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Tipo de minisitio

Por: Germán Espinosa. Publicado en El Tiempo de 1967.

De igual modo que se presume que las anguilas se acostumbran al cambio de piel, así los políticos se acostumbran a ser puestos en caricaturas. Y hasta llega a gustarles, por un extraño rasgo de la naturaleza humana. Si no es lícito confesarlo, diremos que precisamente cuando los caricaturistas faltan es cuando ellos se abaten y se dan por ofendidos.

Las anteriores palabras, escritas por Churchill hace más de treinta años, ilustran muy bien el papel del caricaturista en la sociedad moderna. La caricatura es tan necesaria a la sociedad como el sentido autocrítico. A veces, cuando el conformismo se apodera de ciertas aglomeraciones humanas, sólo el caricaturista fustiga con su lápiz los vicios que la general complicidad pretende hacer pasar por virtudes.

Por caricatura se entendió en un comienzo, la sola reproducción deformada de un modelo, en la que se acentuaban los rasgos de una persona hasta hacerlos grotescos o ridículos. Pero, ya entonces, la intención, velada o explícita, del caricaturista era la de criticar o satirizar las pasiones y flaquezas del género humano. Podría en este sentido afirmarse que si la deformación de la realidad está en el origen mismo del arte, la caricatura es tan vieja como el planeta. Egipcios y asirios la conocían, y Grecia y Roma la vieron bajo formas muy próximas a lo que hoy conocemos. Leonardo da Vinci no oculta su intención caricaturesca en obras como el Savonarola que luce en la Galería Albertina de Viena. Y hay en la Biblioteca del castillo británico de Windsor una estampa del creador de la Monja Lisa, cuyo título es precisamente Caricaturas y que representa unos grotescos personajes togados, algunos de los cuales están ridículamente coronado de laurel. De donde se infiere que los más altos genios de las artes plásticas se han interesado por este género fascinante. Ni para qué hablar de la evidente intención caricaturizante de Goya, por cuyas telas, tablas, murales o cartones para tapices desfila una heterogénea muchedumbre de tipos deformes, extravagantes y rayanos en el adefesio, como en "El entierro de la sardina", "La lámpara monstruosa", "Las Viejas", el "Aquelarre", o la "Romería a la fuente de San Isidro"; esta última, por ejemplo, una pintura mural trasladada sobre tela en la que se ve arrastrarse a la grey humana, con sus penas y supersticiones a cuestas, en busca de la felicidad y detrás de los poderes constituidos.

Goya fue el padre

Modernamente, y en especial en nues países latinoamericanos, la caricatura evolucionado hacia metas más modestas de las perseguidas por Goya. Frente a la verdadera comedia humana del gran pintor de Zaragoza, nuestros caricaturistas han preferido ocuparse de la actualidad política; los pintores propiamente dichos -ahí está el caso de Botero- se han reservado el derecho de satirizar las fealdades morales de nuestras sociedades. No obstante y quizá en razón de su función netamente periodística, los caricaturistas más populares y conocidos que los pintores. No todos, digámoslo de una vez, están conformes con su oficio de glosadores de política: aspiran a algo más duradero ese es el caso de Hernán Merino.

Encuentro a Merino en su mesa habitual del Restaurante Albéniz frente a su ya proverbial trago de Néctar y lo abordo, como vengo haciéndolo hace más de diezaños. La amistad entre un joven escritor y este popularisimo caricaturista de edad madura, es perfectamente explicable. Nos unen otras comunes relaciones, entre ellas la de varios buenos poetas colombianos cuyas obras han sido ilustradas por Merino con impecables viñetas. A su lado, en este acogedor local de la carrera quinta con Avenida Jiménez -que casi ha sustituido al otrora celebérrimo Café Automático-, hallo a otro amigo, menos bohemio, pero igualmente popular e ingenioso: José López. O, dicho para que todos lo reconozcan, Pepón. Esta tarde, Chapete ha faltado a la cita, porque Hernando Turriago es también un "habitué" del Albéniz.

