Esta masa de hierro fue encontrada sobre la colina de Tocavita á un cuarto de legua al este del Pueblo, el sabado santo del año de 1810, por Cecilia Corredor natural de dicho pueblo. Fuimos á esta colina, adonde pudimos ver la escavacion que se hizo para extraer esta masa, pues quando se encontró estaba casi enterrada, no dexando ver mas que una superficie de algunas pulgadas. (sic)
Mariano Rivero y J. B. Boussingault, 1824
Cecilia Corredor (una campesina de la vecindad) iba tras una clueca que apareció sin más ni más junto a su rancho; la siguió y viéndola entrar en una cueva, se apoyó en una piedra…que le pareció muy fría: escarbó, miró y pensó que eso era hierro…cuenta a sus vecinos y la tienen por chiflada. El cura (José Ignacio Holguín, probablemente) la examina y la encuentra cuerda…Van vecinos con rejos, picos, herramientas y bueyes y traen al pueblo la piedra…La exhiben, después la llevan a una herrería de Manuel Corredor, y no pudo servir de yunque porque no tenía parte plana. Allí duró varios años.
Jesús Emilio Ramírez S.J., 1951
Por varios años María Elvira Escallón desarrolló un proyecto que denominó Pequeño Museo del Aerolito de Santa Rosa de Viterbo. Se trata de una investigación que sigue las peripecias de un aerolito que cayó en las cercanías de Santa Rosa de Viterbo1 un Sábado Santo de 1810, según la tradición oral, hasta su robo, división en dos y otras muchas vicisitudes que finalmente lo conducen al ingreso del Museo Nacional, donde hoy podemos visitarlo.
Escallón reconstruyó así una historia que tiene su inicio cuando una niña, Cecilia Corredor, después de una lluvia de meteoritos, encuentra una masa de metal. En 1823 dos naturalistas, Jean Baptiste Boussingault y Mariano Rivero, oyen del aerolito, visitan el pueblo y lo adquieren para el Museo Nacional (entonces Museo de Historia Natural de Bogotá)2. Fue así como el meteorito se convirtió en la primera pieza del museo. No obstante, dado que pesaba muchísmo, 612 kilos, y que los investigadores carecían de recursos, debieron marcharse sin él. Las gentes del pueblo, comprendiendo el gran valor de la masa, se convierten en custodios. Sabemos, por otra parte, que en 1877 el alcalde de Santa Rosa, Emigdio Montañez (Ramírez, 1951: 279) ordenó hacerle un pedestal. Allí, en la plaza central del pueblo, frente a la iglesia, se lució el meteorito hasta 1906, emplazado sobre una columna dórica, situación atestiguada por una fotografía que reposa en el archivo histórico de la Pontificia Universidad Javeriana. Es una imagen muy bella y muy extraña. En ella conviven referentes neoclásicos, un apetito ilustrado y una fetichización que alberga cierta ingenuidad. La copia autorizada de esta fotografía forma parte del archivo del Pequeño Museo del Aerolito.
Otra fotografía ubicada por María Elvira en el archivo de la Universidad de Rochester muestra un hombre con sombrero, cabello y barbas blancos, de pie junto a la columna del meteorito. La fecha: 1906. Ese hombre es Henry A. Ward, científico, coleccionista y empresario dedicado a la compraventa de fósiles, animales, esqueletos y al final de su vida, de meteoritos. Un día, a sus 71 años, decidió tomar rumbo a Colombia. La finalidad de su viaje era clara desde el principio: llevarse el meteorito de Santa Rosa o por lo menos, varias partes de él.
