las características de este segundo retrato de tan destacada religiosa:

Habiéndose abierto el Sepulcro, y aproximándome a él, impelido del afecto, reparé estaba el cuerpo entero, y fijando la vista en el rostro advertí estaba este mas lleno, y abultado, que cuando estuvo tres días insepulto en cuerpo en el féretro, tiempo en que le vi repetidas veces, por lo que aún conservaba muy vivamente la especie del rostro: y asimismo, advertí estaba el rostro muy albo, en tanto grado, que presumiendo yo fuese engaño de mi vista, pregunté a los circunstantes, si habían advertido por ventura aquella extraordinaria blancura? A que admirados me respondieron, que actualmente la estaban admirando: y habiendo levantado el cuerpo del Sepulcro, y puesto fuera de él, volví a mirar el rostro, al que registré ya transmutado, y que el color blanco, que había poco antes admirado, se había convertido en negro tan obscuro, que aun lavándole con algunos ingredientes, no recuperó alguna blancura de la que había advertido: y procediendo las religiosas a vestir el cuerpo de nuevos ropajes, admiré, no sin gran ternura de mi tibio espíritu, estaba tan flexible que casi lo pusieron en postura de sentado, y dobleguearon los brazos para ponerle camisa, tan dócilmente, como si acabase de morir, o no menos, que si estuviese vivo [El subrayado es mío].32 

Nuevamente, es posible resaltar el interés de los artistas por apegarse con fidelidad a las circunstancias que envolvieron la muerte de algunas religiosas. Tanto el Banco de la República como los coleccionistas resguardan originales impresos de este libro sobre la destacada vida ejemplar del Lirio de Bogotá, llamada en esas páginas “la Profetiza, y lucida antorcha del Monasterio de Santa Inés”.33 

También es una excelente fuente bibliográfica para entender cómo los cuerpos de estas religiosas eran depositados en los coros bajos de las iglesias conventuales. Resguardados por las celosías o gruesas rejas de estos espacios, los devotos podían despedirse de estas religiosas y observarlas con sus coronas y palmas floridas:

A la hora acostumbrada acompañó el triste clamor de sus Campanas, al amargo, llanto de las amantes Hermanas; oyeronse en la ciudad los tristes clamores, y sabida la muerte de la Venerable María, todos decían, murió la monja santa del Monasterio de Santa Inés: murió la que fue mártir todo el dilatado tiempo de su vida: y sabiendo, que con superior acuerdo estaba su incorrupto y virginal cuerpo, puesto en el Coro bajo del Monasterio, bajaban a tropas a verle, y venerarle, haciéndolo muchas veces, porque no se satisfacían con hacerlo una, ni dos.34 

Tal es la forma en que las personas y los pintores del siglo XVIII, y aun bien avanzado el XIX, podían contemplar a las religiosas a través de las rejas de los coros bajos. Eso explica que, en casi su totalidad, las religiosas aparezcan en los retratos de perfil o tres cuartos, pues, es la forma como los pintores las observaban. Por fortuna, en los archivos se conservan numerosos testimonios y crónicas que narran con detalle estos momentos solemnes.

Colofón

Hoy día, son numerosos los antiguos conventos virreinales en América Latina que forman parte de cadenas hoteleras. Algunos de ellos fueron demolidos para la ampliación de avenidas o para la construcción de nuevos edificios. Otros más, como el magnífico Convento de Santa Clara la Real ubicado en Tunja, son poco conocidos. Parece ser que su huella tiende a perderse, pues, en numerosas ocasiones, nos encontramos ante la situación de que muchos de quienes caminan frente a estos edificios desconocen su importante y centenaria historia. La población, en ocasiones, no sabe que esos edificios tan cercanos a sus vidas cotidianas fueron destacados espacios habitados por mujeres.

De manera irremediable, hemos perdido una parte de la obra artística y documental vinculada a estos espacios, pero es necesario reforzar la protección de lo que aún queda, y creemos que investigarla y difundirla a través de publicaciones y de exposiciones es una muy buena forma de lograrlo.

Agradezco al Banco de la República todas las facilidades otorgadas para poder continuar con el estudio de la colección de monjas coronadas de Colombia, maravillarme con la valiosa colección de arte virreinal que resguarda y por brindarme la posibilidad de reencontrarme con investigadores y coleccionistas colombianos que se afanan por estudiar y preservar el valioso patrimonio virreinal latinoamericano que conservamos.