La tarde es gris, amenaza lluvia y todos coincidimos en pedir un aguardiente a guisa de calorífero. Entonces resuelvo satisfacer una vieja curiosidad, quiero saber cuál es el proceso de ideación y realización de una caricatura.

Merino refunfuña. Para todo aquel que no lo conozca sino superficialmente, Merino resulta malhumorado. La expresión de su rostro es la de una persona de muy pocas pulgas. Casi nadie se atreve a abordarlo por esta razón, pero la verdad es que se trata tan sólo de una máscara, de una apariencia, algo exterior y no inherente a su espíritu sutil y equilibrado. Nació en Bogotá hace 45 años, pero de padres antioqueños, razón por la cual su educación se realizó en Medellin y Manizales. Merino procede de una familia de negociantes. Su padre tuvo varios almacenes y todavía, después de los setenta años, es vendedor de seguros. David Merino vive en Cali, con su mujer y otros hijos, y sabe valorar perfectamente las excepcionales aptitudes de su hijo Hernán.

Este, sin embargo, no confiere nunca demasiada importancia a sus propios dibujos. Los considera un medio como cualquier otro de ganarse la vida, y les niega toda calidad artistica. En esto es radicalmente opuesta a Pepón, el alto y joven payanés de 28 años para quien "el pintor es un caricaturista que no ha logrado liberarse de complejos de color, volumen y técnica".

-¿Proceso de ideación? Te sorprendería si te digo que consiste únicamente en ponerse de muy mal genio, consumir cantidades alarmantes de tinto y fumar insistentemente, dice Merino.

Pepón en Montmartre

Pepón explica entre tanto que a él se le ocurren sus caricaturas mientras conversa en el café, en el coctel, en cualquier sitio, por concurrido que sea. Inmediatamente trata de relacionarlas con algo que vaya a tener presente todo el dia, de manera que no se le escape la idea. Dibujarla es cosa de rutina.

Si bien Merino no conoció las acade mias extranjeras -sus estudios los realizó en Manizales, con el maestro Gonzalo Quintero, fallecido hace años y en Medellin con el maestro Eladio Vélez, muerto justamente el 22 de julio pasado-, Pepon tiene un largo bagaje europeo (...)

De regreso a Colombia, no le fue fácil a Pepón ingresar a la redacción de El Espectador. Inicialmente, hubo hacia sus dibujos el mismo desvío que se echo de ver en Francia y España. El director de El Vespertino José Salgar -uno de los mejore periodistas con que cuenta el pais-, insistía en que las caricaturas de Pepón debían ir rellenas con más negros o, lo que es igual debían abandonar aquel esquematismo que por lo demás dejaba una sensación de vacío. Pepón tuvo que plegarse. Todavía hay quien asegura que sus dibujos son antipáticos, pero nadie niega la profunda veta humorística que los anima.

Merino y su buena fortuna 

Muy otro es el caso de Merino, cuyos dibujos radaron con fortuna desde el comienzo. Con su voz gutural, baritonal, casi cálida, Hernán nos cuenta que casi no existe períodico en Colombia donde no haya colaborado. En la actualidad, dibuja para El Tiempo, El Colombiano, El Diario, Occidente y multitud de otras revistas y publicaciones. Pero, hace más de 25 años, el se inició en la Litografia Arango de Medellín donde recibia un sueldo de doce pesos mensuales. En aquel tiempo, le encomendaron un dibujo propagandistico para una loteria. Merino se equivocó en un cero y los anunciadores hicieron a la litografía un reclamo por cincuenta mil pesos. Llamado a la gerencia, instado a asumir esa deuda, el dibujante propuso que se la descontaran del sueldo.

