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Tipo de minisitio

Por: Albertina Cavadia Torres

En el marco del proyecto Colombia en un tambor, iniciativa del Banco de la República, durante todo el 2025 se organizaron conferencias con músicos, sabedores e investigadores que compartieron e intercambiaron conocimientos sobre la construcción del tambor, sus usos rituales y su papel en la vida cotidiana, como parte de la programación cultural de los 29 centros culturales del Banco en todo el país.  Estos generaron espacios de reflexión, práctica y aprendizaje colectivo sobre el tambor como un símbolo de identidad, memoria y resistencia que acompaña la historia de los pueblos colombianos. Por lo cual, este documento reúne las relatorías de catorce conversatorios realizados en Cartagena, Buenaventura, Valledupar, Barranquilla, Pasto, Quibdó, Manizales, Cúcuta, Honda y Neiva, entre otras ciudades. Los conversatorios que se desarrollaron dan cuenta de tres grandes ejes temáticos: el tambor como resistencia y transmisión de saberes, que resalta su valor como símbolo de lucha y preservación cultural; la diversidad de los tipos de tambor, que permitió reconocer los oficios, materiales y técnicas que acompañan su fabricación; y la reapropiación contemporánea de sus musicalidades, donde los ritmos tradicionales dialogan con expresiones modernas como la salsa, la champeta o la música urbana, sin perder su raíz espiritual ni su sentido comunitario.

Además, las conferencias realizadas a lo largo del país reflejaron la amplitud geográfica y simbólica del tambor en Colombia. En el Caribe, evocó la herencia africana y su función como lenguaje de resistencia; en el Pacífico, su poder ritual y sanador; y en los Andes y el centro del país, su presencia en chirimías, murgas y comparsas populares, donde expresa la riqueza de una identidad mestiza. Así, el tambor se reveló no como patrimonio de una sola región, sino como territorio sonoro compartido, un punto de encuentro donde convergen tradiciones, lenguajes y memorias diversas. Las experiencias también mostraron que la enseñanza del tambor permanece viva gracias a la oralidad, la imitación y la memoria del cuerpo. Su aprendizaje se transmite a través del tacto, la escucha y el ritmo compartido, en un diálogo constante con la naturaleza y la comunidad. En este sentido, el proyecto destacó la dimensión pedagógica y espiritual del tambor como herramienta para construir memoria, fortalecer identidades locales y promover la creatividad colectiva.

Te invitamos a leer las relatorías de Colombia en un tambor, un conjunto de voces y reflexiones que ofrecen una mirada contemporánea sobre el patrimonio inmaterial del país. Más allá del folclor, el tambor se comprendió aquí como patrimonio espiritual y político, un lenguaje de comunión que sigue convocando cuerpos, comunidades y generaciones. En su sonido persiste la historia de los pueblos que lo han hecho vibrar: la memoria de la esclavitud y la libertad, del trabajo y la celebración, del dolor y la esperanza. Cada golpe de tambor, en cualquiera de sus geografías, reafirma la fuerza de una identidad colectiva que sigue encontrando en la música una manera de existir y de soñar.

Cartagena. Sonidos Sagrados de África en América

Título: Tambores de la diáspora africana en el Caribe colombiano.
Conferencista: Rafael Ramos Caraballo
Fecha de ponencia: abril 3 de 2025
Formato: Presencial
Título: El tambor en la trayectoria de una cantadora de Bullerengue

Conferencista: Cecilia Silva
Fecha de ponencia: abril 10 de 2025
Formato: Presencial
Título: El tambor y sus grandes maestros en el Caribe Colombiano.
Conferencista: Moises Medrano
Fecha de ponencia: abril 10 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Cartagena, se desarrolló el seminario Los sonidos sagrados de África en América para reflexionar sobre el tambor como elemento espiritual, pedagógico y de resistencia en el Caribe colombiano. La propuesta buscó revalorizar las memorias afrodescendientes y las herencias musicales africanas que aún resuenan en los territorios y comunidades del país. Esto mediante el conversatorio y concierto didáctico de Rafael Ramos Caraballo titulado Tambores de la diáspora africana en el Caribe colombiano; Cecilia Silva Caraballo, El tambor en la trayectoria de una cantadora de Bullerengue; y Moisés Medrano, Los Tambores en la sanación colectiva en Montes de María. En estos se presentaron el tambor no solo como instrumento, sino como lenguaje, símbolo y cuerpo vivo. Destacando que su presencia une el plano sagrado y el cotidiano, el cuerpo y la palabra, el territorio y la memoria.

Ideas y aportes clave

Tambores de la diáspora africana en el Caribe colombiano

Rafael Ramos, músico y maestro, abrió el seminario evocando la historia larga de los tambores africanos y su tránsito hacia América. Desde su perspectiva, el tambor es el instrumento más antiguo de comunicación humana, un medio que expresa emociones, convoca espíritus y organiza la vida social. En África, explicó, cada tambor cumple una función ritual al transmitir mensajes sagrados, convocar al pueblo u honrar a los ancestros. Al llegar al Caribe, esa memoria sonora sobrevivió a la esclavitud, camuflándose en prácticas religiosas y festivas. En el Palenque y en los pueblos del litoral, los africanos recrearon sus ritmos con materiales locales (troncos de palma, cueros de chivo, bejucos), dando origen a una nueva familia de tambores: alegre, llamador, tambora, entre otros. Para Ramos, “cada tambor es un archivo de la diáspora”: en su madera resuena la memoria de África. Su intervención recordó que tocar el tambor es un acto de memoria y dignidad, y que la música afrocolombiana es, ante todo, una práctica de conexiones históricas.

El tambor en la trayectoria de una cantadora de bullerengue

La cantadora Cecilia Silva, ofreció su testimonio personal y sensible sobre la relación entre el tambor y la voz femenina en el bullerengue. Recordó su infancia escuchando los toques del tambor alegre y el llamador en las fiestas del pueblo, y cómo, desde niña, comprendió que ese sonido no solo acompañaba el baile, sino también la vida misma. “Cuando se nace con tambor, el corazón te late al compás”, afirmó. La cantadora explicó que, en el bullerengue, el tambor es el compañero espiritual de la cantadora. Marca el paso, sostiene la voz y traduce las emociones del canto. Para ella, el tambor no es subordinado a la palabra, sino un interlocutor: “yo no le canto al tambor, el tambor me responde”, expresó. Su experiencia evidencia que la relación con el tambor es también una pedagogía femenina, donde las abuelas y mayores enseñan a las jóvenes a cantar, a improvisar, a sanar con la voz.

Silva subrayó la importancia de reconocer el papel de las mujeres en la transmisión del patrimonio sonoro del Caribe. Las cantadoras no solo interpretan canciones: preservan los rituales, las oraciones y los relatos orales que acompañan cada toque. A través de su trayectoria, el tambor se revela como una extensión del cuerpo y del alma; un vínculo entre la espiritualidad africana y la sensibilidad caribeña que mantiene viva la herencia afrodescendiente en la contemporaneidad.