Referencias bibliográficas

1 Museo Nacional del Virreinato-Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) (México).. Volver arriba

2  El Coro Bajo en cualquier claustro femenino virreinal era el corazón del convento. Ahí es donde se desarrollaban las actividades más importantes de las religiosas: profesar, rezar todos los días, reunirse para tomar las decisiones más importantes del convento por votación y ser enterradas cuando morían. Desde ahí también, podían ser partícipes de las misas que se llevaban a cabo en sus iglesias. Cfr. Alma Montero Alarcón, Monjas coronadas: profesión y muerte en Hispanoamérica (México: Plaza y Valdés/INAH, 2008), 46-50.. Volver arriba

3  Aspecto de gran interés fueron las llamadas muertes justas o floridas, las cuales comparten con las monjas coronadas la característica de representar a los personajes con coronas y palmas de flores. Las muertes floridas eran aquellas que lograban un tránsito gozoso hacia la gloria, libre de todas las penalidades a que estaba sujeto el común de los seres humanos. Entre quienes la alcanzaron encontramos a niños bautizados, sacerdotes virtuosos, terciarias, doncellas que fallecieron vírgenes y, en ocasiones muy especiales, a personajes civiles. Cfr. Alma Montero Alarcón, Monjas coronadas: profesión y muerte en Hispanoamérica (México: Plaza y Valdés/INAH, 2008), 473.. Volver arriba

4  Pilar Jaramillo de Zuleta, “Conventos de monjas en el Nuevo Reino de Granada 1574-1791” en Monjas Coronadas. Vida conventual Femenina en Hispanoamérica, Landucci, 2003, p. 86-98, Catálogo de la exposición presentada con el mismo título y año (curaduría Alma Montero).. Volver arriba

Es interesante confirmar con este convento que la autorización por cédula real para erigir un convento y la fundación real son cuestiones muy diferentes. En este caso la cédula real está fechada en 1638 pero la fundación real ocurrió en 1645: “Tras las disposiciones testamentarias de Juan Clemente Chávez, la autorización a su hermana Antonia Chávez y Santos Gil para erigir y fundar en Santa Fe el monasterio de Montepulciano sólo se dio a través de la Cédula Real del 2 de Noviembre de 1638 aunque su fundación no se haría realidad sino hasta 1645”. Cfr. Olga Isabel Acosta Luna, Laura Liliana Vargas Murcia, Una vida para contemplar: Serie inédita: vida de Santa Inés de Montepulciano, OP, Museo Colonial, 29 de septiembre de 2011, Bogotá, Ministerio de Cultura, 2012, p.19. Volver arriba

6 La fundación fue costeada por Cristóbal Rodríguez Cano y Luis López Ortiz, dando cada uno once mil pesos de oro. Según Rodríguez Cano, la fundación se debía hacer para monjas de Santa Clara, pero, muerto este, López Ortiz decidió que fuera una fundación para monjas concepcionistas. Cita de José Manuel Groot, Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada (Bogotá: Ediciones de la Revista Bolívar, 1956), en Beatriz González y Rodolfo Vallín, Monjas muertas (Bogotá: Colección Banco de la República, 2000), 5. . Volver arriba

7 Sobre este convento se puede consultar el libro de Constanza Toquica, A falta de oro: linaje, crédito y salvación. Una historia del Real Convento de Santa Clara de Santafé de Bogotá, siglos XVII y XVIII (Bogotá: Universidad Nacional, 2008).. Volver arriba

8 Sobre los patronazgos tan importantes en la vida de estos conventos, se puede referir que en Santa Clara tras la muerte de su principal benefactor Hernando Arias de Ugarte, su hermano Diego heredó el patronazgo del monasterio, el mismo que pasó a su hija María Arias Ugarte. Doña María se convirtió en una de las grandes benefactoras de la orden y parte muy importante en la construcción de la iglesia, donando amplias sumas de dinero producto de sus encomiendas. Cfr. Viviana Arce Escobar, Juan Pablo Cruz Medina y Camilo Uribe Botta, Reseña histórica Museo Santa Clara (Bogotá: Ministerio de Cultura, 2014), 5.. Volver arriba

