Por: Maryluz Vallejo Mejía
Profesora titular de periodismo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana
El 6 de febrero de 2012, El Colombiano de Medellín celebró los 100 años, como lo hizo El Tiempo el año pasado. El 22 de marzo, El Espectador arribó a sus 125 años como el diario decano de la prensa en Colombia; así como superaron los 90 años los diarios Vanguardia Liberal de Bucaramanga (1919) y La Patria de Manizales (1921). Que estos impresos hayan sido exitosos y en la era digital se adapten a los sistemas de convergencia mediática para llegar a nuevos nichos de lectores y de anunciantes es la noticia que pide titular de primera plana. Sobre todo cuando el rumor más extendido en los últimos años en el mundo ha sido el colapso inminente de la prensa escrita.
Como dijo Fernando Gómez Martínez cuando compraron El Colombiano, que estaba en quiebra, “periodísticamente la edad vale mucho, sobre todo para la propaganda extranjera; tratándose de periódicos, mientras más viejos, mejor, al contrario de la gente. Si yo fuera periódico ahora estaría convertido en un Times” . Para indagar en el modelo ideológico, periodístico y empresarial que forjaron estos impresos emblemáticos en la tradición del periodismo colombiano desde finales del siglo XIX haremos un breve repaso de su entrada a la modernidad.
Este tránsito significó para la prensa despojarse de corsés doctrinarios para informar sobre la actualidad nacional e internacional con un criterio independiente, incluir temas de la vida cotidiana, usar un lenguaje ágil, contratar servicios noticiosos y emplear la variedad de géneros narrativos que se cultivaban profusamente en la prensa de referencia internacional y, sobre todo, adaptar el medio a las necesidades de los lectores, no de los dueños. Ese salto fue lento y doloroso para la prensa colombiana porque los diaristas con espíritu de vanguardia alternaban con los de la vieja guardia, aferrados a la concepción del periódico como vehículo ideológico, no como industria cultural.
“Si la característica más visible de la prensa del siglo XIX fue su inestabilidad ―ningún periódico decimonónico duró más de quince años, y no más de tres llegaron a esa edad―, en el siglo XX se da el fenómeno contrario: con el advenimiento de una paz prolongada, tras la sangrienta Guerra de los Mil Días, y de nuevas tecnologías tipográficas y de impresión, que al fin pudieron traerse al país gracias al establecimiento de la energía eléctrica en 1900, los periódicos nacionales se estabilizaron y consolidaron su frecuencia”, afirma el historiador Enrique Santos Molano .
El quincenario Papel Periódico Ilustrado (1881) de Alberto Urdaneta fue la mejor publicación cultural del siglo XIX y la primera que rompió con el molde de la prensa doctrinaria. Como dijo Pilar Moreno de Ángel, el Papel Periódico se adelantó al experimento democrático del Frente Nacional que sobrevendría en 1958, pues en sus páginas departieron liberales y conservadores con ánimo civilizado . Urdaneta quiso adaptar las prácticas periodísticas establecidas en Estados Unidos y en Europa, “donde el director de un periódico ejerce cierta dosis de bien aconsejada dictadura”, en cuanto a defender una línea editorial y un estilo, y donde se remuneraba a los colaboradores, así fuera con una paga simbólica, para reconocer el valor de su trabajo intelectual (agosto 6 de 1881).
Jerónimo Argáez aprovechó la llegada del sistema cablegráfico por Buenaventura para fundar El Telegrama (1886), el primer diario nacional dándole preponderancia a las noticias; además, publicó el primer suplemento dominical literario en Colombia, en 1887. Copiaba el modelo del exitoso Petit Journal de Francia.
El 22 de marzo de 1887, Fidel Cano fundó El Espectador, después de dirigir sucesivos periódicos condenados a la muerte política súbita. Con este periódico, guiado por ideales democráticos de escasa circulación en la naciente Hegemonía Conservadora, Cano, jefe del liberalismo antioqueño, dejó inscritos en plomo los principios fundacionales del periódico que resistió constantes cierres, censuras y acosos del partido conservador y de la iglesia católica. Su primer número circuló con 500 ejemplares¸ con el propósito de “procurar a nuestros lectores abundantes noticias, tan recientes y fidedignas como nos sea dable, sobre los sucesos importantes que se cumplan en la república y fuera de ella”. Sin embargo, predominaba la opinión apasionada y la defensa del Partido Liberal, por lo que el decano de la prensa colombiana tuvo que esperar hasta 1913 para volver a funcionar tras sucesivos cierres. El Espectador adquirió la vieja maquinaria de la Gaceta Republicana y abrió sede en la esquina de la calle Real con calle 14. Salió con sus propios servicios de cables y telegramas, corresponsales en regiones del país y en el exterior, redactores especializados, cronistas y reporters, talleres de fotograbado y linotipia, como en la empresa periodística más moderna.
El Correo Nacional, fundado en 1890 por Carlos Martínez Silva, impuso la línea informativa sobre la editorial beligerante que se estilaba. El director, un conservador de avanzada, importó la maquinaria de Estados Unidos y comenzó a pagar las colaboraciones de sus reporters; introdujo la noticia y la entrevista en el paisaje antes dominado por densos editoriales.
En 1897, los liberales Carlos Arturo Torres y José Camacho Carrizosa fundaron La Crónica, que dio despliegue a este género, heredero del romanticismo. También vehiculó el discurso pacifista en contra del guerrerista de Rafael Uribe Uribe, quien lanzaba sus prédicas bélicas en los editoriales de El Autonomista (1898). Hablar de paz en medio de la seguidilla de guerras civiles era expresión de modernidad en la prensa, habituada a cargar los chibaletes con dinamita derretida.
Con el ánimo encendido para el combate, el general Uribe Uribe claudicó en un artículo titulado “Miserias del periodismo”, donde presenta un memorial de agravios sobre los malos hábitos de los colombianos en materia de periódicos, los escasos suscriptores y los morosos. Además, se queja de la frágil empresa periodística, sostenida por avisos que terminan por insertarse gratis ante la rebatiña de la competencia. Lo que más lamenta el general es que se critique tanto a los periodistas y la gente no comprenda la complejidad de la empresa periodística (El Autonomista, 30 de junio de 1899).
Los mismos artífices de La Crónica fundaron en 1902 El Nuevo Tiempo, que adquirió el poeta conservador Ismael Enrique Arciniegas en 1905, para darle lustre durante cuatro lustros. Este diario fue el mascarón de proa de su partido y hasta los liberales lo compraban para estar al tanto del debate público.
Tras la caída del general Rafael Reyes, la prensa recobró sus ímpetus reprimidos por la censura, y comenzó a circular la revista El Gráfico, el 24 de julio de 1910, durante las fiestas Centenario de la Independencia. Su fundador, Abraham Cortés, un comerciante que estudió derecho, vivió en Francia y fue un enamorado de Bogotá, innovó el negocio de la tipografía y le imprimió al semanario un estilo moderno para narrar la vida social capitalina. Durante treinta años, El Gráfico reprodujo el imaginario del progreso y una imagen gráfica que pocos años después inspiró a Cromos.
La segunda década del siglo XX fue la del surgimiento de la prensa moderna, animada por el presidente periodista, Carlos E. Restrepo, cuyo gobierno conciliador favoreció la aparición de periódicos como El Tiempo, fundado por Alfonso Villegas Restrepo en 1911 para impulsar el movimiento republicano, y adquirido por su cuñado, Eduardo Santos, en 1913. En la primera edición del suplemento dominical de El Tiempo, en 1914, Santos escribió: “El periodismo que muchos llaman moderno, que aspira sólo a satisfacer la pueril curiosidad de un público frívolo, a dar noticias sensacionales, agrandando y exagerando cosas triviales muchas veces, y que busca sólo lo interesante, lo que despierta emociones epidérmicas —periodismo netamente yanqui y al que tienden casi todos los periódicos suramericanos—, no es nuestro ideal” . Tiempo después, a mediados de los años 50, en una carta que le envió a Alejandro Galvis, Santos expresó su deseo de que el El Tiempo se pareciera al Manchester Guardian, diario inglés de orientación liberal con enorme influencia en el Reino Unido .
Enrique Olaya Herrera, que en 1909 fundó La Gaceta Republicana, y en 1910 trajo el primer linotipo que se conoció en Colombia, en 1915 se embarcó en una nueva empresa, El Diario Nacional, que quiso convertir en punta de lanza del periodismo informativo y estrenó la primera rotativa del país. Fue el segundo periodista en alcanzar la presidencia en el siglo XX; el tercero sería Santos Montejo.