Los tambores en la sanación colectiva en Montes de María

El investigador Moisés Medrano, con amplia experiencia en procesos de cultura y reconciliación, abordó el tambor desde su dimensión curativa. Su conferencia mostró cómo, en los Montes de María, el tambor se ha convertido en un medio para sanar las heridas del conflicto armado. Explicó que, en los talleres comunitarios y encuentros de música tradicional, tocar el tambor permite a las personas liberar emociones y reconstruir confianza. El sonido del tambor, dijo, actúa sobre el cuerpo y la memoria: “vibra donde las palabras no llegan”. Medrano articuló su reflexión con ejemplos de comunidades que, tras experiencias de violencia, recuperaron la práctica del bullerengue, el son de negro o la tambora como espacios de reparación simbólica. En su análisis, el tambor es una forma de justicia emocional: al convocar a la comunidad en torno al ritmo, posibilita el reencuentro, la escucha y el duelo compartido. “La comunidad que vuelve a tocar junta, vuelve a existir”, expresó, sintetizando la potencia del tambor como herramienta de reconstrucción social. Su intervención se concentró en vincular la música tradicional y la memoria histórica, mostrando cómo las prácticas tamboreras pueden servir para narrar el dolor, pero también para imaginar futuros posibles.

Síntesis

Durante el seminario se compartieron historias que ilustran la profundidad cultural del tambor. Estas refuerzan la idea de que el tambor posee agencia cultural y espiritual, y que su poder radica en su capacidad para reunir, recordar y transformar. A su vez, los conversatorios delinearon un mapa simbólico donde el tambor representa el latido profundo de la identidad afrocaribeña, una herencia que se actualiza cada vez que suena. En las palabras de Rafael Ramos C, “el tambor no muere porque sigue hablando”; en la voz de Cecilia Silva, “el tambor nos escucha cuando cantamos”; y en la mirada de Moisés Medrano, “el tambor cura lo que el silencio no puede”. Así, Sonidos sagrados de África en América confirma que el tambor no solo narra la historia afrocolombiana: la sigue escribiendo con cada golpe que resuena en la tierra.

Buenaventura

Título: El tambor en Los Manacillos de Yurumanguí
Conferencista: Duván Valencia Valencia y Néstor Castro Aramburo
Modera: Elizabeth Quiñónez Candelo
Fecha de ponencia: abril 3 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Buenaventura, el conversatorio El tambor en Los Manacillos de Yurumanguí se desarrolló con la participación de Duván Valencia Valencia, miembro del Consejo Comunitario de la Cuenca del Río Yurumanguí, y al Maestro Néstor Alfonso Castro Aramburo, gestor cultural y músico del Pacífico Sur, bajo la moderación de Elizabeth Quiñónez Candelo. El encuentro propuso un viaje simbólico hacia el río Yurumanguí, territorio donde el tambor no sólo acompaña las festividades, sino que expresa la vida espiritual, las memorias colectivas y los vínculos con la naturaleza. A través del ritmo, los participantes mostraron cómo los sonidos del bombo, el cununo y las voces se entrelazan con la danza, la celebración religiosa y los rituales comunitarios que tienen lugar, especialmente, durante la Semana Santa. El propósito central del diálogo fue reconocer el papel del tambor en la práctica ritual de los Manacillos, donde se condensa una espiritualidad viva heredada de los ancestros africanos y reinterpretada por las comunidades negras del Pacífico. El encuentro combinó palabra, demostración rítmica y reflexión, resaltando que el tambor es tanto instrumento como símbolo: un medio de comunicación, de resistencia y de cohesión social.

Ideas y aportes clave

El tambor y la raíz del ritmo manacillo

El maestro Néstor Castro situó el origen del ritmo manacillo en la vereda de Juntas, en la cuenca del río Yurumanguí. Explicó que este ritmo se consolida en la celebración de la Semana Santa, cuando la comunidad recrea, mediante música y danza, la muerte y resurrección de Cristo. En su visión, el manacillo es una herencia ancestral que traduce lo sagrado en movimiento: los tambores representan la voz del pueblo y acompañan el tránsito entre la solemnidad espiritual y la celebración festiva. En los manacillos, el tambor actúa como guía rítmico y eje de la memoria colectiva, manteniendo viva una tradición que sólo cobra sentido dentro del territorio. Además, explicó que la estructura musical del manacillo tiene una singularidad técnica: aunque su métrica base es 6/8, su inicio es irregular, como si “entrara en cinco pasos”, lo que crea un efecto hipnótico y particular. Este carácter rítmico, dijo, refleja “la magia que solo los yurumanguireños pueden sentir”.

El tambor como lenguaje comunitario y resistencia

Duván Valencia complementó la visión del maestro Néstor desde su experiencia como joven portador del territorio. Para él, el tambor es una herramienta de comunicación y resistencia: une al pueblo, da forma a la fiesta y mantiene la continuidad entre generaciones. Valencia explicó que el bombo, el cununo y el canto se enlazan como una red sonora que permite que “el pueblo esté conectado uno con el otro”. El ritmo no solo marca la danza, sino que activa una conciencia colectiva, un sentido de comunidad que se sostiene en la emoción y en la memoria corporal. La fuerza del manacillo está en la llamada, en la energía que impulsa a cada cuerpo a participar. Describió al tambor como vehículo espiritual que “te jala, te conecta” con los demás. En esa dinámica, todos (quien toca, quien canta, quien baila) son parte del mismo acto de creación. Asimismo, señaló que los instrumentos de percusión son interpretados principalmente por hombres, mientras que las mujeres tienen un rol protagónico en el canto y el guasá, sosteniendo la melodía y la espiritualidad del ritual. Esta división simbólica refleja un equilibrio entre fuerza y voz, cuerpo y alma.

La importancia en lo sagrado y cotidiano

La moderadora Elizabeth Quiñónez subrayó que el manacillo es un ejemplo de cómo las expresiones afrodescendientes integran lo sagrado y lo cotidiano, y cómo el tambor organiza no solo el ritmo, sino también la estructura social del ritual. Guiando las preguntas, Quiñónez resaltó conceptos clave como resistencia, unidad comunitaria y memoria sonora, permitiendo que las voces de los maestros evidenciaran la dimensión pedagógica y espiritual del tambor. Además, el conversatorio introdujo diversas expresiones que forman parte del lenguaje ritual del manacillo, cada una con un valor simbólico que permiten aproximarnos a la valoración de dicha práctica cultural.

Síntesis

El conversatorio reveló al tambor como un núcleo espiritual, educativo y cultural de la comunidad afrodescendiente del Pacífico sur. En la demostración final, los participantes interpretaron los cantos tradicionales mostrando cómo el ritmo se mezcla con la oración, el canto con el cuerpo, y la fe con la memoria. El tambor, en este contexto, no sólo marca el compás, sino que convoca a los ancestros y celebra la continuidad de la vida. Los aportes de Duván Valencia y Néstor Castro coincidieron en que el tambor es una herencia viva, transmitida por vía sensorial y emocional: “el manacillo se toca desde el sentir”. La conferencia fue una celebración del latido ancestral que mantiene vivo al río, al pueblo y a su memoria. Cada repique, cada canto y cada “Opri”  que es esa exclamación del manacillo que marca el inicio y proclama la presencia colectiva, recordaron que el tambor sigue siendo corazón y palabra del territorio afrocolombiano.

Valledupar

Título: Historia e identidades en torno a una tambora: prácticas y transformaciones musicales en el Caribe Colombiano
Conferencista: Deibys Carrasquilla Baza
Fecha de ponencia: mayo 8 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Valledupar, se desarrolló la conferencia Historia e identidades en torno a una tambora prácticas y transformaciones musicales en el Caribe Colombiano con la participación del investigador y músico Deibys Carrasquilla Baza. Este ofreció una mirada profunda a la tambora como fenómeno musical y social del Caribe colombiano, destacando su papel en la configuración de identidades, memorias y prácticas comunitarias. En palabras de Carrasquilla, “la tambora es una forma de decir quiénes somos, desde dónde sonamos y cómo recordamos”. En este sentido, el espacio generó en una reflexión sobre la historia sonora del Caribe colombiano: una historia contada no por los archivos escritos, sino por los golpes del tambor, por los cantos y por las fiestas que, desde la ribera del Magdalena hasta los Montes de María, han sostenido la memoria afrodescendiente a través de la música.

