Por su parte, en las laderas orientales de la Sierra Nevada, en el departamento de La Guajira, habitan los kogui (Kággabba), los wiwa, un reducido grupo de arhuacos (Iika) y kankuamos. El territorio principal de los Kogui en La Guajira se localiza en la vertiente norte sobre el mar Caribe, en los afluentes de los ríos Don Diego, Palomino y Ancho. Los wiwa se localizan en la cara suroriental y nororiental de la Sierra, entre los límites de los departamentos del Magdalena y La Guajira, o entre los ríos Badillo y Ranchería, principalmente. Varias poblaciones wiwa y kogui están dispersas en el sur del municipio de Riohacha, pero son cuantitativamente menores que las que se encuentran en las jurisdicciones descritas.
Estos pueblos comparten el resguardo Kogui-Malayo-Arhuaco de la Sierra Nevada de Santa Marta, constituido mediante Resolución 0109 del 8 de octubre de 1980, el cual ha pasado por varios procesos formales de ampliación, con la intencionalidad de recuperar territorio ancestral y sitios sagrados. Dentro de la cosmovisión de los cuatro pueblos serranos, La Sierra Nevada se concibe como el centro, La Madre, el “Corazón del Mundo”, ya que desde la creación de lo existente y los principios de la Ley Indígena, la Ley de Sé, o Ley de Origen, se organiza y rige todo lo material y espiritual (Vergara et al., 2016).
También comparten la denominada Línea Negra -llamada Jaba Seshizha por los kogui, Shetana Zhiwa por los wiwa y Seykutukunumaku por los arhuacos-, trazado imaginario que enmarca el territorio ancestral de estos cuatro pueblos, a través de una serie de lugares considerados sagrados que contienen una dinámica espiritual, integrando e interconectando ambiental, cultural y espiritualmente diferentes espacios y recursos naturales sagrados, tanto renovables como no renovables del suelo y el subsuelo. Estos lugares están representados por cerros, ríos, o el mar, donde estos pueblos realizan ceremonias llamadas pagamentos, que contribuyen al sostenimiento de la armonía y el equilibrio entre las diferentes formas de existencia, integrando el territorio con los principios de la vida, el planeta y el universo.
La línea Negra simboliza la primera frontera simbólica del universo indígena con el resto del mundo, representado por 348 espacios sagrados unidos por unas líneas virtuales en las partes bajas alrededor de la Sierra, de los cuales 227 (65,2%) están ubicados en el departamento de La Guajira. Estos puntos cobran relevancia por la comunicación existente con otras espacialidades sagradas intercomunicadas, formando conexiones vitales y conformando un solo cuerpo con el territorio ancestral (OGT., 2012).
Estos lugares sagrados compartidos por los cuatro pueblos de la Sierra hacen parte de la territorialidad de las comunidades indígenas, las cuales hacen uso del espacio de una manera particular y única a nivel simbólico y social. Se conciben a partir de una relación espiritual profunda con el territorio, lo cual tiene implicaciones directas con lo político, con la salud, la soberanía alimentaria y las prácticas agrícolas, el ordenamiento territorial ancestral, la astrología y los ciclos naturales y con la visión indígena de conservación (Vergara et al, 2016). Los espacios sagrados, en su sentido tradicional, son llamados shimurúa por los wiwa, y nujuákala por los Kogui, que literalmente se traduce como “los espacios que no se deben tocar”. Estos espacios se concibieron desde la creación material del mundo para mantener la vida de todo lo existente bajo el ordenamiento que estableció Zerankwa, la deidad primigenia de los cuatro pueblos indígenas (Vergara et al, 2016).
