La obra de Óscar Leone está indivisiblemente unida al paisaje. Cómo es ese proceso de selección de los espacios que se van a intervenir, qué busca en el lugar, cómo lo aborda y qué define la selección de un espacio determinado, sobre todo si se tiene en cuenta que su obra pasa por el Caribe, el Amazonas, la Patagonia y otros lugares del mundo, y que ya salió de su contexto primario.
Pienso que esa escogencia está unida a varios factores. Uno de ellos es la relación que me interesa entablar, en términos políticos, con el territorio. Colombia, por ejemplo, se debate hoy entre la conservación de sus áreas protegidas y ciertas prácticas que las ponen en riesgo; en tal sentido, me interesa activar a través de la imagen ese juego de tensiones, entrando en diálogo con algunos de esos contextos. Tomemos como ejemplo una de las piezas que componen la muestra “Ejercicios de inmensidad”, Un Jesús para dar sustento a lo que quiero decir. Un Jesús empezó como una tentativa de vivir un instante de asombro ante la vastedad del paisaje, porque a decir verdad a menudo busco espacios que me generen esa pulsión.
En el 2013 el Banco de la República, por intermedio de su programa “Obra viva”, me invitó a realizar una microrresidencia en Florencia (Caquetá); en ese sitio tuve una experiencia asombrosa al entrar en contacto con un paisaje en el que fluye el agua de manera incesante y la vegetación eclosiona con mucha vivacidad por todos lados, pero también la ganadería hizo su avance, y lo que en el pasado fueron grandes extensiones de bosque, hoy son inmensos pastizales que parecen brillar desde lejos y de cerca no admiten la presencia de cosa distinta de la hierba que actúa sobre todo lo que lo rodea, como una especie de monocultivo al servicio de la ganadería extensiva. Entonces quise correr ahí, salir corriendo entre esa inmensidad, pero con la sensación de estar atado sin saberlo. A partir de allí, comencé a poner a prueba esa sensación de correr atado en otros lugares, pero percibía que la imagen necesitaba enmarcarse en un espacio que pudiera contenerla con una pulsión contradictoria; un año después encontré que el mar y la línea de horizonte serían ese punto de referencia que activaría esa premisa, dentro de un lugar que hoy padece un grave problema de erosión costera —el kilómetro 19 de la carretera que va de Santa Marta a Barranquilla, dentro del Parque Vía Isla de Salamanca—, el mismo espacio que vi por primera vez a mis 5 años de edad en un viaje que hice con mi padre y que ahora me permitía tocar, 33 años después, a través de una acción; esos 33 años, la edad de Jesús cuando murió. Entonces pensé: “Ahhh, vuelvo a mirar este mar, a asombrarme de este espacio, como cuando tenía 5 años, pero UN JESÚS después!”.
Esta misma obra, este mismo Jesús, sabía que como acción podía activarse en otros sitios y hallé una forma invertida de hacerlo durante el 2014 en otro sector de la Vía Parque Isla de Salamanca. Aquí sabía que podía activar una especie de imposibilidad desde la visión de un cuerpo que experimenta una caída libre sobre el agua, y que es jalado y suspendido en el aire para hacerse dejar caer una y otra vez. Durante el 2015 surgió la oportunidad de ir a Tierra del Fuego (Argentina) para producir una obra in situ en los paisajes australes que sirven de antesala a los paisajes antárticos, en un lugar donde habitó una de las comunidades más antiguas de toda Suramérica y que durante los albores del siglo XX fue objeto de persecución y exterminio: los selknam u onas, como también se les llamaba. Allí deconstruyo los elementos de la obra, incluyendo ahora el humo como otra forma de ser de la historia, una historia escindida, la historia de un pueblo que desapareció por la estupidez del que niega la existencia del otro, con la consigna de que hay que civilizar la tierra para que rinda sus verdaderos frutos.
El papel del artista es hablar sobre su entorno. ¿Cómo entiende esa relación con espacios no propios, como el Amazonas o la Tierra del Fuego? ¿Cómo son el acercamiento y la interacción?
Pienso que un día migras de la idea de que perteneces a un lugar, un lugar específico, y entonces te das cuenta de que simplemente eres del planeta, que tu lugar es el planeta todo; hace unos años empecé a experimentar esa conciencia. Debo decir que mi gran sueño como artista es poder tocar el mundo lo más que pueda a través de mi obra, porque sucede que, cuando entro en performance, una suerte de experiencia fenomenológica se despierta en mí, quizás porque cuando se está en performance tú existes solo para el presente, y en ese presente pleno los colores se hacen más vívidos, la luz se transparenta para ti y logras una gran sintonía con los elementos que configuran esas realidades; el paisaje ya no es una cosa externa, has logrado entrar a él y él existe en ese instante dentro de ti también, como una especie de vibración que lo recorre todo. En realidad, pienso que la experiencia de vivir en la Tierra es una sola, cada lugar es la Tierra, una Tierra que tiene ciclos a veces diferentes, pero en el fondo lo que sigue existiendo allí es la vida, la misma vida; lo otro es la cultura, que es otra cosa. La cultura le pone lengua, nacionalidad, leyes y memorias al espacio, pero más allá de eso existen simplemente la tierra, el agua, las noches, las estrellas, los amaneceres, las plantas, la arena, el misterio de la vida y la muerte que late en el tiempo de las cosas.