En formato tabloide y en Medellín nació el bisemanario conservador El Colombiano, en 1912, fundado por Francisco de Paula Pérez, estudiante de derecho en la Universidad de Antioquia. Un año después se convirtió en el órgano del Directorio Conservador de Antioquia y en 1914 se volvió diario y adoptó el formato universal. En 1929 fue adquirido por Fernando Gómez Martínez y Julio Hernández, quienes lograron sacarlo a flote y lo posicionaron como una poderosa empresa, en parte gracias a que Hernández, el gerente, se ganó el premio gordo de la Lotería de Manizales, y como tenían un pacto de amistad, con ese dinero compraron una casa de la calle Maracaibo para instalar allí el periódico, según cuenta el biógrafo del periódico, José Navia .
En 1945 era el primer diario de Antioquia. “Con Hernández al frente de la registradora y Gómez Martínez en la máquina de escribir, El Colombiano adoptó el lema ‘Un periódico de todos y para todos’, al que le ha sido fiel. Pronto era uno de los principales vehículos de información comercial de una próspera región, una voz influyente y respetada en el conservatismo y, finalmente, la Biblia cotidiana de los antioqueños”, se lee en el editorial de El Tiempo en los cien años de la fundación . Fue dirigido consecutivamente por Fernando Gómez Martínez, Juan Zuleta Ferrer, Juan Gómez y Ana Mercedes Gómez. Para celebrar los cien años volvió al formato original.
El 1º de septiembre 1919 nació en Bucaramanga Vanguardia Liberal, fundado y dirigido por Alejandro Galvis Galvis y Rodolfo Azuero. Años después asumió la dirección el hijo del fundador, Alejandro Galvis Ramírez, y hoy está al frente del periódico, Alejandro Galvis Blanco, representante de la tercera generación.
El 20 de junio de 1921, Francisco José Ocampo —junto con otros patriarcas conservadores— fundó el diario conservador La Patria de Manizales para promover la candidatura del General Pedro Nel Ospina. Dirigieron este diario en distintas épocas Silvio Villegas, Joaquín Estrada Monsalve, Aquilino Villegas, Fernando Londoño y Londoño, y Gonzalo Jaramillo. El actual director es Nicolás Restrepo.
Siguen en antigüedad ―aunque no se incluyeron en este ensayo―, El Heraldo de Barranquilla, fundado en 1933 por Juan B. Fernández, Enrique de La Rosa y Alberto Pumarejo para respaldar la candidatura de Alfonso López Pumarejo, y El Siglo, fundado en 1936 por Laureano Gómez y José de La Vega para hacer oposición al gobierno de la Revolución en Marcha de Alfonso López. En la década del noventa se transformó en El Nuevo Siglo.
Al rastrear los orígenes de los diarios más longevos encontramos que El Espectador y El Tiempo, principalmente, recibieron influencias de la prensa europea ―inglesa y francesa― e intentaron huirle a la estadounidense con su modelo de noticias breves. De Estados Unidos trajeron la maquinaria, los manuales de periodismo, las prácticas de reportería y la promesa de los nuevos periódicos de hacer un periodismo moderno, basado en la noticia, pero casi siempre volvían a la vieja fórmula de la prensa ideologizante; así ocurrió durante la Hegemonía Conservadora y luego durante la República Liberal (1930-1946). Justo este último año, Alberto Lleras Camargo, que acababa de dejar la presidencia, fundó la revista Semana, modelo de periodismo analítico e investigativo basado en la famosa Time, y que reapareció, bajo la orientación de Felipe López (hijo de Alfonso López Michelsen), en 1982.
A partir del Frente Nacional la prensa escrita tomó oxígeno y comenzó a diversificar su agenda de temas a cargo de periodistas especializados en fuentes y a publicar con regularidad crónicas y reportajes, periodismo de autor que a la vuelta de los años sería reconocido como uno de los mejores en habla hispana.
Los genes de la longevidad
Recapitulando, si estas publicaciones fueron protagonistas de la transición hacia la modernidad y alcanzaron noventa, cien y más años, se debe a la confluencia de seis factores, genes poderosos en su evolución que cifraron su ADN editorial y empresarial:
1. La influencia política: Se origina en la credibilidad y el prestigio que proyectaban los directores-fundadores de los cinco diarios reconocidos: Fidel Cano, Alfonso Villegas, Eduardo Santos, Alejandro Galvis, Francisco de Paula Pérez, Fernando Gómez y José Restrepo fueron respetados intelectuales que pasaron por la puerta giratoria del periodismo a la política. Insobornables por su catadura moral.
En su primera época, “El Tiempo fue un periódico de estricta vanguardia, liberal en el sentido más profundo del término, baluarte de la oposición al régimen conservador, instrumento expresivo de los sectores jóvenes y progresistas que impulsaron una política de cambio culminada con éxito en 1930 con la elección al poder del presidente Olaya Herrera”, afirma Carlos Uribe Celis . En 1938, cuando Santos asumió la Presidencia de la República, la dirección quedó a cargo de Roberto García-Peña, quien imbuido del “talante santista” dio línea los siguientes cuarenta años. En ese largo periodo lo acompañó como director a la sombra, Enrique Santos, más conocido como ‘Calibán’, y el equipo editorial lo completaban los sobrinos del Presidente, Hernando y Enrique Santos Castillo, padre del actual mandatario colombiano, Juan Manuel Santos, jefe de redacción durante medio siglo. Hernando Santos dirigió El Tiempo con mano fuerte durante veinticinco años y admitía sin el menor reato ser “hacedor de presidentes”, de casi todos menos del conservador Belisario Betancur —como le confesó al caricaturista Héctor Osuna —, y haber acompañado a todos los presidentes liberales, especialmente a López Michelsen y a Turbay Ayala. A partir de 1999, el Santos más “rojillo”, Enrique, entró a codirigir el periódico junto con su primo Rafael, y dejó aparcada la columna “Contraescape”, que desde 1970 había sido su válvula crítica. Le dio un giro de “extrema centro” a la línea editorial.
Al morir Fidel Cano en 1919, Luis Cano quedó al frente de la edición de El Espectador en Bogotá y Gabriel Cano en la de Medellín, que cerró en 1923. Tras los atentados que sufrió el periódico en 1952, Guillermo Cano pasó a ocupar la dirección, sin cumplir los 30 años, y guío a la tripulación de este “barco de papel” ―como lo llamó Lino Gil Jaramillo―, durante 36 años. Tras su muerte tomaron el mando sus hijos, Juan Guillermo y Fernando Cano Busquets. Diez años después, cuando el grupo Santo Domingo compró el periódico, ocuparon la dirección Rodrigo Pardo García-Peña, a quien sucedieron el ex constituyente Carlos Lleras de la Fuente y Ricardo Santamaría. A partir del 2001, el tercer Fidel Cano de la familia volvió a dar línea editorial.
El 20 de junio de 1921, un grupo de amigos liderados por Francisco José Ocampo Londoño, comerciante y banquero, fundó La Patria de Manizales con el fin de crear un órgano de difusión de las ideas del partido conservador. En 1943, José Restrepo Restrepo compró el periódico en compañía de Gustavo Larrea, quien terminó vendiéndole su participación por ser extranjero. El doctor José, como lo llamaban cariñosamente, buscó modernizar el periódico y construyó la sede del centro de Manizales en donde estuvo más de medio siglo. Al morir el director, José Restrepo Restrepo, en 1978, sus hijos heredaron el diario. Con el paso del tiempo y las necesidades de modernización de la empresa se creó una sociedad que cuenta con 15 socios, entre ellos, miembros de tres generaciones del fundador.
A Vanguardia Liberal le imprimió carácter Alejandro Galvis Galvis, que comenzó su carrera en la política y el periodismo en 1913, al lado del caudillo liberal Rafael Uribe Uribe. “Un hombre combativo y austero que dominó la política y la vida pública de Santander en el siglo XX y cuya rectitud y valentía trascendieron a toda Colombia” , escribió Alberto Donadío. Galvis Galvis tuvo una carrera política de más de sesenta años, solo comparable a la de Eduardo Santos (cuyas abuelas eran primas) y fue dos veces gobernador de Santander, ministro de guerra, embajador, presidente de la Cámara de Representantes, del Senado y jefe liberal respetado por sus copartidarios. Su hija Silvia, columnista punzante, asumió la dirección en 1989 tras el atentado del narcoterrorismo al periódico.
Los cinco periódicos nacieron por una causa política, factor que mide la capacidad que tiene un medio de imponer la agenda pública. El Espectador nació para defender la doctrina liberal; El Tiempo para apoyar el naciente Republicanismo; El Colombiano y La Patria para respaldar al partido conservador en sus regiones. Se dice que Eduardo Santos, desde la tribuna de El Tiempo, llevó al poder a Enrique Olaya Herrera, tras una campaña meteórica; también contribuyeron a la causa El Espectador y Vanguardia Liberal.
Durante el primer gobierno de López Pumarejo, los directores de los dos grandes periódicos liberales movieron sus piezas con destreza de ajedrecistas, y antepusieron sus intereses políticos a los empresariales. Cuenta el cronista Antolín Díaz que al día siguiente de la muerte de Olaya Herrera —candidato del liberalismo oficial—, Luis Cano dialogó con Eduardo Santos y Gabriel Turbay, y de esa reunión surgió la candidatura de Eduardo Santos. ‘Lenc’ fue el encargado de escribir en El Espectador el editorial que lanzaba públicamente la candidatura. Debido a su amistad con Jorge Eliécer Gaitán, Luis Cano debió enfrentarse a El Tiempo y en particular a ‘Calibán’, enemigo declarado del caudillo liberal.