Son clasificados en espacios generales y específicos, correspondiendo los generales a aquellos ubicados en las orillas de los caminos principales, en las riberas de los ríos y en los filos de las cuchillas divisorias de agua y pueden ser usados por la totalidad de la población indígena. Estos sitios son los que cuidan a todas las aves, o a todos los insectos, como también contribuyen a la prevención de cualquier tipo de enfermedades. Los específicos son los que se encuentran en cada una de las laderas o vertientes que van a un río. Se usan, generalmente, por los indígenas que cuidan o tienen posesión sobre el predio en que se encuentra el lugar sagrado. Estos espacios tienen funciones mucho más concretas que las anteriores, donde se hace pagamento por alguna especie animal o vegetal, sobre el ejercicio de la autoridad, como también para prevenir cualquier tipo de enfermedad o para controlar algún fenómeno natural, como pueden ser los truenos, lluvias o avalanchas, y en lo referente a la conducta humana, al control de los celos, la ira y/o la envidia (Vergara G, et al, 2016). Los espacios sagrados poseen un rol de conservación del medio ambiente; los trabajos espirituales desarrollados funcionan como un proceso de prestación por los servicios ambientales derivados de la Sierra. Estos espacios coinciden con lugares de gran importancia biológica y ambiental. En este sentido, cada elemento de la naturaleza, bien sea el agua, la lluvia, los truenos, las nubes, los árboles, las montañas, ostentan un componente mítico, representando las pautas que rigen las relaciones y conexiones del mundo social y simbólico de los universos culturales de los pueblos de la Sierra (Dolmatoff Reichel, 1985). De esta manera, es comprensible observar la importancia de los espacios sagrados relacionados simbólica y geográficamente con los ríos de la Sierra, específicamente con los situados en el territorio del departamento de La Guajira. Los kogui y los wiwa que frecuentan los sitios sagrados en la península adelantan procesos de protección de especies y hábitats en peligro y restablecen nichos ecológicos en deterioro por la presión antrópica.
Según el Censo Nacional de Población y Vivienda del 2018, en el territorio de La Guajira habitan 6.710 kogui, ubicados mayoritariamente en los municipios de Dibulla y Riohacha. Se dedican a la agricultura y a la cría de animales, actividades que además de proveer alimentos están activamente ligadas a profundas creencias en la que los animales, seres que personifican a sus dioses, son la fuente de origen de las personas, las montañas, las rocas, los ríos y lagunas. Dentro de la visión que los kogui tiene de su territorio, la Sierra es un lugar sagrado; los cerros y montañas, personajes míticos que dan origen a la vida, son masculinos, las fuentes de agua asemejan la sangre que fluye en los humanos y la Sierra es considerada como el centro del mundo (Mincultura, 2016).
Los kogui se organizan en pequeños grupos denominados Kuibulo, o pueblos, que tienen un gobierno particular, conformado por un Mamo. Este personaje es, ante todo, un hombre de conocimiento, y funge como intermediario entre las fuerzas celestiales y los seres humanos, permitiendo el equilibrio entre las fuerzas. Cuentan también con un secretario, que puede ser también Mamo, y dos comisarios, uno mayor y otro menor. Estos poblados kogui se conforman alrededor de casas redondas con paredes de barro y techos de paja. Establecen dos templos, uno femenino, y otro masculino, considerado como el templo mayor. Sus asambleas comunitarias las realizan en el templo masculino, la Kankurua, donde se toman las más importantes decisiones sobre el pueblo y se comparten el saber y la palabra.
Los varones se dedican a la agricultura, la caza, la pesca y la cría de animales. Los hombres mayores pueden dedicarse a actividades mágico-religiosas, generalmente designadas por los Mamo. Los hombres igualmente asumen funciones relacionadas con gestiones comunitarias con las instituciones del Estado. Las mujeres, por su parte, son las encargadas de recolectar la hoja de coca en los campos familiares, y solo pueden utilizar estas hojas para infusiones o fines medicinales, mientras los varones la usan para masticarla con la cal que sacan del poporo, vasijas que los indígenas de la Sierra utilizan para almacenar la cal utilizada en el sagrado ritual del mambeo.
La comunidad wiwa se ubica principalmente en los municipios de San Juan del Cesar, Dibulla, Riohacha, El Molino y Villanueva, con un total de 13.025 indígenas. Su lengua nativa es el Damana, de la familia lingüística Chibcha. Al igual que los kogui, tienen una arraigada identidad cultural y su Ley de Origen preside su cotidianidad, su vida espiritual, sus problemáticas comunitarias, y orienta las sanciones espirituales y sociales (Mincultura., 2016).