En cuanto a la manera de acercarme, todo surge a partir de una especie de sensualidad con el lugar, de un estado de deseo que me permite aprehender sus formas y sus realidades, para luego conducirme a la imagen. Quiero decir que debe existir un instante de encantamiento, porque si estás encantado solo tienes que empezar una conversación para que emane la fragancia de una imagen, y esa conversación comienza muchas veces caminando, en silencio, escuchando los sonidos, deteniéndote a mirar las extrañezas del espacio. Lo que viene luego es entender qué fuerzas o tensiones existen allí, qué memorias guarda ese sitio o simplemente qué seres especiales integran la naturaleza del lugar.
La muestra “Ejercicios de inmensidad” mantiene ese interés del artista en la presencia y la acción inmersa dentro del paisaje. ¿Cómo opera esto? ¿Cuándo es necesario realizar una acción en el paisaje y cuándo considera que la sola presencia es suficiente para afectar ese entorno?
Bueno, creo que cuando se tiene una voluntad performática todo es potencialmente acción: respirar es acción, al igual que caminar, correr y caer. Lo otro es la dinámica que eres capaz de desencadenar a través de un cuerpo que puede estar activo o en estado de reposo, porque la idea es traer a la conciencia del presente un diálogo con las cosas y ese diálogo viaja en muchas direcciones; así, si tú pretendes intervenir o introducir una operación que transforme por un momento la realidad del lugar a través de un gesto impregnado de mucho dinamismo, también puedes hacerlo permitiendo que el mismo dinamismo del lugar actúe sobre ti, sea capaz de intervenir en tu cuerpo.
No obstante, es claro que el arte es una manifestación de los humanos para los humanos y que la humanidad tiene la facultad de entablar un instante de comunión, un instante compasivo con eso que se ve, si allí está presente ese otro humano, ese otro que tiene las mismas fragilidades, los mismos miedos, los mismos instintos que yo tengo; en ese sentido, si el lugar tiene una fuerza particular o revela una pregunta, es posible detonar de manera clara esa pregunta tan solo con presentar el cuerpo dentro del espacio, como una especie de emplazamiento; allí, entonces, el cuerpo descubre para el ojo que está hecho de una materia escultórica viva, con el potencial para intervenir el espacio con su sola presencia.
Tu trabajo implica mucho la colaboración y la relación con otros artistas y sujetos, pero ¿cómo es ese trabajo colaborativo con Dalia y otros artistas, cómo lo entiende? ¿Qué significa para usted trabajar con artistas, con la comunidad, cuando el mundo del arte se basa mucho en la individualidad? ¿Considera que esa parte relacional de su labor se mantiene vigente?
Con Dália Rosenthal he estado tejiendo un diálogo muy estrecho en los últimos años. A veces viajamos juntos y ambos colaboramos el uno con el otro, hasta el punto de encontrar ciertos instantes en los que uno ha comenzado a permear la mirada del otro, como una especie de contaminación, de contagio creativo que indudablemente a veces aporta mucho a la mirada.
Dália, por ejemplo, es una gran interlocutora y tiene una forma particular de mirar en la que confío mucho; además, pienso que tengo una manera pragmática de resolver mis trabajos que ella encuentra interesante. En los últimos años he abierto también las colaboraciones hacia otros lugares, como la danza y lo sonoro; así, a veces participo como intérprete o, en su defecto, colaboro como performer en algunas puestas en escena de una amiga coreógrafa. En otro frente, estoy tejiendo un nuevo momento en mi trabajo al lado de una artista sonora, con quien estoy en la antesala de iniciar un proyecto junto a un músico tradicional. Creo mucho en las colaboraciones, sobre todo desde la libertad de cada quien y desde unos roles muy claros, manteniendo una diferencia entre eso y los colectivos que desafían mi manera de crear, porque tengo mucha confianza en la autonomía e independencia en el arte, y pienso que hay un momento en el que es importante tomar tus propias decisiones; es allí donde el espacio de la soledad me resulta pertinente, incluso necesario.
En el caso de la comunidad la relación es otra, pues además de haber un encuentro afectivo existe la posibilidad de volverte un mediador para que las personas se relacionen entre sí o valoren un instante de convivencia por el instante mismo; por eso, el papel más importante del artista en esa orilla de la creación consiste en propiciar un encuentro y llevar las evidencias de ese momento al exterior, al mundo. Naturalmente, eso puede ocurrir a veces pronto o a veces puede tardar mucho tiempo para gestarse, mientras se teje una relación de confianza. A mi juicio, si quieres abrir ese espacio relacional debe gustarte la gente para no forzar las situaciones, y siento que tengo esa ventaja a mi favor, pues me gustan las personas y por eso puedo esperar hasta que ocurra algo o a veces entender que no tiene que ocurrir algo, necesariamente.
En cuanto a tu pregunta de si está vigente o no lo relacional en mi práctica artística, puedo decir que es algo que va y viene, a pesar de que hubo un momento en el que necesité replegarme en mi soledad para seguir abriendo caminos en el interior de la obra. El mundo del arte o el sistema del arte a veces es muy cruel, es capaz de rotularte cuando encuentra que puedes desempeñar un rol bastante bien y tú puedes caer en esa trampa; así te puede forzar a personificar ese rol completamente, a costas de negarte la independencia y de negarte a ti mismo. Por eso ahora voy y vengo, encontré que podía habitar esa frontera entre la soledad del paisaje y la vivencia con los otros.
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