De los cinco diarios, El Tiempo es el que ha estado por más tiempo en la jugada política: su fundador, Eduardo Santos, cambió la silla de director por el solio presidencial en 1938, y su sobrino nieto, Juan Manuel Santos, la ocupa desde el 2010, después de que Francisco Santos, otro sobrino nieto, ocupara la vicepresidencia en el mandato de Uribe Vélez. En 101 años, el diario de referencia del país ha sido un actor político que ha tomado partido frente a los principales acontecimientos de los últimos cien años en Colombia.
En su rito fundacional, todos los diarios proclamaron la defensa de las libertades democráticas. El Espectador fue el primero en defender esas libertades a contracorriente de los gobiernos de la Regeneración. Y un siglo después impuso su espíritu independiente y crítico por encima de los intereses de partido, y se convirtió en el crítico más perturbador de los gobiernos liberales de Alfonso López Michelsen y Julio César Turbay Ayala en los años 70, para respaldar luego al conservador de Belisario Betancur.
Francisco de Paula Pérez, fundador de El Colombiano, fue ministro de Hacienda en varios gobiernos conservadores y liberales, y Fernando Gómez Martínez también ocupó cargos públicos (gobernador de Antioquia, representante a la Cámara, Senador, embajador); su sucesor, Juan Gómez, fue el primer alcalde electo en Medellín, y cuando él y el gerente se metieron en la política, hace más 20 años, su hermana tomó el mando junto con el gerente Luis Miguel de Bedout. En la celebración de los 100 años, la directora de El Colombiano, Ana Mercedes Gómez, definió así la evolución de la línea editorial del periódico: “Ha habido una especie de espina dorsal que se ha mantenido desde 1912 y ha sido flexible de acuerdo con la interpretación de los tiempos y las circunstancias que se presenten” .
Vanguardia Liberal, bastión del liberalismo en Santander, se las vio con contendores fuertes, como El Deber, diario conservador dirigido por Manuel Serrano Blanco y por el popular cronista y político Juan Cristóbal Martínez, a quien Galvis terminó denunciando por injuria y calumnia. Martínez y Galvis se acusaban mutuamente de instigar a la violencia. Valga esta declaración en una carta a su hermano Guillermo fechada en 1937, para comprender lo seguro que se sentía Alejandro Galvis con la Vanguardia: “Yo no le temo a la competencia de un nuevo diario porque sé que todos los intentos que se han hecho en Bucaramanga han resultado fallidos. Inclusive el que realizaron en muy buenas condiciones Luis Ardila Gómez y Jaime Barrera Parra, los dos mejores escritores de Santander, y que solo les sirvió para perder unos miles de pesos” .
La Patria tuvo un fuerte matiz político porque desde el directorio conservador se dictaban editoriales y se ponían directores. En la primera época estuvieron al mando líderes conservadores de línea dura como Silvio Villegas y Fernando Londoño y Londoño, pero José Restrepo imprimió un nuevo estilo al diario. En 1924 llegó el ‘Leopardo’ Silvio Villegas a la dirección de La Patria, en una época que él definió como de bohemia dorada: “La Patria era el hogar de todos: un club, un centro literario, un comité político. La puerta estuvo franca siempre, como lo está hoy, para hombres de derecha, de centro, de izquierda […] Después, “como un aerolito cayó en Manizales Augusto Ramírez Moreno”, otro ‘Leopardo’, que colaboró asiduamente en el diario .
En la celebración de los 90 años, su gerente-director Nicolás Restrepo Escobar aclaró que si bien La Patria nació como un periódico al servicio de un movimiento político, ya no estaba matriculado a un ideario partidista.
Las nuevas generaciones de directores dejaron atrás el sectarismo y el partidismo, y están más preocupados por atraer a las comunidades de influencia que en agitar las banderas partidistas. Pero es innegable la influencia política que ejercen, más cuando han puesto alcaldes, gobernadores, ministros, congresistas, embajadores y hasta presidentes.
2. El talento periodístico: En los cinco diarios en que se centra este artículo han descollado directores, editores, jefes de redacción, redactores, caricaturistas y reporteros gráficos garantes de una opinión veraz y de una información rigurosa y oportuna. A falta de escuelas de periodismo, los periodistas se formaban en las redacciones, bajo presión y con la inspiración de sus maestros.
En El Tiempo y El Espectador, principalmente, descollaron columnistas-notaligeristas de prosa y seso brillantes como Baldomero Sanín Cano, Germán Arciniegas, Hernando Téllez, Alberto Lleras Camargo, Eduardo Zalamea Borda, Luis Eduardo Nieto Caballero, Armando Solano, Alberto Lleras Camargo, Juan Lozano y Lozano, y cronistas tan populares como Luis Tejada (el príncipe de los cronistas), Lucas Caballero Calderón (Klim), Paulo E. Forero, Germán Pinzón, Gabriel García Márquez, Germán Castro Caycedo, Germán Santamaría, Fernando Garavito, Arturo Alape, Juan José Hoyos, por mencionar algunos de los más representativos. En El Espectador, editores y jefes de redacción ejercieron el magisterio, como José Salgar, Darío Bautista, Alberto Galindo, Rogelio Echavarría, Eduardo Zalamea Borda, Álvaro Pachón de La Torre, Guillermo Lanao; hasta llegar al equipo actual, con el editor general Jorge Cardona.
Incluimos en esta nómina a caricaturistas como Ricardo Rendón, maestro insuperable del siglo XX, que fustigó sin piedad los últimos gobiernos de la Hegemonía en La República y en El Tiempo, y Héctor Osuna, en su casa editorial de El Espectador, que superó el medio siglo invicto con su pluma, retratando al natural las deformidades políticas y sociales del país en la columna “Rasgos y rasguños”. Pulieron sus armas políticas en El Tiempo, en épocas duras de censura, Hernando Turriago Riaño ‘Chapete’, Jorge Moreno Clavijo y Enrique Carrizosa; y en El Espectador, Hernán Merino y Franklin. Herederos de ellos han sido Antonio Caballero, que empezó a publicar sus “cartones” en el suplemento dominical de El Tiempo, en 1966; Carlos Mario Gallego, ‘Mico’, también de El Espectador, y Julio César González ‘Matador’, espadachín de última generación de El Tiempo. En El Colombiano, el caricaturista de mayor recordación fue ‘Velezefe’, a quien reemplazó Ricky. En los años 30 colaboró en La Patria, el manizaleño Alberto Arango Uribe; a comienzos de los años 60 lo hizo Adolfo Samper; Hernán Merino, que estudió en la escuela de Bellas Artes de Manizales también publicó sus caricaturas en este diario y entre los contemporáneos más apreciados en la región está Fabio Arias Gómez ‘Ari’.
Alfredo Greñas, el caricaturista más temido de la prensa satírica a finales del siglo XIX, nació en Bucaramanga y le heredaron Adolfo Samper, Franklin y Luis María Rincón, que empezaron a publicar en los años 40 en Vanguardia; en los últimos años se han destacado Matías Blanco ‘Matty’, César Augusto Almeyda ‘Kekar’ y Aurelio Valencia ‘Argón’.
Las mujeres empezaron a pisar fuerte en las redacciones a partir de los sesenta, sobre todo en los diarios capitalinos, con columnistas y reporteras como la pionera, Emilia Pardo Umaña, Inés de Montaña, Lucy Nieto de Samper, Gloria Pachón, Flor Romero, Consuelo Araújo Noguera ‘La Cacica’, María Teresa Herrán, Margarita Vidal, María Jimena Duzán, Pilar Tafur, Ligia Riveros, Patricia Lara, Olga Behar, Alegre Levy, Cecilia Orozco, entre muchas otras que cubrieron las fuentes tradicionalmente asignadas a los hombres. En las últimas décadas, varias mujeres han ocupado la dirección de periódicos, como Ana Mercedes Gómez de El Colombiano, María Elvira Domínguez directora-gerente de El País y Sonia Díaz de La Tarde.
A medida que evolucionaban, los diarios nacionales fueron incorporando nuevas secciones y se empezaron a destacar periodistas especializados en fuentes, como Carlos Arturo Rueda y Mike Forero Nougués, pioneros del periodismo deportivo en Colombia, mientras en El Tiempo los encargados de deportes eran Jorge Wills Pradilla y Alfredo Gómez Vanegas. José Joaquín Jiménez ‘Ximénez’ y Felipe González Toledo, maestros de la crónica roja, tuvieron sucesores como Ismael Enrique Arenas y Luis de Castro; Javier Ayala, Jorge Child y Jorge Téllez sobresalieron en la fuente económica, y en la política, José Vicente Combariza ‘José Mar’ y Darío Bautista en El Espectador y Antolín Díaz en El Tiempo. En cuanto a los enviados especiales al exterior, el primero fue Gabriel García Márquez, quien en 1955 cubrió para El Espectador la Cumbre de Ginebra.