Al igual que los otros pueblos de la Sierra, la visión de territorio de los wiwa está demarcada por los espacios sagrados y conectados por la Línea Negra. Allí realizan pagamentos, se hacen consultas o se recogen materiales de uso ritual. En los poblados wiwa se observan casas rectangulares para habitación. También tienen construcciones destinadas a ceremonias espirituales, las cuales, al igual que los kogui, están diferenciadas por sexo. En sus templos, las Sagas (compañeras del Mamo) orientan a las mujeres y realizan sus actividades espirituales.
El pueblo wiwa se acomoda alrededor de las familias, las cuales se organizan por linajes patriarcales. Cada asentamiento cuenta con una autoridad tradicional, correspondiente, como se señalaba anteriormente, a la figura del Mamo y la Saga, quienes cumplen esta labor. Al igual que los kogui, las decisiones más importantes para la vida social, económica y espiritual, se toman en la Kankurua, como son las decisiones conflictivas con los colonos, con las instituciones estatales, o con otros grupos ajenos a los pueblos de la Sierra.
En la Guajira se estima un reducido número de indígenas arhuacos, 1.973 en total, ubicados en los municipios de Dibulla, hacia la parte alta del río Palomino, siendo los municipios de Villanueva y Urumita, los que concentran más familias de este pueblo, compartiendo una parte del territorio resguardado con los otros pueblos de la Sierra. Al igual que los Kogui y los Wiwa, son un pueblo profundamente espiritual. Consideran a la Sierra como el corazón del mundo, donde los primeros seres humanos provienen de estos grupos indígenas serranos, por tanto, se consideran “los Hermanos Mayores”, mientras todos los que llegaron después son denominados “Hermanos Menores”. Son vistos como uno de los pueblos más dinámicos y combativos del país, puesto que han sabido desarrollar una organización política que los ha llevado a luchas exitosas en la recuperación del territorio tradicional. El Mamo, como en los otros pueblos de la Sierra, es el personaje central dentro del sistema de representación social, el intermediario entre las fuerzas celestiales y los seres humanos (Sanchez, 2004).
Los kankuamos son un pueblo indígena que habita en la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, compartiendo su cultura y tradiciones con los otros grupos étnicos en la Sierra. Según su cosmogonía, cada uno de estos pueblos representa una pata esencial de una mesa simbólica. Esta mesa sostiene el equilibrio de la Sierra y su entorno; así, si alguno de estos pueblos flaquea, el delicado equilibrio de la Sierra se ve amenazado. Los kankuamos, en consecuencia, asumen el papel de guardianes del equilibrio, conscientes de su importancia en la preservación de esta sagrada armonía. En la actualidad, se dedican activamente a un profundo ejercicio colectivo de recuperación de la memoria histórica y de su identidad como pueblo originario. Con esmero, trabajan en la revitalización de su tradición oral, un instrumento crucial para reavivar sus prácticas culturales que han sido determinantes en la construcción y expresión de su identidad a lo largo de los tiempos (Arias Arias, 2011).
En su compromiso por preservar su herencia ancestral, los kankuamos han emprendido una labor significativa en la identificación y protección de lugares sagrados en su territorio. Esta labor no solo resguarda la conexión espiritual con la tierra, sino que también fortalece la cohesión comunitaria alrededor de estos sitios sagrados, donde se llevan a cabo ceremonias y rituales trascendentales. La recolección de ofrendas, elementos simbólicos y naturales que sustentan estas prácticas ha cobrado relevancia en esta misión de revitalización cultural. A través de la recuperación de prácticas rituales y folclóricas, los kankuamos han alcanzado logros notables, ya que han restaurado la esencia de su identidad, fortaleciendo su sentido de pertenencia y reconociendo la vitalidad de su patrimonio ancestral en el tejido de su vida cotidiana. Estos aspectos, al considerarse sus principales logros, demuestran la perseverancia y dedicación de esta comunidad en salvaguardar su cultura y valores transmitidos a través de generaciones.
