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Tipo de minisitio



El artista humanizará por instinto al más inhumano de los

monstruos y domesticará a la más salvaje de las fieras.



Gilbert K. Chesterton, “El espejo” 

En los mapas y las crónicas de viaje antiguas, se afirma la existencia de monstruos en territorios y mares lejanos y desconocidos. Se caracterizan seres extraordinarios, que de seguro motivaron el impulso aventurero de exploradores. En su gran compendio de fauna y flora, Plinio (23-79 d.C.) recoge las descripciones de seres de Oriente hechas por Ctesias, Homero, Heródoto, Megástenes, así como de los relatos de viajes de Alejandro Magno. Además, incluye a tribus antropófagas, hombres con un solo ojo, hombres que reptan, hombres con un solo pie gigante con el cual saltan ágilmente y se pueden cubrir del sol, hombres con las plantas de los pies vueltas hacia atrás, hombres con cabeza de perro, hombres sin cabeza y con los ojos en los hombros, hombres sin boca que se alimentan de olores, gigantes y pigmeos; en otros relatos se retoman las descripciones de grifos, faunos, sátiros, las feroces corsias —serpientes con cuernos de carnero— y temibles conopenes —con crin de caballo, dientes de jabalí y cabeza de perro—, que lanzan fuego por la boca.

Otro caso es la leyenda de la carta del preste Juan, que circuló ampliamente en el siglo XII y motivó los viajes de Marco Polo. En esta se contaba sobre la existencia de un inmenso reino en Asia, habitado por pueblos maravillosos y seres feroces, como las quimeras, con cabeza de león y cuerpo de dragón; ágiles bestias leucrocotas; mantícoras de piel roja, con tres filas de dientes, cuerpo de león y cola de escorpión, y basiliscos, peligrosas serpientes venenosas con cresta, que avanzan mitad erguidas y mitad arrastrándose.

En la Edad Media europea, la invención de estos monstruos era resultado de la apertura a otros mundos posibles, para activar la imaginación de caballeros y navegantes, e invitar a conocer entornos y seres legendarios. Su descripción fue una estrategia de aproximación a una realidad desconocida, para apropiarse de ella y juzgarla, ya fuera con ojos de fascinación o de espanto, e incluso llegando a moralizarlos y atribuirles sentidos alegóricos. Con el avance de los modelos racionales de categorización y comprensión del mundo moderno, el concepto de monstruo fue asociándose a aquellos seres que no corresponden a los acuerdos colectivos de belleza, proporción y armonía del cuerpo, pero que aun así despertaban interés científico para describirlos y clasificarlos. La determinación de lo brutal, deforme y abyecto se asoció, incluso, a contravalores, a vicios, enfermedades, miedos y falencias morales.

Desde el temible Grendel en el relato de Beowulf hasta hoy, la literatura y la cultura popular han presentado a los más oscuros, perturbadores y brutales monstruos, pasando por los seres horripilantes en los viajes de Gulliver, Drácula, Frankenstein, Jabberwock, míster Hyde, King Kong, Cthulhu, toda suerte de espectros, dragones, mutantes, muertos vivientes, alienígenas y un amplio repertorio de malvados archienemigos de los superhéroes. La narración literaria y la figuración artística dan cabida a todas las formas que exceden las normas y convenciones sobre el cuerpo y el comportamiento: se revelan mediante deformaciones, protuberancias, engrandecimientos o reducciones de extremidades, inversiones del color, exageración de los gestos o hibridación con animales. A través de estos nuevos cuerpos, los creadores se permiten el juego fantástico de transformar y crear otras posibles entidades, otras posibles formas de ser de un modelo estable que tiene unos cánones sociales. Y, también a través de ellos, manifiestan emociones de terror y angustia, que incluso permiten caracterizar aquello que encuentran abyecto y desalmado de sus contextos: el poder, la fuerza, los dogmas.  