Gracias a la magistral prosa de tantos ensayistas, reporteros y cronistas cuyas vocaciones de escritores fueron devoradas por “el trapiche voraz de las rotativas”, al decir de Juan Gustavo Cobo Borda, los diarios se convirtieron en literatura al alcance de todos los públicos en cuyas colecciones es posible estudiar la estrecha vecindad entre el periodismo y la literatura. Por ellos pasaron las conocidas generaciones de los Centenaristas y los Nuevos, que los orientaron desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX.
A lo largo de los años, incluso después de que se abrieron las escuelas de periodismo y llegaron los profesionales a competir con los empíricos, cada uno de los cinco periódicos ha definido su marca de estilo, su concepto gráfico y editorial.
No hay que olvidar tampoco a los responsables de que los periódicos salieran limpios e impecables, y en esos oficios estaban desde los linotipistas hasta los correctores de pruebas. Los linotipistas fueron el gremio más poderoso de los periódicos hasta comienzos de los años 70, cuando el sistema offset los desterró. Escribían sobre el teclado del gigantesco linotipo que dejaba caer, alineadas, sus letras de acero, hasta formar palabras y frases en los lingotes de plomo.
Luis Carlos Adames, linotipista de El Tiempo, fue tan cercano a Enrique Santos Molano, ‘Calibán’, que era el único que le entendía sus garabatos; ya jubilado se dedicó a escribir semblanzas de los periodistas colombianos (no de las mujeres). En El Colombiano, Guillermo Díez Molina comenzó a trabajar a finales de los años 20, y enseñó el oficio a hijos y sobrinos, que trabajaron para la misma casa editorial. Rodrigo Pinzón fue el decano de los correctores en El Espectador, donde trabajó 35 años. El cronista Felipe González Toledo recordó la importancia de este oficio así: “La galera, medida de trabajo de los linotipistas, equivalente a una columna de periódico, se imprime en una tira de papel y en los márgenes se corrijen los errores. El corrector compara el trabajo en linotipo con el original, y luego el corrector de plomo hace los cambios de lingotes […] Sin ellos, el periódico perdería su dignidad y los periodistas su credibilidad” (Sucesos, 1º de marzo de 1957).
3. El arraigo local, regional y nacional: El contacto de los lectores con los periodistas comenzaba en las salas de redacción y se extendía, como en una conversación distendida, a las tribunas de opinión. Eduardo Santos era el director que atendía a los parroquianos porque en la Bogotá de la primera mitad del siglo XX, las familias creían que el conducto más directo para resolver sus problemas de servicios, vivienda y dinero era él. En su ausencia, acudían a ‘Calibán’ porque aunque los Santos no eran los más milagrosos, sí eran los más poderosos del santoral.
Pensando en los lectores, los diarios tradicionales abogaron por causas ciudadanas y ejercieron veeduría de las políticas públicas, además de expresar su solidaridad en las tragedias, como la peste de la gripa que en 1918 causó miles de muertes en Bogotá, y El Espectador denunció que había sido en parte por descuido de la administración.
De los periódicos más longevos, el único que nació en la capital colombiana fue El Tiempo; los demás lo hicieron en ciudades de provincia, con altas tasas de analfabetismo compensadas por el fervor patriótico. En las épocas difíciles que enfrentaron estas empresas, el patrimonio más importante fueron los lectores, que tenían una sección especial para comunicarse con el director. Esa retroalimentación le servía al diario para renovar la agenda temática, abrir debates de interés público y refrendar los principios editoriales.
La prensa regional ha demostrado su capacidad de fijar rasgos de identidad, de representar la cultura, la mentalidad y el carácter de una comunidad; de divulgar hablas y costumbres que son de automático recibo por parte de sus lectores. Los periódicos, en Bogotá y en las regiones, comenzaron a leerse por la fuerza de la costumbre, porque su lectura era un hábito heredado hasta el punto de que en Antioquia, El Colombiano se volvió un génerico y la gente pedía en los quioscos “déme ese colombiano”, señalando, por ejemplo, El Pueblo, otro diario conservador. La identidad del antioqueño pasa por El Colombiano, con sus odios y sus amores regionalistas, con su catolicismo invicto, porque el “periódico de todos y para todos” es la Biblia para sus lectores; así como la del manizalita la expresa fielmente La Patria con su línea doctrinal, y ‘la Vanguardia’, como le dicen los santandereanos, recoge el vigoroso temperamento de esta región del oriente colombiano, y hasta el aeropuerto de Bucaramanga lleva su nombre.
En el editorial de los 90 años de La Patria se lee: “Ser un periódico es hablar de papel, pero La Patria se ha esforzado por ser parte de la caldensidad, de un sentimiento que llevan en sus genes los habitantes de la región”. Este periódico narró la historia de los cafeteros, de los taurinos, dio la batalla por las grandes obras de desarrollo de la ciudad y del departamento, como el Cable y el ferrocarril de Caldas; contó el antes y el después de la destrucción de Manizales por los incendios de 1925 y 1926 y celebró la entrega de la catedral “más alta de América”. Tanto afecto le tenía la familia al diario, que cuando un inversionista se mostró interesado en comprarlo, antepuso el compromiso con la región al negocio, que les habría dado un respiro económico. Uno de los cronistas que contribuyó a forjar ese espíritu fue Roberto Londoño Villegas, el de las famosas “Charlas de Luis Donoso”.
A afianzar esas identidades contribuyeron los cronistas de estilo costumbrista, colaboradores de los diarios en mención; muchos de ellos de provincia que sentaron sus reales en Bogotá y en los dos grandes diarios nacionales mantuvieron su característico acento. Hablamos de Tomás Carrasquilla, Luis Tejada, Julio Vives Guerra, Romualdo Gallego y Don Upo en Antioquia; Juan Cristóbal Martínez ‘Juancé’, Joaquín Quijano Mantilla, Luis Enrique Figueroa ‘el Tuerto’ y Jaime Barrera Parra en Santander; Rafael Arango Villegas y Blanca Isaza de Jaramillo en Manizales; Clímaco Soto Borda, Lucas Caballero Calderón ‘Klim’, Alfonso Castillo Gómez y Daniel Samper Pizano, todos ellos exponentes del humor regional y santafereño que contaban y cuentan con mayor hinchada (del ‘santafecito’) entre los lectores.
Gracias a la influencia política, económica y cultural que han ejercido en sus regiones, Vanguardia, El Colombiano y La Patria han adquirido estatus patrimonial e institucional. En sus páginas se casan, se gradúan, festejan y se mueren las personas más prestantes de la sociedad, mientras la pauta publicitaria registra los declives y bonanzas económicas de sus respectivos departamentos y las alianzas del medio con la institucionalidad.
Ahora bien, como el amor empieza por casa, estos periódicos añejos se caracterizaron por ser buenas empresas; los periodistas y todo el personal, de oficinas y máquinas, respetaban y querían a sus patrones por la estabilidad laboral y hasta el estatus social que les brindaban. El Colombiano fue una empresa de gran generosidad, como apunta José Navia en las mencionadas memorias: “Toda la planta de empleados recibía en forma inesperada bonificaciones que Julio C. Hernández justificaba luego con la frase: ‘Es que este mes nos fue muy bien’. Era un concepto de justicia social que no sólo predicaban en las páginas del periódico, sino que la ejercían dentro de la empresa, dice Juan Gómez Martínez. Los empleados más antiguos recuerdan que el periódico repartía bonificaciones con cualquier pretexto”.
4. El modelo de negocio: Paradójicamente, en un país con altas tasas de analfabetismo, entre 1911 y 1915 se registraron 800 títulos nuevos de la prensa diaria semanal y mensual en Colombia, de los cuales sólo sobrevivieron El Tiempo y El Colombiano, que pronto supieron conciliar los fines ideológicos con los comerciales.
Desde la segunda década del siglo XX, El Tiempo y El Espectador empezaron a competir en sus primeras páginas con avisos dirigidos a un público pudiente: automóviles Cadillac, compañías aseguradoras y de navegación fluvial, casas de modas, sombrererías y electrodomésticos importados de Estados Unidos. La publicidad, prueba reina del fortalecimiento de la industria y de los nuevos hábitos y consumos de la época, representó una segura fuente de ingresos para la prensa. Según Jaime Jaramillo Uribe, “la introducción de la propaganda comercial es, a mi modo de ver, el aspecto esencial e innovador que moderniza el concepto de periodismo y de prensa en Colombia” .