Estos pueblos de la Sierra comparten, desde su visión simbólica y espiritual, el espacio sagrado que, según su cosmología, rodea al sistema montañoso marcando el territorio ancestral que deben cuidar y en el que deben vivir físicamente. En territorio guajiro, de los 227 Espacios Sagrados se destacan por su más frecuente uso aquellos situados en las laderas y cuchillas del suroriente de la Sierra, correspondiendo al primer espacio sagrado en territorio guajiro el denominado Bunkuazhyu-Abu Kualazyu, sobre el río Cesar, en el municipio de Villanueva, conectado con Cerro Pintao, donde los Mamos trabajan ritualmente el sitio como banco de alimentos para los animales, los cerros, las plantas en general y los humanos.
Desde este espacio, la Línea Negra continúa hasta el espacio sagrado llamado Imakúmake–Sherranke, ubicado en la población de San Juan del Cesar, a orillas del río Cesar. Se caracteriza este sitio por ser la Madre del hierro, del fuego, los relámpagos, el agua, el aire y los terremotos. Prosigue el trazado hasta llegar a Jate Washimake, el cual tiene la función de ser barrera de las enfermedades que vengan de afuera hacia el interior del territorio ancestral. Es aquí donde se conecta la Línea Negra con los sectores altos de la cuenca del río Cesar y los principios espirituales de manejo cultural y ambiental del territorio ancestral de las cuatro etnias. De este lugar la Línea Negra continúa aguas abajo en la forma del río Ranchería hacia el municipio de Fonseca.
En este municipio se encuentra el lugar sagrado llamado Usimake, sobre el río Ranchería, donde se ofrecen pagamentos y donde La Madre orienta las decisiones y los caminos a transitar en el mundo material, cultural y espiritual. De allí, la Línea Negra continúa aguas abajo siguiendo el curso del río Ranchería e ingresa a la cabecera municipal de Barrancas, al punto denominado Seamuke-Gwinke, a orillas del Ranchería, lugar para cuidar a los peces, a los animales del monte, pagar al sol, a la lluvia y curar las enfermedades.
Desde este punto continúan doce espacios sagrados, todos conectados sobre el curso natural del río Ranchería, donde se practican pagamentos relacionados con la fuerza interna de la tierra, la Madre del carbón, para proteger las cosechas y alimentos de la Sierra y la alimentación de los wayuu. En las riberas del Ranchería, por el sector de Cuestecitas, se encuentra el sitio llamado Ukweka-Jate Shukuakalda, lugar donde padre Sezhankua ordenó la tierra, sus funciones, usos y manejos y donde se dan los consejos a los cuatro pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta por la tierra y toda la naturaleza.
También se encuentra el sitio llamado Nuizhbeizhu, sobre el Ranchería, donde se distribuyeron los espacios entre las culturas kogui, wiwa y los wayuu. Por esta razón, este lugar es un espacio multicultural de pagamento para las diferentes etnias, culminando estos sitios sagrados en Jaba Golgeka, en la desembocadura del Ranchería, donde habita la Madre que bautiza todas las plantas, animales, los materiales del mar y la totuma zhátukwa con la que se hacen la consulta tradicionales. A partir de este espacio sagrado, la Línea Negra continúa por toda la franja costera hasta la Ciénaga Grande de Santa Marta, incluyendo las zonas de playa, manglares y lagunas costeras, desembocaduras de ríos, caños y quebradas, ensenadas y el mar en sus distintos niveles. En las playas frente a la ciudad de Riohacha y hacia en municipio de Dibulla, se identifican 13 puntos de pagamento, destacándose el denominado Jaba Shikaka, en la desembocadura principal del río Ranchería al mar, ubicado dentro de la ciudad de Riohacha.
