Mi historia de desamor
Por: Myriam Krausz Holz
Esta historia hace parte de la convocatoria En respuesta a Sophie Calle, como parte de la exposición Historias de pared.
Creí estar enamorada. Era muy joven, tenía 16 años. Conocí un hombre joven, 10 años mayor que yo. Profesional, culto y en ese momento me pareció atractivo. Nos comprometimos. Se fue a especializar fuera del país. Me escribía, me llamaba, me decía que me amaba. Me sentía halagada e importante. Pero la lejanía y mi juventud me afectó. Estas dos cosas hicieron que poco a poco sintiera que estaba muy lejos de corresponder al gran amor que él sentía por mí.
Hablamos y rompí el compromiso. Devolví el anillo. Como él no estaba se lo entregue a su mamá. Sin terminar lo que estaba haciendo regresó. Trató de convencerme, de atraerme nuevamente. No lo consiguió. Con tristeza acepto mi decisión. Se fue a terminar su especialización.
No nos volvimos a ver. Después de muchos años supe de su vida por intermedio de una amiga.
Yo me había casado, tenía dos hijos, y después de 28 años de casada me había separado de mi esposo.
Él se había casado dos veces, y tenía hijos de ambos matrimonios. Por cosas de la vida hablamos por teléfono y después de 48 años me dijo que aún me amaba, que no me había podido olvidar. Yo no lo podía creer. Toda una vida había transcurrido y él seguía pensando en mí. Yo, en todo ese tiempo, lo había olvidado por completo. Nunca más me había acordado de él. Para mí era como si nunca lo hubiera conocido.
“Quiero verte” me dijo. Le pregunté: “¿estás casado?”. Me respondió afirmativamente. Le dije que no estaba interesada en volverlo a ver. Insistió y vino a mi ciudad. Por la forma del encuentro pienso que él esperaba otro recibimiento, pero para mí él era un total desconocido. En son de amistad había ido al aeropuerto a recibirlo pero en el torbellino de ese lugar, los maleteros ayudando a los viajeros y los policías del tránsito con sus pitos tratando de aligerar el flujo vehicular, hacían imposible algo con más calma. Se subió al carro y trató de darme un beso pero en ese momento tuve que mirar hacia otro lado y no me alcanzó.
En el trayecto hacia el sitio donde él se alojaría tuvimos tiempo de ponernos al día. Me contó lo que había hecho en esos 48 años. Había estudiado otra carrera, había vivido mucho tiempo en Europa, había hecho un máster y se había radicado, ya con su segunda esposa en Estado Unidos. Era un hombre de éxito y estaba escribiendo sus memorias… pero en todo ese tiempo y en todo lo que había vivido no me había podido olvidar.
Creía que era culpable de nuestra ruptura y tenía remordimientos de conciencia. Me alegré de tener la oportunidad de decirle que nunca había sido su culpa y que no debía tener ningún tipo de remordimiento. Insistía en saber la razón de mi desamor de entonces y yo lo único que podía decirle era que mi juventud y la distancia nos habían separado.
Me preguntó varias veces si me había acordado de él en algún momento y le dije que no. Que lo había borrado totalmente de mi mente y de mis sentimientos.
Mi vida había tomado un rumbo diferente. Me había casado con un profesional con el cual había tenido mis dos adoraciones, mis dos hijos, y que después de 28 años me había separado de él. Quería saber la razón. Le dije que al irse los hijos de la casa me había dado cuenta que el puente entre mi esposo y yo estaba irremediablemente roto.
Me preguntó por mis afectos actuales y le respondí que estaba enamorada de un hombre divorciado pero que nuestra relación era completamente platónica porque yo no era su tipo de mujer. Que éramos grandes amigos pero nada más.
Al narrarle todas esas cosas me di cuenta que estábamos en las mismas condiciones amorosas. Él amándome y yo amando a otra persona sin la menor posibilidad de realizar ese amor. Él se devolvió a su casa y a su familia y yo al ser consciente de que mi amor nunca sería correspondido seguí mi vida normal tratando de deshacer ese sentimiento que era alimentado solo por mí. Al final lo conseguí.