9 “Juan Clemente de Chávez, al visitar el Convento de Santo Domingo cuando fue nombrado gobernador de la provincia de Antioquia, tuvo acceso a la lectura de textos, como La crónica de la religión, en el que conoció la vida de santa Inés. El encomendero y alférez la tomó como protectora de sus ideales y deseos de hacer pervivir su nombre, su fortuna y la de su familia, en la fundación de un monasterio… bajo la advocación de Santa Inés de Montepulciano, ideal que hizo patente el 18 y 19 de julio del colonial año de 1645”. Cfr. Olga Isabel Acosta Luna y Laura Liliana Vargas Murcia, “Proemio”, en Una vida para contemplar: vida de Santa Inés de Montepulciano (Bogotá: Ministerio de Cultura, 2012), 11-12.. Volver arriba

10 Las dos primeras religiosas eran hermana y sobrina de Chávez, como lo había dispuesto Chávez en su testamento. Cfr. Olga Isabel Acosta Luna y Laura Liliana Vargas Murcia, “Proemio”, 21.. Volver arriba

11 Como muchos conventos latinoamericanos, las fundaciones fueron realizadas por la propia sociedad. En muchas ocasiones, por viudas, como doña Dionisia Pérez Manrique y Cambreros, natural de Santa Fe de Bogotá, que llevó a cabo la fundación con los bienes que dejó su segundo esposo Carlos Pérez de Vivero, marqués de San Miguel de la Vega. Durante la época en que la madre María Rosa de San José era priora del Carmelo de Santa Fe de Bogotá, la marquesa había finalizado todo lo necesario para iniciar la fundación. Las carmelitas llegaron el 14 de octubre de 1729 y se instalaron al principio en los edificios que los marqueses de la Vega tenían en la Plaza Mayor. Pero siendo este lugar inadecuado para la clausura, se compraron dos solares en la calle de Belén y una casa contigua a ellos. Ver Asociación Santa María del Monte Carmelo, Carmelitas descalzas de Colombia. Consultado el 22 de noviembre de 2015. www.carmelitasdecolombia.com. Volver arriba

12 Su interés radica no solo en la especial composición de la obra que se diferencia de la mayoría de los retratos que fueron hechos de perfil o tres cuartos (que es como veía a las monjas el pintor a través de la reja del Coro Bajo), sino también por la cantidad de flores (inusual dentro de las pinturas colombianas) con las que revisten su catafalco, corona y hábito. En sus manos, colocaron una vara florida y sobre su pecho un crucifijo de gran formato. La pintura está firmada por Merchan Cano el 8 de octubre de 1768. La cartela dice lo siguiente: “ +LA R.A M.E PRIORA THOMASSA JOSEPHA DE S. RAPHAEL, FVNDADORA DEL CARMEN DESCALZO DESTA SIVDAD DEPOPAIAN FALLECIO, ELDÍA 1 DE AGOSTO DE ESTE PRESENTE AÑO DE 1768 DE EDAD DE 66 AÑOS CON UNA MVERTE TAN PRECIOSSA COMO LOFUE SU VIDA, Y GENERAL SENTIMIENTO DESUS AMANTICIMAS HIJAS, Y DETODA LACIUDAD. Manu[e]l Merchan Cano. Me fecit en popaian. y se acabo El día 8 de octubre año de 1768”.. Volver arriba

14 Cfr. Alma Montero Alarcón, Monjas coronadas: profesión y muerte en Hispanoamérica (México: Plaza y Valdés/INAH, 2008), 134.. Volver arriba

15 José Bellido, Muerte de la R.M. María Ana Águeda de San Ignacio , Primera priora del religioso convento de Santa rosa de la Puebla de los Ángeles, México, Impresor Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu e Imprenta Biblioteca Mexicana, 1758, p.145.. Volver arriba

16 Montero Alarcón, Monjas coronadas: profesión y muerte en Hispanoamérica, 382.. Volver arriba

17 Montero Alarcón, Monjas coronadas: profesión y muerte en Hispanoamérica, 180.. Volver arriba

18 En cuanto a los retratos de monjas coronadas profesas (en el caso de México), es posible pensar que fueron realizados a petición de los padres de las jóvenes y aun de los padrinos, como muestran algunas leyendas escritas en los lienzos.. Volver arriba

19 Pedro Pablo Villamor, Vida y virtudes de la venerable Madre María Francisca del Niño Jesús, religiosa profesa en el Real Convento de Carmelitas Descalzas de la ciudad de Santa Fe (Madrid: s.e., 1723), 345. Citado por Pilar Jaramillo de Zuleta, En olor de santidad: aspectos del convento colonial, 1680-1830 (Bogotá: Colcultura, 1992), 46.. Volver arriba