Ideas y aportes clave

Genealogía, transformación y sentido comunitario de la tambora

Carrasquilla inició su intervención resaltando que la tambora, más que un ritmo, es una cosmología sonora. Nacida en las orillas del río Magdalena y los Montes de María, la tambora refleja el entrecruce de pueblos y memorias. Su práctica es inseparable del río, del movimiento de las aguas, de la historia de los pescadores, las lavanderas, los cargueros y los jornaleros. También, explicó que cada golpe de tambor en la región caribeña tiene una historia: “cuando suena la tambora, suena también el río, la canoa, el machete, el sudor y la risa”. De allí su valor como símbolo de identidad: la tambora conserva la voz de las comunidades ribereñas, muchas veces silenciadas en la historia oficial.

Carrasquilla explicó que la tambora es parte de una genealogía más amplia de instrumentos afrodescendientes que viajan por el continente, cada uno con su propio lenguaje, pero todos vinculados por el mismo latido ancestral. El investigador señaló que el proceso de hibridación cultural dio lugar a una diversidad de prácticas: en algunas regiones, la tambora se interpreta con maracas y llamador; en otras, con caja, alegre y tambora hembra y macho. Cada variante expresa una memoria territorial distinta, pero todas comparten la centralidad del tambor como corazón del conjunto. En su lectura histórica, Carrasquilla mostró cómo, a lo largo del siglo XX, las transformaciones sociales y mediáticas (radio, grabaciones, festivales) modificaron las formas de transmisión del conocimiento musical. Sin embargo, el tambor mantuvo su función como espacio de reunión, comunicación y resistencia. La fiesta de tambora, explicó, no solo celebra, sino que crea comunidad: “allí el pueblo se escucha a sí mismo”.

La tambora como territorio sonoro y símbolo de identidad

Para Carrasquilla, la tambora no puede entenderse sin el territorio. Los materiales con los que se construyen los tambores (maderas, cueros, bejucos) provienen del entorno natural y están cargados de significados espirituales. En muchas comunidades, antes de construir un tambor, se pide permiso a la naturaleza, reconociendo que el instrumento tiene alma. Esta relación espiritual conecta la tambora con una visión ancestral del sonido como energía viva. El tambor no se toca, se dialoga con él. “Cada cuero tiene una historia, cada golpe una palabra”, señaló. Esta forma de entender la música como conversación entre lo humano y lo natural permite ver el tambor como una extensión del cuerpo y del territorio. El investigador también explicó que en el contexto contemporáneo la tambora ha asumido nuevas funciones: se presenta en escenarios urbanos, se incorpora a la educación artística y forma parte de proyectos de investigación y memoria. No obstante, insistió en la necesidad de mantener su sentido ritual y comunitario, evitando que la institucionalización vacíe su carga simbólica.

La transmisión del saber y la continuidad del tambor

Uno de los ejes centrales de la intervención de Carrasquilla fue la transmisión del conocimiento. A diferencia de la enseñanza académica, la tambora se aprende observando, escuchando, bailando y sintiendo. Los mayores transmiten el saber con paciencia y respeto, y cada aprendiz debe encontrar su propio pulso. El investigador destacó que el aprendizaje de la tambora no se reduce a la técnica: implica la incorporación de valores como la solidaridad, la escucha y el respeto por la palabra colectiva. “Quien aprende a tocar tambora aprende también a escuchar al otro”, dijo, subrayando su valor pedagógico.

Carrasquilla planteó que las transformaciones de las últimas décadas (especialmente la migración rural-urbana y los cambios en las prácticas festivas) plantean nuevos retos: ¿cómo mantener viva la tambora en contextos donde los jóvenes están más expuestos a la cultura digital? Su respuesta fue: mediante procesos comunitarios de creación y educación, donde la tambora siga siendo un espacio de encuentro entre generaciones.

Síntesis

En el conversatorio Deibys Carrasquilla propuso que la tambora aparece como un territorio simbólico donde convergen el cuerpo, la comunidad y la memoria. El tambor, dijo, “ha sido el primer medio de comunicación del pueblo afrocolombiano”, un lenguaje que trasciende las palabras y que sigue resonando en cada fiesta, en cada golpe, en cada acto de resistencia. La tambora se presenta como una metáfora de la historia misma del Caribe colombiano: una historia hecha de resistencias, mestizajes y sonoridades que, a pesar de los cambios, conservan el eco del tambor primordial.

Barranquilla. Paisajes sonoros picoteros

Título: Días de radio: la mediación de la radio en la cultura picotera
Conferencista: Ralphy Polo y Walter Hernández
Fecha de ponencia: Mayo 30 de 2025
Formato: Presencial


Título: Memorias parlantes: genealogías del picó en el Caribe colombiano
Conferencista: Carlos Miranda y Carlos Mario Mojica (Don Alirio)
Fecha de ponencia: Junio 20 de 2025
Formato: Presencial


 

Presentación

En Barranquilla, se orientaron dos conferencias bajo el tema central Paisajes Sonoros Picoteros para reconocer el valor cultural, histórico y simbólico del picó como expresión viva del Caribe colombiano. En estas el picó fue interpretado como una extensión contemporánea del tambor en los contextos urbanos. La primera titulada Días de radio: la mediación de la radio en la cultura picotera con el acompañamiento de Ralphy Polo y Walter Hernández como ponentes, y la segunda con Carlos Miranda y Carlos Mario Mojica (Don Alirio) titulada Memorias parlantes: genealogías del picó en el Caribe colombiano. Ambas conferencias exploraron la genealogía del sonido picotero y su relación con las memorias afrodescendientes, las transformaciones urbanas y las tecnologías populares del sonido. El picó fue estudiado no solo como una máquina de reproducción musical, sino como un dispositivo cultural, social y político, que permite leer la historia del Caribe desde las prácticas populares del sonido. El programa destacó así la relevancia patrimonial de estos paisajes sonoros, como espacios donde se mezclan herencias africanas, tecnologías occidentales y prácticas de resistencia urbana.

Ideas y aportes clave

Sobre el tambor y la cultura picotera

Los dos conversatorios revelaron una genealogía sonora compartida: desde el tambor africano hasta el parlante tropicalizado. Se mencionaron antecedentes históricos que muestran cómo el tambor, símbolo sagrado en los rituales africanos, se transformó en la base rítmica de la música afrocaribeña como la cumbia, champeta, bullerengue, mapalé, y cómo esos ritmos migraron a la radio y al picó. Ralphy Polo recordó que las primeras grabaciones africanas llegaban a Cartagena en los años 1960 por medio de marinos y comerciantes, y que los DJ picoteros crearon un sistema paralelo de circulación musical: una “economía del sonido” donde cada vinilo era un tesoro. Walter Hernández añadió que, con el tiempo, los picós se convirtieron en laboratorios de experimentación sonora, donde los DJs mezclaban no solo discos, sino también identidades culturales. Don Alirio evocó las competencias sonoras entre picós, verdaderos duelos de tambor eléctrico, en los que el ritmo era tanto una celebración como una forma de orgullo barrial. Carlos Miranda destacó la importancia de los nombres de los picós (El Gran Fidel, El Timbalero, El Conde, Rey de Rocha) como marcas de una poética popular que mezcla humor, espiritualidad y memoria. Estas referencias permitieron pensar cómo el tambor, la radio y el picó conforman una cadena de mediaciones que conectan la espiritualidad africana con la modernidad caribeña.

