Algunas consideraciones previas
En 1925, el antropólogo Marcel Mauss publica su ensayo El don, una de las más lúcidas reflexiones a propósito del regalo como lugar de las reciprocidades, la hospitalidad y el intercambio; el lugar donde se escenifican ciertas responsabilidades que el regalo conlleva en el acto mismo de aceptarlo. Pocas veces somos conscientes de esas implicaciones, aunque justo ahí, en ese entregar a cambio de recibir, reside lo fascinante de la correspondencia. Cuando el don posee un valor inmaterial, la responsabilidad se hace más acuciante: quien reciba dicho don deberá protegerlo, conocerlo, compartirlo…
El don es, siempre, un legado de futuros; la esencia quebradiza de aquello que apela al compromiso de las reciprocidades. Por eso, la responsabilidad frente al don es extraordinaria: la aceptación del don implica estar listos para modificar el relato que se cuenta y se inventa. El propio relato también.
En muchas de estas cuestiones —y responsabilidades adquiridas— se asienta la noción
del viaje, entendido como el territorio privilegiado para los intercambios. Se trata de unos intercambios que, pese al confinamiento y las fronteras clausuradas, continúan vigentes en la actualidad. Poco importa este momento inédito para generaciones enteras, con los aeropuertos cerrados y la movilidad interrumpida. Aunque nadie pueda ir y venir, aunque reine la falta de viajes —que desde hace pocas décadas habían dejado de ser un distintivo solo de clase—, está claro que seguimos viajando con la imaginación a través de las comunicaciones virtuales.
Las personas —y las ciudades que habitan— son tan vívidas desde la pantalla que a veces, cuando se mantiene una conversación, se asiste a la presentación de un libro o se acude a una mesa redonda lejos de casa, o incluso cuando se monta una exposición a distancia, como ha sido nuestro caso, se tiene la tentación de pensar que se está ahí mismo, en Bogotá, o en Nueva York, Los Ángeles, Buenos Aires, París… En cualquiera de las ciudades amadas.
De hecho, ahora que viajamos a través de la propia ausencia del viaje, mantenemos vigentes los Intercambios y el don, en medio de una globalidad que se ha visto abocada a redefinirse y que, en apariencia, se desdice y se cuestiona. Los ires y venires, base primera de la reciprocidad que potencia el viaje —el encuentro, la sorpresa, el acto generoso de dar y de recibir, ambas cosas al mismo nivel—, están por el momento congelados en el instante de una conversación por Zoom, si bien la reciprocidad se trasluce más pujante que nunca —parece—, sobre todo más imprescindible.
Es cierto que ha sido necesario renegociar la hospitalidad asociada al viaje y al don, fuente de las preguntas primordiales que despierta el viaje; pactarla a distancia y volver a escribirla, incluso a pesar de esto, pero cada pregunta ha sobrevivido luminosa en las conversaciones que evocan el viajar, el llegar, el estar... Es preciso aprender a ser extranjeros desde la pantalla de casa, aunque no podamos salir de casa; aprender a hacerse las preguntas del extranjero en ese nuevo territorio, nueva apropiación, nuevo umbral…, a los cuales nos ha abocado la pandemia.
Y es que los viajes trastocan cada rincón del pensamiento, pues en los viajes todos somos extranjeros, todos habitamos los umbrales. Poco importa que viajemos como migrantes o turistas; protegidos o sin red de salvamento; con la seguridad de la vuelta o la incertidumbre del regreso. Viajar es cada vez arriesgado porque desbarata las formas de pensar, tanto las del que llega como las del que recibe. Al final, el viaje siempre enseña cuando se decide viajar humildemente, como unos extranjeros dispuestos a ser interpelados, que es tanto como decir a interpelar —más difícil, si cabe—, en estas posiciones infinitamente intercambiables —ni dentro ni fuera— que generan los viajes.
Antes de que la pandemia estallara, el mundo estaba lleno de millones que se movían en busca de su identidad, incluso de una nueva identidad. Algunos eran turistas; otros, desplazados. Muchos habían perdido la casa; otros iban en busca de aquella casa perdida de sus ancestros... Era la fricción de
la frontera como territorio al tiempo fértil y maldito, de exclusiones e inclusiones… Ahí radica la ambivalencia de la frontera que se mantiene móvil e inestable a cada paso.
Lo recuerda Julia Kristeva, ella misma una forastera cuando llega a París desde Bulgaria,
en 1966. En su conocido texto sobre el tema, Kristeva reflexiona a propósito de la idea del extraño que vive en nosotros y ese ser/sentirse extranjero que agudiza un mejor conocimiento del otro, quizás porque, como
dice Derrida, la llegada del extranjero pone en tela de juicio la autoridad; dicho de otro modo, lo que en una determinada cultura es consenso, se da por hecho, y al poner en tela de juicio lo estable del otro, tambalea lo establecido de uno mismo.