20 La cartela, por cierto, de este retrato, realizado por Victorino García, es la más extensa de la serie de religiosas concepcionistas, con 103 palabras, aunque lejana al mayor número de palabras que tiene la serie de clarisas (159 palabras) y de dominicas, también llamadas inesitas, con 307 palabras.. Volver arriba

21 Los estudios posteriores de esta colección seguramente permitirán el rescate de firmas o cartelas ocultas y nos brindarán un mayor conocimiento de la obra.. Volver arriba

22 El ingreso a un convento no eximía a las mujeres de obligaciones económicas y sociales, por lo que otra fuente de los ingresos conventuales fueron las dotes, las cuales debían aportar las profesas con el fin de garantizar su sostenimiento a lo largo de su vida. Estas dotes se invertían en propiedades y censos que redituaban intereses económicos sin necesidad de consumir el dinero con el que originalmente se ingresaba al convento. Algunos padres de las monjas ofrecieron bienes inmuebles por el valor de la dote y eso también las llevó a cobrar arrendamientos de dichas propiedades. Algunas religiosas entraban en la religión pagando una dote menor, en ocasiones, por su aptitud para la música.. Volver arriba

23 La cédula de profesión dice lo siguiente: En veinte y quatro de febrero de mil, set.s sesenta y tres profesó solemnem.te en este sagrado Monasterio de Nra M.e Sta Ygnes en manos de la M. R. M.e Priora Maria Catharina del Niño Jesus, Soror María Josepha del espíritu Santo para religiosa de velo negro con la dote de mil p.s y la obligación de cantar, y tocar biolin, y porque conste lo firmo en dho día mes, y año”. Profesión de Sor María Josefa del Espíritu Santo, 24 de febrero de 1763, colección particular.. Volver arriba

24 Hasta la fecha las religiosas consideran a la prelada o priora como una madre que ve por todas en la comunidad.. Volver arriba

25 De igual manera, se tiene noticia de otras religiosas que accedieron con menos dote al convento, a cambio de apoyo en las actividades musicales tan importantes para los ceremoniales litúrgicos en los conventos. Por ejemplo, la madre Genoveva del Corazón de María (AP5549) que profesó el 19 de noviembre de 1817 con mil pesos de dote, bajo la condición de que apoyara las actividades musicales del convento. Cfr. Libro de Profesiones, colección particular, entrada 231, Profesión de Sor Genoveva del Corazón de María (AP5549), 19 de noviembre de 1817.. Volver arriba

26 Elecciones de prioras del Convento de Santa Inés, archivo particular, fojas 136 y 137.. Volver arriba

27 Elecciones de prioras del Convento de Santa Inés, archivo particular, fojas 136 y 137.. Volver arriba

28 Elecciones de prioras del Convento de Santa Inés, archivo particular, fojas 136 y 137.. Volver arriba

29 Pedro Andres Calvo de la Riba, Historia de la singular vida y admirables virtudes de la venerable madre sor Maria Gertrudis Theresa de Santa Inès : religiosa professa en el sagrado monasterio de Santa Inès, de Monte Policiano: fundado en la ciudad de Santa Fè, del Nuevo Reyno de Granada (Madrid: Imprenta de Phelipe Millan, impressor del serenissimo Señor infante Cardenál, ¿1752?), 564-565.. Volver arriba

30 Calvo de la Riba, Historia de la singular vida y admirables virtudes de la venerable madre sor Maria Gertrudis Theresa de Santa Inés, 590.. Volver arriba

31 Calvo de la Riba, Historia de la singular vida y admirables virtudes de la venerable madre sor Maria Gertrudis Theresa de Santa Inés, 590.. Volver arriba

32 Calvo de la Riba, Historia de la singular vida y admirables virtudes de la venerable madre sor Maria Gertrudis Theresa de Santa Inés, 590.. Volver arriba

33 Calvo de la Riba, Historia de la singular vida y admirables virtudes de la venerable madre sor Maria Gertrudis Theresa de Santa Inés, 590.. Volver arriba

34 Calvo de la Riba, Historia de la singular vida y admirables virtudes de la venerable madre sor Maria Gertrudis Theresa de Santa Inés, 590.. Volver arriba

Bibliografía

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