Siempre, ante la imagen, estamos ante el tiempo.
Georges Didi-Huberman
Laura, la hija de María Elvira, cuando cursaba primaria alguna vez regresó del colegio algo consternada. Le comentó a su madre que un sacerdote había dibujado sobre la frente de los estudiantes una cruz de ceniza, mientras recitaba: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Ciertamente podemos entender la conmoción de la niña, pues, aun cuando tengamos muy naturalizado el Miércoles de Ceniza en un país de mayoría católica, ese ritual por medio del cual se recibe sobre la frente una marca individualizada con la forma de la cruz puede ser un hecho realmente traumático. La persona con su dibujo en la frente se enfrenta a un ciclo que tuvo sus inicios en un origen mítico, la creación del hombre: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” 1 y que cierra en el libro del Génesis, igualmente, con el recordatorio de su muerte: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”.2 De esta manera, se recuerda al fiel su origen humilde al cual retornará y se le enfrenta a su futuro inexorable: morirás.
Los embajadores (1533), pintura al óleo sobre madera de Hans Holbein el Joven, es un cuadro particularmente célebre. En su composición presenta dos hombres retratados con sumo detalle, ricamente vestidos y rodeados de símbolos de opulencia, conocimiento y poder. Posan con seguridad ante el pintor. A sus pies, como flotando sobre el piso, está representada, en una perspectiva anamórfica, una calavera. Esa pintura, que durante siglos despertó tanta curiosidad e interés, es un gran ejemplo de un vánitas, ese género artístico que recuerda la presencia de la muerte, la futilidad de toda posesión y la necesidad de prepararse para el final. Entre la frase bíblica y el vánitas hay profundas conexiones, ambos buscan despertar similares estados de meditación místicos y, claro, también filosóficos en el sujeto, pues reclaman su introspección.
Varias piezas significativas de María Elvira han empleado la frase como materia plástica. Esas frases provienen bien de la literatura o de textos bíblicos. Algunas son frases de artistas. De manera inconsciente y recorriendo distintos caminos, esas frases forman parte de la materia indefinible y diversa que alimenta nuestro ethos contemporáneo. En sus obras, los edificios y las paredes parecen arrancarlas de algún sustrato cultural profundo y sacarlas a la superficie para exponerlas al presente. Es el caso de Polvo eres, intervención in situ que forma parte de esta muestra antológica.
Sobre la pared de una de las instalaciones hospitalarias, el Hospital Santa Rosa, así como en la pared del Museo de Arte de la Universidad Nacional, María Elvira hace una intervención. Con ayuda de Leonardo Franco talla sobre el muro “POLVO ERES”. Para hacerlo, la maceta pica el pañete, hiere las capas visibles sacando a la luz las estructuras y la composición del muro. Los escombros, residuos de esa escritura tallada que descarna la pared, se acumulan sobre el piso ocupando el mismo plano que nosotros los visitantes. La representación se vuelve presentación y el plano del espectador, el de la vida, convive y se mezcla con el de la obra rompiendo esa frontera.
En esa circunstancia, el espectador hace frente a esa frase, que le iguala la estatura, que lo interpela con una voz impositiva y que parece provenir del propio edificio. La frase lo enfrenta a tres dimensiones temporales de la especie, pero, también, de su propia existencia en un desdoblamiento como de pliegue. En cuanto receptor del mensaje, el espectador es testigo del acontecimiento e igualmente observador del vestigio. Su cuerpo, de una forma existencial y circunstancial, se encuentra, por así decirlo, ante el tiempo y, también sí, ante la caducidad de su cuerpo, de las cosas y de los edificios.
Precipitaciones
Corría el año 2008 cuando María Elvira Escallón fue invitada a participar en el 41 Salón Nacional de Artistas, que ese año se realizaba en Cali. El equipo curatorial estaba conformado por Oscar Muñoz, Victoria Noorthoorn, Bernardo Ortiz, José Horacio Martínez y Wilson Díaz. El productor del evento era Jaime Cerón. Este salón hacía presencia en varios edificios de la ciudad, entre ellos, el que había sido sede de uno de los colegios más antiguos, La Sagrada Familia. Este bien de carácter patrimonial se encuentra ubicado frente al parque El Peñón.