Allí se rinde culto al “Shi” el hilo del conocimiento, hilo que viene desde los picos nevados y conecta al mar desde la Laguna Shizhiwa donde nace el río Ranchería y sigue el curso natural de este mismo río hasta unirse a la Madre Zaldziwe o Madre Mar en este lugar. Representa y sirve para trabajar todo lo relacionado con los hilos, ya sean físicos o espirituales, como los hilos con que se tejen las mochilas, los hilos de las plantas, como los bejucos que se usan para construir casas y los hilos de conexión energética y espiritual del tejido sagrado del territorio, incluyendo así mismo, el mismo tejido amplio de la Línea Negra. Este sitio sagrado está conectado con todos los espacios de gobierno de los cuatro pueblos y las lagunas, ubicados en las partes medias y altas en las diferentes cuencas de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Frente al malecón de Riohacha se recogen materiales para los bailes de los Ezuamas, (espacios legítimos de gobierno de los cuatro pueblos) en un sitio sagrado llamado Jaba Nabulduan. Este es un punto de protección para frenar la entrada al territorio de elementos climáticos negativos como relámpagos y lluvias pesadas y así evitar el daño a los cultivos. Los Mamo, cuando bailan en los Ezuamas, cancelan estas negatividades enviando sus pagamentos y haciendo conexión con este sitio para que no suban tales afectaciones.
En la localidad de Camarones, en el municipio de Riohacha, se observan lugares sagrados en la desembocadura del río Tomarrazón, y en la laguna Navío Quebrado, laguna Grande, Boca de Camarones y el Santuario de Fauna y Flora de Camarones, donde acostumbran los kogui, wiwas, y en ocasiones los arhuacos, recoger materiales y hacer ofrendas para proteger los manglares, cuidar de las plantas acuáticas y buscar el equilibrio de la sexualidad y la reproducción femenina. Estos lugares representan el órgano reproductivo femenino y se trabaja para el equilibrio de todos los ciclos, procesos y etapas de la mujer y demás hembras de las diferentes especies animales.
Sobre el río Tapias, donde existen doce puntos de pagamento, los espíritus de la muerte y de las equivocaciones llegan hasta allí, y con rituales de baile y con máscaras denominadas Jisé, la que comunica con el mundo de los muertos, los Mamos kogui pagan las deudas de la humanidad. En la Punta de los Remedios, en Jaba Nuizhgeka, donde los padres espirituales tomaron la decisión conjunta de generar el ordenamiento, manejo y control del territorio a nivel espiritual, se concentran corrientemente Mamos wiwas y koguis. También, en la cabecera municipal de Dibulla, se practican pagamentos a la Madre de las enfermedades como congestión, diarrea con sangre, y en general, males del estómago, cuya finalidad consiste en sanar y evitar esta clase de enfermedades.
Otros lugares de importancia sagrada se encuentran en el río Jerez, en el río Mamaluisa, y en el río Lagarto, donde se ofrenda para calmar tempestades y lograr los equilibrios sociales y espirituales. En Mingueo se hace comúnmente pagamento para el buen funcionamiento espiritual y material de la Madre Tierra, o Jaba Senenulang, puesto que fue allí donde se materializó. Es donde se trabaja por el manejo, protección y uso de la misma. En este poblado y sus alrededores, los Mamos identifican once lugares sagrados.
Entre los ríos Cañas y río Ancho, existen 23 lugares de pagamento, destacándose Saumabalda, espacio donde se sanean las negatividades por el mal comportamiento personal y en el matrimonio. En Jise Shimakaka, en la zona conocida como “Playa de los holandeses”, corresponde a un espacio para prevenir la mortandad de poblaciones humanas de la tierra, de la flora y la fauna. Además, es el espacio del camino del espíritu de los muertos. Cuando los indígenas mueren, sus espíritus pasan por los cerros costeros.
Entre los ríos San Salvador y el río Palomino, se encuentran 21 espacios sagrados; allí se tributa a la Madre de los veranos y las lluvias y se trabaja culturalmente para que haya equilibrio natural entre sequía y verano. Es un lugar sagrado asociado a la protección de la biodiversidad. La Línea Negra continúa por toda la línea costera hasta la ciénaga grande de Santa Marta, en territorio del departamento del Magdalena.