Máximo Flórez y Valentina Flórez entrevistan a Trixi Allina
¿Cómo nace el proyecto de La huerta?
El proyecto documenta con fotografía, video y sonido narrativas que sostienen la vida rural contemporánea, y revela con la imagen potencias estéticas que tejen lazos identitarios patrimoniales y culturales.
Se instala como un centro de encuentro con pobladores rurales mediante la metodología del “arte colaborativo”. La mesa es su dispositivo articulante y simbólico que, en medio de La huerta, acoge los encuentros de vecinos y pobladores para narrar su cotidianidad, y activar prácticas domésticas y experiencias hortelanas. Estas acciones y encuentros colectivos tejen vínculos con la memoria, al tiempo que visibilizan gestos y saberes como fuerzas estructurantes de la vida cotidiana y estética rural.
¿Cuál es la importancia del intercambio y la reciprocidad entre los participantes?
Debido a que el proyecto es taller y espacio performativo de arte, instaura redes de sentido que descubren, mediante encuentro, intercambio y reciprocidad, la gestualidad como lenguaje y vínculo; al dinamizar la circulación de semillas como capital cultural, la imagen visibiliza esta articulación de arte, patrimonio y metodología; una investigación sobre prácticas y estética de la vida cotidiana rural.
En uno de los encuentros en La huerta surgió el término asemillarse. ¿En qué consiste y qué relación tiene con el proyecto?
Asemillarse es preservar la semilla. Es el ejercicio de ponerla en circulación sembrándola, compartiéndola y disponiéndola para la continuidad; hace manifiesta la incorporación al lenguaje cotidiano de significantes asociados con el PCI. A su vez, recochar es encontrarse con amigos, una experiencia que denota los encuentros que realizamos en la mesa de la huerta. Estos procesos incentivan las prácticas del encuentro y valoran la semilla como un capital cultural, manifiestan valores y afectos de la cultura en la cotidianidad. Son reapropiaciones vivas que cuidan los “bienes” en los que ellos se reconocen.
¿Cuál fue la motivación para presentar esta obra en el contexto del programa Imagen Regional?
La principal motivación fue compartir y mostrar una trayectoria espaciotemporal de sentido, capaz de constituirse desde una huerta que estimula prácticas latentes activadas con los encuentros y las semillas, como un ritual inscrito en el cuerpo y las comunidades.
Estas prácticas instalan una mirada al “paisaje”, no como referente de contemplación sino como hábitat de intervenciones y transformaciones temporales del territorio que permite desentrañar el vínculo social y el conocimiento sensible. El arte colaborativo, corpus metodológico que activa una relación estética, estimula la emergencia de la memoria en el tiempo presente y, mirando, deja ver cómo, en el transcurso de estas experiencias, la imagen se estructura desde un sentido relacional. Así, al participar en espacios centrales que convoca la Imagen Regional con estas imágenes locales, rurales, es posible poner en circulación dinámicas, relaciones y manifestaciones estéticas que dialoguen en círculos más amplios y participen en la configuración sensible de las regiones.