En 1915 comenzó a salir la edición capitalina de El Espectador, dirigida por Luis Cano, que era ilustrada, con servicios de cables y telegramas, talleres de fotograbado y una red de corresponsales nacionales y extranjeros. En 1923, Gabriel Cano cerró la oficina de Medellín, que estaba dando pérdidas, empacó la prensa Washington, dos linotipos y dos chibaletes que instaló en Bogotá donde desempeñaría los oficios de gerente, publicista, corrector de pruebas, jefe de información, jefe de personal y receptor de avisos hasta cerrar la edición. A mediados de la década del 40, El Espectador fundó el radioperiódico La Voz de Bogotá, transmitido por la emisora del mismo nombre. Lo dirigió José Salgar con la reportería de Guillermo Lanao. El locutor era Jaime Soto .
A finales de los 50, El Espectador circulaba con dos ediciones, pero a partir de 1963 se volvió matinal y la empresa se trasladó a la nueva sede de la carrera 68, que tomó el nombre del periódico. Por ello al año siguiente sacó El Vespertino, primero dirigido por Álvaro Monroy Caicedo y luego por José Salgar. A finales de los 70, El Espectador se afianzó en las regiones con ediciones especiales para Antioquia y la Costa Atlántica, y se mantuvo la edición dominical. En 1978, inició la edición especial de la Costa Caribe. Tras la venta al grupo Santo Domingo, en 1997, la sede se trasladó a la avenida Eldorado.
En cuanto a su colega, El Tiempo, la tecnificación de los sistemas de impresión le permitió tirajes mayores: en 1914 pasó de 1.500 a 4.000 ejemplares y también aumentó el número de páginas. Santos contrató a un hábil administrador, Fabio Restrepo, que pronto puso al diario a dar ganancias; en los siguientes años lo igualó con la gran prensa de América Latina, y durante tres décadas le garantizó la independencia económica. El Tiempo adquirió su primer linotipo en 1918 y en 1925 instaló su primera rotativa, comprada en Nueva York por Enrique Santos: una dúplex plana con capacidad para imprimir 24 páginas de tamaño universal. Esta rotativa costó 5.200 dólares, una fortuna en su época. Así se mantuvo este diario a la vanguardia de los avances tecnológicos, hasta que en 1961 adquirió una rotativa Headliner.
Cuando la tercera generación Santos, acomodada a los preceptos del mercado vendió la mayoría de las acciones al grupo español Planeta olvidó los principios del Padre Fundador, quien denunció “el imperialismo inevitable de las grandes empresas y de los grandes capitales, que buscan ansiosamente mercados y fuentes de riqueza, que acuden al olor del negocio como el tigre al de la carne, y sientan sus reales en medio de nuestra debilidad […]” . Su ideario periodístico se podría resumir en esta declaración: “Considero incompatible la profesión de periodista con las actividades propias del hombre de negocios. Me pareció y me parece que no puede aspirar uno a orientar o reflejar la opinión pública si no tiene una total independencia respecto de los grandes negocios […] Me he abstenido escrupulosamente de cuanto pudiera significar tentativa de monopolio en ningún sentido” .
El actual modelo de convergencia de la CEET comprende dos canales de televisión (uno de televisión local y un informativo de 24 horas), el portal web, revistas de entretenimiento, el periódico económico Portafolio, y un diario gratuito, ADN. En septiembre de 2007, el grupo editorial Planeta adquirió el 55% de las acciones; y a finales de 2011, el grupo económico Sarmiento Angulo compró el 31%. En marzo de 2012 se anunció la compra de Sarmiento Angulo de las acciones de Planeta, con lo que el hombre más rico del país se hizo al 88% de las acciones de la CEET, no por negocio, según aclaró, sino por “preservar la supervivencia de un patrimonio nacional”. Dos meses después le compró el porcentaje restante a los socios minoritarios, entre ellos Abdón Espinosa Valderrama y miembros de la familia Santos.
En contraste, la historia empresarial de El Espectador siempre ha estado signada por las visicitudes, aunque la venta al grupo económico Santo Domingo, en 1997, significó su recapitalización. A la pregunta que le formuló María Isabel Rueda “¿Por qué parece como si en algún momento de una existencia casi paralela, El Espectador se hubiera quedado rezagado, mientras El Tiempo se consolidó como el periódico más importante del país?”, José Salgar respondió: “Porque El Espectador siempre fue pobre, desde don Fidel. Lo cerraban cada cinco minutos. En cambio, El Tiempo nació para hacer plata” .
Según el exdirector de La Patria, Luis Felipe Gómez Restrepo, la sostenibilidad empresarial que le dieron al diario Luis Fernando Botero y Luis José Restrepo le permitió llegar al nuevo milenio con holgura económica e independencia. Fue el primer diario en Colombia que adoptó el sistema offset de impresión en los años 60; con esta fortaleza, la tercera generación de los Restrepo dedicó sus talleres a la edición, diseño, producción y comercialización de periódicos, libros, revistas e impresos comerciales. Hace cinco años el diario habilitó las instalaciones de una antigua trilladora de café, y en esta sede comenzó a funcionar como empresa generadora de contenidos. Además del nicho tradicional del diario, tiene Q’hubo, un noticiero de televisión con tres emisiones, el punto.com y la revista digital Nuevo Estadio.
Para financiar El Colombiano, el abogado Francisco de Paula Pérez formó una sociedad anónima con acciones de a peso y adquirió la prensa Liberty, de pedal, que imprimía página por página. En medio de la crisis mundial de 1929, y en vista de que los socios no aportaban capital para crecer la empresa, Julio C. Hernández (cuñado de Mariano Ospina Pérez), invirtió $100.000, y en 1930 creó la nueva sociedad con Fernando Gómez Martínez , quedando con la totalidad de las acciones. Hernández, que abrió oficina del periódico en Nueva York, trajo nueva maquinaria, entrenó a los voceadores de prensa y se propuso subir las ventas del periódico, que sólo tiraba 1.000 ejemplares. Las dos familias siguieron al frente del diario antioqueño durante todo el siglo, hasta posicionarlo como el primer periódico regional del país, tanto que en 1978 abrió oficina en Bogotá, y en el 2011 se dio el lujo de comprar el 90% de las acciones del diario económico La República, fundado en Bogotá en 1954 por Mariano Ospina Pérez y su cuñado Julio C. Hernández (hermano de la famosa columnista Bertha Hernández de Ospina).
Cuando Bucaramanga tenía 30 mil habitantes, en 1919, Alejandro Galvis Galvis fundó Vanguardia Liberal. El negocio empezó mal y Galvis tuvo que sostenerlo con su trabajo de abogado. En diciembre de 1920, el general Herrera, jefe del liberalismo, viajó a Bucaramanga y se enteró de las afugias económicas de su amigo; lo primero que hizo fue recomendarle que comprara la imprenta en lugar de alquilarla. Aunque Herrera le ofreció el préstamo para adquirir una imprenta de pedal, Galvis prefirió hacer un préstamo a varios amigos, entre ellos Olaya Herrera. Con los años el periódico se convirtió en el único periódico liberal de circulación estable en Santander.
En 1961, Vanguardia Liberal construyó nueva sede y modernizó su maquinaria. En el discurso de homenaje que dio el gerente Galvis Blanco en los 90 años del periódico, contó cómo su padre, Alejandro Galvis Ramírez, luego de formarse en los Estados Unidos, quedó al frente del periódico en 1967 y renovó su estructura administrativa por departamentos para que empezara a ser rentable y lo puso al día en desarrollo tecnológico. En las últimas décadas, el grupo Galvis se convirtió en el de mayor expansión del país cuando se asoció con El Universal de Cartagena, La Tarde de Pereira y El Liberal de Popayán para modernizarlos, y fundó el Nuevo Día en Ibagué y Vanguardia en Valledupar hasta sumar más de un millón y medio de lectores. Desde hace tres lustros está al frente de la dirección Sebastián Hiller, hijo de la fallecida Silvia Galvis, quien también dirigió el diario.
Otro de los indicadores de éxito del modelo de negocio de los diarios ha sido el valor agregado que consiste en subproductos editoriales y en objetos coleccionables que sirven de gancho de ventas y en campañas, y eventos de carácter local y nacional que hacen parte de sus programas de responsabilidad social.
Dada la doble vocación periodística y literaria que ha tenido la prensa colombiana desde el siglo XIX, los suplementos literarios fueron el primer valor agregado que tuvieron los periódicos. “Lecturas Populares” de El Tiempo salió en 1913 y a partir de 1949 comenzó a llamarse Suplemento Literario de El Tiempo. En 1915 apareció “La Semana” de El Espectador, que en 1948 cambió su cabezote por Fin de semana, y dos años después por Magazín Dominical, cuando adoptó el modelo de una revista norteamericana con buena literatura de ficción y no ficción, algo de política, deportes y monos.
En los años cuarenta circuló el suplemento literario “Generación”, de El Colombiano, dirigido por Otto Morales Benítez, con colaboradores como Belisario Betancur, Miguel Arbeláez, Eddy Torres y Jorge Robledo Ortiz y Otto Morales Benítez.
