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Tipo de minisitio

Por: Lorenzo Morales Regueros, curador

Centro de Estudios en Periodismo (CEPER) Universidad de los Andes

Todos los días, sin falta, el periódico está en la puerta de nuestra casa, en el kiosco de la esquina, en la pantalla de nuestro computador o teléfono. Ese pequeño milagro cotidiano es posible gracias a cientos de periodistas que se enfrentan a la odisea diaria de buscar la noticia y entregarla a tiempo.

¿Cómo un legajo de papel hecho a contrarreloj y a muchas manos se convierte en el testimonio más valioso de la vida de un pueblo? Le pregunta encierra una afirmación que puede sonar exagerada. Pero la respuesta la justifica y da algunas luces sobre la trascendencia de un impreso que contradice el apático refrán de que "con el periódico de hoy se envuelve el pescado de mañana". No es casualidad que sea en bibliotecas como la Luis Ángel Arango o la Biblioteca Nacional - y no en las pescaderías- donde se conservan preciosamente todos y cada uno de los periódicos que circulan en el país. Sus salas de consulta son las más visitadas.

En las minucias y epopeyas que registran los diarios está, como se dice, el primer borrador de la Historia. Un borrador -a veces incompleto, a veces discutible - pero con el pulso vital y único de la historia contada por los protagonistas, desde el lugar de los hechos y en medio del tumulto de las cosas mientras suceden.

Esa sincronía con el acontecer diario convierte a los periódicos en el reflejo más fiel de los paradigmas de una época. Las ideas imperantes y su contracara, los modos del lenguaje, la tipografía en boga, las modas callejeras, las personalidades notables, los miedos y las obsesiones de un país están todos condensados en la página de un periódico.

Más aún, los diarios son los únicos documentos donde se pueden tomar muestras de las sutiles variaciones de la vida de un pueblo a una escala inusual para la Historia: cada 24 horas. Con las nuevas tecnologías, esa escala tiende a reducirse a minutos e, incluso, segundos.

En los más de doscientos años que ya suma ese ininterrumpido trajín, la industria de los diarios no ha sido ajena a las transformaciones y en ocasiones las ha acogido e impulsado. A las imprentas manuales de tipos móviles les siguieron las veloces rotativas de hoy capaces de imprimir miles de ejemplares en pocos minutos. A los voceadores de antaño y los correos humanos que llevan pilas de periódicos en aviones, mulas y canoas hasta los confines del país, se suman los robots que agregan contenidos electrónicos al instante y accesibles en tiempo real en la web. En muchos casos, las nuevas y las viejas tecnologías conviven y se complementan.

La revolución tecnológica de Internet ha empujado a los diarios hacia una incierta y emocionante transición cuando, desde Gutenberg, parecía que no quedaba nada más por inventar. ¿Cuál es el futuro? Si tuviéramos la respuesta, sería la noticia de portada en el diario de mañana.

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Esta exposición invita a un doble recorrido por la historia de los periódicos en Colombia y, a través de ellos, por algunos hitos importantes de la historia del país. A la vez, el recorrido está armado siguiendo la evolución de los distintos géneros periodísticos -como el reportaje o la entrevista- que, de alguna manera, son las partículas fundamentales de un periódico. Es en ellos y en su estado de agitación y fricción permanente donde se origina buena parte del debate público y democrático así como parte de la evolución en el contenido, lenguaje y diseño de los diarios.

Detrás de esta primera capa de contenido hay otra, mucho más sutil pero igualmente elocuente. La exposición, fuera del recorrido explícito ya descrito, pone en relieve al menos cuatro ingredientes de los diarios que ratifican su peculiaridad como documento y su trascendencia en la vida nacional. Son también los cuatro ingredientes que quizás componen el antídoto contra lo efímero de las noticias y realzan lo perenne de las historias.

El primero es su sorprendente persistencia. Basta con ver esta muestra para constatar que en todos los hechos trascendentes de nuestra historia, incluso bajo el fuego de sus enemigos, la prensa ha estado ahí, presente, llevando las minutas de la vida de una nación. Ni los decretos de censura oficial, ni las tenazas económicas, ni las bombas contra sus edificios, ni los asesinatos de sus periodistas han logrado silenciarlos. Incluso, todas estas formas de ataque han estimulado el coraje y reafirmado los motivos de la prensa para seguir haciendo su trabajo.

Uno de esos motivos ha sido la defensa de la libertad en todas sus variaciones, pero ante todo la libertad de expresión y de prensa. Esto ha puesto a los diarios en una situación particular de tensión con el poder. Como lo señala el historiador y columnista Eduardo Posada Carbó en el ensayo que acompaña este catálogo, las tiranías se descubren siempre en sus actitudes frente a la prensa. Por lo mismo, a lo largo de esta exposición se entiende también cómo las historias de la prensa y la democracia se confunden.

El segundo es su flexibilidad. Cada diario está hecho de la sabia fusión de los distintos géneros periodísticos. Cada género ajusta como un traje hecho a la medida de los acontecimientos: la noticia para informar, la crónica para conmover, el reportaje para entender, la entrevista para conversar, la fotografía para mirar, la columna para discutir, la investigación para descubrir, la infografía para visualizar y la caricatura, licencia inteligente para camuflar la denuncia entre la risa.

