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El tigre no es como lo pintan
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Tipo de minisitio

1. El triunfo de la utopía independentista y la compleja unificación de la república tenían que encontrar los símbolos para representar ante el mundo los atributos, valores y virtudes de un país naciente y de un continente transformado por la gesta bolivariana. Se adoptó rápidamente un sistema emblemático a través del distintivo laico del escudo —cuyos componentes se establecieron por ley en 1834— y de la imagen religiosa, iconografía que permitía proyectar los ideales republicanos sin alterar el sistema de valores morales que había moldeado la sociedad colonial.

Esta concentración del poder estatal en la imagen (la del prócer, la del himno, la del escudo, la del santo patrón, etc.) condujo a que el arte fuera el lugar natural de la crítica política. Desde finales del siglo XIX, en plena Regeneración, Alfredo Greñas, discípulo de Alberto Urdaneta y fundador del periódico El Zancudo, comenzó a esbozar los lineamientos de un modelo de crítica política por medio de la parodia del escudo nacional. El escudo de la Regeneración dio lugar a otras caricaturas de la heráldica nacional, como Libertinaje y desorden, de Carlos Correa, realizada en los inicios del Frente Nacional; Primera lección, de Bernardo Salcedo, negación del ideal republicano; las caricaturas de Miguel Díaz Vargas sobre la explotación del Catatumbo, o la insolente visión de Juan Cárdenas sobre las inclinaciones clientelistas del gobierno en 1966.

2.  El mismo movimiento de la Regeneración denunciado por Alfredo Greñas, más allá de adoptar la Constitución de 1886, operó un cambio en la iconografía nacional al sustituir el ícono de la Virgen de Chiquinquirá, protectora de la gesta independentista, por el símbolo del Sagrado Corazón, clave en la guerra de los Mil Días. Este símbolo aún estructura el imaginario nacional, como lo recuerda aquí Andrés Felipe Uribe con Country trademark, al destacar el uso singular del símbolo como marca del país.

3.  El escudo nacional conforma una imagen múltiple, que yuxtapone representaciones simbólicas de manera jerárquica con el fin de ilustrar la integridad nacional. El cóndor sostiene, por medio de una corona de laureles, un conjunto compuesto por los cuernos de la abundancia, un gorro frigio —símbolo de la libertad— y el istmo de Panamá, aquel territorio mítico y estratégico de la unión oceánica y nacional. Estos elementos los tomó la producción artística contemporánea para denunciar el carácter obsoleto de la simbología del emblema. Fernando Bryce actualiza gráficamente el relato histórico de la pérdida de Panamá, Antonio Caro ironiza sobre la soberanía nacional ante la injerencia norteamericana y Edwin Monsalve, al reapropiarse de las láminas de la Real Expedición Botánica usando el petróleo como materia prima, recuerda los sacrificios de los recursos naturales y minerales como signos del declive nacional.

 

Imagen principal Media
Alfredo Greñas. El escudo de la regeneración del portafolio graficario de la lucha popular en Colombia Publicado en El Zancudo, nº 2, Bogotá, julio 20 de 1890. Litografía - AP 0823 / Fecha de ingreso a la Colección mayo de 1978.
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