En 1956, cuando se constituyó la Casa Editorial de El Tiempo, Eduardo Santos le escribió desde su exilio en París a Carlos Lleras Restrepo, que deseaba que la casa editorial se dedicara a editar libros y folletos baratos, revistas y semanarios. Su idea era “mantener una empresa sólida económicamente al servicio del liberalismo y de las ideas democráticas, dotada para ello en forma que le permita imprimir libros, revistas y folletos”. Pensamiento que interpretó el gerente de toda su confianza, Abdón Espinosa Valderrama, ministro de Hacienda en los gobiernos de Lleras Restrepo y López Michelsen.
Y en este arte del mercadeo, El Tiempo tuvo iniciativas arrolladoras. La primera de ellas, en 1928, cuando el cronista Jaime Barrera Parra inició la campaña para la construcción del coso taurino, que terminó exitosamente con la inauguración de la Plaza de Toros Santa María en 1931. Además, El Tiempo organizó la primera vuelta a Colombia en bicicleta en enero de 1951. Todo comenzó cuando el redactor deportivo Pablo Camacho Montoya, le propuso a Enrique Santos Castillo, entonces presidente de la Asociación Colombiana de Ciclismo, organizar una competencia similar al Tour de Francia o la Vuelta a España, y el 5 de enero se realizó con 31 pedalistas en la competencia, que ganó el Zipa Forero.
En el 2001, la CEET comenzó a diversificar sus negocios y a invertir en televisión por cable, televisión local, salas de cine, música, nuevas tecnologías y editoriales. También compró la revista Cambio, de tradición crítica e independiente, pero la cerró en el año 2009 porque no representaba negocio, aunque se había consolidado como un medio investigativo crítico e independiente bajo la dirección de María Elvira Samper y Rodrigo Pardo. Asimismo ha publicado tabloides como Hoy, ADN y MIO; y tiene un exitoso tabloide económico, Portafolio, y revistas culturales y de entretenimiento como Credencial y Don Juan. En la celebración del centenario, y bajo el liderazgo de Roberto Pombo, El Tiempo transformó su imagen gráfica y reorganizó sus contenidos, para descontento de unos y satisfacción de otros, además, la CEET celebró con colecciones de relojes, de aviones, de vírgenes, de rosarios y ¡de santos!
Antes de que lo mataran sicarios pagados por Pablo Escobar, Guillermo Cano empezó a preparar el centenario del periódico, cuando salieron productos como “Así es Colombia”, la “Revista del Jueves”, el “Magazín Dominical” y una colección de fascículos llamada “Espectadores de 100 años” para recorrer la historia de Colombia desde el nacimiento del periódico. Hoy en día ofrece a sus suscriptores revistas como Cromos (que se acerca a los 100 años), Shock y revivió Vea, entre otras de gastronomía, moda, arquitectura y diseño.
En esta línea de subproductos, el diario antioqueño ofrece más de 30 subproductos —entre ellos, el quincenario El Colombianito, que cumplió 25 años— y otorga anualmente, desde 1999, el premio a “el colombiano ejemplar” en varias categorías. Este diario fue el primero en fundar un tabloide popular, La Chiva, y luego lo siguieron otros diarios como El País, con el Q’hubo; Vanguardia Liberal y El Universal con Nuestro Diario. Gracias al éxito comercial que alcanzaron estos tabloides, los periódicos afiliados al Grupo Nacional de Medios (GNM) hicieron una alianza estratégica para publicar, desde octubre de 2008, el Q’hubo en 15 ciudades del país, con diferente contenido, pero la misma estructura y diseño. Con el fin de adaptarse a las nuevas tendencias de lectura y llegar a nichos de lectores adonde no llegan los diarios tradicionales, estas empresas nonagenarias y centenarias trasladaron sus contenidos a plataformas digitales para que los usuarios accedieran a la información en cualquier momento, y hoy en día tienen dinámicos portales que renuevan información las 24 horas y ofertan diversidad de productos multimedia. Asimismo, al vincularse a las redes sociales, han multiplicado las posibilidades de recepción.
Y para proyectarse internacionalmente, El Tiempo se afilió al Grupo de Diarios de América, creado en 1991, y en el que participan otros diez diarios líderes de América Latina con el objetivo de intercambiar contenidos informativos y editoriales.
5. La resistencia a la censura: la sobrevivencia de los periódicos observados en este ensayo es directamente proporcional a la piel dura que tuvieron para enfrentar los distintos episodios de censura política, eclesiástica y económica. Fidel Cano fue el primero en padecerlas porque se arriesgó a fundar un diario cuando la llamada Ley de los Caballos facultaba al gobierno para perseguir opositores, ordenar destierros y amordazar a la prensa.
Bajo el Quinquenio de Rafael Reyes, los diaristas se arriesgaban a ser multados, encarcelados y enviados a las colonias penales o al exilio, por eso la llegada del Republicanismo, con el periodista antioqueño Carlos E. Restrepo significó un respiro para la prensa liberal amordazada.
En 1926, después de los incendios en Manizales, que afectaron los talleres de La Patria, ocurrieron graves desórdenes y el director, Silvio Villegas, escribió: “Ataqué duramente al gobierno que intentó aplicarme la censura previa; el periódico fue clausurado oficialmente y regresé a Bogotá por algunos meses. Ante el fracaso de los nuevos directores fui llamado nuevamente a la dirección” .
No faltaba la censura clerical, y por ello se leían en El Siglo, portavoz de la iglesia católica, titulares de este calibre: “Se comete pecado mortal al leer El Tiempo”, y “Prohibido a los católicos y a los sacerdotes escribir en El Tiempo” (9 de enero de 1936). El obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo, decretó que “ningún católico de nuestra diócesis puede, sin incurrir en pecado mortal, leer, comunicar, transmitir, conservar o de cualquier manera auxiliar el periódico titulado El Espectador…”. En 1949 la Iglesia decretó como pecado mortal “vender, leer, oír, comprar o guardar” Vanguardia Liberal. Y aunque el diario estaba prohibido por la curia, los liberales santandereanos lo leían bajo cuerda.
El 9 de noviembre de 1949, cuando Mariano Ospina Pérez decretó el cierre del Congreso, comenzó a operar la censura: “Ese día comenzó para la prensa el calvario que habría de prolongarse por diez años, a través de los cuales sufriría las persecuciones más inauditas, y se convertiría en la víctima predilecta de todos los ataques y de todas las infamias de los gobernantes de turno”, escribió Guillermo Cano en 1958 . Censura que se agudizaría con Laureano Gómez y su delegado Alberto Urdaneta cuando el 6 de septiembre de 1952, El Espectador, El Tiempo y El Colombiano sufrieron atentados dirigidos por distintos enemigos. Esa misma noche, los talleres de Vanguardia Liberal, quedaron semidestruidos tras ataques con bombas de los “Pájaros” y la Policía, cuando era gobernador de Santander Pedro Nel Rueda Uribe, un furioso opositor de Galvis. Todo porque Galvis se declaró protector de los liberales, en particular de los campesinos indefensos ante las fuerzas policiales. Y en enero de 1953, los enemigos nuevamente arremetieron contra la sede del periódico con bombas de dinamita que destruyeron la prensa dúplex . Un amigo de la casa, conservador, prestó la máquina para que siguieran imprimiendo el rotativo que salió con el valiente lema: “Aquí estamos”.
Pero el periodo más oscuro de la censura se vivió durante el régimen del general Rojas Pinilla, quien cerró El Siglo en 1953, y en 1955 El Tiempo y El Espectador, que reaparecieron al año siguiente con otros cabezotes, Intermedio y El Independiente, respectivamente. Desde esa época, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) pasaba reportes sobre la crítica situación de la libertad de prensa en Colombia. Cuando cerró El Tiempo, El Correo de Medellín, en un gesto de solidaridad, abrió una oficina en Bogotá para darle cabida a los periodistas del diario capitalino y hacer una edición bogotana que circuló hasta que salió el nuevo periódico, Intermedio, bajo la dirección de ‘Calibán’, y en septiembre de 1957 reapareció El Tiempo. En 1956 salió El Independiente, la nueva versión de El Espectador, dirigido por Alberto Lleras. Y en junio de 1958 reapareció el cabezote original, fortalecido tras la censura de diez años que, como recordó Guillermo Cano, los obligó a redactar diariamente dos periódicos: “Uno que leían los tres o cuatro censores, otro que aparecía a la luz pública y que iba a las manos de miles de personas. El periódico bueno, completo, informativo, orientador, se quedó en una mesa, escrito y sin imprimir. El otro, elaborado de emergencia, era muy variado y muy ameno, con muchas anécdotas y poca información, con muchas reinas en vestido de baño y ningún comentario de actualidad” .
En 1956 el gobierno multó con 500.000 pesos a El Espectador y El Colombiano, respectivamente, por supuesto incumplimiento de las leyes de impuestos, y los colegas solidarios abrieron un fondo Pro-Libertad de Prensa para recolectar el dinero de las multas.
