“Antes de pensar que somos diferentes, decimos que tenemos la misma casa: el universo. Juntos somos la raíz de todo lo que existe”.
— Jaison Pérez Villafaña, líder arhuaco
Las comunidades indígenas de América suelen estar organizadas alrededor del concepto de centro. Una gran casa comunal o plaza puede servir de centro no solo para los residentes inmediatos, sino también para los pueblos circundantes más distantes. Las casas de reunión tradicionales varían en forma, tamaño y uso; sin embargo, todas ellas encarnan el universo y albergan en su interior los medios para observarlo, comprenderlo y gestionarlo. Las puertas principales están tradicionalmente orientadas y alineadas hacia el este, para recibir la salida del sol por la mañana y la salida de la constelación de Orión por la noche. Los postes que sostienen el techo son análogos a las montañas que sostienen el cielo. En el centro de la casa comunal (y de la propia comunidad), como un axis mundi, o centro cósmico, se encuentra el líder espiritual y político, quien es el guardián del conocimiento y del orden universal.
En este apartado de la exposición se encuentran representaciones de casas, tumbas y urnas funerarias (construidas como casas para los muertos), vasijas con forma de cuerpo y algunos objetos que personifican cuerpos celestes. La casa adquiere así múltiples significados: es una morada, una ofrenda, una tumba, un templo, observatorio, mapa, cuerpo y metáfora de la comunidad y su líder espiritual. Mediante estas equivalencias a diferentes escalas (objeto, casa, universo), los objetos sagrados encapsulan el cosmos. A través de ellos, el universo se vuelve manejable. Queda literalmente en nuestras manos.