Sin título
Por: Carolina Mccormack
Esta historia hace parte de la convocatoria En respuesta a Sophie Calle, como parte de la exposición Historias de pared.
Hace mucho tiempo existió en mi vida un nombre que me dediqué a olvidar durante mucho tiempo, pero que irónicamente la ciudad de Bogotá me obligaba a recordar cada tanto. Ese nombre estaba en todo lado…en las calles estrechas y húmedas del centro, en los libros de química, en el mejor techo veraniego de esta ciudad, en la música de Gustavo Cerati, en el andén sucio de la facultad de artes, en el humo de cigarrillo, en el anime, en las películas de Michel Gondry, en la comida de Wok, en las novelas de J.K. Rowling.
Conocerlo fue algo excitante, porque nunca tenía idea del rumbo que iban a tomar las cosas cuando estaba con él: si un día me decía que era su mundo, otro día me platicaba animadamente de su (ex)novia, al siguiente me tomaba de la mano y me decía que no me fuera, y a la semana entrante me comentaba sobre su más reciente conquista.
Debo admitir que sus acciones, aunque dolorosas, también me parecían fascinantes, porque me ilustraban de primera mano el sombrío panorama de los que mendigan amor… o debo decir: de los que mendigamos amor. La dualidad de sus sentimientos me sumió en una impaciencia absoluta. Cada día esperaba con ansias una llamada, un saludo en el Face… algo que me diera a entender que le importaba… Pero podían pasar tres, cuatro días para que él se percatara de mi ausencia. Trabajé arduamente para conquistarlo: dije mentiras, pedí préstamos, sacrifiqué horas de estudio y sueño, cambié mi apariencia… pero nada de eso funcionó. Aunque al principio me sentía agradecida con su compañía y sus caricias… con el paso de los meses comencé a pedir más. ¡No era suficiente que me afirmara la ruptura definitiva con su novia! Quería más que eso, quería sentir su calor, su beso.
Mis amigas de la U detectaron una chispa entre los dos y me animaron a conquistarlo con coquetería, mostrada de 'bubbi' y el famoso beso esquinero, pero yo presentía que todo eso iba a salir mal… Yo pensaba que lo mejor era que las cosas se dieran de forma espontánea.
Él se dio cuenta de eso y trató de frenar mis sentimientos cuando ya era demasiado tarde.
Nunca pensó que yo haría caso a palabras como “tú eres mi mundo, lo mejor que me ha pasado”. Pero la verdad es que caí al vacío y me estrellé como una arepa… porque cuando se es una inexperta en el campo del amor, las caricias y los comentarios que te hacen se pueden malinterpretar. ¡Sí! Seguramente todos los amigos les cogen la cara y las manos a sus amigas, les dedican hermosas palabras de afecto y les dicen que las quieren y que son lo más importante de su vida… ¡pero sin compromiso! (¡Aja! Sí, ¡cómo no!).
Él fue algo así como mi primera traga maluca, ¡maluquísima! Para que yo me alejara de él, comenzó a platicarme con más frecuencia acerca de sus encuentros amorosos furtivos, acerca de chicas misteriosas con las que se “rumbeaba”… y la verdad no se pueden imaginar el dolor tan punzante que sentía cuando él se dedicaba a describirme esos encuentros amorosos que nada tenían que ver conmigo. (¡Creo que se podrían ilustrar con el capítulo de Los Simpsons en el que Lisa le rompe el corazón a Rafita!).
Bueno pues en ese punto, yo traté de dejar de lado su perfil de gigoló y conservar la imagen de parcero y buen platicador que en medio de todo tenía. Me encantaba hablar con él porque me alejaba de los recuerdos ingratos del día, del estrés de la U y del tormento del TransMilenio. Su charla era reconfortante, amena e inteligente... ¡aunque la mayor parte del tiempo hablaba yo! A veces le ayudaba a hacer sus trabajos y sacaba tiempo para ayudarle con la venta de sus productos.
Pasaron 2 meses desde el día que le declaré mi amor. En ese tiempo él viajó a Argentina a realizar una pasantía y para entonces me había asegurado que la relación con su novia se había fracturado y que ya no daba más (¡y qué esperaba después de semejante vagabundería!). Durante el viaje nuestra relación se volvió a fortalecer, gracias a mi empeño por borrar el recuerdo de sus acciones. Unas semanas después de su retorno, me invitó a hacer parte de un ciclo de conferencias. Yo acepté sin pensarlo dos veces… a pesar de no tener dinero para ingresar a las charlas ni para comer.
Los primeros días fueron como si nada hubiese pasado…y volví a sentir la chispa del principio. Pero luego, a mitad de semana, pidió mi teléfono celular para llamar a una “amiga” que resultó ser su nueva novia. Ese día tuve que soportar ver como él, sin ninguna consideración, se la rumbeaba a dos puestos de mi cara (y a sabiendas de lo que yo aún sentía).
La tristeza me llevó a actuar de forma desesperada… el dolor era demasiado agudo. ¡Sentía vergüenza, humillación y sentimiento de culpa! Esa tarde busqué un pretexto para buscarle el genio. Discutimos por una estupidez y en medio del acalorado alboroto lo dejé botado y decidí correr.
Esa tarde corrí por mí, por las interminables noches aguadas, por los días solitarios, por las tardes plantadas, por el esfuerzo, por la manipulación, por el tiempo perdido, por la imaginación malgastada, por los sueños rotos… ¡por mi libertad!
Ya pasaron dos años desde eso… y puedo decirles con gran satisfacción que la ciudad de Bogotá hoy en día retiene la esencia de un nombre que solo me puede causar mariposas en el estómago y rubor de quinceañera ¡jajajaja!