Este sistema de señales moleculares subterráneo (red de comunicaciones micorrízicas) revela un mundo en el que los árboles son creaturas sociables y capaces de respuesta, mucho más semejantes a nosotros mismos de lo que nunca habíamos imaginado.
Isabella Tree, Asilvestrados
Una de ellas es, sin duda, mi percepción de la complejidad, el interés y el placer -así como la intensidad- con que he imaginado que me parezco a una hoja. Por ejemplo, me fascina la arquitectura molecular que comparten las plantas y los animales, así como los tipos de instrumentación, interdisciplinariedad y prácticas de conocimiento que se han empleado en las posibilidades históricas de comprender en qué me parezco a una hoja1.
Donna Haraway, How Like a Leaf
Las plantas son el soplo de todos los seres vivientes, el mundo en tanto que soplo
Emanuele Coccia, La vida de las plantas
Son muchas las historias que los humanos hemos imaginado en las que fundimos nuestra identidad con las de los árboles. Una de esas historias, la de Apolo y Dafne, involucra un laurel, árbol presente en la Europa mediterránea. La historia del arte ha revisado múltiples veces este mito, pero resulta magistral la versión de Bernini. La pieza representa el momento justo en que Apolo ha logrado alcanzar a Dafne y con sus dedos la roza. La ninfa, tan llena de desprecio por el dios como él de amor por ella, ruega al río Peneo, su padre, que acuda en su ayuda. En respuesta, Peneo la convierte en laurel. Así que cabellos, brazos y piernas están en pleno proceso de mutación, cuando nosotros, los observadores, miramos el conjunto. Ovidio en sus Metamorfosis termina la historia comentando que, cuando aún el follaje se estremece asemejando una cabeza, Apolo besa su tronco de madera y le susurra que, si bien no podrá poseerla, hará del laurel su árbol y el de todo caudillo victorioso.
En otro escenario, el de la ciencia, el árbol fue acogido para expresar las teorías evolucionistas y como analogía del parentesco (familiar, comunitario), que ya se usaba en los árboles genealógicos. Por medio del árbol, de su tronco, ramas, ramificaciones, yemas y hojas, fue representada la evolución siguiendo un patrón ascendente y entendido este como un recorrido temporal. En muchas de estas imágenes, durante décadas, se asumió que se ascendía de formas de vida más sencillas a más complejas. Así en estos árboles filogenéticos la parte baja corresponde a los primeros momentos de la evolución y la copa a los momentos más avanzados de la misma. Darwin en El origen de las especies introduce dicha concepción de forma textual: “Las afinidades de todos los seres de la misma clase se han representado algunas veces por un gran árbol […]”;2 pero quien realizó las primeras ilustraciones del árbol evolutivo biológico fue el zoólogo naturalista Ernst Haeckel.
Otro árbol que ha acompañado durante siglos a la humanidad, por lo menos a la Occidental, teje el destino de los dos primeros humanos con él: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Esa historia, que involucra un jardín cerrado e imagina a Dios como un creador jardinero, constituye un mito de exploraciones inagotables. Alberto Durero, influenciado por el arte desarrollado en Florencia, elaboró un grabado en cobre en 1504 con Adán y Eva como protagonistas y, tres años más tarde, realizó las dos tablas que se encuentran en el Museo del Prado. En el grabado, particularmente, se dejan ver semejanzas entre los dos cuerpos desnudos, sus musculaturas y volúmenes, y las formas, texturas y materias que conforman las ramas y tronco del árbol cuya fruta están a punto de probar. Vale señalar que, en estas piezas, el grabado y el óleo sobre tabla, el artista se esmera en representar una cierta idea de belleza en el cuerpo humano que luego será canon. Así que, si seguimos esta genealogía de semejanzas, el árbol posee algo de la imagen de dios que Adán y Eva portan.