Esta flexibilidad de formato y lenguaje le ha permitido a los diarios no solo capturar la esencia de los hechos sino también ser la escuela de ilustres personajes. Escritores como Gabriel García Márquez, Eduardo Zalamea Borda o Germán Arciniegas, pintores y dibujantes como Fernando Botero y Enrique Grau, políticos como Alberto Lleras, Laureano Gómez y Jorge Eliecer Gaitán, fotógrafos como Léo Matiz y Nereo López, y tantos más imposibles de citar, se hicieron en los diarios. Incluso algunos nunca soltaron del todo las amarras a la prensa.

Otro rasgo de esa flexibilidad se manifiesta también en las páginas editoriales, donde convive un abanico amplio de posiciones ideológicas, en ocasiones incluso antagónicas. Como bien lo señala el historiador Jorge Orlando Melo en su ensayo en este catálogo, el periódico homogéneo en ideas no resulta viable hoy en día cuándo la intensidad del vínculo entre ciudadanos y partidos políticos ha decaído.

El tercero es su capacidad totalizadora. Los diarios retratan prácticamente todas las facetas de nuestra vida en sociedad. En los diarios, además de la puja política, están también las inclemencias de la naturaleza, el gozo de las fiestas, el sudor y las medallas del deporte, la sangre y el dolor que dejan las guerras, las comedias trágicas de la farándula, la ruleta de los mercados, las hazañas de la ciencia, y hasta los saldos de zapatos, las casas en arriendo y los difuntos de la víspera.

La historiografía sobre la prensa en Colombia, sin embargo, se ha concentrado, casi que exclusivamente, en los diarios como vehículos de ideologías políticas o partidistas. El exceso de tránsito sobre esa faceta de los periódicos ha levantado una estela de polvo que opaca las otras representaciones de la vida cotidiana. Esta muestra intenta sobreponerse a ese recurrente desbalance y restablecer el brillo de otras expresiones -científicas, musicales, deportivas, ambientales, geográficas, etc.- que también nos definen como nación.

Y finalmente, el otro ingrediente valioso que descubrirá quien repase esta muestra de prensa diaria en Colombia es su diversidad. Solo a Andiarios - la Asociación Colombiana de Editores de Diarios y Medios Informativos que promovió esta exposición-, están afiliados más de medio centenar de diarios, entre periódicos tradicionales, populares y gratuitos, y nativos de Internet. A pesar de la influencia de los grandes diarios nacionales la exposición exalta la importancia de la prensa regional, la única capaz de cubrir los temas locales a tono con la idiosincrasia de sus lectores.

Precisamente ese arraigo regional y local de los diarios es el que explica, en parte, su larga vida, como bien los explica en el ensayo para este catálogo la asidua investigadora de la prensa en Colombia, Maryluz Vallejo. En un rastreo casi policiaco de lo que ella llama "los genes nonagenarios y centenarios" de nuestra prensa, Vallejo nos recuerda que de los periódicos más longevos, el único que nació en Bogotá fue El Tiempo.

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El reto de curaduría en una exposición como esta es encontrar el balance y la combinación perfecta de todas esas variables, de manera que el visitante que recorre toda la muestra las asimile más desde una experiencia propia y un descubrimiento individual que desde un dictado académico y retórico. La exposición se centra en los hechos nacionales, pues es en ellos en los que los relatos de la prensa colombiana son únicos y ofrecen una mirada original. Algunos hechos internacionales aparecen, cuando de ellos hay un ángulo local.

Dos siglos de prensa diaria son dos siglos de historia, imposibles de cubrir de manera equitativa y sin baches. Se ha dado más énfasis y despliegue a los hechos del siglo XX, por ser éste el periodo en el que se consolida una prensa moderna e informativa y también por ser el siglo en el que nacieron muchos de los títulos que aún hoy circulan a lo largo y ancho del país. También es el siglo en el que los diarios maduran como industria de servicio a la comunidad y unen su voz en un gremio, Andiarios, que celebra su medio siglo defendiendo los pilares que sostienen la buena prensa: la libertad de expresión, el derecho ciudadano a la información y la independencia periodística. La alianza solidaria ha servido a los periódicos para impulsar la adaptación a las nuevas tecnologías y para fomentar la capacitación de sus diseñares, fotógrafos, impresores, redactores, editores y gerentes, la fórmula más efectiva para maniobrar en las turbulencias por las que atraviesa la prensa.

Las exposiciones se parecen a las noticias: duran poco. De ambas solo queda al final el recuerdo de alguna imagen, una idea o una experiencia. Contra esa condición efímera no queda más que dejar este registro en una de las plataformas más versátiles, livianas, baratas, portátiles y durables que hemos inventado: un papel impreso.

*Lorenzo Morales Regueros es profesor del Centro de Estudios en Periodismo de la Universidad de los Andes y director de la revista digital Cerosetenta. Fue editor de Semana.com y becario del Pulitzer Center on Crisis Reporting. Sus artículos han sido publicados en la revista Semana, Número, Arcadia, Americas Quarterly, Earth Island Journal, BBC Mundo y Time.com.

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Un papel a toda prueba.
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Area misional
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