A raíz de la publicación de "Si mañana despierto", en febrero de 1962, se rindió un sentido homenaje al gran intelectual y poeta Jorge Gaitán Durán, al que asistieron entre otros: Ramón de Zubiría, Eduardo Ramírez Villamizar, Eduardo Carranza, Gloria Valencia, Otto de Greiff, Eduardo Caballero Calderón, José Pubén, Gonzalo Arango. Sin embargo, la obra de Jorge Gaitán quedó trunca, como sucedería dos años después con la de su entrañable amigo Eduardo Cote.
Sin embargo, la obra de Jorge Gaitán quedó trunca, como sucedería dos años después con la de su entrañable amigo Eduardo Cote.
“La tarde del 21 de junio de 1962, en pleno solsticio de verano, el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán abordó en París el vuelo de Air France que lo llevaría a la muerte, pocas horas después, en las costas del mar Caribe, en la isla de Guadalupe. Su desaparición, cuando apenas cumplía 38 años de vida, le significó al país perder no sólo una de sus más profundas voces poéticas sino uno de sus más valerosos intelectuales. Gaitán Durán atravesó como un cometa la literatura colombiana”.
(Mauricio Ramírez Gómez, El poeta de Mito, Jorge Gaitán Durán, 50 años después. En El Tiempo. Lecturas dominicales, Junio 29 de 2012)
Jorge:
Tus amigos más cercanos, tus colegas de Mito, tus amigos del alma han querido que a su nombre y a fuer de tu entrañable y tu paisano te despida. Y vengo a decirte algo que sabes, algo que fuiste, y yo te pido perdón humildemente. Vengo a decirte que la muerte, de la que tanto hablan tus versos, al caer sobre ti se ha vengado de ti en nosotros porque al acabar contigo se acabó tu prodigiosa máquina de hacernos fabricar recuerdos, esos recuerdos que nos metías, ojos, oídos adentro hasta el alma. Hasta el último recuerdo que dejaste, ese en el que la muerte te cayó de un tajo, tiene tu sello, tu estilo inconfundible.
[…] Sí, aquí nos haces mucha falta, nos duele tu ausencia en lo más puro de nosotros mismos. De ahí, querido Jorge, que escribir sobre ti sea tan difícil; porque nos hemos muerto un poco con tu muerte y porque cargaremos tu muerte en el hondón del alma hasta que de nuevo nos veamos, me haces decirte otra vez la falta que nos haces.
Ahora te encuentras indefenso: no te salvarán tu acción, tu inteligencia, tus contradicciones: de ti no queda para defenderte más que las palabras, las que con afán buscabas para violentarlas, aquellas que en la soledad de tu existencia hallaste casi metidas dentro de tus ojos de tan reales […]
Adiós, Jorge. Tus amigos a quienes quisiste, aquí, bajo este sol, te despedimos. Tú, el gran amigo, lleno de silencio como la piedra en el río, como el silencio que queda después de que el guijarro da tres golpes para cruzar el río. Y al meter en tierra tus despojos escribo con esta doble cruz tu despedida: la que está sobre tu tumba y la que tenemos en la mano, para jurar aquí que no te olvidaremos.
Al año siguiente de la muerte de su gran amigo, Eduardo Cote Lamus publica su poema Estoraques y le dedica el libro a Jorge Gaitán Durán. Una versión preliminar y más corta había aparecido en julio de 1961 publicado en el Magazín Dominical de El Espectador.
También a Eduardo Cote Lamus, siendo Gobernador del departamento Norte de Santander y cuando estaba listo el decreto que lo nombraba Ministro de Educación, la muerte lo sorprendió abruptamente en un trágico accidente. Al amanecer del 3 de agosto de 1964, el vehículo en el que se desplazaba se estrelló contra un tronco, en el sitio de La Garita, ubicado entre Cúcuta y Pamplona.
El vértigo
Para Alfonso Costafreda
Todo se va cayendo, todo es piedra,
molino que cambia aire por harina
como el hombre es igual a lo que anhela.
Todo se va cayendo, todo es plomo
que cae ceniciento por la piel.
Y toda va cayendo al miedo. Alguien
usa la voz como perfume: cae
sobre su sombra y la destruye, cae
envuelto de pasión sobre sus pasos:
los borra, los sepulta, los camina.
Todo se va cayendo, todo es sueño:
la luz para encenderla tiene un nombre,
otro para apagarla. Todo es sueño.
Alguien se fue quitando días, poco
a poco, hasta quedar sin años, para
meterse en tierra y embozarse en ella.
Eduardo Cote Lamus
No pudo la muerte vencerme
No pudo la muerte vencerme.
Batallé y viví. El cuerpo
infatigable contra el alma,
al blanco vuelo del día.
En las ruinas de Troya escribí:
«Todo es muerte o amor»,
y desde entonces no tuve
descanso. Dije en Roma:
«No hay dioses, sólo tiempo»,
y desde entonces no tuve
redención. Callé en España,
pues la voz de la ira desafiaba
al olvido con mis tuétanos,
mis humores, mi sangre; y
desde entonces no ha cesado
el incendio.
De reposo
le sirva tierra extranjera
al héroe. Cante fresca hierba
como abeja del polvo por sus
párpados. Yo no me rindo:
quiero vivir cada día en
guerra, como si fuera el último.
Mi corazón batalla contra el mar.
Jorge Gaitán Durán