Ward era todo un personaje y merece que nos detengamos un poco en él. Nacido en Rochester, desde niño se interesó por los fósiles y las piedras, lo que lo llevó a realizar estudios de geología y algunos de minería. Al conocer el comercio de compraventa de especímenes geológicos de París, dispuso allí sus primeros contactos. Viajó por todo el mundo o casi realizando ese tipo de comercio. En Rochester, su ciudad natal, fue profesor y fundador del Ward´s Natural Science Establishment, un instituto, aunque más bien deberíamos decir una empresa anidada en el campus de la universidad de Rochester. Allí se dedicó a la taxidermia de animales exóticos y su comercio. Al final de su vida se interesó por los meteoritos, de los cuales llegó a tener una colección importante que hoy forma parte del Field Museum.3 En algún momento de su carrera llegó a ser el proveedor más importante de los museos de ciencia natural de Estados Unidos.
María Elvira, en seguimiento de la historia del meteorito y contando con el apoyo de una beca y de un estímulo, logró visitar varias instituciones museales y universitarias, entre ellas, el archivo de libros raros de la Universidad de Rochester. Allí pudo consultar la correspondencia de Ward con Coonley, su socio. Específicamente, identificó los intercambios epistolares relativos a su expedición a Colombia. En una de aquéllas cartas, Ward le comenta a su socio la intención que tiene de proponerle un canje al gobernador de Boyacá: reemplazar el “viejo meteorito” por un busto del General Reyes, entonces presidente de Colombia, quien era oriundo de Santa Rosa.
Lo cierto es que tras confusas circunstancias, Ward salió del pueblo con el meteorito, respaldado por un salvoconducto firmado por el gobernador. En la Caro fue detenido y posteriormente llevado ante los representantes presidenciales con su botín. Jamás sabremos cuales fueron las argucias que desplegó en esa entrevista, lo cierto es que la roca fue llevada a la Ferrería de La Herrera en La Pradera, Subachoque, lugar donde se procedió a partirlo en dos grandes pedazos, uno con destino al Museo Nacional, el que conocemos. El otro fue entregado a Ward que lo sacó del país. Una vez en Estados Unidos, el negociante de cuerpos celestes, lo fragmentó en ocho piezas, las cuales vendería a distintas instituciones de carácter científico en Estados Unidos y Europa.
Remediando la ausencia de registros visuales de varios de los acontecimientos clave en la historia del meteorito, Escallón constituye la colección Escenarios. Compuesta por dibujos sobre papel encargados al artista Juan Peláez, ficciona en ellos momentos tales como el encuentro de Cecilia Corredor con Boussingault y Rivero, o el derribo de la columna sobre la cual se exhibía la roca espacial en la plaza del pueblo. Se trata de instantáneas dibujadas, por así decirlo, en cuanto son imágenes que presentan el momento preciso de un acontecimiento dramático. Uno de estos dibujos, realizado a la manera de una ilustración científica, presenta la disección del meteorito, indicando las ubicaciones de los fragmentos comercializados por Ward. También se señalan los dos fragmentos cuyo destino no logró determinarse. En el marco de esas indagaciones, la artista logró establecer contacto con cinco museos y pudo visitar dos, el Museo de Historia Natural de Nueva York y el Field Museum de Chicago.
La sección del museo denominada “Colección de Fragmentos Célebres” presenta, sobre una mesa, los contornos de las partes vendidas por Ward a las diferentes instituciones museales. Estas piezas, realizadas en hierro, tienen grabadas en su superficie apartes de las cartas de Ward en las que expresa sus astucias para lograr hacerse con el meteorito y los cálculos económicos relacionados con las ganancias que piensa obtener. En uno de estos fragmentos dice:
Desde luego mi búsqueda era el magnífico meteorito de hierro de Santa Rosa de Viterbo, famoso desde que fue descubierto en 1810. Cuando llegué a Santa Rosa, lo encontré en un pedestal en la plaza. Mis intenciones de cortarle piezas o tal vez, obtenerlo todo para la Ward-Coonley Collection, se esfumaron de repente. Pero en pocas horas yo había desarrollado un plan.
