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El Agnus Dei de Zurbarán en El Prado
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Tipo de minisitio

Los objetos de bodegón o naturaleza muerta habían hecho acto de presencia desde el principio de la historia de la pintura, aunque siempre con un papel subsidiario dentro de composiciones más amplias. Durante las primeras décadas del siglo XVII muchos de esos motivos adquirieron un valor pictórico autónomo, lo que dio lugar al nacimiento de un género nuevo para el que los valores narrativos y significativos de la pintura ocupaban un lugar secundario, postergados por los relacionados con el ilusionismo descriptivo y la habilidad compositiva. Sin embargo, las fronteras del género fueron muy ambiguas, y en ocasiones se utilizó este tipo de obras para transmitir contenidos de carácter religioso o moral. Es el caso de las llamadas “vanitas”, que con frecuencia comparte con la naturaleza muerta un repertorio parecido de objetos y el mismo énfasis descriptivo.

Uno de esos casos es este cordero de Francisco de Zurbarán, un merino de la variedad armada al que por sus proporciones se ha supuesto una edad de entre ocho y doce meses, y que está a medio camino entre la naturaleza muerta y la pintura de devoción. El motivo único, un animal comestible, entra de lleno en el amplísimo repertorio de temas susceptibles de incorporarse a la pintura de bodegón, y la composición sigue estrategias de representación muy propias del género: el cordero se halla situado sobre una superficie plana, de la que se ve uno de sus bordes, y se proyecta sobre un fondo en sombras. La luz, que llega desde la izquierda del espectador, ilumina poderosamente al animal, y ese juego de contrastes entre lo claro y lo oscuro propicia una descripción extraordinariamente minuciosa del mismo, y lo dramatiza. Este tipo de fórmulas aparecen desde los inicios de la historia de la naturaleza muerta en España, como demuestran las obras de Juan Sánchez Cotán.

Pero los contenidos asociados a esta obra rebasan con mucho los propios del género del bodegón. A diferencia de lo que es común en el mismo, el protagonista está vivo y, sobre todo, rebosa expresión individual. No es carne muerta, ni un objeto de vidrio, una hortaliza o un dulce, sino que se trata de un animal probablemente dispuesto para el sacrificio, como muestran sus patas atadas o su cabeza en tierra. A cualquier espectador español de la época en la que se pintó, la visión del cuadro le despertaría no sólo un sentimiento de asombro ante la capacidad imitativa de su autor, sino también un sentimiento devocional. Durante siglos, la tradición cristiana ha asociado la idea del sacrificio de Cristo con la imagen del cordero pascual, y actualmente la liturgia católica sigue utilizando esa metáfora en relación con la comunión. El tema trascendió a la cultura figurativa, y aparece con frecuencia desde el arte paleocristiano.

Para conocer las connotaciones asociadas a la postura como está representado el cordero en este cuadro, resulta de utilidad acercarnos a algunas importantes imágenes devocionales del Barroco, con las que guarda significativas semejanzas. Es el caso de la emotiva escultura de Santa Susana, de Maderno (Roma, Iglesia de Santa Cecilia), cuyo cuerpo sacrificado descansa sobre el suelo de una manera parecida al cordero, con el tronco y las extremidades recogidas en un gesto similar y con la cabeza en tierra, mostrando el cuello con la herida mortal. Pero también el niño que yace muerto en el suelo en La matanza de los inocentes (Pinacoteca Vaticana) de Guido Reni tiene semejanzas con la obra de Zurbarán. Estas similitudes, por supuesto, no implican el conocimiento de esas obras por parte del pintor extremeño, y responden más bien a arquetipos de representación de la idea de sacrificio.

La idea de que se trata de una obra susceptible de ser interpretada en clave devocional está apoyada también en el estudio de otros cuadros del mismo autor con temática similar. Se conocen otras cinco versiones de su mano, que demuestran el éxito del tema entre una clientela presumiblemente privada. En algunas de ellas, como las del Museo de San Diego y el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, sobre la cabeza del animal aparece un nimbo, señal inequívoca de la intención del pintor de representar una metáfora de Cristo.

Tres de las versiones conocidas se encuentran fechadas, respectivamente, en 1631, 1632 y 1639. En la del Prado no existe ninguna inscripción que aclare cuándo fue pintada, aunque la mayoría de los historiadores están de acuerdo en fecharla en esa cuarta década del siglo XVII, especialmente entre 1635 y 1640, que corresponde a uno de los momentos de mayor madurez creativa de Zurbarán. De entre todas las obras de tema similar, esta es la de mayor calidad artística, aquella en la que el pintor llegó a una síntesis más apurada entre maestría técnica, dominio descriptivo y concentración expresiva, y donde alcanzó una mayor sutileza emocional. El pintor ha hecho un uso paradójico de las fórmulas de representación propias del bodegón, un género sin ambición narrativa y significativa que sin embargo le ha servido para construir una de las obras más emotivas de su carrera. En ese sentido, el cordero de Zurbarán se hermana con una tipología destacada en la pintura y la escultura religiosa española que también está a medio camino entre esos mundos: la de las cabezas de santos degollados, especialmente la de San Juan Bautista, que en ocasiones se representan solas, sobre una bandeja, como si de bodegones “a lo divino” se tratara.

Esta obra es uno de los varios ejemplos que nos ofrece el catálogo de Zurbarán de su originalidad y de su capacidad para crear nuevas tipologías, que obedecen a una reflexión muy personal sobre la imagen devocional, y que conectaron muy bien con los intereses de su clientela. Aparte de las otras cinco versiones ya citadas, se conocen varias copias de esta composición, que también inspiró a algunos de sus seguidores, como Josefa de Obidos. Además, el extremeño hizo uso del tema en composiciones religiosas más complejas, como la Adoración de los pastores (Grenoble, Musée de Peinture et Sculpture), en cuyo extremo inferior derecho lo vemos, actuando no sólo como ofrenda de los pastores sino como premonición del destino del Niño recién nacido.

Imagen principal Media
Detalle de la cabeza del cordero de la obra pictórica Agnus Dei, de Francisco de zurbarán
Imagen
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