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Otra reacción que terminaría por sepultar por completo la influencia del muralismo mexicano en América Latina fue la aparición de una novedosa, pero violenta y descarnada figuración, un retrato de la humanidad poco apasible y mas bien pesimista que hasta cierto punto hacía una valoración de lo que había devenido el hombre para la segunda mitad del siglo XX: un ser alienado, un producto de las guerras y las divisiones, un hombre que había perdido su identidad.

Nuevamente México retomaría el liderazgo con dos figuras que se convirtieron en la nemesis del muralismo y que darían la estocada final a un movimiento que si bien había empezado como la primera gran vanguardia latinoamericana, ya no era más que otra repetitiva y anquilosada escuela tradicional: Tamayo y Cuevas.

Si bien Rufino Tamayo participó en la pintura mural, se alejó de ella, para tomar una postura acorde a los movimientos internacionales.  En 1926 tuvo su primera exposición en Nueva York.  Durante su estancia en esa ciudad quedó impresionado con las obras de Pablo Picasso, Georges Bracque y Henri Matisse.  Este encuentro lo llevó a experimentar importantes cambios formales, notables en el Autorretrato de 1931, cuya paleta de tonos obscuros compartió con otras obras realizadas en este periodo. Sin embargo, con el paso del tiempo y sus largas estadías en el extranjero, Tamayo llegó a ser un gran colorista y consolidó su estilo, cuyas raíces se encuentran en las antiguas culturas de México.

A lo largo de la década de los años cincuenta y sesenta, se produjeron fuertes cambios en la plástica mexicana, propiciados por distintos factores. El primero fue que los jóvenes ya no querían ceñirse a los cánones de la Escuela Mexicana de Pintura. Por otro lado, pudieron viajar a Europa después del fin de la guerra, lo que les permitió conocer y estudiar otras formas de expresión que trajeron a México. Además se fundaron nuevas galerías privadas que les dieron un espacio de exhibición y de diálogo, participaron en exposiciones de carácter oficial como el Salón Esso en 1965, Confrontación en 1966, y no oficiales como el Salón Independiente, donde se abrieron debates importantes entre la nueva y la vieja generación. No les interesaba compartir un estilo, pero los unía el deseo de provocar un cambio en la pintura mexicana, por lo que emprendieron una lucha para romper con las tradiciones figurativas y la temática nacionalista surgida de la Revolución.

La otra figura capital para la ruptura fue José Luis Cuevas, un enfant terrible que desde muy joven se consolidó como la nueva cara del arte mexicano y llegaría a crear un universo propio con una manifestación absolutamente contraria a la gran apoteosis de la pintura mural: un dibujo intimista, personal y de un formato muy reducido.

La influencia de estas figuras en Colombia fue latente en la obra de aquellos jóvenes que no encontraban ya cabida en el nacionalismo y su desgastado tema político, ni en aquellos que no se convencían de la abstracción como medio de expresión. Fernando Botero encontró en el color de Tamayo, en el arte popular y en la figuración del arte precolombino un medio para crear su propia, irónica y particular figuración, mientras que otros como Leonel Góngora, Carlos Granada y Norman Mejía hallarían en el cuerpo transgredido formulado por Cuevas un vehículo para denunciar la violencia en la que el clima político en Colombia había sucumbido desde mediados de siglo, luego del asesinato del jefe liberal Jorge Eliecer Gaitán y el subsecuente escenario de sangre que reinaría por varias décadas en un país dividido en dos facciones intolerantes y macabras. En este punto, es importante destacar que Fernando Gamboa, gran museógrafo y promotor mexicano llevó a Bogotá una muestra del arte mexicano que se presentaría junto con las de otros países en el Palacio de Comunicaciones, misma que se vio frustrada por el incendio de este recinto a causa del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. En un acto heroico, Gamboa logró salvar la carga mexicana todavía en sus cajas y permaneció resguardándola durante más de 30 horas en medio del intercambio de balazos, hasta que un camión militar accedió a llevarla a un lugar seguro. Es notable que este hecho político en el que el arte mexicano fue un mudo testigo, cambió el rumbo de la creación colombiana.

Emma Cecilia García Krinsky

Christian Padilla

Curadores

Imagen principal Media
Detalle de Mandolina sobre silla de Fernando Botero.
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