Dejaron memoria sobre la época de la Violencia que repercutió en sus diarios, Fernando Gómez Martínez en Mordaza, diario secreto de un escritor público, y Alejandro Galvis Galvis en Memorias de un político centenarista; en sendos libros relatan lo que no pudieron contar en su momento, y enjuician sin medias tintas a los tiranos de los regímenes conservadores de ese periodo. En 1957, Gómez Martínez viajó a Nueva Orleans para denunciar ante la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa la situación del periodismo colombiano. Según él, no hubo un periódico más atacado por los violentos que el suyo. “¿Por sectario? ¿Por exagerado? ¿Por violento? No. Por moderado y por responsable. No podría enumerar cuántas veces se nos atacó a piedra y se trató de incendiarnos”, cuenta él . Por eso, al primer edificio que construyó El Colombiano, con puertas y ventanas protegidas por rejas de hierro, le decían La Fortaleza, y resistió tanto los asaltos del 9 de abril de 1948 como los sobrevinientes.
Las últimas dos décadas del siglo XX fueron especialmente oscuras para la libertad de prensa por la confluencia del conflicto armado, los gobiernos arbitrarios y la corrupción galopante. En marzo de 1988, contra el edificio de El Colombiano estallaron dos bombas de alto poder que semidestruyeron las instalaciones. En 1989, el diario de los Cano sufrió un atentado en su sede de la Avenida Eldorado, y ese mismo año las instalaciones de Vanguardia Liberal recibieron el impacto de una bomba de 100 kilos de dinamita. En ambos casos atacó el narcotráfico que quiso cobrarles sus constantes denuncias, dirigidas con nombre propio a capos como Pablo Escobar. El Espectador y La Patria recibieron sendos golpes con el asesinato de su director, Guillermo Cano (diciembre de 1986) y el subdirector, Orlando Sierra (enero de 2002), pero antes que arredrarse, persistieron en su denuncia de las mafias de todo pelambre.
Sierra venía librando una batalla contra los políticos corruptos del departamento de Caldas, y las opiniones que expresaba valientemente en su columna dominical “Punto de encuentro” le costaron la vida. Después de diez años, su asesinato sigue en la impunidad.
El equipo periodístico y administrativo de la sede de El Espectador en Medellín también puso sus víctimas, y durante varios años la oficina funcionó clandestinamente, sin aviso siquiera, porque el Cartel de Medellín le tenía prohibido circular, como lo cuenta en unas memorias, el ex redactor Carlos Mario Correa . Asimismo, el cartel de Medellín secuestró al subdirector de El Tiempo, Francisco Santos, en 1990, junto con otros periodistas en su afán de presionar al gobierno colombiano para que no extraditara traficantes a Estados Unidos.
La última década del siglo pasado también fue nefasta para Vanguardia Liberal. A los actores armados no les gustó que el diario informara sobre la situación de orden público en Barrancabermeja e intentaron impedir la circulación quemando los camiones que transportaban el periódico. Su ex director, Eduardo Gómez Durán, cuenta que finalmente lo enviaron en paquetes de encomiendas en flotas de pasajeros. En esas épocas oscuras se descubrieron varios planes de ataque contra el edificio de Vanguardia, y las autoridades terminaron instalando una arma antiaérea en el techo.
Aparte de la modalidad de censura impuesta por los actores armados, en los últimos años se ha impuesto la autocensura, toda vez que se viene configurando el delito de opinión, por encima del principio constitucional según el cual prevalecen la libertad de prensa y el derecho a la información sobre los derechos al buen nombre y a la honra, sobre todo si quienes interponen la demanda son funcionarios públicos. Los columnistas han sido los más expuestos a esta modalidad de censura, que intimida e inhibe el periodismo crítico.
6. La defensa de la democracia: Aunque todos los periódicos se declaran defensores de la democracia en su doctrina fundacional, distan en su concepción sobre el papel de los medios en las sociedades democráticas: para los de tendencia oficialista, este consiste en defender el Establecimiento; para los más independientes consiste en servir de voceros de la ciudadanía, en ejercer la vigilancia de los poderes públicos y privados para que ninguno prevalezca sobre el interés común, y en defender los derechos fundamentales. Pero más allá de idealismos, lo que ha mantenido circulando a los cinco diarios que nos ocupan es la credibilidad de los lectores y de los anunciantes, que son quienes legitiman un estilo de hacer periodismo.
Lo cierto es que los mejores réditos para los diarios de izquierda, centro y derecha han llegado con el ejercicio del periodismo investigativo para revelar verdades ocultas. En sus años mozos El Tiempo fue un periódico de línea dura que en 1915 denunció los contratos leoninos de la United Fruit Company en el Magdalena y su desprecio de los derechos humanos. Otros periódicos liberales se unieron a la denuncia contra los “trusts yanquis”, como El Espectador. A mediados de los cincuenta llegó del Caribe un reportero con muchos quilates, Gabriel García Márquez, quien en 1955 publicó en 14 entregas “La verdad sobre mi aventura”, el testimonio del marinero Luis Alejandro Velasco, que luego se conocería como el Relato de un náufrago, y que le costó a Gabriel García Márquez la censura de régimen militar por las acusaciones que tocaban a la Armada. Entre las décadas del 60 y 70 sobresalieron como “perros guardianes de la democracia” Juan Gossaín, Henry Holguín, Germán Castro Caycedo, Carlos Murcia, Rodrigo Pareja y Héctor Muñoz, entre otros.
A partir de 1979, bajo el impacto del Watergate norteamericano, se destacaron las denuncias de El Espectador sobre corrupción de los oligopolios y los nexos del narcotráfico y la política. Entonces, un grupo de investigación encabezado por el propio Guillermo Cano con los periodistas Luis de Castro, Fabio Castillo, Héctor Giraldo y Edgar Caldas hizo seguimiento a los movimientos bursátiles del poderoso grupo Grancolombiano hasta descubrir el timo de que fueron víctimas más de 20.000 ahorradores. Un trabajo investigativo que premió el Círculo de Periodistas de Bogotá en 1984. Sin embargo, el grupo aplicó la “tenaza económica” al diario ―como la bautizó Guillermo Cano―, y afectó gravemente sus finanzas.
En 1980, El Vespertino cerró a consecuencia de la censura económica de que fue objeto El Espectador “debido a unos artículos sobre la inconveniencia del Plan Cerros, que el Instituto de Desarrollo Urbano proyectaba. El IDU excluyó de su pauta publicitaria a El Espectador y El Vespertino. El 3 de marzo de 1979, ante un editorial que criticaba la difusión de boletines informativos sin identificar su origen, la secretaría de prensa de la Presidencia de la República le suspendió el envío de esos mensajes. Luego esta política fue imitada ―entre los casos que se precisaron― por la Empresa de Licores de Antioquia y la empresa privada Finicóndor”, cuenta Luis Carlos Adames .
Guillermo Cano consideraba que la prensa oficial, unanimista, era para las dictaduras, no para las democracias; por ello defendió su libertad de criterio hasta convertir el periódico en un “medio de oposición”, “subversivo”, como lo tildaban sus adversarios. Lejos de ser un espectador mudo, se constituyó en un vigilante del poder, en una potencia moral fiscalizadora de los poderes públicos, en un molesto denunciante de los abusos de los gobiernos ―particularmente los de López Michelsen y Turbay Ayala―, cuestionados por Guillermo Cano desde el editorial y su columna “Libreta de apuntes”, el primero por las prácticas corruptas y clientelistas, y el segundo por los excesos del llamado Estatuto de Seguridad contra los derechos humanos. Además, su compromiso con la democracia lo llevó a columbrar un nuevo orden constitucional para los colombianos, que durante más de un siglo habían sido sometidos a una Carta constreñidora de las libertades y derechos fundamentales. “Desde las páginas editoriales de El Espectador se propuso y apoyó con entusiasmo la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente” .
El Tiempo también ejerció esta veeduría ciudadana, especialmente en la época de la unidad investigativa (1977-1988), liderada por Daniel Samper Pizano, quien se acompañó de Alberto Donadío (especializado en el acceso a documentos públicos) y Gerardo Reyes, los otros dos periodistas investigativos de más trayectoria en nuestro país. Este equipo realizó una centena de informes con denuncias de toda índole —desde los inexplorados temas ecológicos y medioambientales hasta los consabidos abusos del poder público— que aceleraron procesos judiciales y dejaron una mejor impresión en los lectores que en los dueños del periódico.
