El movimiento es uno de los ejes centrales de cualquier ciudad moderna. La vitalidad urbana, concentrada mayoritariamente en la calle, fluye por vías, avenidas, diagonales y andenes. Este sistema circulatorio marca la realidad citadina. Desde el peatón que deambula a la deriva para huir de su propia cotidianidad, hasta el taxista para quien el tránsito y el desplazamiento son factores de supervivencia- la movilidad no podría dejar de ser parte de la imagen urbana.
Dicha movilidad implica, además, la posibilidad de experimentar con el mismo instante fotográfico y con fenómenos que siempre escaparán de la retina. La velocidad, la conmoción, el afán inherente al ir y venir acelerado en un cruce de semáforos, son sensaciones difíciles de captar visual o textualmente. Hay algo irreal en el exceso de movimiento, una pérdida de la referencialidad. Sin embargo, la cámara fotográfica logra registrarlo con sus propios códigos y sin total posibilidad de control del fotógrafo. La ausencia de foco causada por el movimiento, los momentos congelados de la energía urbana que son imperceptibles para la mirada, serán factibles solo mediados por el mecanismo fotográfico.
Series tan impactantes como Caracas desde el carro, de Ricardo Jiménez, o Pasajeros, de Gertjan Bartelsmann, reflejan esta condición peregrina del individuo de las ciudades, con su mirada fugaz enmarcada por ventanas de automóviles, tranvías o buses. Desde adentro o desde afuera, estos viajeros (porque podría decirse que todo tránsito es un viaje) siempre tendrán una pantalla a través de la cual captar ese mundo en flujo constante.