La mediación de la radio en la cultura picotera

En la primera conferencia, el investigador y periodista, Ralphy Polo trazó un panorama histórico sobre la relación entre la radio y el picó, mostrando cómo la mediación radiofónica fue determinante para expandir el gusto musical caribeño. Explicó que, desde los años 1950, las emisoras locales difundieron los sonidos del Caribe y África, creando una red de circulación afectiva y cultural que conectó barrios, festividades y generaciones. Ralphy subrayó el papel de la radio como “primer laboratorio del oído popular”, un espacio donde la comunidad aprendió a escuchar, identificar y valorar los nuevos géneros musicales. En su análisis, el picó hereda de la radio el poder de amplificar la experiencia sonora colectiva, pero lo hace desde el territorio: mientras la radio proyecta desde el aire, el picó hace vibrar la tierra y los cuerpos.

Walter Hernández, músico y productor, complementó la reflexión desde la práctica contemporánea. Destacó que la radio enseñó a los jóvenes del Caribe a mezclar y reinterpretar el mundo. En sus palabras, “el DJ picotero es un comunicador que traduce el universo sonoro a su manera”, un mediador entre el archivo musical global y la experiencia local del barrio. Hernández propuso pensar el picó como un espacio de traducción cultural, donde las tecnologías importadas (tornamesas, amplificadores, parlantes) se tropicalizan, se decoran y adquieren vida propia. Lo comparó con el tambor africano en su función social: ambos son centros de reunión y transmisión de energía colectiva. Así, la radio enseñó a escuchar, pero el picó enseñó a resonar juntos.

Genealogías del picó en el Caribe colombiano

En la segunda conferencia, Carlos Miranda, investigador cultural, y Don Alirio, reconocido picotero barranquillero, abordaron las raíces y transformaciones del picó como artefacto cultural. Ambos situaron al picó en una genealogía que combina la herencia africana del ritmo con la inventiva caribeña del sonido amplificado. Carlos Miranda explicó que el picó nace del encuentro entre las migraciones africanas, las músicas del Caribe y la expansión de la radio y el comercio de vinilos. Pero más allá de la técnica, lo definió como un proyecto comunitario, un artefacto que articula redes de afecto, competencia y reconocimiento social.

Por su parte, Don Alirio, desde su experiencia de más de cuarenta años como constructor y operador de picós, ofreció una lectura sensible del oficio. Narró cómo los viejos picós eran ensamblados artesanalmente con maderas recicladas, válvulas, cables y parlantes traídos de los puertos. Cada uno tenía un sonido propio, una personalidad sonora.
“Un buen picó —dijo— debe tener alma; si no tiene alma, no hace bailar”.

Ambos subrayaron que, a pesar de la estigmatización mediática, la cultura picotera constituye un patrimonio inmaterial fundamental del Caribe, donde la comunidad reinventa la tecnología a partir de su sensibilidad sonora. En la conversación emergió una crítica a las políticas culturales que desconocen estas expresiones y una invitación a construir narrativas patrimoniales más inclusivas, capaces de reconocer la sabiduría de los oficios populares.

Síntesis

Los conversatorios convergen en una afirmación central: el paisaje sonoro picotero es una extensión viva del tambor africano, una tecnología del corazón que se manifiesta en la vibración, la fiesta y la comunidad. Las reflexiones de Polo, Hernández, Miranda y Mojica coinciden en reconocer que el picó y la radio no son simples medios de comunicación, sino espacios de producción de memoria y subjetividad afrocaribeña. En ellos resuena la historia de la diáspora, la creatividad popular y la apropiación cultural de la tecnología.

Pasto

Título: El tambor como instrumento sagrado
Conferencista: Luis Eduardo González, Isabel Pastora Chincunque, Daniel Esteban Tisoy y Leonardo Yépez Muñoz
Fecha de ponencia: junio 20 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Pasto, se desarrollaron dos conversatorios, primero El tambor como instrumento sagrado que reunió a diversas voces provenientes de la comunidad Inga del Alto Putumayo en el Valle de Sibundoy como el Taita Domingo Cuatindioy, Pastora Isabel Chincunque y el artista Daniel Esteban Tisoy, acompañados por el investigador Luis Eduardo González. Y el segundo Tambores en el Carnaval y sus ritmos latinoamericanos: murgas andinas y colectivos coreográficos a cargo del investigador Leonardo Yépez Muñoz. La conversación giró en torno a la dimensión espiritual, simbólica y cultural del tambor como instrumento sagrado, medio de sanación, memoria y encuentro. El espacio fue concebido más como una ceremonia conversada que como una ponencia académica: una reunión en la que la palabra, la música y el ritmo fueron articuladores de sentido. Desde los saludos iniciales, se invocó el respeto por el lugar, las presencias espirituales y las comunidades representadas. Cada intervención reveló la estrecha relación entre el sonido, la cosmovisión y la memoria viva de los pueblos indígenas e interandinos de Colombia y América.

Ideas y aportes clave

El tambor como medicina espiritual

La intervención de Taita Domingo Cuatindioy se abrió con una armonización espiritual, un acto de permiso y agradecimiento al espacio y a los presentes. Domingo relató su aprendizaje durante más de veinte años junto al “taita mayor”, resaltando que la enseñanza verdadera se transmite por la experiencia y la conciencia limpia. En su visión, el tambor y la música son herramientas para curar, equilibrar y despertar la conciencia. “El que aguanta, aguanta”, dijo refiriéndose a la fortaleza necesaria para recibir y sostener la sabiduría espiritual. Para él, el tambor no se toca solo con las manos, sino “con el espíritu y el corazón”, porque representa el latido de la vida. Domingo entiende el sonido como un puente entre el cuerpo y el mundo invisible: al tocar, se convoca al espíritu del tambor, al maestro interior y a los ancestros. Este acto es una forma de gratitud, una manera de reconocer que la palabra y la curación se sostienen en la verdad y no en la apariencia.

El tambor como símbolo de la vida

Pastora Isabel Chincunque, lideresa espiritual del pueblo Kamëntsa, desarrolló una interpretación profunda sobre el tambor como símbolo de vida y de conexión con la Madre Tierra. Explicó que el tambor “comienza a sonar desde el vientre”, cuando el ser humano escucha por primera vez el latido del corazón materno. En la cosmovisión inga Kamëntsa, ese primer sonido funda el vínculo espiritual entre el cuerpo y la tierra. Pastora explicó que el tambor corresponde al elemento agua, porque su ritmo late y fluye como la vida misma. En su comunidad, el sonido del tambor se asocia al ritual del perdón (Bëtsknaté o Carnaval del Perdón), que inicia el 2 de noviembre, cuando se honra a quienes “dejaron de latir”. En esa fecha, el tambor resuena para agradecer, recordar y mantener vivo el corazón colectivo de la comunidad. Su aporte enfatizó que la espiritualidad indígena no separa la vida y la muerte, sino que las integra a través del sonido, el alimento y la ofrenda.