Lo cierto es que estas narraciones dejan en claro que las imbricaciones entre gente y seres arbóreos han sido imaginadas por una humanidad que se ha espejeado en ellos, encontrando, en lugar de diferencias como lo hacen la ciencia o la biología convencionales, parentescos. En ese sentir se inscribe el grupo de obras que María Elvira Escallón inició hacia 2017, varias de las cuales llevan la palabra “Encuentros” en su nombre. Contemos un poco. En el marco del programa Colombia-Francia, durante el cual se llevaron a cabo 50 exposiciones y residencias de artistas colombianos en diversos escenarios, la artista viajó a París. Allí Escallón trabajó en el Arboretum de Versailles-Chèvreloup,3 consiguiendo, con la ayuda de un avezado tallador, unir las copas de dos árboles provenientes de diversas geografías y contextos climáticos: la copa de un castaño blanco4 y la de un pino americano. La imagen que construye conforma una anatomía imposible en la que a la copa de un árbol le sigue en su tronco para constituir el empalme perfecto con el tronco y copa de un árbol de otra especie. Así, Súperneurona compatibiliza lo distante y hace contiguos espacios y geografías lejanos al mezclar las materias y las cortezas en un reconocimiento de proximidades. Ese gesto me recuerda los contrapunteos del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, cuando le canta a la transculturalidad, a la mezcla y la recombinación. En esa medida, podría entenderse la invasión, conquista y colonización de América como una gran oportunidad para las esporas, el polen y las semillas de realizar viajes transcontinentales que les permitieron expandirse, aclimatarse y colonizar otros territorios.
Ese mismo año Escallón realizó Encuentros con seres notables, una pieza que retoma la idea del encuentro entre dos seres distintos, que logran conectarse a pesar de sus orígenes diversos y sus contextos dispares. En este ensamblaje, las ramas de un jazmín sabanero se encuentran con las de un eucalipto, árbol originario de Australia y Nueva Guinea. En este caso, cada parte de la rama ha sido tallada para asemejarla a los huesos humanos del brazo, antebrazo y mano en una alusión a la composición común, molecular y celular, que comparten seres vegetales y animales. En el encuentro entre estas dos maderas, el toque vital y el arranque de vida se dan en el entre y justo en la promesa del roce entre ambos universos. En este caso y en diversas obras de María Elvira Escallón abundan las imágenes y citas de la historia del arte apropiadas y modificadas. En torno a esta idea y ante estos seres híbridos, Escallón ha llevado a cabo varias versiones y variaciones a lo largo de cinco años. En la presente exhibición puede verse Encuentros con seres notables III (2021), variante que presenta las dos ramas que se encuentran, frondosas y florecidas, en un gesto que nos envía a las manos de Dios y Adán en la Capilla Sixtina. En la obra de Miguel Ángel, el gesto de la mano de Dios, según los códigos del arte clásico, indica que está hablando. Diríamos: “Al principio fue el verbo”. En este caso, las dos ramas de seres híbridos se insuflan, la una a la otra, ese aliento vital. La obra Piezas que vienen de lejos está conformada por maderos, ramas, encontrados, la mayoría, a orillas del mar. Esta se conecta profundamente con los Encuentros con seres notables en cuanto señala, en esa enorme coincidencia que suponen las formas talladas por el mar, una arquitectura estructural semejante.
En Mesa de trabajo (2022) estamos de pie ante un objeto cotidiano que, en su superficie, presenta evidencias de diversas actividades. En un extremo de la mesa hay un embudo que descansa sobre un trípode metálico. Justo encima de él puede verse un colador casero apoyado en una estructura que pende del techo y que contiene algunos grumos de arcilla. Sobre la mesa, y aparentemente como resultado del accionar con ambos instrumentos, hay un cúmulo de polvo cernido que, por cierto, conforma un cono perfecto. A su lado otra operación ocurre y podemos verla proyectada sobre la mesa. La imagen revela dos antebrazos que, a la manera de un video instructivo, nos enseñan una serie de herramientas con las que estos se disponen a romper, trozar y espichar una cabeza de arcilla. Esta cabeza no es otra que la de la Venus de Milo. El esfuerzo es notable y los fragmentos se deshacen con dificultad. Las manos continúan su labor de erosión. Las acciones parecen devolver esa forma perfecta a estadios previos de su formulación hasta llegar a ser un polvillo aún grumoso que luego, con la ayuda del agua, va a ser amasado. Ocasionalmente, mientras esa materia es tratada, se organiza en formas primarias determinadas contingentemente por el gesto y por el camino que los dedos dejan sobre la mesa. Se va convirtiendo poco a poco en una arcilla moldeable. Allí las manos continúan trabajando. Podemos ver como replican su propio antebrazo por medio de un proceso que podríamos denominar un autorretrato parcial. Ese antebrazo humano, en el extremo donde tendría el codo, tiene hojas y las inflorescencias de un joven frailejón. A la derecha de la videoproyección vemos el antebrazo, que presentaba el video, pero esta vez tridimensional. En las dos acciones anteriores, la imagen proyectada o la realizada en arcilla, se ha deshecho un rostro, el símbolo por excelencia de identidad y de subjetividad, para dar paso a un antebrazo y su mano, el miembro del cuerpo que asociamos con el contacto, la comunicación y el intercambio (dar y recibir, por ejemplo). Entre cada uno de los elementos que se encuentra sobre la mesa parecen establecerse relaciones secuenciales y causales.