A los 17 años, Merino era, con todo, profesor de la Universidad de Antioquia y de la no menos importante Universidad Bolivariana. Los alumnos eran mayores que él y, según dice, no pudo por esta razón imponer la disciplina. Un año más tarde abandonaba definitivamente la cátedra de la que no siente nostalgia ninguna. El Colombiano le abrió sus puertas y comenzó a publicar caricaturas, pero pasaria mucho tiempo antes de que su estilo alcanzase el grado de depuración técnica de que hoy puede hacer alarde. Su popularidad data de los tiempos de la dictadura rojaspiniIlista: entonces, dibujaba para El Espectador y se recuerdan todavia con admiración sus portadas para el "Dominical". Merino combatió duramente aquel gobierno irresponsable y corrompido, y en más de una oportunidad los sicarios del régimen estuvieron tentados a despacharlo. Desde El Tiempo convertido en Intermedio como El Espectador en El Independiente, Chapete fustigaba con increible coraje a la dictadura. Asi nació una entrañable amistad entre los dos dibujantes, que conjuntamente crearon, en un programa televisado, un personaje que haria carrera: José Dolores.

Opiniones divididas

Lo anterior explica el que Merino y Pepón discrepen sobre el clima social y político que pueda considerarse óptimo para el florecimiento de los grandes caricaturistas. Para el primero, ese clima es el de la dictadura y, en general, el de la oposición politica. El segundo se inclina a pensar a que todo clima es propio para ese florecimiento, si se tiene en cuenta que la caricatura cumple una función social de crítica, más necesaria cuanto mayor sea el conformismo en que se vive. Merino piensa que en la caricatura sólo debe buscarse humor -humor a secas-, mientras Pepón la descompone en una serie de imperativos, como la intención moralizadora, la airada reprobación de los vicios sociales y hasta una minima dosis de venganza personal ante la vida. Para el uno, la forma de caricatura que está llamada a predominar es la del humor blanco como suele hacerse en "L Herisson" el gran periódico humoristico parisiense, y estilan dibujantes famosos como Giraud, Van Rompaey a Jac Faure. Para el otro, el problema es de fondo y desdeña sin reatos el humor blanco. Pepón es un rebelde -de una rebeldía casi temperamental- y así se explica que, al ser interrogado sobre los caricaturistas que a su vez merecerían la inmortalidad, guarda silencio, en tanto que Merino cito a Goya, Daumier -asimilados al género- y, modernamente, Mr. Low, Rendón o Mingote. (Volviendo a Churchill, cabe anotar que el grande estadista británico considerabo a Low coma "el Charles Chaplin de la caricatura")

Pero hay todavia un punto de más handa discrepancia entre los conocidos dibujantes (...) Pepón considera su género en un nivel que nisiquiera concede a la pintura. Recuerda que Cuevas y nuestro Fernando Botero han hecho frecuentes incursiones en el terreno caricaturesco y es allí donde reside quizá el nervio de su arte. Merino, en cambio, despoja a su arte de todo trascendentalismo, lo considera un oficio artesanal y, personalmente, no se considera un personaje. "Los caricaturistas -dice-somos unos tontos".

Cómo explicarse, pues, el que Merino deje ver la emoción que le produce haber podido conocer -en algún lejano y accidentado viaje a los Estados Unidos- al dibujante Don Flowers, el creador de "Las Encantadoras", quien solía afirmar que jamás había trabajado en su vida ya que no habia hecho otra cosa que dibujar. ¿Habría que interpretar la actitud de Merino más como modestia que como un arranque sincero?

Tampoco es fácil explicarse las razones por las cuales Merino, que ha tenido magníficas oportunidades como dibujante publicitario, regresa siempre a la caricatura, no importa los riesgos económicos que el y su familia deban afrontar. Por supuesto, Merino tiene su excusa. Asegura por ejemplo, que hay un abismo entre los escasos ingresos de un caricaturista y las gordas ganancias del dibujante comercial (aseveración que Pepón no comparte). Dice además que Colombia es el pais de la América Latina más avanzado en materia de publicidad. (Esto resulta evidente si comparamos nuestra prensa con la del resto del continente latino). Y arguye por último que él se ha quedado a la zaga en el campo publicitario, razón por lo cual debe refugiarse en la caricatura. No compartimos esta afirmación suya. La verdad parece ser que a Merino le repugna tener que "despersonalizar" o "neutralizar" su línea, impostación que exigen las agencias de publicidad a fin de que no se reconozco lo autoría del dibujo. No obstante, Merino tuvo en sus manos, hasta hace muy poco, toda la propaganda del concurso hípico del 5 y 6.