Memoria, comunidad y pedagogía del ritmo

El artista Daniel Tisoy, articuló la conversación desde una perspectiva pedagógica y comunitaria. Propuso pensar el tambor como una escuela del sentir que enseña a perdonar, compartir y sanar colectivamente. Para Tisoy, el tambor convoca a la minga sonora: “cuando suena el bombo, se reúne la gente, los instrumentos se suman, y el corazón colectivo empieza a latir”. Describió el carnaval tradicional del Sibundoy como un ritual de tránsito y purificación donde la música acompaña el proceso de reconciliación espiritual. El sonido llama a los ancestros, pero también a los vivos, recordando que la alegría es un acto de resistencia y sanación. Daniel Tisoy explicó que los instrumentos no son simples acompañamientos: el bombo “es la danza misma”. La melodía y el movimiento están ligados al pulso vital, y por eso el carnaval no es solo fiesta, sino una pedagogía del equilibrio. Al perdonar, se rearmoniza el territorio y se renueva la energía del cuerpo y la comunidad.

El tambor en la historia y su articulación a carnavales

El investigador Luis Eduardo González ofreció un recorrido amplio por la historia del tambor en las civilizaciones antiguas. Mostró cómo, desde Persia y Grecia hasta los pueblos de Abya Yala, el tambor ha sido un instrumento sagrado asociado al latido del corazón, al tiempo y al cosmos. Señaló que los tambores se elaboraban con materiales como pieles, maderas, piedras, barro, donde cada parte del instrumento tenía un sentido ritual. En culturas como la inuit, mapuche, maya o lakota, el tambor era vehículo de comunicación con los espíritus, medio de sanación y representación del universo. González relacionó estas tradiciones con las prácticas de los pueblos andinos y amazónicos, destacando la continuidad simbólica que une a las culturas del mundo en torno al ritmo. Su análisis integró la arqueología, la cosmovisión y la historia del arte, subrayando que el tambor no es un objeto, sino un símbolo universal de conexión entre lo humano y lo divino.

Leonardo Yépez Muñoz exploró el papel de los tambores como eje rítmico y expresivo dentro de los carnavales andinos y latinoamericanos, destacando su poder para articular comunidad, memoria y creatividad colectiva. Analizó cómo las murgas, comparsas y colectivos coreográficos reinterpretan los ritmos afro e indígenas (como la cumbia, el tinku, la chacarera o el mapalé), generando una estética híbrida que combina música, danza y crítica social. El investigador señaló que el tambor, presente en los desfiles y carnavales urbanos, funciona como instrumento de identidad y resistencia, capaz de unir generaciones y de convertir el espacio público en un escenario de participación cultural.

Síntesis

El conversatorio reveló la potencia del tambor como símbolo integrador de la vida espiritual, artística y comunitaria. Más que un instrumento, se concibió como un ser vivo que late junto a la tierra y enseña sobre el equilibrio, la gratitud y la memoria. La relación simbólica entre latido y vida fue reiterada por todos los participantes: el tambor es corazón, memoria y resonancia del cosmos. La Pastora Isabel asoció su sonido al agua y al ciclo vital; Daniel lo describió como la voz que despierta el espíritu; Luis González lo vinculó a la geometría sagrada de los pueblos antiguos; Leonardo Yépez lo relacionó con la diversidad y vitalidad de las culturas populares, donde el cuerpo, el sonido y la fiesta se vuelven formas de memoria y expresión política.

Quibdó

Título: Nacidos en el barrio: sonoridades que marcaron la historia musical de Quibdó
Conferencista: Douglas Cujar Cañadas
Fecha de ponencia: julio 18 de 2025
Formato: Presencial


Título: Del Chocó pa’l resto del mundo: influencia de los tambores y ritmos del Chocó en la música colombiana, los casos de Niche y Guayacán
Conferencista: Jesús Elías Córdoba Valencia
Fecha de ponencia: julio 24 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Quibdó, se realizó la conferencia Nacidos en el barrio de Douglas Cujar Cañadas y Del Chocó pa’l resto del mundo de Jesús Elías Córdoba Valencia que destacaron el papel del Chocó como territorio fundacional de la identidad sonora afrocolombiana, donde el tambor actúa como símbolo espiritual, social y creativo. Este espacio permitió tejer puentes entre las festividades de barrios y los grandes escenarios de la música popular nacional, donde los tambores chocoanos han forjado un lenguaje musical que vincula tradición, memoria y orgullo colectivo. Ambos conferencistas coincidieron en que los tambores son la raíz del alma chocoana, una herencia africana que no sólo marca los ritmos de las fiestas de San Pacho o las chirimías, sino que también inspira a agrupaciones como Niche y Guayacán, que lograron llevar ese sonido al imaginario musical de toda Colombia.

Ideas y aportes clave

El barrio como escuela musical

Douglas Cujar planteó que los barrios de Quibdó fueron auténticas escuelas de música popular, donde la oralidad, la imitación y la convivencia formaban a los músicos sin necesidad de academias. Destacó la chirimía, la timba y las bandas de San Francisco como espacios donde los jóvenes encontraban identidad, pertenencia y disciplina. La vida en el barrio y el contacto cotidiano con los tambores moldearon un estilo de interpretación que combina alegría y resistencia, ritmo y mensaje. Cujar recordó cómo los andenes de Quibdó funcionaban como escenarios sociales: allí se improvisaban serenatas y se compartían historias musicales. Las fiestas de San Pacho se posicionaron como ejemplo de cómo la música funciona como memoria viva, recordando los vínculos comunitarios y la espiritualidad que sostiene al pueblo.

El tambor como raíz y proyección

Jesús Córdoba reconstruyó el proceso histórico y cultural que permitió que Niche y Guayacán convirtieran el ritmo chocoano en una fuerza transformadora de la música colombiana. Explicó que los directores Jairo Varela y Alexis Lozano, ambos nacidos en Quibdó, crecieron entre chirimías, serenatas y las bandas locales que marcaban el pulso del barrio. El grupo La Timba, mencionado por Córdoba, fue un semillero clave en la formación de músicos locales y antecedente directo del sonido de Niche y Guayacán. También, Córdoba evocó los primeros discos de acetato grabados en el Chocó, señalando que la falta de recursos tecnológicos impidió que muchas obras quedaran registradas, haciendo más valiosa la memoria oral. El conferencista resaltó que la música chocoana no debe entenderse solo como folclor, sino como una estética moderna con raíces profundas. A través de Niche y Guayacán, los tambores viajaron “oliendo a cuero y río”, conectando la herencia africana con la industria musical urbana, y mostrando que el Chocó no es periferia, sino fuente.

Los sonidos del alma chocoana

Tanto Cujar como Córdoba coincidieron en que el tambor representa una pedagogía del territorio. No es únicamente un instrumento, sino una forma de conocer, sentir y narrar la vida colectiva. Para Cujar, los jóvenes aprenden con el cuerpo lo que las instituciones no enseñan: el sentido del ritmo como forma de comunidad. Y Córdoba propone que, los tambores que migraron de Quibdó a Cali o Bogotá transformaron la historia musical del país, y sus ecos aún reivindican la dignidad cultural del pueblo afrodescendiente. Ambos conferencistas situaron la música como motor de identidad y resistencia. En palabras de Córdoba, “la música es el alma de los pueblos”, y en el caso del Chocó, esa alma se expresa con cada golpe de tambor.

Síntesis

El tambor, en ambas ponencias, fue entendido como símbolo espiritual y político.
Cujar lo asocia con la raíz comunitaria que sostiene al barrio Córdoba, con la capacidad de resonar más allá de las fronteras y redefinir la música colombiana desde el Pacífico. Ambos demuestran que la herencia africana del tambor no es pasado, sino presente activo, y que su sonido sintetiza siglos de resistencia, mestizaje y creatividad. Estas conferencias permitieron comprender que los tambores del Chocó son patrimonio vivo, capaces de dialogar con la salsa, el jazz o la música urbana sin perder su valor histórico.