Con autorización de las directivas del Museo Nacional de Colombia, María Elvira realizó un molde del aerolito y de este obtuvo una réplica en resina de tamaño natural. De forma paralela, a partir de frottages de los fragmentos existentes y ubicados del meteorito y de registros fotográficos, reconstruyó el volumen del aerolito especulando sobre la forma que tenía cuando cayó a la Tierra. La instalación denominada Aerolito de Santa Rosa antes y después del corte es un componente fundamental del museo y presenta, sobre un soporte, los dos volúmenes: uno junto al otro. Escallón emplea aquí el eficiente método contrastivo del antes y el después, así como metodologías que en ocasiones aproximan la investigación a un proceso detectivesco.
El meteorito y la máquina es una instalación que se verá por primera vez en El Parqueadero. En ella puede verse una réplica en hierro del meteorito, la cual posee el volumen más próximo al real antes de ser mutilado. A esta réplica la sometió Escallón a un corte muy similar al llevado a cabo en 1906. Para hacerlo, debió buscar durante varios meses una máquina similar a la que aparecía en una fotografía que encontró entre los archivos de Rochester: la composición mostraba al meteorito colocado sobre la máquina, precisamente en los días en que lo estaban cortando. Por fin identificó un cepillo de puente igual al de la foto. Se encontraba en desuso en el taller de metalmecánica del Centro Educativo Don Bosco en Bogotá. La artista solicitó permiso a la comunidad de padres salesianos para emplearla. Tras la autorización, y con el apoyo de un técnico especializado, lograron hacerla funcional. Luego, el incoveniente fueron los buriles. Para cortar el material fue necesario comprar los más duros que hay en el mercado, pues ante la dureza del material, uno tras otro se rompían o desportillaban. Así fue lográndose el corte, menos ancho que el “original”. Del procedimiento saldría un desperdicio de varios kilos de viruta. El proceso del corte en 1906 tomó 15 días. El proceso actual tomó más de seis meses, entre otras razones, porque el metal de la réplica, resultó no ser hierro cien por ciento.
Un momento de inflexión del proyecto tuvo lugar en 2015, cuando María Elvira anidó el Pequeño Museo del aerolito en el Museo Nacional, justamente en el crucero en el que reposa el meteorito. Sobre el tragaluz del segundo piso colgó la réplica en resina, así que el espectador, a cierta distancia, lograba ver los dos meteoritos, uno haciéndole sombra al otro. A esa instalación la denominó Eclipse. Allí, cobijada por el dispositivo museal, apelaba la artista al régimen de verdad del que éste se encuentra investido, para desatar una historia menor, en la cual se imbrican avaricias, engaños y poderes que sustraen capital económico y capital simbólico de un trozo de cuerpo extraterrestre. En la trasescena, una comunidad yacía burlada en sus afectos y en sus intereses.
En cierto sentido, el proyecto conforma una fábula que retrata la ideología moderna de progreso, fe en la ciencia y ejercicio de la soberanía sobre aquello a disposición: lo natural. Igualmente, expone las redes de interlocución e intercambio que se imbricaron en los siglos XIX y XX entre ciencia, museos, aventurerismo, colonialismo y extractivismo y que hoy resuenan de forma importante, en el marco de las discusiones en torno al Antropoceno, Capitaloceno o Plantacionoceno4. En todo caso, independientemente de la noción por la que se opte, han sido relaciones que han contribuido no poco, a la actual crisis que afronta nuestro planeta.
Bibliografía
De Rivero, Mariano y Boussingault, Jean Baptiste. “Memoria sobre diferentes masas de hierro encontradas en la cordillera Oriental de los Andes, Santa Fe de Bogotá, 1824”. Memorial de Ciencias Naturales y de Industria Nacional y Extranjera, n.° 2 (1828): 133-140
Haraway, Donna, “Antropoceno, Capitaloceno, Plantacionoceno, Chthuluceno: Generando relaciones de parentesco”. Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales III, n.° I (junio de 2016). Acceso el 13 de mayo de 2024. https://revistaleca.org/index.php/leca/issue/view/6
Ramírez, Jesús Emilio. “Historia del aerolito de Santa Rosa de Viterbo, Boyacá”. Ecclesiastica Xaveriana. Órgano de las Facultades Eclesiásticas de la Pontificia Universidad Javeriana, I (1951).