Prometeo roba el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres. Los dioses lo castigan y lo condenan al exilio en el Cáucaso; allí, lo encadenan a una piedra, donde un águila se alimenta cada día del hígado del titán. Prometeo, a su vez, se alimenta de los excrementos del águila, manteniendo así un ciclo que hace posible tanto su supervivencia como la del águila.
Laboratorio, acción performativa e instalación in situ, este proyecto se hace con doce habitantes del barrio durante la demolición de Santa Inés-el Cartucho (Prometeo, I acto) y al final de esta, sobre las ruinas del barrio (Prometeo, II acto).
A partir del texto de Heiner Müller, La liberación de Prometeo, los relatos de los habitantes se van urdiendo con los hilos fragmentados de las leyendas locales del llamado Cartucho (lo creíble), el recuerdo de sus experiencias (lo memorable) y los sueños personales (lo primitivo). A partir de estos tres dispositivos (la leyenda, el recuerdo y el sueño), cada unx reconstruye su propio fragmento de barrio, construyendo en colectivo una posible arquitectura de la memoria del Cartucho, una huella común entre las ruinas.