Manizales

Título: Chirimía conversada
Conferencista: Samuel Botero y Álvaro Gärtner
Fecha de ponencia: julio 18 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Manizales, la conferencia Chirimía conversada propuso una reflexión sensible sobre el tambor, la chirimía y las memorias musicales que habitan el eje centro-occidental colombiano. Dirigida por el músico tradicional Samuel Botero, integrante del resguardo Escopetera y Pirza (Riosucio, Caldas), y el periodista e investigador Álvaro Gärtner, la conversación abordó el significado del tambor en el contexto de la chirimía, su papel en la vida comunitaria y su influencia en la identidad sonora de Manizales y la región. El encuentro situó la chirimía como un sistema musical y espiritual, en el que el tambor no es solo acompañamiento rítmico, sino el corazón del conjunto. En torno a él dialogan las flautas, los platillos, el carángano y las voces, conformando una trama de sonidos que refleja el mestizaje cultural entre lo indígena, lo africano y lo europeo.

Ideas y aportes clave

El tambor como espíritu del territorio

El músico y constructor Samuel Botero inició la conversación describiendo el proceso artesanal y ritual de elaboración de la tambora tradicional de Riosucio. Explicó que la madera se elige con cuidado, siguiendo los ciclos de la luna y pidiendo permiso al árbol antes de cortarlo, pues en cada tambor “queda viva el alma del monte”. Botero contó que los constructores tradicionales aseguran que si el tambor no se consagra adecuadamente, “suena vacío”, lo que muestra la creencia en su alma sonora. Su intervención reivindicó la dimensión espiritual y ecológica del instrumento: el tambor no solo produce sonido, sino que guarda la energía de la naturaleza y la historia del pueblo que lo fabrica. Además, Botero señaló que la tambora acompaña la vida cotidiana de las comunidades: los trabajos del campo, los bautizos, los rituales de agradecimiento y las fiestas patronales. En la chirimía, el tambor es el guía del conjunto, el que convoca y marca el paso del baile. Su ritmo, dijo, “es el que hace que la gente se mueva, piense y sienta como comunidad”. De igual forma, resaltó que los talleres de construcción y aprendizaje musical con niños y jóvenes en el resguardo son una forma de educación ancestral, donde se aprende a escuchar al territorio.

La chirimía como lenguaje cultural e histórico

Por su parte, Álvaro Gärtner aportó una mirada histórica y analítica sobre el proceso de hibridación de la chirimía. Señaló que este formato (con tambores, flautas, bombardinos, clarinetes y redoblantes) es resultado del encuentro entre las tradiciones indígenas del altiplano, las prácticas afrodescendientes del tambor y las bandas europeas de viento introducidas durante el periodo colonial. En Riosucio, esa mezcla se transformó en una expresión única que mantiene el sentido ritual y colectivo de la música tradicional, al tiempo que incorpora elementos de modernidad. Este se ha convertido en una expresión de identidad campesina e indígena, especialmente en los municipios de Riosucio, Supía y Manizales, donde acompaña tanto actos religiosos como carnavales. Gärtner enfatizó que la chirimía es también una escuela de convivencia: las fiestas de San Sebastián, los carnavales y los encuentros de música tradicional son escenarios donde las generaciones se encuentran y la memoria se actualiza. Y destacó la labor de músicos como Samuel Botero, ya que los constructores e intérpretes son portadores de saberes históricos que trascienden lo musical.

En conjunto, las intervenciones de Botero y Gärtner mostraron que el tambor en la región cafetera funciona como un mediador simbólico entre los distintos legados culturales del país. Su presencia en la chirimía manizaleña y riosuceña enlaza el mundo indígena con el afrodescendiente, y convierte la práctica musical en un acto de resistencia frente a la homogeneización cultural.

Síntesis

La conferencia mostró la influencia del tambor en los Andes, donde adopta significados ligados al territorio, la ecología y la educación popular. En las comparsas de carnaval, los tambores y flautas son considerados mensajeros del territorio: anuncian la llegada de las delegaciones, los personajes y los espíritus festivos del pueblo. Estas referencias permiten entender el tambor no solo como herencia, sino como una tecnología de la memoria, que articula lo sagrado, lo festivo y lo político en la vida cultural del centro del país. El caso de la chirimía demuestra que el tambor une mundos culturales distintos, enseña a escuchar la tierra y fortalece la identidad comunitaria, especialmente en espacios educativos y festivos. Su eco en Manizales y Riosucio nos invita a pensar que cada golpe es una forma de memoria, y cada sonido, una conversación con la historia.

Cúcuta

Título: Sonidos de Tambores de Colombia y Venezuela
Conferencista: José Javier León Sánchez
Fecha de ponencia: agosto 6 de 2025
Formato: Presencial



Presentación

En Cúcuta se desarrolló el conversatorio Sonidos de tambores entre Colombia y Venezuela con el docente e investigador de la Universidad de Pamplona, José Javier León Sánchez. Este propuso una reflexión sobre los vínculos culturales, musicales y simbólicos que unen a las prácticas tamboreras del oriente colombiano con las del occidente venezolano, trazando un mapa transfronterizo de resonancias, memorias y herencias afroamericanas. Desde su experiencia como músico y docente, León explicó que el tambor ha sido un lenguaje de continuidad cultural entre los pueblos del Caribe y la región andina, un instrumento que ha sobrevivido a la colonización y se ha transformado para adaptarse a distintos contextos. La conversación partió de la idea de que el tambor no reconoce fronteras políticas, pues su sonido responde a la geografía espiritual y humana de las comunidades que lo tocan.

Ideas y aportes clave

Genealogías compartidas y fronteras sonoras del tambor

José Javier León inició su intervención subrayando que los tambores del Caribe y los de la frontera colombo-venezolana pertenecen a una misma familia de expresiones afrodescendientes, aunque cada región los haya reinterpretado a su manera. Mientras en la costa norte colombiana el tambor se integra a la cumbia, el bullerengue y la tambora ribereña, en Venezuela se vincula al tambor de San Millán, los chimbangueles de San Benito, las fiestas de Curiepe y los tambores de Aragua. En todos ellos, el golpe rítmico es una invocación espiritual, una forma de oración que involucra cuerpo, comunidad y naturaleza.

El docente explicó que en los dos países, los tambores surgieron en contextos de esclavitud y resistencia. Los pueblos africanos, al ser desarraigados, mantuvieron su relación con la tierra y los ancestros a través del sonido. En Colombia, el tambor se asoció a las celebraciones comunitarias y a los carnavales; en Venezuela, a los rituales religiosos en honor a santos negros como San Juan y San Benito. En ambos casos, el tambor funcionó como medio de comunicación y cohesión espiritual. León propuso la idea del tambor como “archivo sonoro de la memoria afroamericana”, un dispositivo que guarda en sus ritmos la historia del desplazamiento, el dolor, la esperanza y la alegría. Sus variaciones regionales no significan separación, sino adaptación a distintos entornos geográficos y simbólicos.

El tambor como mediador entre lo sagrado y lo festivo

León explicó que tanto en Colombia como en Venezuela, los toques de tambor se vinculan a celebraciones religiosas donde se mezclan lo religioso y lo festivo. En el Zulia venezolano, por ejemplo, los tambores acompañan procesiones y bailes dedicados a San Benito de Palermo; en la región del Catatumbo, los tambores locales resuenan en fiestas patronales y actos devocionales similares. Esta hibridez evidencia la capacidad del tambor para integrar mundos diversos. En palabras del ponente, “el tambor no divide, el tambor convoca”. Su sonido convoca la presencia de los santos, pero también la memoria de los ancestros africanos e indígenas que dieron origen a la práctica. Así, el tambor actúa como mediador entre lo visible y lo invisible, entre lo humano y lo divino. León destacó además que, en el plano social, el tambor organiza la fiesta y el territorio: quien toca el tambor no solo marca un ritmo musical, sino que guía la energía colectiva. Por eso, en ambos países el tamborero ocupa una posición de respeto y autoridad cultural, semejante a la del taita, el mayor o el cantor guía en otras tradiciones.