Las tiras cómicas

Una cosa absorbe la admiración de ambos caricaturistas: las tiras cómicas. Cuando fue a los Estados Unidos, Merino acariciaba la idea de ser contratado por alguno de los poderosos sindicatos de dibujantes para el diseño de alguna celebre historieta gráfica. Pero, según dice, allá ese campo está muy competido, lo cual no quiere decir que colombianos, como Al Williamson y otros, no estén diseñando famosas tiras. Él y Pepón concuerdan en dar todos los galardones a la tira "Carlitos" (Peanuts, en inglés) y prefieren en segundo lugar a Dick Tracy cuyo autor, Chester Gould, es el de más clara intención caricaturizante entre quienes dibujan historietas (...).

Merino, aunque sin mucho énfasis dice que a lo largo de su carrera se ha sentido a ratos presionado, no por los periódicos, sino por diversas circunstancias, y no ho disfrutado de entera libertad para sus dibujos. No ha dejado, sin embargo, que se le cree ese resabio de que tantos periodistas nuestros se resienten: la autocensura. Está en contra por ejemplo, de la guerra del Vietnam y ha publicado varias caricaturas censurándola. En el fondos, sin embargo, Merino desearía poder trabajar en un medio donde el humor no estuviera supeditado a la actualidad. Aún así él vive emapapdo de actualidad. A nadie hemos visto que, como él, devora línea por línea los periódicos en busca de temas para sus dibujos. 

Cuando en tiempos de la dictadura, la censura de prensa prácticamente imposibilitaba a Merino para publicar sus ácidas críticas al régimen, Hernán distó mucho de consagrarse -como dice querer- al humor blanco. En cienrta ocasión presentó a los censores tres dibujos para que escogieran. El primero mostraba tan solo un cuadro en blanco. El segundo, un cuadro en negro. Y el tercero un cuadro con una tachadura en forma de cruz. Los esbirros de Rojas Pinilla no se decidieron por ninguno. Los consideraron sediciosos, aunque no contuvieran ninguna caricatura propiamente dicha (...).

Son las ocho de la noche, y la conversación se disgrega al rescoldo de los néctares. Entonces Merino saca lápiz y papel y realiza, con rápidos trazos, una muy fiel caricatura de Pepón. Este le devuelve la pelota, y yo recojo los dos papeles y me los echo al bolsillo. Alguien pregunta cómo se sentirán los políticos, hobres de empresa o intelectuales que tienen la fortuna -o la desgracia- de ser caricaturizados. A mí me viene a la cabeza otra frase de Winston Churchill: ¿Cómo podría seros grato sentiros contemplados por millones de seres, siempre dentro de las situaciones más ridículas, ya retratados bajo la forma de una vil alimaña, ya con una nariz con una verruga, cuando vuestra nariz es perfectamente servivle y está por completo presentable? ¿Cómo habría de pareceros bien el que millones de hombres crean que sois como ese tipo estrafalario, ese ser despreciable, ese miserable harapiento, blanco propicio del odio y de la irrisión pública? ¡E imaginad ese proceso continuado, semana tras semana, a veces día tras día, a lo largo de toda vuestra existencia! y todos vuestros concuidadanos, amigos y familiares, viéndoos subido a la picota de la mota y de la vegüenza!".

Y, pensando todo esto, no puedo eviar cierta sensación de respeto hacia los, en apariencia, inofensivos amigos que tengo delante.