Con la extrema depuración de la pintura verista y realista, gracias a la academia decimonónica, podría argumentarse que el arte abstracto habría sido el epítome de revolución de la imagen artística en el siglo XX. En la primera mitad de ese siglo, las búsquedas radicales de pureza, las tendencias subjetivas tendientes a la exacerbación de la expresión u órdenes racionales de proyección utópica se cumplieron por medio del arte abstracto. No obstante, el arte figurativo se transformaba simultáneamente para referirse a los hechos, sensaciones y emociones que se escapaban con la abstracción. Desde el siglo XIX y en los inicios del siglo XX, los artistas apelan a las angustias, a los temores, frustraciones y perversiones; los monstruos eran metáfora de emociones posibles en la intimidad o en la soledad de la vida urbana. De ahí los rostros desfigurados y enmascarados de Edvard Munch (Løten, Noruega, 1863 - Skøyen, Noruega, 1944), Emil Nolde (Burkal, Alemania/Dinamarca, 1867 - Seebüll, 1956) y James Ensor (Ostende, Bélgica, 1860-1949).

Los procesos de urbanización de la sociedad, consolidación de las burguesías y las guerras, principalmente, dieron pie a una nueva representación del cuerpo, cuyo modelo se transformaba para potenciar la expresión y dudar de los cánones de belleza, así como de los valores racionales y utópicos. En este sentido, movimientos como el dadaísmo y el surrealismo ayudaron a conformar imágenes fantasiosas, provenientes de mundos oníricos y subconscientes, que ampliaban el repertorio de formas conocidas por la razón y la ciencia. Artistas como Max Ernst (Brühl, Alemania, 1891 - París, Francia, 1976), Salvador Dalí (Figueras, España, 1904-1989) y André Masson (Balagny-sur-Thérain, Francia, 1896 - París, 1987) configuraron un muestrario de criaturas, espectros y mutaciones extraordinarias. Las dos grandes guerras ofrecieron las imágenes más crudas de los cuerpos. Se muestran deformados a causa de sus miedos interiores, pero también como íconos del miedo colectivo, los demonios de la sociedad que han provocado la guerra y la pobreza. De ahí aparecen Otto Dix (Gera, Alemania, 1891-1969) y Max Beckman (Leipzig, Alemania,1884 - Nueva York, Estados Unidos, 1950). En la transición a la segunda mitad de siglo, con la continuidad de las guerras, con la puesta en duda de todas las pretensiones de poder y regulación sobre el cuerpo y las emociones, con la imposición de la sociedad de consumo y la estandarización de la vida cotidiana, surgen las obras de Francis Bacon (Dublín, Irlanda, 1909 - Madrid, España, 1992), Jean Dubuffet (Le Havre, Francia, 1901 - París, Francia, 1985), Willem de Kooning (Róterdam, Holanda, 1904 - Long Island, Estados Unidos, 1997) y José Luis Cuevas (Ciudad de México, 1931). En su libro Los cuatro monstruos cardinales (México: Ediciones Era, 1965), la crítica de arte Marta Traba se ocupa de estos artistas, sobre cuya obra escribió que “como en toda abyección hay un principio de gloria, descubrimos que quizá la gloria resida en asumir ese horror, en encarnarlo”. Así, a lo largo del siglo XX, los monstruos fueron la personificación de toda la crisis humana, fueron un ícono para referirse a la perversidad y decadencia de la sociedad moderna.

En esta exposición se reúne una selección de obras sobre papel de la Colección de Arte del Banco de la República, realizadas por artistas latinoamericanos y fechadas entre 1960 y 1990. Actualmente, la colección de obra sobre papel supera las 1500 piezas (de un total de 6000), y proyectos como este pretenden revisarla e investigarla en contexto, para motivar nuevas miradas curatoriales e historiográficas. La exposición articulada por series o conjuntos de trabajos de artistas, en su mayoría reconocidos como grandes maestros de la pintura latinoamericana, que abordaron el dibujo, la acuarela y el grabado como formatos de búsqueda formal y de mayor posibilidad de difusión y circulación. Los artistas concuerdan en haber consolidado repertorios personales de monstruos. Sus respectivas obras pueden ubicarse, ya sea en una dimensión de creación subjetiva, que exploran los terrenos de la ensoñación, los mundos fantásticos, los mitos y el erotismo, o bien acuden a los monstruos como metáfora de la angustia colectiva y el terror de nuestras historias sociales y políticas.

Imagen principal Media
Sin título. Luis Ángel Rengifo Muñoz - Grabado - 22,2 x 34,2 cm.
Imagen
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Fecha de publicación