Educación, memoria y transmisión cultural

Otro eje importante fue el papel del tambor en la educación y la memoria popular. León señaló que en muchas regiones fronterizas los niños aprenden a tocar tambor de manera empírica, observando a los mayores y participando en las fiestas. Esa transmisión oral garantiza la continuidad de la tradición, pero enfrenta hoy desafíos derivados de la pérdida de espacios comunitarios y del desconocimiento institucional del valor cultural del tambor. El docente insistió en la necesidad de que las universidades y centros culturales reconozcan estas prácticas como fuentes legítimas de conocimiento, no como folclor marginal. “El tambor enseña historia, enseña cuerpo, enseña comunidad”, afirmó. Desde su labor pedagógica, propuso integrar los saberes musicales tradicionales en la formación artística contemporánea, fortaleciendo los lazos entre práctica, territorio y memoria.

Síntesis

La conferencia de José Javier León Sánchez dio cuenta del tránsito del tambor entre Colombia y Venezuela, narrando una historia común de mestizaje, resistencia y espiritualidad compartida. El tambor no pertenece a un país, sino a un territorio simbólico. Además, el diálogo subrayó la urgencia de fortalecer los lazos culturales transfronterizos y de visibilizar las tradiciones tamboreras como patrimonio vivo, donde la música, la memoria y la espiritualidad afrodescendiente se mantienen en permanente diálogo con la contemporaneidad.

Honda

Título: Al son de la caña (Natagaima- sur de Tolima)
Conferencista: Daniel Olmos
Fecha de ponencia: Mayo 9 de 2025
Formato: Presencial
https://drive.google.com/drive/folders/1K3v5qzOP8ksvqClwTaN7WcI6rDH6PYSR

Título: Así suenan los tambores de palenque (Región Bolívar)
Conferencista: Franklin Tejedor-Lamparita
Fecha de ponencia: Junio 13 de 2025
Formato: Presencial
https://drive.google.com/drive/folders/1K3v5qzOP8ksvqClwTaN7WcI6rDH6PYSR

Título: Cuando el rio suena, se escuchan los aires de tambora (subregión de la depresión momposina)
Conferencista: Luciano Robles
Fecha de ponencia: Agosto 8 de 2025
Formato: Presencial
https://drive.google.com/drive/folders/1K3v5qzOP8ksvqClwTaN7WcI6rDH6PYSR
 

Presentación

En Honda, se realizaron tres conferencias, bajo un formato de diálogo y práctica, que revelan la diversidad y vitalidad de las tradiciones tamboreras del país. Primero se desarrolló la conferencia de Daniel Olmos, Al son de la caña (Natagaima- Sur del Tolima); Luego se realizó la conferencia de Franklin Tejedor “Lamparita”, Así suenan los tambores de Palenque (región de Bolívar); y por último, la presentación de Luciano Robles, Cuando el río suena, se escuchan los aires de tambora (depresión momposina). Estas ofrecieron una experiencia en torno al tambor, sus variantes regionales y su papel en la construcción de memoria y comunidad. Los encuentros se caracterizaron por combinar la palabra y la enseñanza del toque, permitiendo que los asistentes participaran activamente en la ejecución rítmica y aprendieran la técnica corporal y espiritual de cada región. Desde el sur del Tolima hasta el Caribe ribereño, el tambor fue presentado como instrumento sagrado, herramienta pedagógica y símbolo de identidad que une las geografías sonoras del país a través de la práctica y el aprendizaje compartido.

Ideas y aportes clave

La tambora tolimense y la fusión entre tradición y adaptación

El músico Daniel Olmos, oriundo de Natagaima, explicó las particularidades constructivas y rítmicas de la tambora tolimense, marcada por su elaboración en tablas de lengua y por un golpe más templado y pausado que el de la tambora costeña. Olmos resaltó que esta versión regional del tambor nació de un proceso de apropiación cultural: músicos del centro del país adaptaron los modelos caribeños para ajustarlos a su clima, materiales y sensibilidad sonora.
Durante su intervención, enseñó la base rítmica conocida como “plátano-caramelo”, una onomatopeya que traduce los acentos del tambor en el aprendizaje colectivo. Este ejercicio reveló cómo el saber musical oral y corporal constituye una pedagogía tradicional que integra ritmo, memoria y cotidianidad. Olmos destacó además que el tambor es parte del paisaje agrícola del sur del Tolima, donde acompaña danzas, rituales campesinos y celebraciones locales.

El tambor como comunicación y resistencia en Palenque

El percusionista y gestor Franklin Tejedor, heredero de la tradición de San Basilio de Palenque, llevó el público al universo del tambor alegre, instrumento central en el bullerengue y los toques fúnebres palenqueros. Tejedor explicó que el tambor, además de instrumento musical, fue históricamente medio de comunicación entre comunidades: sus repiques anunciaban eventos, reuniones o emergencias, funcionando como lenguaje sonoro de resistencia. En su taller práctico, mostró las técnicas de ejecución básica —el tono, el bajo y el golpe de cierre— insistiendo en la importancia del cuerpo y la conexión con el corazón como origen del ritmo. Reivindicó el tambor como símbolo de ancestralidad africana y espiritualidad, afirmando que cada toque es una conversación con los ancestros. También reflexionó sobre la necesidad de mantener viva la lengua palenquera y la enseñanza oral del toque como formas de soberanía cultural frente a la homogeneización turística.

El lutier del río y la diversidad rítmica momposina

El músico y fabricante Luciano Robles, compartió su experiencia como lutier y maestro de tambora ribereña. Su testimonio entrelazó el aprendizaje familiar, la práctica artesanal y la enseñanza comunitaria. Robles explicó que en la depresión momposina la tambora es el alma del río: acompaña cantos de mujeres, faenas pesqueras y festivales fluviales.

Destacó que cada pueblo (Arenal, El Banco, Chiriguaná) interpreta la tambora de modo distinto aunque comparta su nombre, lo que evidencia la riqueza en la depresión momposina, conformando un mosaico sonoro que acompaña tanto la vida cotidiana como los rituales religiosos. Durante su demostración, enseñó el patrón básico del “pan-quiti-pan-quiti-pan-pan”, resaltando cómo el silencio y los acentos marcan la expresividad del toque. Su intervención articuló el conocimiento técnico con una visión pedagógica: la fabricación y ejecución del tambor como oficio de transmisión y permanencia cultural.

Síntesis

Los conversatorios realizados en Honda revelaron la unidad en la diversidad de los tambores colombianos. Aunque cada región posee su propia técnica, ritmo y función, todas comparten un mismo principio vital: el tambor como mediador entre el cuerpo, la tierra y la memoria. En las tres experiencias, el aprendizaje del tambor se transmitió por imitación y repetición corporal, no mediante notación escrita, sino a través de la onomatopeya, el tacto y la relación sensorial con el instrumento. Los conversatorios prácticos mostraron que la enseñanza del tambor se fundamenta en la escucha atenta y la práctica comunitaria, reafirmando la tradición como una experiencia viva, colectiva y participativa. Los conferencistas coincidieron en que el tambor conecta territorios, enlazando las aguas del Magdalena en una red de resonancias culturales.