Esta pieza enigmática, circular como varias de las obras de Escallón, poéticamente se desembaraza del canon, desmorona la antropoforma, rebasa fronteras entre reinos y especies y halla el paraje de la conciliación. Como si constituyera el ejercicio contrario a Nuevas floras, aquí la pulsión antropomórfica renuncia a su sello para suavemente darle paso a formas orgánicas e híbridas. El gesto, diría, se deshace de la separación que promete toda taxonomía y, con ello, de la clasificación.
Del mismo año es Encuentro I llevado a cabo en la Galería Espacio Continuo y prolongado hasta la calle de enfrente.5 En el andén hay un árbol solitario, una eugenia. María Elvira colocó entre sus ramas un sensor y un temporizador y logró así que, cada tanto, el árbol emitiera una señal luminosa. A esta señal lumínica correspondía una frase que, lenta y sutilmente, se proyectaba en la pared de la sala de exhibición. Allí quien detuviera su paso podía leer: “En cada inhalación nos encontramos”. El adentro y el afuera de la exhibición quedaban así conectados y la red invisible de relaciones y procesos vitales, que conecta de manera tan fundamental los cuerpos, se testimoniaba en esos destellos.
Cierro este apartado pensando cómo los seres vegetales en la tradición del pensamiento occidental, han sido entendidos como un recurso, tratados como insignificantes y falentes o, en el mejor de los casos, apreciados como mera decoración. Malentedidos por la razón moderna que todo lo somete al tamiz antropomorfizante, o en el mejor de los casos, al zoomorfizante, su falta de cerebro o de manos, nos hizo entender que carecían de sensibilidad o de inteligencia. Su movilidad lenta nos hizo decir que eran inmóviles. Su falta de voz nos convenció de que no se comunicaban. El pensamiento moderno y su lógica los volvió invisibles. Estamos rodeados de seres vegetales que no vemos, que no observamos, que no respetamos o admiramos. Su forma de vida nos ha parecido emblema de lo miserable, lo elemental y lo pasivo. En cambio, la vida entera del planeta es posible gracias a ellos. Pensar las plantas significa pensar un estar-en-el-mundo que es del orden de lo que es inmediatamente comogónico (Coccia, 2017:49).
En el marco de las reflexiones surgidas de nuevos escenarios de pensamiento tales como la ecosofía, los ecofeminismos, algunos posthumanismos y la ecología política, se constata la emergencia de un giro vegetal, y si, también, la de un giro fungi. Este giro, entre otras cosas, nos conmina a hacer una reformulación de lo que creemos que es un cuerpo. Reevalúa los términos mismos con los que nos referimos a los seres vegetales. Interroga nuestras metáforas y decires, nuestras figuraciones, entre otras cosas, tan extremadamente cerebrocéntricas. Nos invita a imaginar otras maneras de decirnos en el mundo y con el mundo. Por eso el giro vegetal se acompaña de otras cosmovisiones, no occidentales y no hegemónicas, que en cambio, se han entedido como cohabitantes tejidos e interdependientes de Gaia. Es un proceso lento, desde luego. Los cambios de paradigma se producen poco a poco.
Bibliografía
Coccia, Emanuele. La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura. Miño y Dávila, 2017.
Darwin, Charles. El origen de las especies. Buenos Aires: Longseller, 2004.
Haraway, Donna. How Like a Leaf. New York: Routledge, 2000.
Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Biblioteca Ayacucho. 1987.
Tree, Isabella. Asilvestrados. Madrid: Capitán Swing, 2019.