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Tipo de minisitio

El recorrido circular de la exposición Paraísos y jardines, que comienza con el paraíso en el Edén, cierra con un conjunto de obras que relacionan el jardín, el uso de sus flores y la simbología de sus elementos, con la muerte y la idea del paraíso prometido.

Un conjunto heterogéneo de bodegones, construidos con flores del jardín, constituye el inicio de este último espacio de la exposición que comienca con piezas de Ricardo Borrero Álvarez (1874-1931) y Fídolo Alfonso González Camargo, artistas que coincidieron en la Exposición del Centenario mencionada anteriormente. Estos dos bodegones representan una de las flores recurrentes en los jardines colombianos, las rosas. Aunque aquí se presentan en un contexto laico y doméstico, el contexto religioso que predominaba en ciudades como Bogotá, donde vivían los artistas, permitía cierta cercanía con la simbología religiosa. Incluso la configuración de los patios de herencia colonial mantenía aún características simbólicas de la vida monacal católica.

Una pintura de Amelia Peláez (Yaguajay, Cuba, 1896, La Habana, Cuba, 1968) representa también un bodegón de flores que hace alusión a la técnica del vitral con las fuertes líneas negras que trazan los contornos de las formas, estableciendo en el contexto de esta exposición una conexión con el contexto religioso que cruza de manera transversal varias de las obras.

Paraísos y jardines incluye en la selección de las obras varias joyas de la Colección de Arte del Banco realizadas en los Países Bajos de los siglos XVII y XVIII, como la pieza anónima en este último capítulo, atribuida como perteneciente al círculo de Jan van Huysum. Pintores de este periodo se caracterizaron por su virtuosismo y especialización en la representación de determinados motivos. Van Huysum, originario de Amsterdam, era reconocido por sus minuciosas naturalezas muertas con flores. Este género se trabajó hasta finales del siglo XVIII en los Países Bajos por otros pintores, alumnos y seguidores de Van Huysum.

María Fernanda Cardoso (Bogotá, 1963) ha dedicado su trabajo a la exploración del mundo natural y sus repercusiones culturales. En la obra Cementerio, Jardín vertical  cúmulos de flores blancas están suspendidas en la pared en donde previamente han sido dibujadas con grafito siluetas de criptas conformado una serie que cubre todo el muro. Los lirios blancos o lirios de Pascua tienen una simbología compleja; por una parte, representan la pureza de María, pero también la resurrección y la vida eterna. Cardoso va más allá en el juego simbólico de la vida eterna y utiliza flores de plástico, inalterables en el tiempo y perennes, en un diálogo con lo religioso, la cultura popular y la muerte.

El retrato post mortem de sor Tomasa Josefa de San Rafael, una de las fundadoras del convento de las carmelitas descalzas en Popayán durante el periodo de la Colonia en el Nuevo Reino de Granada, pertenece a la colección de monjas coronadas del Banco de la República, la cual se fue conformando a partir de la adquisición de varios conjuntos de piezas que se encontraban en conventos de clausura de diferentes comunidades religiosas en Bogotá. Esta pieza que, como las otras, tenía un objetivo ejemplarizante a través de la representación de la vida virtuosa de quienes dedicaron su vida a Dios. Esta es una de las pocas que está firmada por el autor, Manuel Merchán Cano (siglo XVIII). La pintura representa el encuentro definitivo con el divino esposo, Jesús, en el tránsito entre la vida terrenal y la vida eterna. Esta pieza, además de ser una de las más ornamentadas y floridas de este conjunto, tiene la singularidad de que representa a la monja con flores en toda la composición, no solamente en la corona y el ramo.

En el contexto de los espacios femeninos de clausura, las flores simbolizan las virtudes que tuvo esa persona en vida. Así lo menciona Jaime Borja en el catálogo Muerte barroca, retratos de monjas coronadas, al referirse a su vez a la investigación de Nuria Salazar de Garza:

“En cada una de las pinturas las flores cambian, se combinan de formas distintas, y por eso aluden específicamente a una forma de comportamiento. La rosa roja, por ejemplo, habla de mortificación extrema y amor a Dios; el jazmín, de sencillez; el clavel, de obediencia y penitencia; el nardo, de oración, y el lirio, de castidad, así como la azucena”13. La vida eterna en el paraíso prometido, imaginado muchas veces como un jardín, se representa por medio de la corona y la palma, y la ornamentación, compuesta por flores naturales y artificiales que elaboraban las monjas de manera primorosa con telas y alambres. El cielo, este jardín prometido para quienes llevaran una vida virtuosa y ejemplar, compartido de diferentes modos por católicos judíos y musulmanes, es, al igual que el jardín al este del edén, un lugar ideal, una utopía que, para muchas personas, es un gran final para el que una vida de penas y mortificación es solo un momento de tránsito.

La artista Yolanda Reyes (1970) construye con cenizas y huesos una suerte de jardín de flores de loto, sagradas tanto para religiones indias como para el budismo. Un jardín monocromo y sombrío, que a modo de memento mori recuerda la inevitabilidad de la muerte y que a través de los materiales con los que está construido apunta, como menciona Maria Lluïsa Borràs sobre su obra14, hacia asuntos como la reencarnación y las etapas de la vida y la muerte.

En 1934, Luis Benito Ramos (1899-1955) retornó a Colombia después de un viaje de estudios que hizo a París, gracias a una beca que ganó en 1928. Ramos había trabajado en Europa como fotógrafo, y aunque a su regreso insistió en la pintura, no tuvo el éxito esperado. Sus series fotográficas aparecieron en revistas nacionales e internacionales como Cromos y Pan. Su origen campesino le permitió tener una mirada singular sobre los problemas sociales de la clase trabajadora y campesina. Como anota Beatriz González, su búsqueda como reportero gráfico fue la belleza, no la noticia. La serie de fotografías sobre campesinos en el cementerio, tomada en Guasca y Ráquira, permite ver a grupos de personas en entierros, rodeados de árboles en estos jardines boyacenses, dedicados al resguardo de los cuerpos y al tributo a la vida eterna.

La obra que cierra este ciclo entre la vida y la muerte, la expulsión del paraíso y la vida eterna, es el trabajo fotográfico de Rosa Navarro (1955) denominado Nacer y morir de una rosa. En los años ochenta, la artista hizo exploraciones de tipo conceptual desde el autorretrato, la imagen, la palabra y su propio nombre. En la serie fotográfica incluida en esta exposición, Navarro se fotografía con rosas en los ojos, en una progresión que va desde la flor como botón, el paso por la rosa abierta, hasta la última imagen, en la que se marchita. La imagen de la cara de la artista en combinación con la afectación del paso del tiempo sobre esta flor, que es a la vez su nombre, conforma una obra poderosa que habla de su propio paso por la vida, del tiempo y también de su condición como mujer.

Referencias bibliográficas

13 Jaime Borja. “El retrato de vidas ejemplares: monjas coronadas en el Nuevo Reino de Granada”, en el catálogo Muerte barroca. Bogotá: Banco de la República, 2016. Volver arriba

14 Maria Lluïsa Borràs. Yolanda Gutiérrez: vivencias, metáforas y mitologías. Revista Art Nexus, 39. La obra Esencias participó en la exposición “Por mi raza hablará el espíritu: intercambio artístico México-Colombia”, realizada en 1996 en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Volver arriba

Imagen principal Media
Rosas