De igual modo, podemos encontrar al extranjero en cualquier lugar, en casa o lejos de casa. Allí habitan el forastero que vemos y el otro que no vemos. Además, la cualidad de extranjero es pasajera, se pierde cuando se establece la casa en un lugar dado, incluso sin salir de casa. Al encontrar al extranjero
—ese extranjero que todos somos—, podemos abrir nuestra puerta o cerrarla, pero en todo caso lo esencial es que el encuentro, como lo recuerda Casey, se produce en un borde que es también donde se escenifica
la hospitalidad: ni dentro ni fuera. La propia hospitalidad es un límite —social, cultural, de costumbres...—. De hecho, la hospitalidad es, en sí misma, ese borde que se trata como uno de los fenómenos liminales que
han interesado en los últimos años, desde el don hasta el perdón o el duelo, a su modo asociados de la hospitalidad.
Ires & venires
Partiendo de algunas de estas ideas se ha diseñado esta muestra que tiene su origen en la celebrada en Madrid en 2018, Campo a través. La muestra se dividía en tres secciones: “Anatomía y botánica” –representaciones del cuerpo (la muerte, sus cotidianidades rotas, su violencia implícita…) y la naturaleza como metáfora de tantos conceptos camuflados y no tan camuflados—, “Guías de viajes” —centrada sobre todo en las representaciones de las diversidades culturales que aparecen ya en tiempo de los primeros viajeros y enfatizan los viajes— y “Ciudades invisibles”, otro lugar de la diversidad cultural y sus resquicios en los umbrales de las ciudades.
Para este proyecto concreto se ha revisado la propuesta de aquella muestra mediante un trabajo a tres manos, entre tres curadores que se han ido interpelando. Sobre esos intercambios se centran los tres ejes sobre los cuales de la presente muestra: “Conquistas”, “Corografías” y “Umbrales”.
Nacerán del intercambio que dan lugar a las redefiniciones sobre el territorio –como pertenencia y desposesión violenta-, las alteridades –entendidas de forma literal, como diversidad y como extrañamiento y multiplicidad- y umbral –intuido como el lugar de encuentro esencial de la pregunta genuina que fluctúa entre el sueño como territorio del inconsciente, hasta los umbrales visibles, la muerte y la explotación o el resto de los umbrales sagrados y mundanos donde se agazapan los significados.
Una colección de arte siempre tiende a revelar las inclinaciones de la sociedad y de la historia a las cuales pertenece. Existe más ampliamente en el hecho de coleccionar la promesa de depositar en el acervo los sedimentos volátiles y revueltos de una cultura, como si una colección fuera el reflejo de un imaginario inconsciente y colectivo que crece poco a poco, a medida que se afinan sus procesos de selección o se tejen nuevas formas de leerla. Al reunir desde 1957 obras centrales o históricamente más sigilosas que marcaron la producción artística nacional, la Colección de Arte del Banco de la República refleja ese complejo encaje que componen las formas y los procesos del arte en Colombia desde el siglo XVI.
“Ires y venires: diálogos en torno a la colección” se origina a partir de tres curadores, alrededor de las líneas de lectura de la producción artística colombiana y en el cual la mirada del otro, la divergencia en un punto de vista o la dificultad del diálogo, terminaban por cuestionar y enriquecer las certidumbres de cada uno. Los tres ejes de la exposición —Conquistas, Corografías y Umbrales— conforman referentes históricos o simbólicos del imaginario cultural colombiano, que encuentran en la curaduría de “Ires y venires: diálogos en torno a la colección”, un significado extendido, en el desborde de su contexto de comprensión inicial.
Al inscribir su reflexión en la idea de hospitalidad, como fundamento filosófico del diálogo, la exposición se articula singularmente con los meses de pandemia y confinamiento que se atravesaron a lo largo del año pasado y que obligaron a museos y bibliotecas —y, por ende, a colecciones— a mantener un largo silencio. En una situación en la cual cada uno experimentó una supresión radical de lo sensible y de todo encuentro con el otro, esta exposición recuerda el papel crucial del extranjero —aquel cuerpo y territorio ajeno— en la construcción de una cultura y de la mirada que proyecta sobre sí misma. Afirma aquella importancia elemental, pero hoy puesta a distancia, de la experiencia sobre todas aquellas virtualidades que nutren nuestra cotidianidad.
Curaduría
Estrella de Diego
Sigrid Castañeda
Julien Petit