Muchas de las decisiones fundamentales relativas a una obra in situ ocurren en el momento del encuentro entre el artista y el espacio en el cual su obra va a tener lugar. Este fue el caso. Cuando María Elvira recorrió la antigua sede del colegio se encontró con un claustro que podía “recordar” pues la remontó a su época de estudiante en un colegio de monjas. Muchas sensaciones se despertaron mientras recorría los espacios generosos de esa edificación. Esta ocupaba una manzana y llevaba varios años en desuso. Así que María Elvira se encontró con un edificio en buena condición, pero en una situación de tiempo suspendido. En él no pasaba el tiempo, pero tampoco ocurría nada. Quizás por ello sintió la necesidad de que el edificio se pronunciara, que tuviera una voz. Pensó que era clave que esa voz tuviera que ver con algo que se moviera en contraste con esa quietud extraña que lo envolvía.
Después de mucho recorrer el lugar, mirar los planos y conversar con Jaime Cerón, le pidió un doble espacio: el uno sería visible, el otro invisible. El primero era una pequeña habitación en el primer piso, que se empleaba como sala de espera para los padres de familia. Identificaron algunos muebles que estaban almacenados en algún lugar y así lograron recrear una sencilla sala: tres sillones de brazos cromados y un escritorio de madera. La habitación del segundo piso, ubicada encima de la sala, la emplearon como espacio técnico y le perforaron la placa. Desde allí se vertió todos los días, dos veces al día durante los tres meses que duró la exposición, un hilillo de arena proveniente del fondo del río Cauca. Abajo, ante una ventana que permitía ver el recinto, pero no penetrarlo, los visitantes vieron cubrirse poco a poco el escritorio y rodar los gránulos de arena sobre el piso para, poco a poco, conformar un cono perfecto que iba invadiendo todo como si el espacio entero fuera una especie de gran reloj de arena cuya mitad superior era invisible. Con la diferencia que aquí, ese gran reloj no se podía reiniciar.
La sala de espera, invadida por una geometría perfecta, regular y acumulativa, lograba convertir un hecho indiscernible, el paso del tiempo, en algo matérico y palpable. El lento deterioro, por otra parte, era causado por algo aparentemente insignificante. Lo que lo convertía en avasallador era la persistencia, la continuidad. Una cierta porción de arena caía cada mañana y cada tarde día tras día. El nombre “sala de espera”, que le damos a esos espacios burocráticos, ese lugar dedicado al no hacer, a aguardar con paciencia o expectativa que sobrevenga algo, que algo se resuelva, resonaba en la imagen cargándose de sentidos. Al otro lado de la sala de espera, cada espectador sería testigo impotente de ver el tiempo pasar y de ver al edificio disolverse al expresarse en su ruina y abandono.
Georges Bataille hablaba de lo “heterólogo”, aquello que es siempre lo otro, que no es posible discernir o definir. Un ejemplo eficiente de lo heterólogo es aquello que no tiene forma, que carece de cohesión o de fronteras. El mundo humano se ha hecho a partir de pensar la forma y aquello que carece de una de inmediato nos asombra, quizás nos horroriza. El texto de Lovecraft, El color que cayó del cielo, parte de una idea asombrosa anunciada por el título mismo. Aquello amenazador es un color, no un cuerpo atacable, tocable, evitable. ¿Cómo huir de algo que no se puede asir? Miles de granos de arena se escapan por entre los dedos como rezan los dichos. La arena es materia granular. La singularidad de ese tipo de materia, la segunda más presente en el planeta Tierra, se debe, en parte, al tipo de comportamiento que muestra: puede comportarse como algo líquido, sólido o gaseoso, dependiendo del contexto. Por tal razón la arena o el polvo, otro material granular, es tan difícil de describir. De ahí la extrañeza de hablar de una arena que se “vierte”, que se “escurre” o de un “hilo” de arena. Parecen términos que se emplearían para elementos líquidos. ¿Cómo hablar de la arena, de ese conjunto de partículas cuya individualidad no alcanzamos a ver, que se mueven de forma no homogénea e impredecible? ¿Cómo entender ese precipitarse sobre los objetos y muebles en el espacio, que los va como borrando, como desdibujando?
Precipitaciones 2022
…Y ahí estaba todo eso que fue mi casa. Y yo no sé si eso, de alguna manera, se tejió, se entrecruzó con el hecho de dejar ese lugar donde yo había vivido tantos años.
María Elvira Escallón, 2023
A veces yo me siento como una especie de caracol que transita por ahí, muy lentamente, a causa del peso de los objetos que carga. Las cosas le pesan a uno.
