“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse [...] Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración...” Simón Bolívar. Carta de Jamaica, 1815.
En 1516, el humanista Tomás Moro crearía una nueva palabra: utopía. Se trataba de la combinación del nombre griego topos (lugar) y los prefijos eu (lo bueno, lo deseable) y ou (negación). Utopía era, entonces, un lugar ideal, que no podía existir debido a su perfección. La palabra aludía a una isla imaginaria, con un sistema político, social y legal ideal. Durante siglos, filósofos, gobernantes, políticos e intelectuales trataron de hacer real tan anhelado sueño. A pesar de que se sabía desde el principio que era imposible de realizar, sirvió como símbolo para generar un horizonte de sentido social, un proyecto que guiaba a los pueblos en la construcción del Estado ideal.
La utopía cobró nuevamente vigencia después del proceso independentista que se llevó a cabo en los territorios latinoamericanos. En 1819, al finalizar la Campaña Libertadora, esa ilusión protagonizó la construcción de las nuevas repúblicas americanas. La consigna era construir nación y hacer una tabula rasa, dejando atrás el pasado colonial para forjar la construcción de nuevas naciones con gobiernos locales, autónomos. De esta manera, se fueron consolidando la construcción de leyes, la estructura de los poderes locales, la organización de la sociedad civil y la creación de símbolos que representaran la identidad nacional.
Dentro de aquel proceso de conformación, las imágenes fueron particularmente decisivas. La iconografía religiosa, hasta entonces centro del repertorio visual de la época, comenzó a compartir protagonismo con el surgimiento de otros géneros como el retrato de los héroes de la Independencia, reproducidos con gran frecuencia. Los retratos de Simón Bolívar o de Francisco de Paula Santander se multiplicaron por doquier, creando un imaginario visual que, incluso hasta la actualidad, es posible reconocer.
La pintura histórica ha sido de gran utilidad en la construcción simbólica de la nación, pues ha permitido difundir los acontecimientos, las hazañas y los héroes de la gesta libertadora. Gracias a su condición de realismo —como en el caso de la Batalla de Boyacá, de José María Espinosa, o el Paso del ejército libertador por el páramo de Pisba, de Francisco Antonio Cano—, se interpretó como testimonio visual de hechos históricos con un supuesto carácter documental. La pintura, y el arte en general, permitieron integrar en el imaginario social un relato de la historia nacional, a la par que exaltaban valores como el patriotismo, la valentía y el heroísmo, nutriendo el universo simbólico nacional de la construcción de emblemas como banderas, escudos, insignias, alegorías, monedas e himnos. Eran así, los esbozos de la conformación de una nación.
Han transcurrido cerca de dos siglos desde la independencia nacional, durante los cuales esos símbolos se han ido asimilando a diferentes niveles. Para muchos colombianos, las alegorías de la patria, la libertad o la justicia, tan comunes hasta la primera mitad del siglo veinte, parecen representaciones distantes. La letra del himno nacional, del cual se recuerdan algunas cuantas estrofas, resulta a menudo incomprensible por el arcaísmo de sus palabras; el emblema del escudo nacional evoca signos remotos, como Panamá; y la bandera tricolor o la efigie de Simón Bolívar, por su omnipresencia cotidiana, han perdido la relación con el origen de su simbología.
“El tigre no es como lo pintan” hace referencia a la falsa apariencia de las cosas, cuando estas no son lo que parecen. La exposición propone, en este sentido, una refl exión crítica a partir de diversas visiones que los artistas han planteado de la nación y del uso que han hecho de sus símbolos para señalar, criticar o evidenciar la situación del país. Las obras seleccionadas para esta muestra forman parte de la Colección de Arte del Banco de la República y se presentan en el contexto de los doscientos años de la independencia y del nacimiento de una nueva nación en el mundo.