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La maestría del trabajo de Alejandro Obregón (Barcelona, 1920 - Cartagena, 1992), aquello por lo que lo reconocemos como uno de los más influyentes artistas latinoamericanos, consistió en capturar la fuerza y el esplendor de la naturaleza a través de un único y sofisticado lenguaje pictórico de forma y color. Su obra transformaba la apariencia de la realidad para hablar de la misma realidad: “Un pintor siempre pinta lo que vive, lo que ve”, decía el artista.

La obra de Alejandro Obregón, como la de otros artistas latinoamericanos de su generación, que iniciaron sus carreras en la década de 1940 y consolidaron su reconocimiento internacional entre 1950 y 1960 (como Fernando de Szyszlo en Perú, Rufino Tamayo en México o Roberto Matta en Chile), sostuvo los valores del arte moderno al atender códigos de identificación cultural americana —como la naturaleza, el conflicto social y político, y la mitología local— mediante la singular expresión de los recursos pictóricos. El estilo de Obregón se consolidó mediante una característica paleta de grises que contrastan con trazos y zonas de brillo y saturación, cargas de materia, composición de planos y elementos que se arman y desarman en el espacio, juegos de trazos y símbolos.

El espectáculo de los paisajes andinos y caribeños, así como de su característica fauna y flora, se presenta en su obra de diferentes maneras: mediante la supremacía y vigor de animales suntuosos —como cóndores, toros y barracudas— que habitan los diversos ecosistemas del territorio, como también mediante la representación de paisajes marinos y montañas como escenario de conflicto, en el que se evidencia la inevitabilidad de la muerte, que para el caso de Colombia está condicionado por la cruel violencia humana.

Alejandro Obregón nació el 4 de junio de 1920 en Barcelona (España). A los seis años, su familia regresó a Barranquilla (Colombia), lugar que el artista consideró su hogar. En 1929 regresaron nuevamente a España. Estudió en la Escuela del Museo de Bellas Artes de Boston y en la Llotja de Barcelona, donde permaneció hasta 1944, para luego radicarse en Bogotá. Desde su participación en los certámenes colectivos que tenían lugar en estos años, Obregón fue identificado como una figura sobresaliente en la escena del arte local. La crítica señalaba, precisamente, esos indicios de modernidad que se manifestaban en la libertad para transformar la visión corriente de su entorno: “Cree en el realismo, un realismo donde se conjuga lo abstracto y lo concreto, aquello externo que influye en el hombre y lo interno, que condiciona y determina la vida de este” (Airó, 10 de diciembre de 1945). Alejandro Obregón era influencia para jóvenes artistas y reforzó este papel cuando, en 1948, Luis López de Mesa le otorgó la dirección de la Escuela de Bellas Artes, lo que suponía un cambio generacional y de concepción sobre el devenir del arte. Obregón retornó a Francia por varios años y en 1955 regresó a Colombia para instalarse nuevamente en Barranquilla, donde trabajó cerca a reconocidos artistas e intelectuales locales.

Durante su vida viajó numerosas veces entre Europa y Colombia, y participó en diversas exposiciones internacionales que contribuyeron a consolidar su reputación como uno de los artistas más influyentes de América Latina. Entre las más destacadas se encuentran la Bienal de São Paulo en Brasil, la Bienal de Venecia en Italia y la Exposición Internacional Surrealista en Nueva York (Estados Unidos). Alejandro Obregón falleció el 11 de abril de 1992 en Barcelona (España), dejando un legado artístico duradero que sigue siendo admirado tanto en Colombia como en el ámbito internacional.

Esta muestra integra una selección de obras gráficas y pictóricas de diferentes momentos de su carrera que hacen parte de la Colección de Arte del Banco de la República. El conjunto acompaña el telón del Teatro Amira de la Rosa, que fue comisionado al artista por el Banco de la República en 1982, y sobre el cual plasmó con su distintivo estilo la leyenda del Hombre Caimán. El referente mítico —originario de la población ribereña de Plato (Magdalena)— del hombre condenado a convertirse en caimán debido a su afición por espiar mujeres desnudas en el río es otra forma de aproximación a la dimensión simbólica de la naturaleza en el imaginario costeño, que pone en evidencia una narrativa erótica y festiva asociada al carnaval. Las obras elegidas para complementar la muestra permiten evidenciar otras dimensiones como el artista abordó la naturaleza en el desarrollo de su obra. En coherencia con su interés por las mitologías, la pintura Ícaro calcinado (1967) retoma la antigua leyenda griega de Ícaro, quien usó las alas que elaboró su padre para volar y cayó dramática y fulminantemente por su ambición de acercarse al Sol.

El conjunto de grabados, elaborados en diferentes épocas, da cuenta de los icónicos referentes animales y vegetales a los que Obregón acudió para evidenciar una deslumbrante diversidad que identifica una realidad en tensión y conflicto, pero que a la vez parece una fantástica alucinación. Por otra parte, en la muestra destaca un conjunto de piezas denominadas “estudios” o “apuntes”, que son variaciones en torno a la paradigmática pintura La Violencia que el artista realizó en 1962[[1]], ganadora del X Salón Nacional de Artistas, y actualmente instalada en las salas de exposición permanente del Banco de la República en Bogotá. En este grupo se identifica la búsqueda del artista para expresar el drama de la violencia bipartidista en Colombia hacia mediados del siglo XX, que resolvió al conjugar el cuerpo de una mujer yacente con la representación de la topografía andina. Así, en esta correlación entre cuerpo y paisaje, el artista dio imagen a la desolación, la zozobra y el abatimiento que identifica un territorio en conflicto al dolor de su gente.

[1] Este mismo año fue nombrado decano de la Escuela de Bellas Artes de Barranquilla, cargo que ocupó hasta 1963. Finalizando la década de 1940, Obregón gestiona en la sede del Museo Nacional las exposiciones Salón de los 26, Salón de los 6 y 32 Artistas de las Américas. Sobre su presencia institucional, Álvaro Medina (1978, p. 399) explica: “A sus alumnos Obregón los hizo pintar, no tanto para obtener una calificación como para exponer. Obregón era el maestro y también el promotor que conseguía las salas y organizaba las muestras. Su propósito era que los estudiantes conocieran la dimensión total de su arte, las proyecciones sociales de todo trabajo creativo una vez traspasa el taller para enfrentarse a su público. La dinámica que imponía Obregón era otra, muy distinta de la que se acostumbraba hasta entonces. Y de esa dinámica surgieron Lucy Tejada, Hernando Tejada y Lola Caballero”.

Imagen principal Media
Exposición: Alejandro Obregón en la Colección de arte del Banco de la República
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