María Elvira Escallón, 2023
La pandemia coincidió con una mudanza. María Elvira dejó el apartamento en el que había habitado por 25 años, para irse a vivir a otro. Mientras se hacían algunos ajustes al apartamento nuevo, debió guardar sus muebles en una bodega y por eso los empacadores los cubrieron y forraron con cartón corrugado. Antes de recogerlos, los ubicaron en un corredor. Desde allí María Elvira los observaba con asombro. Allí eran “unos personajes extrañísimos: pues la mesa del comedor, los sofás de la sala, las vitrinas, las sillas, las poltronas, todo, todo estaba cubierto por esa capa de cartón”.3 Esos muebles habían pasado de generación en generación. Habían sido del abuelo, de la abuela, de la madre. Fueron los muebles de la casa en la que María Elvira vio crecer a sus hijos. Y toda esa historia heterogénea aparecía acumulada en un solo cuarto, una maniobra espacial y afectiva de características casi sobrenaturales.
Cuando llegaron a las bodegas algo impactó a la artista. Estaba en una edificación compuesta por cubículos. Los empacadores le contaron que, durante la pandemia, numerosas familias “guardaron sus casas” en las bodegas y se marcharon. La artista imaginaba ese espacio como si fuese una extraña ciudadela. Un no lugar contenedor de lugares en estado de suspensión. Después pudo ver cómo los funcionarios de la bodega acomodaron los muebles de una manera tal que construyeron algo similar a un paralelepípedo en el que todo se acomodó al tergiversar las disposiciones funcionales de cada elemento: el espaldar de la cama vertical al igual que el sofá, las sillas con las patas hacia arriba, la silla del escritorio con los rodachines al aire. El resultado de esa rara habilidad organizativa era un volumen escultórico/collage de color café claro atravesado ocasionalmente por elementos lineales que resultaban todos más o menos indiscernibles.
Un poco después, María Elvira aceptó la invitación de Katy Hernández, directora de la Galería Espacio Continuo, a llevar a cabo una variante de la Precipitación de arenas del río Cauca. Al tratarse de otro espacio con características tan diversas, de otro momento histórico y de otro contexto, pensó durante mucho tiempo como podría resolver esa instalación. Finalmente, al tener la experiencia arriba narrada tan próxima a su vida, decidió reubicar ese volumen en la galería. Fue así como contrató a los mismos expertos en mudanzas y sus muebles fueron a parar a la galería. Varios días tardaron en acomodar cada elemento. Mientras, se procedió a hacer estudios del edificio para poder hacer la perforación de la placa del tercero al segundo piso y se empleó el mismo embudo que en Cali. Al primer piso se le colocaron reforzamientos estructurales, para protegerlo pues la arena acumulada pesa muchísimo.
Cuidadosamente se estudió el sonido del chorro de arena pues debía sonar un poco como suena el río. Es como si se escuchara pasar el tiempo.
Cuando se precipitó la arena, se fue generando una nube de polvo proveniente de las partículas más livianas. Este polvillo fino, que también despedía un ligero olor, se fue posando poco a poco sobre las paredes, el vidrio y encima del piso produciendo una suerte de neblina que se fue acumulando. Lo que el espectador veía desde este lado del vidrio hacía pensar un poco en la persistencia del recuerdo cuyos bordes y detalles cada vez se tornan más confusos e imprecisos.
Un retrato de María Elvira niña hecho al pastel, que coronaba la torre de muebles, poco a poco quedó cubierto por esa capa de polvo. Al final de la exposición, solo era distinguible el marco del cuadro.
Bibliografía
Bataille, Georges. “Definition of heterology”. Theory, Culture and Society 35, n.° 4-5 (2018): 29-40.
Bienes inmuebles de interés cultural de Santiago de Cali. Colegio de la Sagrada Familia. Cali: Departamento de Planeación Municipal Convenio SMP/Fundación General de Apoyo-Universidad del Valle-CITCE-Depto. de Proyectos, 2003. Acceso el 10 de mayo de 2024. https://idesc.cali.gov.co/download/bic/BICM1-19.pdf
Didi-Huberman, Georges. Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2008.
Lovecraft, H.P. El color que cayó del cielo. Editorial Edisur. 2020.
Santa Biblia. Reina Valera 95 (RVR 1995). Bogotá: Sociedad Bíblica Colombiana, 1995. Acceso el 10 de mayo de 2024.www.biblia.es/biblia-online.php.