En 1979, Silvia Galvis creó el departamento de investigación de Vanguardia Liberal, acompañada del abogado Eduardo Gómez Durán. Luego llegaron al equipo José Luis Ramírez y Carlos Gómez. Realizaron investigaciones de impacto, como la de la educación pública en Bucaramanga, que ganó mención especial en los Premios de Periodismo Simón Bolívar, y una denuncia sobre al agua contaminada en Barrancabermeja, entre muchas otras investigaciones de impacto que realizó la primera unidad investigativa de un diario regional. En esa época signada por el paramilitarismo, la politiquería, las trabas para acceder a la información, la limitación de recursos económicos y humanos, hacer periodismo de investigación era una proeza, como afirma hoy Gómez Durán, quien permaneció cuatro años en el equipo liderado por Silvia Galvis, maestra del rigor. Las investigaciones quedaban tan bien respaldadas que no prosperó ninguna demanda contra el diario. Incluso, por denunciar el despilfarro en la gobernación de Santander fueron demandados por el mandatario, quien además pidió el embargo de los bienes del director y del gerente para su reparación moral; pero el proceso concluyó favorablemente para el diario siete años después. Luego de ser columnista, Gómez Durán fue llamado a codirigir el diario con Alejandro Galvis Ramírez y finalmente a dirigirlo entre 1991 y 2001.
Ahora bien, la defensa de la democracia pasa por el control político que ejerce el periodismo frente a los gobernantes, pero de nuestros diarios observados, a más control independiente del poder, más censura de tipo económico, que es letal, como ocurrió con El Espectador cuando comenzó a volverse un diario molesto por sus sistemáticas denuncias contra los políticos conchabados con los narcotraficantes, los corruptos enquistados en el sistema financiero, las fuerzas armadas al margen de la ley, y por cumplir el deber patriótico de informar la verdad a sus lectores cuando era una tarea de alto riesgo. En un siglo y cuarto el diario se convirtió en un patrimonio nacional, símbolo de honestidad, valor y rectitud, y así lo han reconocido dentro y fuera del país. En 1994, luego de realizar una encuesta, fue considerado por Le Monde uno de los ocho mejores diarios del mundo. En 1997, la Unesco instituyó el Premio Mundial a la Libertad de Prensa Guillermo Cano, por su compromiso con la verdad y por ser un símbolo de los periodistas víctimas de la violencia.
La Patria ha mantenido la línea de denuncia de la corrupción pública y privada, y el robo a Caldas fue uno de los casos más sonados, destapado por el diario gracias a la intuición del director sobre irregularidades en la Licorera de Caldas, en 1984. Más recientemente, las denuncias de La Patria contra el gobernador de Caldas Mario Aristizábal por hechos de corrupción, le costaron la destitución al mandatario. A comienzos de los años 90, El Colombiano se convirtió en el diario combatiente por la paz y creó una unidad paz y derechos humanos que sirvió de laboratorio de ideas para la prensa nacional, aunque a la vuelta del milenio dio un giro oficialista en su modelo informativo.
Los grandes diarios regionales y nacionales ponen agenda pública y abren espacios para debatir las ideas, aunque han prescindido de colaboradores que contrariaban la línea editorial. En esa misma lógica renuevan sus pactos de lectura y mantienen su tradición. Claro que también cuentan con pequeños grupos de reporteros, unidades investigativas (a menudo compuestas por un periodista arrojado y solitario) y otros especímenes de la vieja guardia, quienes todavía salen a la calle a buscar historias para contar verdades, que actúan como suero en las democracias desfallecientes.
Conclusiones
Los diarios revisados superaron las pruebas de supervivencia a lo largo del siglo XX, con fuertes episodios de censura política, eclesiástica, económica, autocensura y “censura entre casa”. Al revisar la herencia genética de las publicaciones más longevas encontramos que todas surgieron por una razón política: respaldar una campaña, un partido o una disidencia. Desde los directorios políticos se dictaban editoriales y se ponían directores, y desde las redacciones se nombraban los jefes liberales o conservadores y se descabezaban enemigos.
El hecho de estar respaldados por familias políticas (los Cano, los Santos, los Gómez, los Galvis, los Restrepo) garantizó además de la natural endogamia, la presencia de estos medios en las esferas de poder, con envidiables efectos en sus finanzas, siempre y cuando estuvieran alineados con el gobierno de turno. Y aunque sigue vigente el modelo de empresa familiar en los dos grandes diarios de Santander y Medellín, este tiende a desaparecer del ecosistema mediático, dominado por conglomerados económicos. Ya no interesa tanto poner, quitar o mantener presidentes, sino subir, bajar o mantener los valores en el mercado bursátil.
Aunque “el descrédito del periodismo viene cada vez más unido del descrédito de la democracia y entraña los mismos peligros” , como lo afirmó la periodista española Soledad Gallego-Díaz, queda la confianza en ese “cuarto poder” que hoy en día les resulta más atractivo a los millonarios que a los políticos, según lo confirma la tendencia mundial y nacional. Con esta lógica del negocio, El Espectador, antes que cerrar, fue vendido al grupo Santo Domingo, también propietario de otros medios de comunicación como la revista Cromos y Caracol Televisión. Mientras El Tiempo lo adquirió el grupo editorial Planeta que, recientemente, vendió su mayoría de acciones al grupo Sarmiento Angulo, con lo que volvió a manos de colombianos, mejor dicho, del colombiano más rico, que figura en la lista Forbes.
De los cinco periódicos, tres siguen al frente de los hijos y nietos de los directores-fundadores o, en el caso de El Colombiano, de las dos familias que lo adquirieron, los Gómez y los Hernández. En el nuevo milenio, los cinco periódicos mantienen el nicho tradicional del periódico, pero han diversificado sus productos, y todos le apuntan al sistema de convergencia que los sitúa en la plataforma global de la información. Las redacciones de papel y de la web trabajan de forma coordinada y los ritmos son más frenéticos que en la época de la hegemonía impresa.
Aparte de la animosidad política, estas empresas fortalecieron pronto el músculo financiero para lograr su sostenibilidad en un mercado altamente competitivo entendiendo que la independencia económica era requisito de la independencia periodística. Lo cierto es que a la vuelta del siglo XXI, aquella idea romántica de fundar un periódico con las ganas, un cuartucho y una imprenta de manivela quedó en el pasado porque hoy en día se requiere, además de pasión, del respaldo de un grupo económico o de capitales solventes. Nacer como El Espectador, “en una destartalada, oscura y húmeda casucha”, ya suena a pesebre. Aunque sobrevivir a las visicitudes del mercado y a las sinuosas modalidades de la censura manteniendo la dignidad y la conciencia crítica ha sido la mayor valentía empresarial de diarios como el de los Cano y el de los Galvis.
Los cinco diarios releídos, más que empresas generadoras de contenido se han convertido en patrimonio regional y nacional, en instituciones garantes de la democracia y del statuo quo, y en reservorio de la memoria histórica tras haber escrito la crónica diaria las regiones y de la capital del país durante nueve, diez y más décadas. En el escenario cambiante de la prensa actual con nuevas tecnologías, redes sociales, cobertura trasnacional regional e hiperlocal, los diarios tradicionales pueden cambiar de ropaje, pero no de personalidad; pasar del papel a la tableta sin romper la línea editorial. Ese estilo, esos contenidos, esa manera de encuadrar los hechos es su marca de identidad, no la marca de última tecnología. Y mientras estos diarios sigan gozando de prestigio, de credibilidad, de estatus y de poder político y económico seguirán circulando, contra todos los pronósticos.
“El cimiento más firme de un periódico respetable es su credibilidad. Cuando un periódico pierde su credibilidad desaparece su prestigio y se destroza el respeto que la opinión pública pueda tener sobre sus opiniones y sus informaciones. Sin credibilidad la prensa está perdida”, dijo Guillermo Cano refiriéndose a ese bastión innegociable.
Noventa o cien años son “sinónimo de experiencia, de sabiduría, de serenidad”, como afirmó el presidente Juan Manuel Santos en el homenaje de los 90 años de La Patria. Ese es el carácter que ostentan los diarios longevos, después de vivir épicas luchas en un siglo XX de ruido, violencia y confusión. Los veteranos llegaron a la era de la impresión en offset añorando el olor a linotipo, y descubrieron la magia de la computadora sin dejar de sentir nostalgia por el tecleo de las máquinas. Al nuevo milenio entraron con los ánimos redomados para estar a la vanguardia, no solo con información, sino con análisis, historias, productos multimediales; pero su experiencia les ha servido para madurar el criterio en las cavas del pensamiento democrático. Y ese bouquet no lo tienen los diarios de primeras generaciones ni los que acaban de inaugurar el ciberespacio. Por algo los grandes empresarios están detrás de ellos: se olieron que siguen siendo un buen negocio más allá de romanticismos o idealismos.
Fuentes bibliográficas
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*Maryluz Vallejo Mejía: Profesora titular de periodismo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana; directora de la revista Directo Bogotá, investigadora de la prensa colombiana, línea en la que ha publicado: La crónica en Colombia: medio siglo de oro (Presidencia de la República, 1997); A plomo herido, una crónica del periodismo en Colombia.1880-1980 (Planeta, 2006); Crónicas bogotanas de Felipe González Toledo (Planeta, Archivo de Bogotá, 2008); Antología de notas ligeras colombianas (en coautoría con Daniel Samper Pizano, Aguilar, 2011).