Neiva 

Título: Un acercamiento a los orígenes y pervivencia de la tambora en el eje centro sur de Colombia
Conferencista: Germán Gil González
Fecha de ponencia: Agosto 26 de 2025
Formato: Presencial
https://drive.google.com/file/d/1kFXt2zELVBSMwvgi51YR6EDj4Lw52_q/view?usp=drive_link

Presentación

En Neiva, se desarrolló la conferencia Un acercamiento a los orígenes y pervivencia de la tambora en el eje centro sur de Colombia de Germán Gil González, músico e investigador tolimense. Esta ofreció una mirada histórica y etnomusicológica a la tambora del eje centro sur (Tolima y Huila), situándola como un elemento de continuidad cultural que conecta prácticas ancestrales con expresiones contemporáneas de la música tradicional andina. El expositor destacó que hablar de la tambora en esta región implica no solo una reflexión técnica sobre el instrumento, sino también una comprensión de los procesos de hibridación cultural que dieron forma a las músicas populares colombianas. Su propuesta se centró en comprender cómo la tambora ha perdurado y se ha transformado a lo largo de los siglos, acompañando las dinámicas sociales, los contextos festivos y los imaginarios sonoros del país.

Ideas y aportes clave

Conceptualización de la música y su diversidad

Gil inició su exposición con una reflexión amplia sobre la música como fenómeno cultural. Señaló que “hay tantas músicas como culturas”, y que toda práctica musical expresa una forma particular de conocimiento y sensibilidad. Distinguió cuatro grandes tipos de música: la folclórica o de tradición oral, la de moda o comercial, la académica o escrita, y la electroacústica o tecnológica, destacando que la música tradicional posee una pervivencia en el tiempo que otras no logran. Puesto que, la música de tradición oral, explicó, la transmisión ocurre por observación, convivencia o herencia familiar: del abuelo al padre, del padre al hijo. Esta continuidad convierte a la música en un vehículo de memoria y cohesión comunitaria, algo esencial para entender la vigencia de la tambora en el sur del país.

La organología del tambor y sus orígenes

Uno de los aportes centrales del maestro Gil fue su detallada revisión organológica. Propuso entender la tambora como un membranófono de golpe directo y frotación, cuya historia no puede reducirse a un único origen africano. Según él, los tambores ya existían en el territorio colombiano antes de la llegada de los europeos y africanos, como evidencian vestigios arqueológicos y crónicas de los primeros conquistadores que mencionan instrumentos de percusión en ceremonias indígenas. Gil explicó que la palabra “tambor” tiene raíces en el persa (tabal o tabl), pasando al árabe (at-tabl) y luego al español (tambor), lo que demuestra un extenso viaje cultural del término. Así, más que un préstamo africano o europeo, la tambora es un símbolo de universalidad sonora, presente en casi todas las civilizaciones humanas.

El investigador explicó las principales clasificaciones de instrumentos según criterios históricos: la china, la hindú y la moderna, deteniéndose en la categoría de membranófonos, donde se ubica la tambora. Señaló que, a diferencia de los “idiòfonos” o los instrumentos de cuerda, la tambora produce sonido a través de una membrana vibrante, golpeada o frotada, lo que la convierte en el único instrumento verdaderamente de percusión dentro de muchos conjuntos tradicionales. Además, en distintas regiones del país, la tambora recibe nombres como zambomba, magüana, puerca o marrana, lo que revela la diversidad lingüística y funcional del instrumento.

En el eje centro sur, la tambora adquirió una sonoridad particular, integrándose a géneros como el bambuco fiestero, la caña, la leña y el sanjuanero, entre otros. Desde la perspectiva etnomusicológica, Germán Gil enfatizó la importancia de los procesos adaptativos: los pueblos no copiaron modelos foráneos, sino que resignificaron sus instrumentos en relación con su entorno ecológico, su lengua y sus rituales.

Síntesis

La conferencia de Germán Gil González propuso que la tambora del centro sur de Colombia no es un vestigio del pasado, sino una manifestación viva que articula saberes musicales, memoria oral y sentido de pertenencia regional. Su presencia en los géneros tradicionales del Tolima y Huila demuestra cómo el tambor se adapta y pervive en diálogo con la modernidad sin perder su esencia ritual. La tambora se convirtió en un símbolo de resistencia cultural que acompaña tanto celebraciones populares como expresiones de fe y trabajo colectivo.

Futuro en los tambores: compromisos y próximos pasos

El proyecto Colombia en un tambor deja tras de sí una ruta abierta de propuestas y acciones que confirman que el tambor no es solo un legado del pasado, sino una fuerza activa de futuro. En cada territorio visitado, sabedores, artistas e investigadores coincidieron en que el tambor debe continuar siendo un espacio de encuentro, educación y creación colectiva. Los ecos del proyecto invitan a fortalecer la transmisión de saberes, la documentación de las memorias sonoras y la articulación de nuevas redes culturales en torno a su práctica viva.

Entre los propósitos compartidos destaca la integración del tambor a los procesos educativos y comunitarios, reconociendo a los maestros portadores como figuras fundamentales en la formación artística y en la construcción de identidad. Ciudades como Cartagena, Valledupar y Neiva propusieron incluir la organología tradicional y los saberes tamboreros en currículos escolares y universitarios, fomentando la enseñanza desde la práctica y la reflexión cultural.

De manera transversal, surgió el compromiso de documentar y salvaguardar las memorias del tambor mediante archivos sonoros, audiovisuales y escritos que preserven las voces de los maestros y las comunidades. En Barranquilla, Quibdó, Manizales y Honda se destacó la necesidad de crear repositorios y redes de investigación que permitan compartir estos registros como herramientas pedagógicas y patrimoniales, garantizando la continuidad de los conocimientos y la visibilidad de los territorios.

El fortalecimiento de los espacios de formación comunitaria fue otro eje central. En Buenaventura y Quibdó, se subrayó la importancia de sostener talleres locales y escuelas de tambor que vinculen a niños, jóvenes y mayores en procesos de aprendizaje intergeneracional. Estas iniciativas, enraizadas en la oralidad, el tacto y la escucha compartida, confirman que tocar el tambor sigue siendo una forma de aprender, sanar y hacer comunidad.

En varias ciudades se planteó también la necesidad de continuar reconociendo la dimensión espiritual y sanadora del tambor, incluyendo sus valores simbólicos en las políticas de patrimonio inmaterial. En el Caribe, el Pacífico y el Alto Magdalena, el tambor fue comprendido como mediador entre cuerpo, tierra y memoria, capaz de transformar el dolor en creación y la historia en esperanza. Asimismo, en territorios como Cúcuta y Pasto se propuso fomentar el intercambio intercultural y transnacional: encuentros entre comunidades tamboreras de Colombia, Venezuela y Ecuador que fortalezcan la cooperación regional y amplíen la comprensión de los tambores como patrimonio compartido.

En suma, las acciones a futuro convergen en una visión común: consolidar al tambor como herramienta de educación, investigación y cohesión social, capaz de unir lo ancestral y lo contemporáneo, lo local y lo nacional. Colombia en un tambor deja así un legado que no se cierra con sus actividades, sino que continúa en los procesos comunitarios y de gestión cultural, en los cuerpos que aprenden a tocar y en las manos que siguen haciendo sonar la memoria.

 

Imagen principal Media
Colombia en un tambor en el Centro Cultural de Florencia.
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